Recién cuando el reflejo tembloroso de las luces
de Puno reflejándose en las aguas de la bahía del lago comienzan a ganar la
batalla contra la muriente luz del crepúsculo, Pedro parpadea sobresaltado y la
pesadilla busca refugio en algún sombrío rincón de su alma. 13
Valdez Sanders confirma los horarios de las citas
en su agenda y se distiende. Ha despedido temprano a la joven, y se dispone a repasar
las distintas alternativas del proyecto.
Durante la noche recibirá las visitas de un
fuerte terrateniente cochabambino, el cónsul
argentino en La Paz y uno
de los asesores militares de la embajada de su país. Ya había receptado
las primeras impresiones, se habían bosquejado algunas ideas, y recién ahora,
si hay coincidencias, se trazarán los planes concretos para llevar a la
práctica las teorías expuestas.
Al principio habían surgido algunas reservas
que fueron aumentando paulatinamente hasta tornarse intrincadas, complejas,
tanto que en algún momento hasta simularon tornar el plan definitivamente impracticable.
Pero él sabe que al final, con
paciencia, diplomacia y la necesaria presión sicológica, todos terminarán por
aceptar, con mayor o menor complacencia, las resoluciones adoptadas por sus
jefes.
Desde que recuerda, siempre ha sido así, y
está seguro de que continuará siéndolo. Con la excepción de Fidel, claro. Fidel
nunca le cayó simpático, pero al principio tampoco le pareció un ogro. Eso sí,
desde el primer momento en que lo vio por televisión, con ese estrafalario
birrete y esa exagerada gestualidad triunfando sobre la negra barba que le
cubría el rostro, tuvo la certeza de que el gobierno de su país se había equivocado.
Que no era un simple buscador de fama momentánea que desaparecería de la escena
tan pronto como su gobierno lo dispusiera, sino un tipo realmente peligroso.
Pero como en esa época resultaban prestigiosos
y redituables los guiños y gestos democráticos hacia los pobres mulatos isleños
que soportaban desde hacía mucho tiempo una férrea dictadura, su gobierno había
decidido aplaudir y alentar el avance de esos sucios barbudos a través de la
selva y los montes caribeños.
Sin embargo, desde un principio, él había desconfiado
de Fidel. Y más aún de ese argentino, aparentemente tranquilo y aplomado, que
se permitía la incongruencia de insertar un tosco habano en la seductora
sonrisa, entre sarcástica y angelical, que por momentos afloraba a sus labios.
Cuando vio a los barbudos, alegres y bullangueros,
avanzar hacia el centro de La Habana encaramados en esos vetustos camiones
mientras levantaban sus puños y estandartes, no los depreció, ni los odió, pero
se dio cuenta de que, tarde o temprano, serían enemigos de su país. Comprendió
enseguida que poseían una cuota demasiado alta de vehemencia y rebeldía como
para aceptar imposiciones que recortaran parte de su libertad. Y como esas imposiciones resultarían muy pronto inevitables, intuyó de
entrada el conflictivo sesgo que adquirirían las relaciones entre ambos países.
El se sentía -y lo era- un auténtico
patriota. Por eso, cuando presintió el inminente peligro que esas barbadas
presencias suponían para su país, tuvo conciencia de que, desde ese mismo
momento, también eran sus enemigos.
Por esa época trabajaba como viajante en la
venta de artefactos eléctricos. Había dejado la casa de sus padres para
alquilar un departamento pequeño cerca del Sunset Boulevard, y le iba bastante
bien. Por cierto que entre las dos horas que demoraba el viaje de ida y vuelta
hasta Glendale -donde estaba el negocio- y el incalculable tiempo que perdía en
visitar comercios, los días y los meses transcurrían con monótona rapidez. Pero
el sueldo era bueno, y hasta podía darse algunos pequeños lujos. Se había comprado
un Cadillac de apenas dos años de uso, vestía a la última moda y nunca le
faltaban unos cuantos dólares en los bolsillos.
Con esos atributos, agregados a su natural
apostura, no le resultaba difícil acceder a hermosas mujeres. Sin embargo,
aunque su físico vigoroso soportaba sin mayores problemas el trajín -laboral y
erótico- y las pocas horas de sueño, un día decidió, irrevocablemente, cambiar
de trabajo porque el tiempo ya no le alcanzaba para nada. Su país gozaba de una
economía floreciente y las tasas de desempleo eran mínimas, por lo cual
conseguir otro trabajo no resultaba dificultoso. El problema consistía en que
cualquier empleo cuya remuneración fuese similar a la actual, le insumiría
también similar cantidad de tiempo.
Se estaba debatiendo entre las insolubles dudas
que le planteaban las distintas perspectivas, cuando se acordó de John
Willington, un ex compañero de colegio que trabajaba en una dependencia
estatal. John no le prometió nada, pero le aseguró que si se enteraba de algún
empleo con horario fijo se lo haría saber de inmediato.
Habían pasado muchos días sin que tuviera
novedades y ya se aprestaba a desechar su irrevocable decisión de abandonar el
trabajo, cuando una noche, mientras tomaba un café en un bar del Westwood junto
a John, un hombre de mediana edad se acercó a la mesa para saludar a su amigo.
-¡Roger!- se alegró John -Siéntate; él es Ronald
Princeton. Roger Douglas...- le presentó al recién llegado.
El rostro era agradable, y los gestos y la
sonrisa parecían espontáneos; únicamente los ojos tenían una escrutadora fijeza
que conturbó por un instante a Ronald. Pero le sostuvo la mirada y respondió
con firmeza el apretón de manos.
-¿Cómo andan tus cosas?- preguntó John.
-Como siempre- respondió Roger mientras pedía
un café- Trabajar para el gobierno no es nada divertido.
-Depende del trabajo que hagas- interrumpió Ronald.
-Por supuesto, pero yo estoy todo el día metido
en mi oficina. Por cierto que si trabajara para el F.B.I., o para la
C.I.A.- miró de reojo, escrutadoramente,
a Ronald -sería distinto. Ahí sí se divierten.
-Pero me parece que también debe resultar más
peligroso que estar sentado detrás de un escritorio, no?- acotó Ronald.
-No creas. La gente supone que los espías, o
los agentes secretos, son tipos especiales. Y no es así. Cualquiera puede
serlo, siempre que sepa cumplir lo que se le ordena- Su mirada continuaba
recorriendo por instantes el rostro de Ronald.
-No sé si yo preferiría ser espía o estar
sentado detrás de un escritorio- dudó Ronald, -pero lo único que sé es que
estoy cansado de recorrer negocios para tratar de venderle a los dueños cosas
que ellos no quieren comprar porque ya las tienen en el stock.
-¿Y por qué no dejas ese trabajo y buscas
otro?
-¡Qué te parece! Es lo que estoy tratando de
hacer, pero no consigo ninguno. Todos los trabajos son más o menos lo mismo; no
te queda tiempo para nada.
Ronald había captado ciertos cruces de miradas,
ciertos gestos cómplices entre los dos hombres, pero no se había atrevido a
certificar sus presunciones. El era amigo de John desde hacía mucho tiempo, y
atribuyó las dudas a su natural desconfianza.
John comentó, dirigiéndose a Roger:
-Hace bastante que Ronald anda buscando otro
trabajo para dejar el que tiene. Yo he tratado de conseguirle algo más
tranquilo, pero no hay caso. De modo que ya sabes; si te enteras de algo,
avísanos. Quién te dice que por ahí aparezca algo a nivel estatal.
-Puede ser, por qué no?
El rostro de Ronald se iluminó.
-¡Eso sería muy bueno!
A los pocos días John lo llamó por teléfono.
-Roger me dijo que quiere hablar con contigo.
Parece que tiene novedades.
-¿No me digas? ¿Dónde?
-No sé, eso te lo tiene que aclarar él.
¿Puedes esta tarde?
La curiosidad, la esperanza y el recelo pugnaban
por prevalecer en la mente de Ronald mientras esperaba en la mesa del bar. Cuando
llegó Roger, su actitud distendida no parecía ser portadora de grandes
novedades. Aunque el recelo se insinuaba como ganador de la pugna en el cerebro
de Ronald, finalmente venció la curiosidad:
-¿Y, me conseguiste trabajo?- sonrió.
Roger tardó en contestar, y en el gesto de ambos
apareció una seriedad que no estaba acorde con la situación. Finalmente dijo:
-Algo hay, pero no sé si te interesará.
-Todo me interesa. Que lo acepte es otra
cosa.
-Claro.
-Mientras no haya que matar a algún tipo...-
trató de bromear.
Roger estiró los labios y dejó ver los
dientes, pero la mirada tenía la fijeza de siempre.
-¿Te acuerdas lo que te dije los otros días sobre
la C.I.A., o el F.B.I.?- A Ronald se le congeló la sonrisa, y aunque los labios
permanecieron entreabiertos, también en su mirada había ahora una dureza extraña.
-Bueno, de eso se trata- Y le clavó la vista en los ojos.
-¿Me estás hablando en serio?- La adustez de
Roger era una respuesta afirmativa. Después de unos segundos, agregó con
aplomo: -Todo me interesa. Es cuestión de ver las condiciones.
La tensa seriedad de los rostros comenzó a
distenderse, y reaparecieron las sonrisas. El que habló fue Roger:
-Por supuesto, no te garantizo nada. Tendrás
que hablar con varias personas, te harán pruebas, tests sicológicos...
-Me imagino- respondió.
Pero no se lo imaginaba. Las entrevistas de esta
noche serán apenas unas más de las tantas que había tenido que concretar desde
entonces. Sólo que ahora la tensión y la presión sicológica que él había soportado
la tendrán que padecer los otros, porque él ya está insensibilizado para ese
tipo de situaciones.
Lo único que le preocupa un poco es esa llamada
anónima al hotel. Aunque desde que llegara a La Paz ningún tropiezo había empañado
su estadía, algún recóndito temor, alguna mínima desconfianza seguía
filtrándole desasosiegos a través de los resquicios de su aparente aplomo.
Tampoco puede olvidar del todo los oscuros vaticinios que le hicieran cambiar
de rumbo antes de partir de Lima. Sin contar que, desde su paso por Juliaca,
unos flacos fantasmas cubiertos con ponchos harapientos, de maxilares salientes,
grandes dientes rectangulares y estáticos ojos negros, se están negando
obstinadamente a abandonar su cerebro.
14
Las ondas del agua declinan lentamente hacia
los pies de Pedro. Sentado sobre una piedra, abrazándose las rodillas, deja
flotar su mirada sobre esa inmensidad azul, cortada a trechos por el verde de
las totoras que se hunden en el fondo del lago, un par de metros debajo de las
transparentes aguas. Las ondas se multiplican y se agigantan a medida que el
yate que trae a los turistas desde las islas va girando para dirigirse al embarcadero.
Pedro destraba sus manos, toma una piedra y
la arroja al agua. Los minúsculos circulitos que se forman en la superficie son
un ridículo remedo de las otras ondas, las verdaderas. Así se siente él por momentos:
un minúsculo circulito dentro del gran oleaje que lo rodea.
Pero no siempre ha sido así. Algunas veces
-varias, muchas- se ha sentido importante, necesario. Como cuando le pedían
milagros. O cuando los hacía, aunque en esas ocasiones no estuviese muy seguro
del valor de sus actos.
Ahora, después de repasar la dirección de la
mujer y guardar el papel en un bolsillo, han reaparecido las dudas que suelen
acongojarlo cuando los acontecimientos se dispersan, morosos, sin ofrecer una
perspectiva concreta a corto plazo.
Siempre le molestaron las dudas, las indecisiones.
Aunque es lento para decidirse, una vez que
lo hace quiere terminar el cometido. Así como sabe obedecer, le gusta
cumplir, y rápidamente. Pero ahora la situación se está diluyendo demasiado, y
por eso se siente intranquilo, nervioso. Casi como cuando conoció a María.
El tenía unos tíos maternos en un pueblito
perdido no muy lejos de Potosí, y desde que murió su madre, cuando él tenía
diecisiete años, cada cuatro o cinco meses los tres hermanos se trepaban a
algún desvencijado camión y se dirigían hacia allí para pasar el fin de semana
con ellos.
Pedro no era como Walter, quien, igual que su
padre, desde jovencito se había sentido fuertemente atraído por el sexo
opuesto. Como era simpático y desinhibido, Walter nunca había tenido problemas
para relacionarse con las muchachas.
Pedro en cambio, además de poco agraciado,
era tímido. Juan lo había llevado un día a la casa de unas putas amigas, y allí
Pedro había accedido a una prosaica iniciación sexual. Pero a pesar de su juventud
y de su normal virilidad, no se desvivía por tener relaciones con las mujeres.
Sólo ante la insistencia de Juan, de Walter o de algún otro amigo, aceptaba volver
a la casa de sus iniciadoras o a algún otro burdel de mala muerte. Pero nunca
había tenido novia, o alguna muchacha por la que se sintiera realmente atraido.
O si la tuvo -al menos en su pensamiento- sus amigos nunca se enteraron. Cuando
sus pulsiones sexuales eran demasiado intensas y no tenía dinero o voluntad para ir de putas,
se entregaba a los placeres solitarios como lo había hecho desde siempre. En su
temprana adolescencia, incluso alguna cabra o alguna llama habían servido para
desfogar sus apremios sexuales.
Por eso se sintió desconcertado el día que conoció
a María. Aunque ya la había visto de lejos, no había percibido en ella nada que
la destacara del grupo de amigas que charlaban y reían mientras se dirigían al
pozo de agua a lavar la ropa, o a traer leña, o simplemente se sentaban en la
puerta de alguna casa para conversar. Pero en una de sus visitas al pueblo,
cuando él pasó a su lado y se dio vuelta para mirarla, ella también lo hizo y,
además, le sonrió. Pedro desvió la vista desconcertado, sin responder al gesto,
pero el rostro de naciente luna llena de María con sus labios abultados
entreabiertos en la sonrisa, enmarcado por su lacio pelo negro recogido en el rodete
bajo el sombrerito colla, se le incrustaron en la retina y en el cerebro para
desde allí apurarle obstinadamente los latidos de su corazón.
Intentó en vano aproximarse a María. Ella
per- manecía casi todo el tiempo en su casa, y cuando salía, siempre lo hacía
en compañía de algunas amigas, las que parecían formar alrededor de ella un
férreo círculo protector.
Pedro no se dio por vencido, y lo consultó
con Walter.
-Pregúntale con los espejos- le aconsejó.
Pedro sabía que en algunos pueblos se utilizaba
ese ardid para solicitar la aceptación por parte de la muchacha deseada, pero
no estaba al tanto del método.
-¿Y cómo es eso?
Walter le explicó:
-Tienes que reflejar el sol en un espejo y mandarle
las señales. Si le gustas, ella te aceptará contestándote de la misma manera.
Si es de noche, se usa una linterna.
-¿Y si no contesta?
-Hermano, si no contesta, olvídate de ella.
Pedro no podía olvidarla, y decidió que aunque
no le contestara las señales, igual hablaría con ella.
Pero no hizo falta poner en práctica la decisión.
En la próxima visita al pueblo, le pidió un espejo a su tía.
-¿Para qué lo quieres?- se sorprendió.
Pedro hizo un gesto de vergüenza, pero insistió
entre dientes:
-Tú préstamelo-
La tía comprendió de pronto, y sin responder,
mirándolo de reojo con una sonrisa cómplice, descolgó un pequeño espejo enmarcado
que colgaba en su habitación, y se lo dio.
Semiescondido entre unas rocas, con el corazón
golpeándole las sienes, Pedro esperó que María llegara al pozo de agua con sus
amigas. Un sol amarillo reverberaba la tarde cuando sacó el espejito del
bolsillo. Luego de permitir que el astro se reflejara en él, lo dirigió hacia
el grupo mientras, con breves movimientos intermitentes, le enviaba su señal de
amor.
Pedro vio los gestos de picardía y oyó las
risitas entrecortadas, pero no hubo ninguna respuesta. Vio también que las
muchachas cuchicheaban, y que luego una de ellas se alejaba corriendo. Esperó,
entre ansioso y decepcionado, viendo las miradas furtivas que los ojos
sonrientes de María y su amiga le lanzaban por momentos. Sin saber qué hacer,
reiteró las señales y volvió a esperar, cada vez más seguro de que María no le
contestaría. Pero al cabo de unos minutos que le parecieron eternos, la otra
chica regresó corriendo, y momentos después unas milagrosas luciérnagas
refulgentes volaron a su encuentro para acariciarle el rostro y el cuerpo con
sus esperanzados reflejos.
Se quedó mirándolos con la vista fija, como
hipnotizado, convencido de que había producido otro milagro. Después de llenar
sus baldes las muchachas emprendieron el regreso, y Pedro permaneció todavía
unos momentos embelesado, viendo cómo María volteaba a trechos la cabeza para
mirarlo con esa sonrisa de chispas amarrillas en sus pequeños y achinados ojos
negros.
El corazón continuó golpeándole el pecho un
buen rato, y aunque ahora no siente sus latidos, una inquietud extraña le está
produciendo una sensación similar a la de entonces. Similar, pero a la vez opuesta,
porque ahora lo que le sacude el pecho no es la esperanza sino algo parecido al
temor o a la angustia.
Por un momento piensa cómo serán los ojos de
la mujer, si serán negros y achinados
como los de María o grandes y
azules como los de esas
bellezas blancas y rubias que suele ver
en el cine, o como los de esas jóvenes turistas que ahora están bajando del
yate. Después se pregunta, reprochándose, qué tienen que importarle a él sus
ojos, y se pone de pie lentamente. Camina un par de cuadras, se para frente a
la puerta y toca el timbre.
15
Santa Cruz es otra cosa. También hay casas
coloniales como en La Paz, galerías con arcadas y varias iglesias antiguas.
Pero aquí hay mucha vegetación: chirimoyos, gomeros, mangos, flamboyanes... El
clima es cálido y la gente es alegre, sensual. Tiene otro ritmo, aunque haya
algunos recostados en sus hamacas con el sombrero sobre la cara, como los mejicanos.
Además, las mujeres son preciosas. Aunque la mayoría son morenas, los genes
alemanes que abundan en la región han permitido la eclosión de muchas pieles
blancas, ojos azules y cabellos dorados, como la que Valdez Sanders tiene ahora
bajo su cuerpo robusto y vigoroso.
En los labios de la mujer hay una media sonrisa
congelada, y sus ojos permanecen bien abiertos mientras el hombre se contrae en
el último espasmo y emite un largo suspiro. El rostro de la mujer continúa
inalterable cuando Valdez Sanders se desliza hacia un costado, toma un sorbo de
güisqui y se dispone a prender un cigarrillo.
A ésta la había sacado de un club nocturno
porque el hotel donde paraba no tenía book,
pero además porque había querido elegirla él mismo, como lo hacía antes, cuando
no estaba tan ocupado como ahora. Igual tendría que pagarle, porque no disponía
de tiempo como para buscar alguna mujer que aceptara una relación más personal
y humanizada. Pero por lo menos había podido observarla, charlar un rato con
ella mientras tomaban una copa y simulaban una conquista que, aunque supiera
que era sólo un remedo de seducción, al menos no tenía la extrema frialdad de una
simple fotografía estampada en un papel.
Luego de exhalar la primera bocanada de hu-
mo, deja el dinero convenido sobre la mesita de luz y la mira de soslayo, con
curiosidad. De repente le pregunta:
-¿Nunca has sentido culpa por ejercer la prostitución?
Ella le responde algo sorprendida:
-En absoluto. ¿Por qué habría de sentir
culpa?
-No sé...- vacila -la sociedad siempre ha marginado
a las putas, o no?
Después de pensar un instante, le responde
con seguridad:
-Yo nunca me he sentido marginada. Éste es un
trabajo como cualquier otro, como el tuyo, como el de cualquiera. Lo que yo
hago no daña a nadie; me controlo, estoy completamente sana. Y no sólo no
perjudico a nadie, sino que produzco placer a la gente. ¿Por qué habría de
sentirme mal, o marginada? En cambio hay otros trabajos -subraya irónicamente-
que sí perjudican a la gente, y sin embargo nadie los ve mal. Como el de los
políticos, por ejemplo.
“¿O como el mío?”, duda un momento Valdez
Sanders. Pero de inmediato desecha el pensamiento.
-Quizá tengas razón. Sin embargo, no puedes
negarme que es un trabajo mal visto por la sociedad.
-¡La sociedad! ¡Qué me importa a mí la sociedad!
¿Quién alimentaría a mis padres y educaría a mi hija si yo no hiciera esto? ¿La
sociedad? Parece que tú vivieras en el aire- da vuelta la cara.
-¿Pero no se supone que el amor no tiene precio,
que debe entregarse generosamente...?- sonríe irónico.
La mujer frunce el ceño y lo mira a los ojos,
seria.
-¿Tú eres casado?
-No.
-Te salvas entonces. Porque si fueras casado,
seguro que estarías pagándole a tu mujer por tener sexo con ella. Y le pagarías
muy bien, alimentándola, vistiéndola, manteniéndola. Si fueras casado tu mujer
también te cobraría, como te cobro yo. Sólo que a eso nadie lo vería mal, y en
lugar de puta a ella la llamarían señora.
-¿No crees que eso es resentimiento?
-De ninguna manera. No tengo nada contra las
amas de casa; pero quisiera que ellas tampoco tuvieran nada contra mí. Yo vivo
muy feliz con mi trabajo, y espero poder seguir ejerciéndolo durante mucho tiempo.
“Tiene agallas la rubita”, piensa divertido.
Luego concede:
-Ojalá.
Por supuesto que él hubiera preferido estar
con algunas de sus amigas de Washington, o de New York. Pero el asunto es
demasiado serio como para permitirse el lujo de cargar con un lastre que podría
significar, además de una pérdida de tiempo, una complicación suplementaria a
la ya de por sí delicada situación.
Mañana tendrá que entrevistarse con dos de
esos latifundistas brasileros que, lenta pero persistentemente, han ido
adquiriendo tierras dentro del territorio boliviano hasta casi lograr esfumar
la frontera; o, más precisamente, desplazarla en la práctica hacia el interior
de Bolivia. También estará el cónsul brasileño en Santa Cruz y el comandante
del destacamento militar de la región.
Pero eso será recién mañana, cuando el recuerdo
de la mujer que ahora se está levantando para ir al baño se haya esfumado para
siempre de su memoria sin dejar el menor rastro, como tampoco lo han dejado otras
decenas o cientos de momentáneas presencias.
Sin embargo, a pesar de ese apuro por relegar
al olvido las fugaces ráfagas carnales que pasaron por su vida, hay una -además
de la inolvidable e implacable Mildred- que ha permanecido clavada como una dulce
espina en su memoria.
Jeniffer no sólo era una belleza
esplendorosa, sino que además pertenecía a una familia que en un par de décadas
había logrado reunir una importante fortuna en negocios de hotelería. De
modesto mozo de restaurante, su abuelo se había convertido rápidamente en maitre y luego en propietario del local
donde trabajaba. Al poco tiempo ya poseía tres establecimientos del ramo y un
hotel, con cuyas rentas hizo estudiar a su hijo marketing y turismo en la
universidad. Una vez recibido, éste le hizo liquidar a su padre los negocios
que tenía para invertir el dinero en el incipiente boom hotelero de Las Vegas. Cuando Ronald conoció a Jeniffer, la
familia Morando ya era una de las más prósperas de la ciudad en ese ramo.
Por esa época, Ronald ya había superado todas
las pruebas y tests a los que había sido sometido por la C.I.A., y finalmente
había entrado a trabajar en la central de inteligencia americana, aunque para
ello tuvo que mudarse a Miami. Sus tareas eran limitadas, y se reducían a mantener
contactos con los exiliados cubanos que procuraban organizar una invasión a la
isla. La guerrilla contrarrevolucionaria había estado actuando en las sierras
de Escambray, y el gobierno de Kennedy suponía que una invasión por mar terminaría
por derrocar a Castro, quien, ya alineado con la U.R.S.S., se había atrevido a
retar abiertamente a los Estados Unidos.
Su sueldo era variable -de acuerdo al trabajo
que realizara- y aunque nunca resultaba demasiado importante, los viáticos y
los gastos especiales le permitían moverse con bastante comodidad en ámbitos
antes vedados a sus posibilidades económicas.
A pesar de vivir en la Florida, viajaba seguido
a Los Ángeles para visitar a su familia. A Jennifer la conoció en una fiesta de
inauguración de un hotel en el down town,
propiedad de un amigo de su padre. En Miami, además de los cubanos, había
conocido también a varios descendientes de italianos -etnia a la que pertenecía
Joe Morando, el padre de Jennifer-, y uno de ellos lo había invitado a la
fiesta.
Aunque había aprendido bastante a dominar sus
sentimientos, cuando vio a Jennifer la conmoción fue tal que lo obligó a
invitarla a bailar, sin medir las posibles consecuencias del acto. Ella lo
había mirado un par de veces, aparentemente sin mucho interés, pero cuando le
pidió que bailara con él, aceptó de inmediato. Uno de los hombres que integraba
el grupo en el que estaba Jennifer lo miró de mala manera, pero no dijo nada.
Los otros tampoco.
-¿Es su novio?- le preguntó Ronald al percatarse
del gesto.
-¿Freddy?- sonrió, dudando -No... es sólo un
querido amigo.
-¿Muy querido? -remarcó. Ella se puso seria y
lo miró a los ojos -Perdóneme- se disculpó -no debí preguntar eso.
El rostro de ella se distendió.
-¿Siempre es tan impulsivo?
-Casi nunca. Sólo cuando alguna mujer me
atrae demasiado.
Volvió a mirarlo a los ojos, pero esta vez
con curiosidad, profundamente, como buscándole los más íntimos pensamientos. Él
le sostuvo la mirada hasta que ella desvió la suya. Aunque Jennifer permaneció
callada, Ronald tuvo la certeza de que ella también se sentía atraída por él.
Bailaron un rato sin hablar, lanzándose sólo
por momentos furtivas miradas. Pero cuando finalmente los labios de Ronald se
separaron para comentar, con su rostro casi pegado al de ella, “bonita fiesta”,
los de Jennifer también se entreabrieron. Y aunque permanecieron mudos, el
intenso brillo de sus ojos oscuros le advirtieron a Ronald que ya las palabras
eran sólo excusas.
Cruzaron todavía varias banalidades, pero
cuando Ronald la acompañó hasta el grupo de amigos los dos sabían que algo
visceral, profundo, había estallado en sus carnes y en sus sentimientos.
Bailaron una vez más, y al otro día se encontraron
para amarse apasionada, furiosamente. Las entrañas de Jennifer eran un volcán
explotando y lanzando ardiente lava sobre la enhiesta roca de Ronald. Ninguno
sabía nada del otro; apenas sus nombres. Pero cuando se despidieron, ambos
sabían que un huracán los había arrasado, y que ya no serían los mismos.
La relación le permitió a Ronald conocer a
gente importante no sólo por sus patrimonios económicos, sino también porque
sus posiciones políticas les brindaban un cercano acceso al poder. Incluso le
presentaron a un individuo muy allegado a los tenebrosos y herméticos personajes
que, allá en la Sicilia natal de la familia Morando, regían desde las sombras
los destinos de una buena parte de la sociedad americana.
Se vieron y se amaron todavía unas cuantas
veces, hasta que, como suele suceder, sus caminos se bifurcaron. Cuando Ronald
regresó a Miami estaba en plena ejecución el plan de Bahía Cochinos. Demoró
varios días en volver a Los Ángeles, y cuando llegó, Jenniffer se había
a Las Vegas con sus padres. Viajó
de inmediato hacia
allí, pero al llegar, Jennifer estaba con una fuerte gripe. Llamado con
urgencia desde Florida, llegó justo a tiempo para asistir a la partida de los cubanos
que iban en busca de sus tumbas o las cárceles de la Revolución.
Cuando el fracaso le estalló en las manos a
la C.I.A., los jefes se desesperaron y comenzaron a buscar chivos expiatorios.
Aunque Ronald era un agente de poca monta y su actuación pasó casi inadvertida,
igual debió viajar seguido entre Miami y Washington, y el tiempo fue pasando sin
que pudiera regresar a Los Ángeles. Cuando finalmente lo hizo, Jennifer había emprendido
un viaje hacia Italia para visitar a sus parientes sicilianos.
Contemplando el Etna ancestral, quizás haya
relacionado las tenues fumatas que sobrevolaban la cima con su ya aquietada
pasión por Ronald. Pero debió de saber también que, lo mismo que en las del
volcán, en sus entrañas permanecería
para siempre la potente furia pasional que la uniera a su amante. A ese Jorge
Valdez Sanders que ahora está mirando indiferente cómo la mujer se viste, se
retoca el maquillaje y se dispone a partir. La compara con el ardiente recuerdo
de Jennifer -como sucede casi siempre que termina de hacer el amor con alguien-,
y no puede evitar sentir la nostálgica sensación de una dulce espina hurgándole
la piel hasta perderse en sus entrañas. Y como siempre también, termina por
recordar que, aunque sea rubia y de ojos claros, ésta no deja de pertenecer a
un pobre país sudamericano de indios.
16
-De Juliaca volvió a Lima, y todavía no sabemos
qué hará- La muchacha es morena, de ojos
claros, y tiene la voz cálida y dulce. Santacruceña, sin dudas. Mientras habla,
Pedro la mira embelesado. Sólo las ha visto tan bonitas en las películas, y le
gustaría seguir charlando un rato con ella. Mejor dicho, escuchándola, porque
él es de pocas palabras, y no sabría qué decir
-Tendrás que volver a La Paz.
Allí te informarán- Pedro permanece en silencio, elevando por momentos
su vista hacia el rostro de la mujer, y por momentos bajándola.
Al comprobar que Pedro no hace ningún gesto
indicador de una despedida, ella le mira un instante intrigada, y luego le
sonríe.
-¿Quieres un café?
-Bueno.
Seguramente estará de paso, como él, piensa
Pedro, y quizás aceptaría pasar un rato juntos. La mira alejarse contoneando
sus caderas esbeltas, enfundas en un jean
que le resalta los glúteos altos, las firmes columnas de sus muslos. Hace un
esfuerzo pensando qué puede decirle, pero cuando ella regresa con el café, una
garra implacable continúa oprimiéndole la garganta, y sólo atina a decir “gracias”.
Ella continúa estudiándolo con curiosidad,
sonriente, mientras le sirve azúcar.
-¿Tú no eres de La Paz, verdad?
-No, soy de Potosí- miente -Pero ahora trabajo
en La Paz.
-En “Metalsur”.
-Sí- se sorprende -¿Cómo lo sabes?
-Es necesario que lo sepa... Pedro -y subraya
el nombre con una sonrisa amable. La nueva sorpresa acrecienta su seriedad.
Ella prosigue: -Tú eres sólo una pieza del engranaje, por eso no tiene
importancia que conozcas ciertas cosas. Pero los que ordenan ese engranaje y lo
echan a andar, tienen que conocer todos los detalles- El tono de su voz sigue
siendo cálido, profundo.
-¿Tú eres de esos que ordenan?- pregunta dudando.
-No- ríe ella-, yo soy sólo otra pieza.
Pedro se distiende mientras toma su café. Se
da cuenta de que si quiere derivar la charla hacia un terreno más íntimo
debe apurarse, debe decir algo
convincente de inmediato. Pero sabe también que, como
siempre, finalmente se quedará callado y se marchará sin atreverse a hablar.
Con María estaba seguro de que sí se habría
atrevido, aunque el recurso del espejo hubiera fallado. Pero lo difícil para
Pedro era el comienzo. Ésta, como María, también parece dulce. Pero María no lo
intimidaba con su belleza, su seguridad, su prestancia. Y sobre todo no lo
intimidaba porque entre ellos existía una comunión étnica, ancestral,
definitiva: María, como él, era colla. Si bien él no lo era del todo, porque su
padre tenía una gran parte de ascendencia europea, su madre había conservado
casi intacta su raíz indígena. Aparte de su menospreciada condición femenina,
arrastraba además un vasallaje racial de cuatro siglos.
Aunque no tan callada y sumisa como la madre
de Pedro, tampoco María podía ocultar, tras sus ojos chispeantes y su risa
cristalina, la característica esencial de su raza. Sin embargo, tenía su carácter, y Pedro debía obedecer, a veces a regañadientes, algunas
órdenes que hubiera preferido no acatar. Pero siempre terminaba aceptándolas
porque, a la firmeza de sus pedidos, María sabía agregarle una pizca de dulzura
y de falsa súplica. Como cuando lo urgió a casarse. Y no era que Pedro se
negara a hacerlo; él también lo deseaba. Pero era indeciso, y quién sabe cuánto
tiempo habría pasado si ella, en parte por voluntad propia y en parte instigada
por su madre, no lo hubiera presionado.
Aunque el noviazgo ya llevaba dos años, el
tiempo real que habían estado juntos resultaba escaso. Pedro la visitaba
esporádicamente, y sus estadías en el pueblo eran muy breves. Por otro lado, el
contacto personal se reducía a las visitas que Pedro efectuaba a la casa de
María, siempre con la vigilante presencia de los padres. Sólo en algunas
oportunidades, a la hora de la siesta, las amigas que la acompañaban a traer
agua del pozo o a efectuar algún mandado, solían apartarse algunos minutos para
permitir a la pareja una breve y furtiva intimidad, que ellos aprovechaban para
besarse recatadamente detrás de las rocas o de alguna pared cómplice. Los
mayores momentos de intimidad tenían lugar durante algunos atardeceres en que
los padres de María autorizaban a los novios a dar algunas vueltas por el
pueblo o a tomar unas gaseosas. En esas ocasiones, la demora en el regreso
permitía que la incipiente oscuridad se convirtiera en cómplice abrigo para sus
efusividades. Pero ni aun así, al reparo de indiscretas miradas, los besos y
las caricias traspasaban los púdicos límites impuestos por ellos mismos.
Pedro deseaba con toda su alma desbordar esos
límites y profundizar la relación erótica hasta que la misma culminara en el
natural desenlace impuesto por su joven virilidad. Varias veces pensó en proponerle
sirviñacu, pero las dificultades que imponían los posibles lugares de residencia,
un ancestral recato y el acatamiento a una secular tradición católica que obliga
a la mujer a llegar virgen al matrimonio, frenaba sus impulsos haciendo que la
relación se prolongara sin que la anhelada culminación se produjera.
Por eso, y aunque en ese momento no estuviera
conscientemente en sus propósitos, para él fue casi una liberación el día en
que María le comentó tímidamente, luego de acotar los bríos eróticos de Pedro:
-Algún día tendremos que casarnos, no?- Pedro
se quedó con la boca abierta, todavía con el inefable gusto de los labios de
María en los suyos. Demoró unos segundos en contestar, mientras la miraba
dubitativamente. Por fin asintió, pero sólo con el gesto, cerrando la boca y
mordiéndose el labio -Mamá dice que ya es tiempo.
-Sí...- articuló finalmente. Pero la duda
seguía presente en la afirmación.
-¿Tú no quieres?
-Claro que quiero. Pero...
- ¿Pero qué?
-Es que no sé, no me imagino casado.
María lo miró con ternura y le acarició la cabeza.
-Va a ser lindo, seguro que te va a gustar-
lo alentó, besándolo suavemente.
-¿Tú crees?
-¡Sí! Además... ya sabes, no tendremos que
escondernos para estar juntos.
Recién entonces a Pedro se le animó el gesto.
Pero de nuevo se le ensombreció el rostro cuando volvió a dudar:
-¿Y cómo viviríamos? ¿Dónde?- María se encogió
de hombros -Yo gano muy poco allá en la minas. ¿Tus padres te van a dejar venir
conmigo?
-Yo iré donde tú vayas. Aunque...- lo miró
furtivamente, antes de bajar la mirada y agregar: -mamá dice que podrías venir
a vivir aquí.
-¿Aquí?- se sorprendió -¿Y qué podría hacer
yo aquí?
-Podrías ayudarle a papá con los animales. Tú
sabes de eso. Y en la casa hay lugar para que vivamos.
Pedro se quedó un rato meditando. Después
volvió a dudar:
-¿Y la Rosita? ¿Y el Walter?
Ella lo miró con un gesto escéptico.
-Sabes bien que Walter no te necesita. Y tu
hermana... que siga viviendo con Walter.
Pedro le prometió pensarlo, pero cuando los
dulces labios de María volvieron a abismarlo en un deseo cada día más ardiente
y reiterado, ya había decidido sucumbir a la insinuación de su novia.
Se casaron en abril, cuando el sol del mediodía
aún enardece las pieles con su fuego y sus rayos tornan más diáfano el profundo
cielo azul del altiplano. El padre Federico, un cura fortachón y pelado, de
prominente nariz enrojecida por los soles y las heladas y por los incontables
litros de sagrado vino ingerido alternativamente para refrescarse y calentarse,
los unió para siempre en uno de esos casamientos colectivos que se celebran dos
o tres veces al año -para ahorrar el tiempo del cura y el dinero de los desposados...-
en cada uno de los pueblos perdidos de la vasta y desértica altiplanicie boliviana.
En la fiesta concelebrada se comió chuño, picante,
rocoto, tunta, ají de lengua..., y se bebieron litros y litros de cerveza al
natural y chicha -la deliciosa y fuerte chicha boliviana, muy distinta de la suave chicha morada
peruana-, siempre derramando previamente
un chorrito sobre la tierra para apagar la sed y tener contenta a la antigua
diosa aymara, la Pacha Mama.
Los novios, padrinos e invitados, ataviados
con sus mejores vestimentas -los hombres con sus ajustados pantalones, sus
ponchos coloreados y sus oscuros sombreros aludos en forma de cúpula, y las
mujeres con sus coloridos faldones superpuestos, sus abrigos de lana de cordero
y sus moños rematando las trenzas negras-, bailaron, al son de sikus, flautas y
quenas, aletargantes danzas quechuas y aymaras y también alegres huaynos y
carnavalitos.
Cuando los vahos alcohólicos de músicos e invitados
-incluido el cura- comenzaron a presagiar el ocaso de los sones y las danzas,
Pedro y María se escabulleron hacia las rocas que rodeaban el pozo de agua.
Unas brillantes luciérnagas -frías, lejanas e infinitas- activaron en la
memoria de Pedro el recuerdo de aquel otro brillo, cálido y amigo, que
despedían las chispeantes luciérnagas emitidas por el mágico espejo de María.
Convencido
de que estaba viviendo otro milagro, le prometió a su flamante esposa que,
pasara lo que pasara, siempre la amaría.
Y cumplió su promesa, a pesar de que algunas
veces, más por complacer a los amigos que por voluntad propia, se hubiera
acostado con alguna prostituta o con una ocasional y anónima compañía. Como la
que ahora tiene enfrente, sin saber qué hacer o qué decirle. Pero claro, las
otras habían sido sus pares, cholas o mestizas de su mismo rango; o incluso alguna
“blanquita”, pero puta. En cambio ésta se nota que no lo es. Y aunque no sea
blanquita sino morena, tiene los ojos claros, y unos labios rojos y sensuales,
y unos pechos firmes y unas altas caderas en las que se presienten indómitos corcovos.
Por eso se queda perplejo, sin saber qué responder,
cuando ella le dice, mirándolo a los ojos con simpatía:
-Ojalá tengas suerte, Pedro.
El está seguro de que la tendrá, como
siempre. Pero una cosa es la suerte para lo demás, y otra muy distinta la que
hace falta para decirle que todavía no quiere irse, que quiere quedarse y
aproximarse a ella, rodearla con sus brazos y besarla en esa boca sensual que
le sonríe amigablemente cuando continúa diciéndole “hasta cualquier momento”
mientras le extiende la mano.
Siente bajo la tosca piel de su mano la otra
piel, suave y caliente, y sólo atina a decir:
-Quizá volvamos a vernos.
-Quizá, Pedro, por qué no? Nunca se sabe.
-¿Cómo te llamas?
-Violeta.
-Violeta- repite -Casi como el color de tus
ojos.
-Casi- asiente ella, mientras cierra la puerta.
17
Valdez Sanders aprieta el control remoto
por enésima vez, y al comprobar que no hay ningún programa que le
interese, apaga la televisión y se dirige al pequeño refrigerador. Prepara un
gin tonic y lo va bebiendo lentamente, mientras contempla desde el balcón de su
habitación del décimo piso las luces encendidas de las torres circundantes. A
lo lejos, en El Alto, una miríada de minúsculas pupilas eléctricas escrutan
atentamente el bullicioso caos del centro de La Paz.
Aunque está soberanamente aburrido, ha decidido
que esta noche no llamará a ninguna mujer, ni tampoco saldrá a buscarla. No es
que se sienta cansado físicamente, a pesar del ajetreo impuesto por los viajes
aéreos y las entrevistas que ha debido efectuar. Pero una extraña abulia, que
no es habitual en él, lo ha invadido desde que llegó a Bolivia. Y aunque por
momentos la atribuye a la altura, tiene conciencia de que las otras veces que
había estado aquí nada le había sucedido, salvo un leve decaimiento y una
pesadez cefálica que fueron combatidos eficazmente con cafeína y reiterados tés
de coca. Durante estos días ha hecho lo mismo, y el cansancio físico también ha
desaparecido rápidamente.
Pero lo que ahora experimenta no es precisamente
cansancio, sino aburrimiento, hastío. Y aunque le cuesta explicarse de qué,
puesto que la organización de los detalles del plan lo ha mantenido ocupado y
atento durante todo el tiempo, finalmente ha comprendido -mejor, ha percibido
con un malestar casi físico- que lo que lo ha cansado son las mujeres. Ese tipo
de mujeres con las que ha debido acostarse durante los últimos tiempos, cuando
las misiones abundaban y tenía que recorrer ciudades y países con una
frecuencia y una celeridad que le impedían cualquier relación más o menos
estable, duradera.
Él siempre fue mujeriego, y desde joven había
sentido una especie de admiración por quienes también lo eran. A Kennedy, por
ejemplo, lo admiró de entrada porque se dio cuenta de que era un “duro” como
él, y que con esa natural y arrolladora simpatía debía de ser, inexcusablemente, un empedernido seductor.
Pero más que por esa condición, lo admiró por la firme actitud frente al
comunismo que puso de manifiesto ni bien asumió la presidencia de su país. Y
esa admiración aumentó aún más cuando tuvo conocimiento de que el gobierno de
Kennedy estaba preparando una invasión a Cuba. El furioso anticomunismo que en
él se había estado gestando encontraba por fin
-o así lo suponía- un convalidante paralelismo en el más alto nivel del
poder.
Sus contactos con los exiliados cubanos se
multiplicaron y su exaltación fue creciendo a medida que la fecha se
aproximaba. Pero cuando finalmente las paupérrimas huestes anticastristas
fueron diezmadas por las bien organizadas defensas cubanas, a la decepción
producida por el contraste se sumó una sensación de estupor al enterarse de
que, a último momento, el gobierno de Kennedy había dejado sin cobertura aérea
a las tropas invasoras. Él sabía
que, conjuntamente con el desembarco,
aviones norteamericanos camuflados deberían proceder a bombardear las defensas
costeras de los castristas para facilitar el ulterior avance de los invasores
hacia el interior de la isla. Por eso, cuando se enteró de la deserción norteamericana,
no pudo dejar de considerar el hecho como una simple y vil traición.
Por más que sus jefes intentaron explicarle
la sensatez de la decisión, invocando el peligro que suponía el descubrimiento
de la maniobra para la estabilidad de la guerra fría, le quedó un regusto
amargo y una torva inquina hacia el presidente, que sólo cedió en parte cuando,
meses después, se produjo la “crisis de los misiles”. La firmeza demostrada por
Kennedy en esos dramáticos días en que el mundo estuvo al borde de un
cataclismo nuclear, elevó un tanto el alicaído concepto que el presidente tenía
en el sentimiento de Ronald.
Pero cuando finalmente las balas de la
conjura hicieron estallar en Dallas, junto con la cabeza de Kennedy, la
confianza del pueblo norteamericano en el sistema de seguridad de su país,
Ronald no pudo dejar de alegrarse y sentirse invadido por una mezcla de
sensaciones entre las que prevalecía nítidamente el oscuro sentimiento de la
revancha.
Porque él no podía entender cómo un tipo con
la cualidades de Kennedy, lleno de energía y con toda la fuerza que le confería la creciente
popularidad entre sus conciudadanos, hubiese demostrado ser tan blando en
aquella desdichada cuestión de Bahía Cochinos. Y aunque después se reivindicara
ante sus ojos con la cuarentena impuesta a Cuba seguida de la supuestamente vergonzosa
capitulación de Kruschev, se había convencido, a través de sus propias conclusiones
y de las medias palabras con las que sus compañeros de trabajo en la CIA
analizaban el desenlace, de que una de las causas fundamentales por las cuales
Kennedy había sido asesinado -además de los encontronazos con la mafia y los
elementos eróticos que condicionaban
esta relación- era su actitud demasiado conciliadora con los rusos. Estos,
a pesar de la derrota que habían sufrido en la “crisis de los misiles”,
continuaban su avance ideológico y militar en muchas partes del mundo. Y como
su mente no podía aceptar de ningún modo que ello sucediera, estaba firmemente
convencido de que al comunismo había que derrotarlo de cualquier modo y en
cualquier lugar, incluida la Unión Soviética si era necesario, pero fundamentalmente
en Cuba y en toda América Latina.
Lentamente Ronald Princeton había ido a- prendiendo
a optimizar ese vapuleado pero poderoso sentimiento que es el odio. Había
asimilado que éste -lo mismo que la venganza- es un sentimiento puramente
humano, inherente al género y natural en cada uno de los individuos que lo
componen. Los animales, reflexionaba, podrán sentir ira, temor, deseo, sumisión...
quizás hasta amor. Pero el odio y la venganza sólo podían sentirlos los seres
humanos.
Por más que desde niño había oído decir que
no se debe odiar, que el odio es un veneno que corroe el alma y el corazón de
los individuos, existían circunstancias que parecían desmentir abiertamente
esas afirmaciones. Porque, por ejemplo -se preguntaba- ¿cómo alguien podía
dejar de odiar a los nazis, conociendo las barbaridades que habían perpetrado?
¿Era moralmente legítimo permanecer indiferente, o incluso perdonar, esas
atrocidades? Por otro lado, los nazis habían matado a miles de compatriotas
suyos, y por consiguiente eran también sus enemigos. Y como a los enemigos,
reflexionaba, hay que destruirlos de cualquier manera, resultaba inevitable
tener que odiarlos para poder proceder luego a su destrucción. Sin odio es
imposible matar a un semejante, pensaba Ronald Princeton en esa etapa de su
vida. Y como era consciente de que, debido a su trabajo, no resultaría extraño
que un día tuviera que hacerlo, procuraba por todos los medios centrar su odio
en un enemigo que le brindara la necesaria justificación para concretar ese
trascendente y definitivo acto.
Como el comunismo, a principio de los sesenta,
era el tenebroso fantasma que se cernía sobre la autista personalidad de su
compatriotas, no tuvo más alternativa que odiar a esos comunistas porque intuía
que, tarde o temprano, sus compatriotas -quizás él mismo- tendrían que destruir
a ese enemigo.
No comprendía aún -como lo comprendería
después, cuando ya fuera demasiado tarde- que el hombre es un animal de
costumbres y que, así como se acostumbra a robar y estafar, a engañar y traicionar,
también puede acostumbrarse a matar sin sentir odio. Tuvo que transcurrir bastante
tiempo para darse cuenta de que, cuando los actos se reiteran hasta transformarse
en rutina, los individuos terminan insensibilizándose, sin que importe la
magnitud de esos actos. Aprendió también que, aunque sólo una personalidad
eminentemente patológica es capaz de matar por primera vez sin sentir algún
tipo de remezón en su espíritu, cuando se mata -como cuando se tortura- dos,
tres, cuatro veces, los sentimientos pueden no sólo adormecerse hasta
convertirse en indiferencia sino también transformarse y mutar. Y así, en lugar
de sentir arrepentimiento, asco o terror, pudo llegar a experimentar alegría,
orgullo y hasta placer frente a la muerte del prójimo. Sin contar que, al
ejecutar esos actos a través del acatamiento de una orden, se veía además liberado
del inevitable sentimiento de culpa que embarga al matador voluntario y
consciente que actúa movido por sus propios impulsos y su libre albedrío.
En esa época de su vida, Ronald Princeton aún
tenía la capacidad de odiar con toda sus fuerzas. Ahora, en cambio, lo que lo
embarga es el hastío, la indiferencia. Aunque esa indiferencia, ese trabajo
rutinario que realiza desde hace bastante tiempo, produzca más muertes que si
tuviera un arma en la mano.
Termina de tomar su tercer gin tonic, echa un
último vistazo desganado hacia las titilantes pupilas de El Alto y, bostezando,
se dirige lentamente a la cama.
18
Con los ojos claros de Violeta iluminándole
el alma, Pedro se dirige lentamente hacia el hotelucho cercano a la estación de
trenes donde ha tomado una habitación. Al doblar una esquina, de pronto se encuentra
en medio de una procesión; es el “entierro” de la fiesta del Velacuy Cruz, y un
grupo de gente, algunos con máscaras y otros portando velas y una mixtura de
objetos religiosos y paganos, tocan instrumentos típicos y ensayan algunos
toscos pasos de baile. Es una procesión pobre, carente de boato; acorde con la
ciudad. Se detiene un momento para contemplar su paso, pero tan rápidamente
como ha aparecido, la procesión dobla la esquina y, desandando la misma calle
que él transitara, se esfuma en la noche.
Sensibilizado por el encuentro, comienza a deambular
por las calles semidesiertas y finalmente entra en el único barcito acogedor
que encuentra a su paso. Un conjunto folklórico está interpretando quejumbrosas
y melancólicas canciones nativas del altiplano, de ese altiplano que incluye
parte de Bolivia, Perú y Argentina. El sordo lamento de los sikus se superpone
a la nostálgica melodía de las quenas y el monótono retumbar de las cajas, y
sólo algún acorde de guitarra convoca por momentos a la alegría, a la luz.
Pide un pisco
sauer, y mientras lo bebe intenta en vano encontrar alguna diferencia
esencial entre esas canciones. Y así como no encuentra distingos entre ellas, tampoco los encuentra entre los
habitantes de esa región. Todos son hermanos, piensa; hermanos en la pobreza,
en el desamparo, en la incertidumbre de un destino de sombras. Pero también -se
dice con firmeza- hermanos en la cotidiana lucha por la esperanza.
Él, su esposa y sus hijos son bolivianos; un
hermano de su madre es peruano, de Juliaca, y su padre era argentino. Aquel
padre temporalmente ya lejano que un día regresara para siempre a su tierra,
cuando él era casi un niño.
Nunca supo los motivos reales de ese alejamiento.
Cuando se lo preguntaba a su madre, ella lo envolvía con una mirada triste,
pero continuaba callada. Sólo a veces, cuando su insistencia o la de Walter le
urgían una respuesta, solía decir, con la mirada ausente cargada de una
melancolía que se parecía mucho a la indiferencia:
-Puede que algún día vuelva...
Otras veces, la puerilidad de la respuesta desconcertaba
a Pedro:
-Nunca le gustó el frío. Él es de sangre
caliente, como la tierra donde nació- Y eso era todo.
Sólo le habían quedado un par de fotografías;
su padre agachado para abrazarlos a él y a Walter mientras Rosita lanzaba una
mirada furtiva desde su cabecita inclinada, y una foto carné con el rostro inusualmente
serio, el negro pelo lacio aplastado por la gomina y el bigotito simpático,
atrevido, llegando apenas a las comisuras.
Aunque Pedro también quería a su madre, ese
amor estaba impregnado por otro sentimiento que se parecía mucho a la piedad, a
la lástima. La veía trabajar callada, replegada en su interior profundo e insondable,
siempre con una sombra de resignación velándole los ojos. Estaba seguro de
quererla, pero no anhelaba de ella una caricia, una sonrisa o una palabra
amable, una mirada tierna. Lo que su madre le inspiraba eran unos inmensos
deseos de ayudarla, de protegerla, aun intuyendo que eso resultaba imposible
debido a su edad.
A su padre, en cambio, lo quería con admiración,
con respeto, y a veces hasta con un poco de temor. Pero lo que nunca se le hubiera
ocurrido es que Rufino Saracho pudiera necesitar ayuda de él, aunque fuese una
ayuda hipotética y remota. Por el contrario, lo que deseaba era precisamente
que su padre se fijara en él, que lo protegiera. Sin embargo, a pesar de que a
veces un abrazo apresurado o una leve caricia en la cabeza lo colmaran de una
tierna felicidad, él se daba cuenta de que el interés y las atenciones de su
padre estaban casi exclusivamente dedicados a Walter. Y aunque no sintiera
demasiados celos de su hermano y se conformara con lo que su padre le dedicaba,
pequeños estoques de amargura solían invadirlo cuando los veía reír juntos y
divertirse aunque no tuvieran motivos. A él, en cambio, la risa le resultaba
esquiva, y una sensación de impotencia le atenaceaba el pecho cuando no lograba
hacerla aflorar a su boca.
A pesar de todo, Pedro quería con toda el alma
a su padre, y por eso su pena fue enorme cuando supo que se había ido para no
volver. Sin embargo, la esperanza
anduvo rondándolo por
mucho tiempo, empujándole la pena en procura de aventarla. Y siempre
siguió recordando los relatos que Rufino les hacía de aquellas lejanas y
misteriosas tierras que habían sido su hogar durante tantos años.
-¿Saben, changos? Algún día los llevaré a conocer
Tucumán. Van a ver qué linda es la selva, con esos árboles tan grandes que no
dejan pasar el sol. Y los ríos de agua fresca para aplacar el calor, ¡porque
allí sí que hace calor! A uno le dan
ganas de andar en cueros, pero el sol quema tanto que te obliga a ponerte
ropas.
-Pero si hay tantos árboles, a la sombra no debe
hacer calor- objetó Walter.
-También hace, porque el calor brota de la tierra,
de las hojas caídas que se pudren, hasta del sudor que se pega al cuerpo.
-¿Y hay pájaros?
-¡Muchísimos! De todos los colores, y con
unos cantos que alegran el alma.
-¿Y duendes?- se animó Pedro en voz baja.
Rufino lo miró algo sorprendido, pero luego
respondió sonriendo:
-Sí... también hay duendes.
-¿Buenos o malos?
Su padre se quedó contemplándolo un rato con
la sonrisa congelada y dubitativa, y luego comenzó a inventar:
-Hay malos y buenos. Los buenos son como los
ángeles; ayudan a la gente que se pierde a encontrar el camino, le hacen ver
las frutas de los árboles cuando tienen hambre, les indican donde está el arroyo
cuando tienen sed...
-Hacen milagros- afirmó Pedro con la mirada
embelesada y los labios entreabiertos -Como yo.
-Sí...- confirmó Rufino dudando, para agregar
de inmediato: -Pero también hay otros que son malos; hay uno petiso, con un
sombrero muy grande, que asusta a las chicas a la hora de la siesta.
-Pero ése no hace milagros...
-No, ése no.
-¿Y los cañaverales?- interrumpió Walter,
cambiando de tema. -¿Cómo son?
-¡Los cañaverales!- volvió a sonreír Rufino,
con la mirada nostálgica retornando al sur. -Son como una Puna verde y blanda
moviéndose igual que las olas del mar.
-¿Qué es el mar?- se asombró Pedro.
Rufino volvió a ponerse serio y se rascó la cabeza.
-Es mucha, mucha agua..., mucha más que la
que hay en el Titicaca.
-¿Hay mar en Tucumán?- preguntó Walter.
-No, pero yo lo conozco, de una vez que fui a
Buenos Aires. Cuando uno mira adelante, no ve más que agua.
-¿Dónde queda Buenos Aires?- se interesó
Walter.
-Lejos, mucho más lejos que Tucumán.
-Y en Bolivia, ¿hay mar?- volvió a intervenir
Pedro.
-No, ahora no. Antes había...
-¿Qué pasó, se secó?
-No, hijo, no se secó. Pero ahora Bolivia no
tiene mar- cortó Rufino, serio. Y continuó, retornando a Tucumán: -No creas que
allá todo es selva; también hay montañas. Más arriba de la selva están los
cerros, que son parecidos a éstos de aquí. Y en invierno también tienen nieve.
-¿Nieve, con ese calor?
-Sí, hijo; así de lindo es Tucumán. Desde
Tafí el camino parece un hilito perdido en el tajo de la quebrada que va hasta
Amaicha. Y más allá está el pucará de los indios quilmes, y...
Al ver que su padre callaba y su mirada se alejaba,
extasiado en sus recuerdos, los chicos también permanecieron un momento en silencio;
pero luego, intercambiando miradas cómplices, abandonaron al padre y se fueron
a jugar.
“¡Qué lindo sería poder jugar con Walter como
entonces, con el tata contándonos cosas y la mama rondando y mirándonos de
reojo!”, piensa Pedro. Pide otro pisco, y después un carajillo. Como no está
acostumbrado a beber, el alcohol le agudiza el dolor de los recuerdos. Recién
cuando sale al aire intensamente frío de la noche, el pesado sopor que envuelve
su cerebro se va desvaneciendo.
Llega hasta la desierta Plaza de Armas y se
sienta en un banco, de frente a la Catedral. De pronto se ha sentido
irremisiblemente solo y desamparado, y lo que es peor, totalmente confundido
sobre la validez de sus actuales acciones.
Entonces se arrodilla, junta las manos y eleva una mirada ansiosa hacia
la cúpula iluminada y resplandeciente. Pero sólo logra percibir que atrás, en
la infinita oscuridad de la noche, un cielo de invisibles estrellas le está
escamoteando todas las respuestas.
De regreso al hotel, ni un alma se cruza en
su camino.
19
Las pupilas Valdez Sanders en la oscuridad son
como dos luciérnagas que giran y revolotean hasta permanecer de pronto quietas,
tensas y expectantes.
Hace
media que hora que se ha acostado, y el sueño continúa esquivo. Reprochándose a
sí mismo por no ser capaz de dormirse, enciende el velador y se incorpora.
Parpadea malhumorado, permanece un rato
con el gesto contraído y finalmente vuelve a pulsar el control remoto. Las
imágenes que emite el canal porno, en lugar de excitarlo placenteramente lo
único que hacen es exacerbar su malhumor.
Prende un cigarrillo y se dirige a la
heladera para preparar otro trago, pero desiste al reflexionar que el alcohol
no le inducirá el sueño y que, por el contrario, si insiste, el despertar será
desastroso. Cambia de canal, y el rostro serio y concentrado del presidente de
Bolivia, general Juan José Torres, le hace esbozar una sonrisa de
condescendiente suficiencia.
Los años y las circunstancias le han enseñado
a menospreciar a esos hombrecitos morenos, con reminiscencias indígenas o negroides
-muchos de ellos con cortos y supuestamente viriles bigotitos negros- que,
amparándose en los galones de sus charreteras, se han encaramado en el poder de
muchos países latinoamericanos. Aunque es cierto que casi todos han aceptado
sumisamente lo que les ha ordenado el gobierno de los Estados Unidos,
favoreciendo de ese modo los intereses de su país, igual no puede tolerarlos.
Porque si bien hay algunos cuyos bigotitos no son negros sino rubios y exhiben
además, orgullosamente, sus apellidos centroeuropeos, para su particular óptica
la mayoría de ellos son mestizos, o casi.
Más desagradables aún que los generalitos
morenos les resultan esos otros mandatarios supuestamente progresistas y con
aires intelectualoides que, pretendiéndose democráticos y liberales, lo único
que hacen es seguirles el juego a los comunistas. Pero a los que con más fuerza
desprecia son precisamente a estos militares que, como Torres o Velazco
Alvarado en Perú, además de sumar a sus condiciones castrenses la de ser
semimestizos, deshonran sus uniformes declarándose poco menos que marxistas y actuando
como tales. Que lo hagan un Castro o un Guevara, piensa, desembozados civiles
comunistas, vaya y pase. Pero militares como este Torres, quien además parece
haberse olvidado de que fue uno de los generales a los que no les tembló la voz
ni el pulso cuando hubo que ordenar el asesinato del Che... Por cierto que
también hay algunos, se consuela, como el general Onganía en Argentina, por
ejemplo, que honran sus rangos actuando de acuerdo a lo esperado. Pero en general,
concluye disgustado, toda Latinoamérica se está volviendo peligrosamente izquierdista.
Sumido en esas desesperanzadas reflexiones,
comienza a recordar aquel viaje que efectuara por Sudamérica en los primeros
tiempos de su trabajo en la CIA. Luego de solicitar infructuosamente a sus
superiores que le permitieran desarrollar sus tareas en Vietnam, finalmente le
habían encomendado esa gira de reconocimiento por el sur del continente. Era
una simple misión de sondeo, de semiclandestina infiltración en ciertos ámbitos
políticos y gremiales de algunos países sudamericanos donde existía el peligro
de un avance izquierdista a causa de la contaminación ideológica producida por
la revolución cubana.
Para llevarla a cabo decidieron cambiar su
verdadero nombre por el de Jorge Valdez Sanders. Aunque su castellano era
bastante rudimentario, un curso intensivo antes de partir le permitió dominarlo
satisfactoriamente. Y una vez en su destino, en contacto con la gente de habla
hispana, aprendió rápidamente muchos giros y modismos idiomáticos que tornaron
veraz su versión -sustentada además por su fraguado pasaporte peruano- de que,
aunque había vivido desde chico en Estados Unidos, por lo cual persistía su marcado
acento inglés, en realidad era peruano.
Su primera parada fue en Panamá. Si bien esa
nación no formaba parte de los destinos de su misión, se detuvo en ella para
contactarse con algunos soldados veteranos que custodiaban el Canal, y que por
ello ya estaban familiarizados con el idioma castellano. Tras una breve pero
intensa práctica, llegó a dominarlo bastante bien, además de aprender las
formas coloquiales de comunicación.
Su próximo destino fue Venezuela. Allí gobernaba
Rómulo Betancourt, un político popular que ya formaba parte de la historia del
país. Había obtenido la presidencia por segunda vez luego de que la junta
militar que derrocara al dictador Marcos Pérez Jiménez permitiera su acceso al
poder a través de elecciones. Pero así como Betancourt era depositario de una
multitud de adhesiones, también generaba muchos rechazos. A la CIA no le
preocupaba demasiado el descontento de la derecha -aunque ésta hubiera ya intentado
asesinarlo en un atentado financiado por el dictador de Santo Domingo, Rafael
Leónidas Trujillo- sino la violenta oposición de la izquierda, que ya había
lanzado al monte los primeros focos guerrilleros y que había producido además
dos fracasados levantamientos militares de esa tendencia en Carúpano y
Puerto Cabello. Y precisamente para tratar de averiguar qué posibilidades de
éxito podrían tener en el futuro esos movimientos era que lo habían enviado a Venezuela.
Cuando el húmedo y sofocante calor de La
Guayra casi lo asfixió al salir del aeropuerto, lo asaltó la primera duda sobre
la conveniencia de haber aceptado esa misión. Podría haberse negado aduciendo
múltiples razones, y probablemente a la larga hubiera logrado su primitivo
objetivo. Pero de pronto lo había invadido una acuciante curiosidad por saber
cómo eran y qué pensaban esos desconocidos habitantes de un subcontinente
extraño y contradictorio. Con los vietnamitas no habría tenido dudas; sabía que
eran comunistas, que querían dominar el sudeste asiático para más tarde atacar
a su país, y que lo único que había que hacer con ellos era perseguirlos y
matarlos. Por eso había pedido que lo designaran allí, para ayudar a su
gobierno a derrotarlos. Pero esta otra parte del mundo, de la que sólo tenía
escasas y parciales versiones de algunos conocidos que la habían visitado, le
despertó tal curiosidad que terminó por aceptar su designación sin más vacilaciones.
Sin embargo, mientras se dirigía a Caracas
atravesando los verdes cerros del parque Ávila cubiertos de nubes plomizas
anunciadoras de tormenta, volvió a preguntarse si el viaje valía realmente la pena.
Pero cuando el taxi comenzó a descender la pronunciada cuesta hacía la capital
venezolana, Caracas le causó buena impresión. Parecía una ciudad moderna, en
pleno desarrollo urbanístico. Y como Betancourt había adherido sin retaceos a
la “Alianza para el Progreso” propuesta por el presidente Kennedy, se autoconvenció
de que había que hacer todo lo posible para afianzar su gobierno y ayudarlo a
derrotar los intentos comunistas.
Su misión no tenía carácter decisorio, sino
sólo informativo. El debía recabar la mayor cantidad de datos que pudiera y
luego elevarlos a sus jefes lo más objetivamente posible, sin permitir que en
el informe se trasuntaran sus opiniones o sus sentimientos. Pero a pesar de
ello, no podía evitar que en lo más íntimo de sus convicciones afloraran su
simpatía por el gobierno y los fervientes deseos de que éste lograra, con la
ayuda de su país, desbaratar cualquier intento de la izquierda.
El primer contacto tuvo el aparente carácter
de una ingenua coincidencia, pero en realidad había sido cuidadosamente
premeditado. Aunque sólo le habían dado el nombre y una fotografía del
presidente de la Federación de Estudiantes de Medicina, no le resultó difícil
detectarlo y luego contactarse con él.
Roberto Licastro no tuvo motivos para sospechar
cuando Valdez Sanders, junto a otro joven estudiante con el que había trabado
relación al entrar al comedor estudiantil, pidió permiso para compartir con él
y con otro estudiante que lo acompañaba, la mesa comunitaria del comedor.
-Podemos...?
A Licastro le pareció algo mayor para ser estudiante,
pero como había tantos “crónicos” -y él mismo ya pasaba de los treinta- no se
sorprendió. Lo único que le extrañó fue el acento.
-¿De dónde eres?
-Peruano. Lo preguntas por el acento,
no? Es que viví mucho tiempo en los Estados
Unidos.
-¿Y qué haces por aquí? -preguntó intrigado.
Aunque frunció el entrecejo, su tono no era agresivo, ni desconfiado.
-Recién le comentaba a José Luis -señaló al
joven- que mi familia ha tenido que trasladarse a Venezuela porque mi padre es
técnico en perforaciones y el estado lo contrató para trabajar en Maracaibo. Y
yo me vine a Caracas a inscribirme en Medicina.
Licastro sonrió entre sorprendido e incrédulo,
estudiándolo unos segundos, pero no dijo nada. El otro acompañante cambió una
mirada cómplice con Licastro y luego le preguntó a Valdez Sanders:
-¿Cuántos años tienes?
-Treinta- mintió.
-Un poco tarde para empezar, no?
Sus ojos relampaguearon, atentos, pero contestó
con seguridad:
-Bueno, tú sabes cómo es esto. Primero me
gustaba psicología, y en California cursé dos años. Pero después dejé, y me
puse a trabajar. Y ahora que había empezado medicina y en Lima ya estaba cursando
el segundo año, justo a mi padre lo trasladan a Venezuela.
Los otros permanecieron en silencio mientras
comían. Sólo por un instante las miradas de Licastro y Valdez Sanders, que
estaban sentados enfrente, se cruzaron, fulgurantes. Finalmente Valdez Sanders
comentó, sin dirigirse a nadie en particular:
-Me dijeron que aquí la carrera no es tan brava...
-La anatomía y la fisiología son iguales en todas
partes- respondió con cierto sarcasmo el amigo de Licastro.
-A mí,
que recién empiezo- comentó sonriendo José Luis, el jovencito que aún no había
hablado -todo me parece muy difícil.
-No sé... me dijeron que aquí no hay tantas
exigencia con el estudio, que hay más tiempo para hablar de otras cosas. Allí,
en California, si quieres avanzar, tienes que estar todo el día pendiente del
estudio. No te queda tiempo para nada.
-¿Ni para fuck?-
preguntó el amigo de Licastro con un gesto elocuente.
Todos rieron, distendidos.
-No me refería a cachar -tradujo Valdez Sanders-,
para eso siempre hay tiempo, es igual en todas partes. Aunque en cantidad, ya
sabes; allá, con la liberación sexual, no hay ningún problema. No sé aquí, pero
supongo que tampoco.
-No te olvides que los caribeños somos más
calientes que los yanquis- afirmó Licastro con algo de desdén.
-Puede ser, pero yo no soy yanqui- replicó
Valdez Sanders, serio.
Licastro lo miró a los ojos, también serio.
-Sin embargo, lo pareces.
Valdez Sanders le sostuvo la mirada unos segundos,
pero finalmente desvió la vista y comentó con una leve sonrisa, mirando el plato:
-Por lo que veo, no te gustan mucho los yanquis.
-No me gustan nada- respondió amoscado -Ellos
son los responsables de que los países latinoamericanos estén como están.
-A mí me parece que Venezuela no está tan
mal. Caracas es una bonita ciudad...
-Pero muchos otros sí lo están- lo interrumpió
Licastro. Y prosiguió con vehemencia: -Mira las islas caribeñas, o Bolivia, o
Nicaragua. Mira lo que habían hecho de Cuba.
-Tienes razón- concedió -Pero en la mayoría
de esos países, si no hay una dictadura, hay anarquía. ¿No te parece que con
una democracia podrían estar mejor?
-Depende de qué tipo de democracia- intervino
el amigo de Licastro. José Luis sólo escuchaba, serio y con los ojos bien abiertos.
-Bueno, Kennedy ha dicho que con la “Alianza
para el Progreso” los países que tengan democracias...
-¡Al carajo con Kennedy! ¡Cómo se ve que
vienes de allá! ¿No te das cuenta de que esa famosa “alianza” no es sino una
fachada para seguir explotando a América Latina? ¿Leíste el discurso del Che en
Punta del Este?- Valdez Sanders hizo un gesto ambiguo, sin negar ni afirmar, y
Licastro continuó enfervorizado: -Los yanquis te ayudan siempre y cuando los
gobiernos “democráticos”- subrayó despectivamente -acepten sin chistar las
recetas económicas que ellos ordenan para defender sus intereses y poder seguir
manteniendo a los pueblos en un nivel de mera supervivencia.
-Guevara ya vaticinó el fracaso de la
alianza, y verás que el tiempo le dará la razón- apoyó el amigo.
-Pero entonces, qué solución ves para
nuestros pueblos?
-No sé para el tuyo- respondió irónico Licastro
-pero para el mío quiero un gobierno que se preocupe por los que menos tienen,
no por los privilegiados de siempre.
-¿Como el de Castro?- arriesgó Valdez Sanders,
cauteloso.
-Como el de Castro.
-La revolución.
-Sí, la única forma de lograr un gobierno igualitario
es por medio de una revolución.
-¿No te parece un poco difícil hacerla en un
país como Venezuela? En Cuba fue fácil
porque estaba Batista...
-La revolución se puede hacer en cualquier
país del mundo. Sólo hacen falta voluntad y huevos.
-Pero ¿qué métodos emplearías?
Licastro lo miró a los ojos y luego respondió
sorprendido:
-Oye, me estás interrogando?
Valdez
Sanders sonrió apocado y bajó la vista.
-No, sólo pretendía saber cómo están las
cosas por aquí.
-Las cosas por aquí andan mal, compañero- Y
agregó molesto: -Pero me parece que tú no entiendes nada. O te haces el que no
entiendes.
-¿Por qué?- intentó defenderse.
-Por nada, no te preocupes -Miró el reloj y
le dijo a su acompañante, cambiando de tema: -A las tres teníamos que ver a
Ricardo, no?
-Sí.
-Yo también tengo que irme- anunció Valdez
Sanders, levantándose. Y dirigiéndose a José Luis: - No pierdas mi teléfono, y
no te olvides de llamarme.
José Luis asintió sólo con el gesto, mientras
terminaba el postre.
-Nos vemos- dijo Licastro, y se levantó. Su
amigo sólo hizo un breve gesto de despedida con la mano.
Mientras salía del comedor, Valdez Sanders
sonrió al pensar en el número falso que le había dado a José Luis, pero volvió
a ponerse serio al tomar conciencia del peligro que significaban las ideas del
presidente de la Federación, debido a su ascendiente sobre tantos estudiantes dispuestos
a escucharlo. Más allá de su propia opinión sobre Licastro, que en cierta
manera le había caído simpático, debía informar a sus superiores que era un
sujeto sumamente peligroso para los intereses norteamericanos. Como sin duda lo
es también este ceñudo miliquito Torres que ahora se está despidiendo de los
bolivianos desde la retransmisión del mensaje originariamente emitido por la
televisión durante la tarde.
Luego de unos segundos de reflexiva duda, finalmente
Valdez Sanders apaga el televisor y se dirige a la heladera para prepararse
otro gin tonic. 20
La visión del profundo azul del Titicaca no alcanza
a purificar los pensamientos de Pedro. Se ha despertado tenso, preocupado, y no
sabe si atribuirlo al alcohol, al que no está acostumbrado, o a las angustiosas
incertidumbres padecidas la noche anterior.
Mientras el ómnibus lo va acercando a su patria,
no puede alejar de su mente imágenes sombrías, dolorosas. Pedro piensa en la
muerte. En la muerte impersonal, genérica, y en la suya propia. En las provocadas
y en la evitadas. Pero aunque cuantifica y cualifica, no halla respuestas
válidas.
El es profundamente católico y trata por
todos los medios de respetar los mandamientos. Pero piensa en la muerte natural
de sus abuelos, de su madre, y en la violenta de su hermano en la cárcel. Y las
comparaciones no encajan.
Sin embargo, tiene conciencia de que la vida
es el bien supremo del hombre, y que nadie debería tener derecho a suprimirla.
Pero entonces ¿por qué otros pueden tener ese derecho, y él no? ¿Por qué la
vida de los mineros, de los obreros de las fábricas, vale tan poco? ¿Por qué
tantos secuestrados, torturados? ¿Y los muertos por el hambre? Por un momento
vuelve a sentir en su piel las descargas, los golpes, las quemaduras. ¿Por qué
la vida de los ricos, de los poderosos, de los intocables, ha de valer más que
la suya? La vida es la misma para todos, piensa. Y mientras lo hace, un sinfín
de imágenes y sonidos rememorados
vuelven a incrustarle en el ánimo apremiantes dudas. Imágenes en las que
el polvo producido por las explosiones cubre los rictus agónicos de los rostros,
sonidos de secos disparos que ahogan lúgubres ayes de dolor. Imágenes y sonidos
de hombres, de semejantes suyos, abatidos en un instante por milagros inescrutables.
Pero junto a esos recuerdos también se entremezclan
otros, dulces y apacibles. María le había dicho:
-Voy a tener una guagua.
La cara habitualmente inexpresiva de Pedro se
iluminó con una luz angelical, prodigiosa. Permaneció unos segundos con la boca
abierta, la sonrisa bailándole en las comisuras, las mejillas, los ojos. Le
acarició apenas el pelo y se quedó mirándole el vientre, como si esperara ver
surgir de allí una milagrosa protuberancia.
-¡Va a ser un chango!- afirmó.
-¿Y por qué no una guainita?
-No, ha de ser machito, como yo y como el Walter.
María lo miró a los ojos, sonriente, lo besó
rápidamente en la boca con un beso furtivo, casi robado, y se dirigió al
interior de la casa.
Pedro se volvió lentamente hacia el
este, hacia ese rotundo sol que se
elevaba en la mañana a medio camino de su cenit. Abrió los brazos en cruz,
inclinó la cabeza hacia atrás y cayó de rodillas. Dejó que los rayos se le
introdujeran por la piel, por la sangre, por el alma, hasta que un calor
anhelado desde siempre le produjo esa grata sensación de bienestar que él atribuía
a un siempre reiterado milagro. Sólo que esta vez, para su mayor dicha, los
milagros serían dos.
Pedrito nació en enero, cuando el sol curtía
las pieles y los cerros y el cielo se incendiaban con su luz en los ocasos. Y
en el otro otoño nació Marita, culminando la felicidad de Pedro.
Pero la escuálida hacienda de su suegro era
cada vez más escasa, y las bocas para alimentar se habían duplicado. Por eso
Pedro decidió regresar a las minas, en las que aún seguía trabajando Walter.
Rosita había concluido el colegio secundario y se había convertido en una
bonita mujer.
Walter acogió su decisión con alegría, pero
con cierta prevención.
-Aquí las cosas no andan bien, Pedro. Se trabaja
mucho y se gana poco, como siempre, pero además se está volviendo muy peligroso.
La Junta Militar se ha puesto muy dura, y dos por tres los milicos hacen una
redada.
Pedro bajó la vista, meditó unos segundos y
luego le puso una mano sobre el hombro.
-Pero estaremos todos juntos otra vez.
Walter lo miró con ternura y lo abrazó.
-Sí, Pedro, estaremos juntos- Luego, al separarse
de él, le dijo algo preocupado: -La Rosita anda medio loca, piensa irse a vivir
a La Paz. Dice que aquí no tiene futuro, que quiere trabajar allá para poder
estudiar.
Pedro se sorprendió:
-¿Y vas a dejar que se vaya?
-No sé. Aunque apenas tiene diecinueve, está
empecinada. Lo que pasa es que por aquí anduvo un blanquito de la capital visitando
a unos parientes, y parece que estuvieron hablando.
-Y que se venga él para acá.
-No puede, trabaja en un banco- Después lo
palmeó riendo despreocupadamente:-Ya veremos
qué pasa con la niña. De todos modos, me alegra mucho que estés de vuelta. Mañana
voy a hablar con Jaime, el capataz, para que te confirme el trabajo.
Lo confirmaron, y Pedro volvió a sumergirse
en la vorágine de picos, barrenos y vagones. Hubo nuevas redadas, trabajadores
que volvieron con algunas marcas y otros que nunca regresaron. Como Walter.
Ahora, mientras el ómnibus caracolea en los
cerros, siente que los espíritus de sus compañeros muertos le están reclamando
a su espíritu vivo urgentes e inclaudicables decisiones. Al sentirse de nuevo
en su tierra, rodeado por la fría inmensidad azul del Titicaca y con la cumbre
del padre Illimani emergiendo en la lejanía por entre las cimas nevadas, ya no
tiene dudas. Desde sus respectivas alturas, esos dos símbolos geológicos de su
patria le están suplicando y a la vez ordenando.
Ya de noche, al iniciar el vehículo su descenso
hacia el cráter de La Paz iluminado a sus pies, presiente una infinita
zambullida en la eternidad.
21
El gin tonic no hace más que exacerbarle los
resentimientos. No sólo contra el general Torres, Bolivia y los bolivianos,
sino contra todos los que habitan al sur del río Grande. Esos pueblos mezclas de indios, negros y
latinos, piensa, sólo merecerían ser colonias de su país. Todos son vagos
consuetudinarios, ignorantes y borrachos, incluso los habitantes del cono sur,
esos pedantes gesticuladores y gritones que se creen superiores sólo por ser
descendientes de europeos. Al menos los pueblos andinos, aunque sean sucios y
vagos, son humildes y aceptan resignadamente la escala social que les ha tocado
ocupar en la vida. Y los caribeños o brasileros, aunque tengan en sus genes el
estigma de los esclavos negros, por lo menos
son alegres, despreocupados, y también aceptan sin chistar la supremacía
nórdica y sajona. Salvo Castro, claro, pero ése es sólo un español grandilocuente
y fanfarrón, igual que esos argentinos y uruguayos, mezcla de andaluces y
calabreses que para lo único que sirven es para jugar al fútbol, ese ridículo deporte que los enloquece. Se
creen muy vivos, pero no se se
dan cuenta de que siempre serán subalternos nuestros, porque ellos son
católicos, y la católica es una religión de esclavos. En cambio nosotros, los
sajones, por ser protestantes nos hemos criado dentro de una cultura del
trabajo, del esfuerzo y de la superación individual. La historia ha demostrado
que sólo nosotros, los blancos arios y sajones, somos los destinados a gobernar
el mundo, porque no esperamos las recompensas que nos puedan brindar en otras
vidas, como hacen los católicos o esos estúpidos vietnamitas que creen en el
nirvana, la reencarnación y esas pelotudeces. A nosotros Dios nos recompensa en
esta vida, por nuestro esfuerzo y nuestro tesón, y por eso estamos destinados a
liderar el mundo y a mandar sobre los otros pueblos. Aunque algunos piensen
que, disfrazados de libertadores, estemos destinados a sembrar la miseria en el
mundo. Pero llegará el día en que sean ellos mismos quienes vengan a pedirnos
que los protejamos y los ayudemos económicamente, porque son tan inútiles que
siempre están necesitando un caudillo o padre autoritario que los tutele y los
reprima, o un corrupto lisonjero que los engatuse con falsas promesas. Son como
malvados niños traviesos a los que hay que estar poniéndolos permanentemente en
vereda. Y para eso estamos nosotros, para ayudarlos con buenos consejos o para
intervenir directamente si las circunstancias así lo indican.
Como en Santo Domingo, por ejemplo, recuerda
con una cierta nostalgia que interrumpe los resentimientos. Allí de nada
valieron los consejos, las argucias ni las veladas o abiertas amenazas. La verdad
es que esos mulatos tenían los huevos bien puestos, se ve obligado a conceder
con disgusto. Si no hubiera sido por los marines... No como esos charlatanes cholos
peruanos, que mucho cumpa, mucho hermano, pero cuando pueden te la dan por el
culo. O estos apáticos collas bolivianos, que se las pasan haciendo
revoluciones de juguete hasta que llega algún generalito y se acabó la
revolución.
De pronto la sonrisa despreciativa se le
borra de los labios y el gesto se le endurece. Aunque ha tratado por todos los
medios de olvidar -y en gran medida lo estaba logrando- los equívocos
derroteros que fuera obligado a seguir por unos absurdos e injustificados
temores, muy de vez en cuando, como ahora, indeseados aguijones vuelven a desasosegarlo.
Pero el malestar le dura sólo un instante, ya
que de inmediato el recuerdo se desplaza hacia Quito, la siguiente ciudad que
visitó luego de abandonar Venezuela para proseguir su viaje por Sudamérica.
En Ecuador estuvo apenas unos días, porque
la junta militar que había derrocado hacía poco al presidente Arosemena ya se
había afianzado, y la represión y la censura eran lo suficientemente duras como
para aventar cualquier posibilidad de sobresaltos. Aprovechó entonces para
conocer a fondo la bella capital colonial, serena y quieta a pesar de la
siempre amenazadora presencia del volcán Pichincha. Se sintió extrañamente
conmovido al pisar el “centro del mundo”, en la línea del ecuador, pero más
tarde se decepcionó en la visita que efectuó a los artesanos indios otavalos.
“¡Indios! Todos son iguales: feos e ignorantes”.
Después fue a Colombia. Sus jefes ya habían
enviado allí a gente especializada porque la situación sociopolítica no admitía
errores de apreciación y porque, a pesar de la experiencia adquirida a través
de sus contactos con los exiliados cubanos, él no dejaba de ser un novato. Pero
igual fue, sobre todo para investigar las andanzas de un curita sociólogo
llamado Camilo Torres, que andaba soliviantando a los pobres con sus prédicas
sobre la “teoría de la liberación”, adoptada por una parte de la Iglesia Católica.
La guerrilla campesina ya no era por entonces
esa dispersa multitud de desordenados grupúsculos que, desde el “bogotazo” del
año 48, vagabundeaban por el interior colombiano asolando y saqueando poblados para obtener dinero y víveres que les permitiera
seguir subsistiendo; últimamente se estaban organizando en procura de
constituir un mando unificado que englobara las distintas fracciones guerrilleras
para de ese modo intentar el acceso al poder.
Primero se reunió con algunos gremialistas y
políticos de poca monta, y luego se entrevistó con el párroco de una comunidad
indígena asentada en los suburbios de Bogotá. El curita Urigoytía era un joven
vasco tercermundista, y Valdez Sanders había conseguido que lo recibiera
fingiéndose miembro del Opus Dei peruano.
-¿No crees que a algunos curas se les está
yendo la mano en su apoya a la guerrilla?
-Mira –respondió cautelosamente Urigoytía-
todo depende de cómo lo veas. La gente de las FARC(1), el ELN(2) y otras organizaciones pretenden constituir una sociedad más justa,
en la que los pobres sean menos pobres y los ricos menos ricos. Y ello no está
reñido con el Evangelio, por el contrario, es lo que predicaba Cristo: “Bienaventurado
los pobres, porque de ellos será el reino de los cielos”.
-Pero Cristo predicaba también la paz, y estaba
en contra de la violencia…
-
La paz que predicaba Cristo era una paz basada en la justicia, y no en la
prepotencia y la soberbia de los ricos; esa paz que pretenden para Colombia sus
actuales dirigentes. Sin olvidarnos de los mercaderes del templo… -sonrió
socarronamente el cura.
-Pero la iglesia oficial de Colombia, los obispos
y las demás jerarquías, condenan el accionar de las guerrillas. El mismo Juan
XXIII es un acérrimo defensor de la paz entre los pueblos.
-Sí, pero no te olvides de la Mater et Magistra. Allí defiende
claramente un orden social más justo.
-Sin embargo –insistió Valdez Sanders- es indiscutible
que la Iglesia siempre ha defendido la legalidad política, la estabilidad
social, y estos guerrilleros lo único que hacen es sembrar el caos. ¡Si hasta
se comenta que los están financiando los narcotraficantes…!
El cura volvió a sonreír.
-Los que fabrican y trafican la droga financian
a cualquiera que les resulte útil. ¿O tú crees que no hay gente del gobierno,
políticos importantes, que los están protegiendo siendo a la vez protegidos?
-Entonces ¿tú crees que la única salida es la
vía violenta?
-Yo no dije eso –se apresuró a replicar Urigoytía,
algo molesto- Lo que sí afirmo es que la sociedad colombiana, como muchas otras
de Latinoamérica, es una sociedad injusta en la cual los pobres no tienen
acceso a los más mínimos beneficios sociales mientras que los ricos, los
hacendados, los terratenientes, los industriales, cada vez tienen más dinero.
Incluso el rol de las mujeres es denigrante en esta sociedad. No me gustaría
tener que darles la razón a quienes afirman que el celibato impuesto por la
Iglesia es sólo un medio para impedir que las fortunas de los clérigos pasen a
manos de sus esposas y sus familias, pero… Por eso muchos de nosotros,
basándonos en la encíclica Mater et
Magistra, estamos propiciando un cambio que contemple esta situación.
Luego de dudar unos segundos, Valdez Sanders
preguntó:
-Entre esos sacerdotes está un tal Camilo Torres,
no?
-Camilo es uno de los que luchan por una mayor
igualdad social, sí. Pero hay muchos más en toda Latinoamérica.
Valdez Sanders volvió a permanecer en silencio
unos instantes, y luego opinó:
-Ojalá Juan XXIII dure muchos años, pero no
estoy muy seguro de que quien lo reemplace vaya a ser tan contemporizador. Al
fin y al cabo, el clero siempre ha sido nuestro aliado… de los poderosos,
quiero decir- rectificó de inmediato.
Urigioytíua lo miró irónicamente extrañado.
-
¿Tú eres de los poderosos, acaso…?
La
carcajada de Valdez Sanders pretendió ser espontánea, pero sonó falsa, forzada.
-Sabes bien que no -El cura estaba examinándole
el rostro, serio.
-Bueno, me voy –le extendió la mano Valdez
Sanders, levantándose –Te agradezco mucho tus opiniones. Se las haré conocer a
los amigos peruanos.
Urigoytía le indicó a un par de nativos que
lo acompañaran hasta la salida de la comunidad.
“¡Indios! Son todos iguales: feos e ignorantes”,
vuelve a pensar ahora, cuando el sueño continúa huyendo tras una espiral de recuerdos.
“No hay caso, estos pueblos sólo existen para ser sometidos. No saben
gobernarse, son como los niños”. Un relámpago de desconcierto lo desubica por
un instante al acordarse de Santo Domingo, pero luego su atención vuelve a
concentrarse en este presente de insomne hastío. “¡Y ahora hasta los curas se
han vuelto comunistas! No sé lo que informarán los otros, pero lo que es yo,
recomendaré tener mucho cuidado con ellos”.
Deja el vaso sobre la mesa y se acuesta, sabiendo
que ya no podrá dormir.
22
Una sonrisa casi tan luminosa como la soleada
mañana resplandece en la cara de Pedro. Al sentirse otra vez entre su gente, la
angustia y las dudas se han esfumado para dar paso a una agradable sensación de
confianza, de seguridad. Mira con simpatía no sólo a las cholas que con
parsimonia o ficticia premura deambulan por la plaza San Francisco, o a los
artesanos que sin demasiado interés ofrecen sus trabajos en oro y plata a los
escasos turistas, sino también a sus compatriotas de la clase alta, a esas
mujeres vestidas a la última moda, meticulosamente peinadas y maquilladas, y a
esos hombres impecablemente trajeados que transitan presurosos portando sus
lujosos maletines de cuero.
Aunque hace apenas tres años que vive en La
Paz, Pedro ha aprendido ya a distinguir a las damas y caballeros de la clase
alta de sus pares proletarios, obreros y empleados que conforman la mayoría de
la población paceña. Y no siente ningún resentimiento hacia aquellos, ningún
recelo; los acepta simplemente como lo que son: sus superiores sociales. Al fin
y al cabo, piensa, todos son bolivianos. Unos con más, otros con menos, todos
son integrantes de la misma nación.
Pedro se sienta a la mesa de un bar y pide un
café. Mientras lo paladea, recuerda de pronto otro café saboreado no hace mucho
en otro bar cercano al de ahora, en compañía de Atahualpa Cachizumba, un
delegado gremial amigo.
Atahualpa observaba con mal disimulado desprecio
el paso de esos hombres y mujeres con inocultable aspecto de pertenecer a la
clase alta.
-¡Míralos… mira a ese huevón y a esa conchuda,
que seguro le pone unos cuernos así de grandes! ¡Y él tan creído…! Así son
todos estos pendejos.
-¿Y tú cómo lo sabes? –preguntó Pedro sonriendo
ingenuamente, pero traspasado de pronto por un relámpago de duda: “¿No me
pondrá los cuernos María, ahora que yo estoy lejos?”.
-Porque así son todos estos ricachones. Todos
llenos de plata, pero sin ningún escrúpulo. Con tal de tener más son capaces de
entregar su mujer a cualquiera.
Pedro se tranquilizó al pensar que él quedaba
afuera de esa calificación. Después opinó:
-Yo no creo que sean todos así. Algunos buenos
habrá, también, como hay malos entre nosotros-El otro lo miró de reojo sin
contestar, como desaprobando, y siguió bebiendo su café con la mirada fluctuando
sobre la gente que pasaba, tratando de ubicar los objetivos de su desprecio. -Todos somos bolivianos, Atahualpa.
-Sí, pero unos queremos a Bolivia, y otros
no. Esos que no la quieren sólo deben merecer nuestro odio. ¿Tú acaso no los
odias?
Pedro permaneció en silencio, pero en su interior
tuvo que reconocer que existían algunos compatriotas a los que no sólo no toleraba,
sino que había aprendido -le habían enseñado, individuos como Atahualpa- a
odiar: políticos, militares, ejecutivos de empresas estatales y privadas…,
todos quienes, pensaba, explotan a la clase trabajadora. Y aunque su simpleza
ignorara lo que es el odio, en el fondo de su espíritu sentía que sí, que sin
duda los odiaba, porque de lo contrario no habría hecho lo que realmente hizo.
Pero a pesar de esta certeza, en su corazón no anidaba la ira, ni el deseo de
venganza; sólo sentía un vago pero visceral rechazo hacia ellos que lo obligaba
a no quererlos como quería al resto de sus compatriotas.
-No lo sé, pero creo que sí, que los odio…
-¡Claro, Pedro; debes odiarlos para que puedas
seguir luchando!
-Yo igual puedo, aunque no los odie.
Estaba seguro de que si hasta ahora había podido
llevar a cabo lo que le habían pedido, había sido más que nada por solidaridad,
por compañerismo o, en última instancia, por obediencia; por ese acatamiento al
mando que su etnia llevaba incorporada en la conciencia colectiva desde hacía
siglos. “Porque Pedro Saracho –pensó con orgullo- siempre ha sabido cumplir con
lo que le han ordenado”.
Atahualpa terminó su café y se despidió algo
bruscamente:
-Nos vemos.
Pedro se quedó pensativo, masticando la afirmación
que hiciera: “Siempre he cumplido con lo que me han ordenado; en casa, en el
trabajo y en esto otro, que no sé bien cómo llamarlo”.
Aventó los malos pensamientos y se sintió
contento, como lo está ahora mientras camina lentamente por la plaza San
Francisco con una amplia sonrisa que le ilumina el rostro y que hace que
algunos transeúntes lo miren extrañados cuando pasan a su lado.
23
Los recuerdos revolotean en la mente de Valdez
Sanders. Por más que lo intente, no logra dormirse. Sabe que no tiene por qué
preocuparse, que todo saldrá bien, como siempre. Sin embargo, punzantes
aguijones continúan clavándole en el insomnio oscuros presagios. Trata de poner
en práctica todos los artilugios que le han aconsejado y los que él mismo ha
experimentado para tratar de dormirse, pero los fantasmas del pasado –que se
entremezclan con los del presente- se empeñan en mantenerlo despierto.
Continúa recordando aquél viaje por Latinoamérica
cuyos sucesos tanto lo marcaran. El próximo destino después de Colombia había
sido Perú. El país estaba convulsionado, porque luego de que Raúl Haya de la
Torre ganara las elecciones por escaso margen de votos sobre Fernando Belaúnde
Terry, los militares habían dado un golpe de estado para seguidamente volver a
convocar a elecciones. En el Cuzco, Luis de la Puente Uceda había formado los
primeros cuadros guerrilleros procastristas, y siempre estaba presente el
fantasma de que algunos militares nacionalistas dieran un nuevo golpe, pero
esta vez de tinte izquierdista.
Sin embargo, los informes que recogió fueron
bastante alentadores, porque los sondeos eleccionarios favorecían ahora a
Belaúnde Terry, quien ya había enviado tranquilizadores mensajes a Estados Unidos
en materia económica. “Todo está atado, y bien atado”, como decía Francisco
Franco y pensaba Valdez Sanders, de modo que también aquí se dedicó a visitar
los bellos balcones limeños, sus iglesias coloniales y los dos museos que ponen
de manifiesto las inocultables contradicciones del alma humana: el deslumbrante
“del oro”, en el que se evidencia todo el refinado sentido artístico de una
fenecida civilización americana, y el espeluznante “de la Inquisición”, que
descubre al visitante las ocultas llagas abiertas de una de las más degradantes
y trágicas facetas de la religión católica romana.
También fue a Cuzco, donde, a pesar de sus
reticencias raciales, no pudo dejar de reconocer la belleza de las ruinas de
Pisac, la sólida majestuosidad de la fortaleza Sacsayhwamán, la misteriosa
imponencia del inconcluso templo de Ollantaytambo, con sus macizos bloques de
piedra de varias toneladas enclavados en la cumbre de un monte de empinadísimas
laderas.
Finalmente fue a Machu Pichu. Luego de escalar
el pequeño Hauyna Pichu, permaneció un largo rato sentado en su cima,
contemplando absorto desde la altura las ruinas de la ciudad que albergara a
las vírgenes del sol, asombrado y al mismo tiempo confundido por tener que
reconocer la capacidad creativa de una raza que él consideraba inferior.
Pero la admiración le duró poco, porque viajando
en el tren que lo llevaba de Cuzco a Puno volvió a constatar la apatía y la falta de higiene de esos cholos y cholas que
observaban con respeto y hasta con envidia, pero al mismo tiempo con
desconfianza y resentimiento, su apuesta figura de hombre blanco. Y la
indiferente tolerancia con que los había mirado hasta entonces volvió a
trocarse en despectiva arrogancia cuando, ya en territorio boliviano y a bordo
de un desvencijado ómnibus que lo llevaba a La Paz, tuvo que soportar el
contacto físico con la gente del lugar.
El
disgusto había comenzado cuando el chofer y su acompañante fueron acomodando,
tanto en la bodega como en el techo del vehículo, un sinnúmero de bártulos,
cajones con verduras y aves de corral;
creció al tener que sentarse junto a un indígena cubierto con el típico
poncho y el uncho de los collas, y se acrecentó sobremanera cuando su sensible
olfato no tuvo más remedio que percibir los vahos odoríferos que exhalaban las
axilas del individuo y las misteriosas profundidades ocultas bajo las amplias
polleras de las collas sentadas en el piso del ómnibus. Pero cuando realmente
adquirió ribetes de clímax fue cuando una de ellas, que viajaba parada con su
hijo de meses en brazos, sin mediar palabra alguna le depositó el niño sobre la
falda. Quizá por la sorpresa, o talvez por la enigmática mirada que la mujer le
dirigió acompañando el gesto entre displicente y autoritario, Valdez Sanders no
atinó a rechazarlo y permaneció con el niño sobre sus muslos, sin tocarlo pero
sin atreverse tampoco a devolvérselo a su madre o al menos a efectuar algún
gesto de protesta. Se quedó mirándolo con la boca abierta, respirando
superficialmente para evitar aspirar el mal olor que despedía. Cuando la mujer
terminó de efectuar algunas maniobras en su ropa y en un cesto con comida que
había depositado en el piso, sin darle las gracias y sin brindarle algún mínimo
gesto de agradecimiento retiró a su hijo de la falda de Valdez Sanders como si
lo hubiera hecho directamente del asiento sin que él estuviera presente y lo
colocó en su espalda dentro del kepe.
Recién entonces Valdez Sanders salió de su
asombro lanzando a la mujer una fulminante mirada de impotente indignación,
aunque sin formular ningún tipo de queja. Sólo se quedó mirándola, esperando
alguna respuesta, pero ella permaneció indiferente, con la mirada ausente perdiéndose
en el lejano azul del Titicaca que se desplazaba velozmente a través de la
ventanilla.
Antes de llegar a La Paz, el ómnibus se
detuvo en un puesto de control, y dos uniformados subieron al vehículo. Al pasar
junto a él, los hombres intercambiaron miradas de interrogación, pero
finalmente se dirigieron sin vacilar hacia uno de los asientos traseros donde,
luego de increpar al pasajero que viajaba del lado de la ventanilla, lo
hicieron levantar bruscamente y casi a empellones uno de ellos lo fue llevando
por entre las collas que permanecían sentadas en el piso hacia la puerta
delantera del ómnibus, mientras el otro sacaba de bajo del asiento varias
madejas de lana que su dueño estaba contrabandeando.
“¡Qué gente, por Dios!”, pensó Valdez Sanders.
“¿Qué se puede esperar de ellos?”. Pero mientras lo hacía, uno de los uniformados
regresó hasta dónde él estaba y con gesto hosco le solicitó:
-Pasaporte.
-Soy peruano...- intentó aclarar.
El hombre pareció no entender, sorprendido
como si ya hubiera dado por sentado que no lo era.
-Documento, entonces.
Como Valdez Sanders no lo tenía, aunque estaba
en un país limítrofe no tuvo más alternativa que mostrar su pasaporte. El otro
lo revisó brevemente y le ordenó:
-Acompáñeme.
Valdez Sanders se tragó el “¿por qué?”, y de
mala gana lo siguió hasta bajar del ómnibus.
El uniformado le mostró el pasaporte a su colega,
aparentemente su superior quien, luego de revisarlo detenidamente, se lo devolvió
con un esbozo de sonrisa bajo sus bigotitos negros. “Algún día a éstos también
habrá que disciplinarlos”, pensó rencoroso mientras recibía el pasaporte.
-Puede continuar- Y antes de que Valdez Sanders
subiera al vehículo agregó: -Discúlpenos, pero hay mucho ilegal peligroso por
aquí.
“¡Ilegal peligroso... la puta que te parió!”
-insultó interiormente.
¡La puta que los parió!, engloba ahora a
todos los latinoamericanos. Hace más de dos horas que continúa intentando
dormirse, sin lograrlo. Se revuelve en la cama, se tapa la cabeza con la
almohada y al fin se consuela pensando que mañana tendrá la reunión con el
coronel Villarroel y los otros, y que ya falta poco para que esto termine y
pueda volver a casa.
24
Casi sin darse cuenta ha llegado caminando
hasta la plaza Murillo, y como está algo cansado, se sienta en un banco. Allí,
de cara al edificio desde el que se rigen los destinos de su país, se ha puesto
a reflexionar, y de nuevo lo han invadido algunas dudas, algunas ambigüedades.
Aunque tiene la certeza de que, como lo ha hecho siempre, finalmente terminará por cumplir con su
misión, esta vez, quizá por ser distintas las circunstancias y porque sus
sentimientos también son diferentes, siente que le cuesta más llegar al fin de
su trabajo. Nunca antes había tenido que actuar fuera de su país, nunca la
misión se había demorado tanto ni tampoco unos ojos casi violetas se le habían
incrustado en el recuerdo como lo han hecho ahora.
Aunque no es la primera vez que ha salido de
Bolivia, en la otra oportunidad no lo había hecho para cumplir un encargo, sino
para satisfacer una antigua y
omnipresente curiosidad que lo impulsaba a una búsqueda que presentía
inconclusa pero que no dejaba de acuciarlo desde el día en que su madre, antes
de apagarse tan calladamente como había vivido, le dijo en un susurro que ya
casi era silencio: “Algún día trata de buscar a tu padre; él siempre te quiso mucho”.
Pedro tenía entonces quince años, y no
existía ninguna posibilidad de llevar a cabo lo que su madre moribunda le
pedía. Pero ni bien cumplió su mayoría de edad, a pesar del disgusto de Walter
y de la sorpresa de María -a quien ya conocía-, se subió a un ómnibus y luego a
un tren que, después de recorrer los
alucinantes salares de Uyuni donde el rojo y el blanco se reflejan y refunden
en el infinito horizonte, atravesar parte del polvoriento altiplano y pasar
frente a las imponentes catedrales de piedra
roja de Tupiza, lo depositó finalmente en Villazón, en la frontera con
Argentina.
Mientras atravesaba las agrestes y desoladas
alturas del norte argentino, su ansiedad iba en aumento a medida que se
preguntaba cómo sería esa nación que la mayoría de sus compatriotas miraban con
admiración pero también con el recelo que produce la envidia hacia los pueblos
cultural y económicamente más avanzados. Pero para Pedro Argentina no era el
granero del mundo, el pueblo más alfabetizado de Latinoamérica ni el de mayor
ingreso per cápita de la región; para
él era sólo la calurosa selva tucumana, sus cerros pelados y nevados en el
invierno y, sobre todo, el mar, esa inabarcable extensión salada de la que
Bolivia carecía. Y su población sólo significaba para él, además de las bonitas
muchachas que su padre solía mencionarles a veces, entre sonrisitas y desperdigadas
palabras medio en broma y medio en serio, una vaga rememoración de sus propios
ancestros.
Rufino Saracho les había contado historias de
los incas y de los indios quilmes, la tribu que habitara una ciudad al norte de
Tafí del Valle y cuyas ruinas él visitara en una oportunidad. Y también le
había descrito, aunque sólo lo conocía por referencia de su propio padre, la majestuosa
belleza del pucará de Tilcara. Por eso Pedro decidió detenerse primero allí,
para conocer la legendaria fortaleza.
Mientras caminaba con precaución, tratando de
no estropear su calzado y de no desgarrar sus ropas en los cardones que
abundaban en el lugar, su mirada tropezó de pronto con un viejo indio que se
hallaba sentado en una especie de apacheta. La piel dura y apergaminada de la
cara del hombre, en la que se hundían unos ojos apagados por el tiempo y una
boca que más que orificio parecía la antigua cicatriz de un tajo, le atrajo de
tal modo la atención que, sin apartar la vista de ella, se fue acercando hasta
quedar frente al viejo. Las débiles voces de algunos turistas se habían ido
esfumando en el manso gemir del viento al herirse en las espinas de los
cardones, y en el cielo un cóndor -¿águila, buitre...?- dibujaba un lento, planeado
e invisible círculo.
-Hola-
se animó finalmente Pedro. El viejo sacudió apenas la cabeza en señal de saludo
y sus labios, que por un instante parecieron querer despegarse, volvieron a configurar
una sellada herida -Frío, no?
Por fin la mirada del hombre, que había permanecido
lejana, sobrevolando los cerros, se posó en el rostro de Pedro. El silencio se
hizo espeso y se solidificó, cristalizando el escaso metro de distancia que separaba los cuerpos.
-¿Hablas quechua?- preguntó de pronto el viejo.
Pedro negó con la cabeza -Pero eres quechua- afirmó. Un leve encogimiento de hombros
precedió la respuesta:
-Soy boliviano.
-Eso no importa. Yo nací aquí, en Argentina,
pero soy omaguaco, diaguita. Y tú eres quechua, descendiente de los incas-
Pedro sonrió sin saber qué responder. Un
esbozo de curiosidad asomó en las abismales cuencas del viejo -¿Qué haces por
aquí?
-Vine a conocer Tucumán. Mi padre era de ahí.
-¿Murió?
-No sé. Se volvió de Bolivia cuando yo era
chico.
-Y ahora vienes a buscarlo...- Pedro asintió
bajando la mirada -No lo vas a encontrar.
-Quién sabe- se animó a contradecirlo Pedro,
levantando de nuevo la vista y mirándolo a los ojos.
-Es inútil. Si se fue por su propia voluntad,
porque era su deseo, no lo vas a encontrar nunca.
Luego de unos segundos, Pedro comentó:
-No sé por qué se fue. Quizás algo lo
obligó...-
-Cuando un padre abandona a su hijo, éste
nunca más lo encuentra. Aunque vuelva a verlo, y hasta a hablarle.
Pedro permaneció en silencio, meditando.
-Quizás era muy joven y no se dio cuenta.
-La juventud es un defecto que se corrige con
los años; si hubiera sido sólo por eso, después habría vuelto. No, sería un
milagro que lo encontraras y te reconociera.
Pedro lo envolvió con una mirada dulce, y
afirmó con seguridad:
-Yo hago milagros.
El viejo achicó aún más sus hundidos ojos y
sus finos labios se extendieron, acentuando las profundas arrugas de las
mejillas.
-Ya lo sé.
Pedro se quedó algo sorprendido, pero la sonrisa
no se le disipó.
-Creo que si lo busco con fe, lo voy a encontrar.
El viejo meditó unos instantes, dudando, y finalmente
le dijo:
-Si vas a Tucumán, pregunta en Amaicha por el
Inti Choque. Él es mi hermano menor, y es chamán; quizá pueda ayudarte a encontrar
a tu padre. Vive cerca del pucará de los quilmes, y allí es donde oficia. Yo
soy el Chispe-
-Inti Choque- recordó lentamente Pedro.
-Pero la verdad, creo que ni siquiera él será capaz de encontrarlo.
Pedro le agradeció y se marchó despacio, volviendo
a ratos la cabeza para comprobar que el indio no se había esfumado en el aire
límpido del atardecer. Recién cuando la silueta de la restaurada pirámide del
pucará ocultó definitivamente su figura, comenzó el descenso de la colina
abrazada por el río.
Ahora mira a su alrededor, y la multitud de
rostros aindiados que lo rodea se refunden en uno sólo. Se acuerda de las
palabras del viejo y de su posterior deambular por los cambiantes paisajes
tucumanos, y aunque la nostalgia pretende por momentos escamotearle la alegría
de estar nuevamente en su patria, entre su gente, se afirma a sí mismo que todo
saldrá bien, que tiene que salir bien.
Se levanta, mira con orgullo el palacio presidencial
y se siente más boliviano que nunca.
25
-Todo marcha sobre rieles- informa Valdez
Sanders -Faltan algunos detalles, pero en general el plan está listo.
-¿Qué porcentaje de éxito le asignan?- pregunta
el cónsul chileno.
-Coronel Villarroel...- traslada la pregunta
Valdez Sanders.
-Ustedes saben que en estas cosas nunca se
puede estar seguros -explica el coronel-, pero si no surgen imprevistos y todo
se cumple de acuerdo a lo pactado con Banzer, yo diría que casi no hay posibilidades
de fracaso. El único riesgo, aunque mínimo, es la actitud que pueda tomar la
C.O.B. (3) y, sobre todo, los mineros.
-¿Creen
que pueda haber riesgo de guerra civil?- insiste el cónsul -Porque esto tendrá
mucho que ver con lo que está sucediendo en mi país.
-Yo no lo creo- interrumpe Patiño -Los sindicalistas
de mis minas están bien infiltrados, y pueden ser neutralizados rápidamente. Ya
se sabe que sin líderes...
-Pero ¿habrá que suprimir a algunos?
-No creo que haga falta- responde Villarroel
-Pero, de ser necesario...
-Les
repito que hay mucha gente infiltrada, dispuesta a actuar sin contemplaciones-
reitera Patiño.
-Por otro lado -agrega Villarroel-, la postura
de Lechín y del P.R.I.N.(4), de oposición
frontal al gobierno, nos favorece, aunque estemos en las antípodas ideológicas.
-¿Y cuál es la posición de su gobierno?
-pregunta el terrateniente López Ovando a Valdez Sanders.
-El embajador me comunicó ayer que tiene el okey del Departamento de Estado. Nixon
preferiría que fuera incruento, pero si hay resistencia dará carta blanca para
actuar, incluso con apoyo efectivo.
-Seguramente no podrá ser incruento -afirma
el coronel Villarroel -Ya sabemos que si actúa la aviación, los muertos serán
inevitables.
-Y necesarios... -agrega Valdez Sanders sonriendo
levemente.
Se levanta, se sirve más güisqui y da unos pasos
alejándose del grupo. Mientras mira distraídamente los cuadros que adornan las
paredes, escucha todavía al cónsul que comenta: “Yo sigo temiendo una guerra
civil”. Luego se abstrae en sus propios pensamientos, y ya no oye las opiniones
que continúan emitiendo los otros.
La guerra civil, se afirma a sí mismo, es la
única guerra válida, y hasta podría decirse justa, porque en ella se mata al
auténtico enemigo: el conocido al que se odia. En la guerra civil cualquiera
puede asesinar impunemente al vecino que le miró de mala manera a su mujer, al que lo difamó o incluso
al que, sin ser su enemigo, se le tiene envidia por su posición social, económica,
o incluso simplemente por su apostura
física. En ella se mata enemigos de
verdad, no como en las guerras convencionales, en las que los que se matan son
desconocidos y anónimos individuos que, si se los llegara a conocer, hasta
podrían resultar amigos. En la guerra civil uno decide a quien matar, no a
quien le ordenan. El estudiante puede matar al profesor que lo aplazó, o al
policía de la otra cuadra que lo golpeó durante la toma de la facultad; y el
policía puede a su vez secuestrar, torturar y matar al poeta buen mozo que le
robó la novia. En cambio, en la guerra entre naciones no hay odio, ni rencor,
ni resentimiento; se mata porque sí. O se evita matar, concluye su reflexión,
mientras piensa en el mulato de Santo Domingo.
Su misión en la República Dominicana debía
ser sólo de inteligencia y apoyo logístico. Todos -incluso él-
pensaban que la intervención iba a ser un simple paseo sin demasiadas
complicaciones. Pero cuando las tropas del general Caamaño Deñó, a las que se
unieron gran cantidad de civiles armados, comenzaron a ofrecer una fuerte
resistencia a los primeros marines
que desembarcaron en la isla, Valdez Sanders tuvo que informar de urgencia a
Washington sobre la necesidad de una masiva invasión que actuara con todos los
medios a su alcance.
Aunque la aviación y las tropas del general derechista
Wesin y Wesin castigaban intensamente los barrios populares, la población civil
armada, junto a las sublevadas tropas de Caamaño, continuaban ofreciendo una
encarnizada resistencia, y en algunas zonas de la capital hasta habían
conquistado nuevas posiciones.
Si bien el menosprecio de Valdez Sanders por
los pueblos centro y sudamericanos seguía incólume, su sagacidad lo obligaba a
aceptar, aunque a disgusto, que algo debía de existir en el sentimiento de esa
gente para que empuñara un arma contra
la más poderosa maquinaria de guerra existente sobre el planeta. Su raciocinio
le permitía comprender sin problemas que los vietnamitas, por ejemplo, lucharan
contra su país, porque además de estar peleando por su territorio, ellos eran
comunistas, y el enfrentamiento ideológico entre los comunistas y su país
tornaba inevitable la lucha entre ambos bandos. Pero esta gente no sólo no
estaba peleando por una ideología opuesta, sino que incluso lo hacía por los
mismos valores que su país preconizaba como forma de vida para todas las naciones:
la democracia. Porque lo que Caamaño Deñó y su gente estaba tratando de lograr
era el restablecimiento en el poder del presidente Juan Bosch, elegido
democráticamente un tiempo atrás y derrocado luego por una junta militar.
Pero aunque la duda lo obligaba por momentos
a replantear sus ideas sobre estas cuestiones,
finalmente optaba por
desecharlas empujado por su ferviente
xenofobia. Por otro lado, ninguna duda podía desviarlo del deber patriótico que
se había autoimpuesto de ayudar a consolidar la supremacía de su país en todo
el mundo.
Por ello no dudó ni un segundo en dirigirse a
las líneas de fuego cuando le ordenaron conectarse con el jefe de una división
que avanzaba por uno de los barrios más poblados de Santo Domingo. Él podría
haber enviado a un emisario, o comunicar lo que le habían ordenado a través del
comando central de la invasión. Pero decidió hacerlo personalmente, un poco
para comprobar in situ la realidad de
la situación, pero más aún para involucrarse de una vez por todas en un
auténtico enfrentamiento armado donde se pudiera percibir el olor de la sangre
y se presintiera la omnímoda presencia de la muerte. Sus misiones siempre
habían sido de inteligencia, y si en alguna oportunidad algún peligro lo había
rondado, había sido sólo porque existía la posibilidad de ser descubierto, pero
nunca había estado realmente comprometido en acciones de fuerza donde pudiera
ser herido o incluso muerto. Por eso, cuando el jeep que lo transportaba
comenzó a internarse en la zona de lucha y el ruido de los disparos de
ametralladoras y obuses que lanzaban los marines le indicaron que por fin se aprestaba a actuar
decisivamente en defensa de su país, aunque sólo llevaba al cinto una pistola
con un cargador, la sensación mezcla de euforia y temor que lo invadió fue lo
más parecido que se puede sentir ante una verdadera entrada en combate.
Todo se había desarrollado de acuerdo a lo
previsto y el mensaje y las órdenes habían sido trasmitidos cuando, ya de
regreso, varios civiles armados con fusiles y una metralleta atacaron el
vehículo desde un callecita perpendicular a la que transitaban. Lo único que
sintió fue una sacudida y una leve quemadura en el hombro. Ordenó al conductor
que acelerara pero el jeep, con los neumáticos perforados, zigzagueó y luego se
incrustó en una de las paredes que bordeaban la estrecha calle. Y al saltar a
tierra para intentar protegerse de los tiros fue que la pierna izquierda le
flaqueó, haciéndolo rodar sobre el empedrado.
Mientras retiraba de la zona de la ingle su
mano empapada en sangre, sintió que lo tomaban de las axilas y lo arrastraban
hacia la calle lateral. Pudo ver al conductor y a uno de los soldados quietos sobre
el vehículo, el conductor con la cabeza ensangrentada sobre el volante y el
otro despatarrado boca arriba sobre el asiento trasero. El tercero estaba con
los brazos en alto al lado del jeep, y cuando la figura desapareció de su vista
ocultada por la pared de la esquina hacia la que era arrastrado, alcanzó a ver
el brazo y el hombro de un civil que empuñaba una metralleta sacudidos por la
seguidilla de tiros. El hombre, un moreno bajo y musculoso, volvió junto a los
otros.
-Ése era el que le dio a Jorge- afirmó despectivamente,
señalando la pared de la esquina.
Otro individuo, en mangas de camisa y cubierto
por una gorra, le estaba palpando el cuello a un compañero caído.
-Está muerto- dijo, y se quedó mirándole la
cara joven y pecosa con una expresión ausente.
Otro de los hombres, señalando a Valdez Sanders
con la barbilla, le preguntó a un mulato alto y atlético que parecía ser el
jefe:
-¿Y éste?
Valdez Sanders se rozó la cintura con el
brazo sano; la pistola ya no estaba.
-Soy peruano, de la O.E.A(5).- se apresuró a mentir.
Todos se sorprendieron al oírlo hablar español.
-¿De la O.E.A....? - desconfió el mulato.
-¿Tienes credenciales?
-Tengo mi pasaporte peruano.
-¡Pero tú eres yanqui!- lo increpó al comprobar
su acento.
-No, no... soy peruano.
-¡No mientas!- le gritó otro de los hombres,
un flaco de pelo enrulado y fino bigotito negro.
Sin saber por qué, Valdez Sanders pensó admirado:
“¡Todos tienen bigotito negro!”. Luego sintió que iba a desmayarse.
-Está perdiendo mucha sangre- se preocupó el
mulato, examinándole las heridas.
-¡Mátalo de una vez!- le dijo el flaco.
Reaccionando
de su mareo y haciendo un gran esfuerzo, Valdez Sanders miró al mulato a los
ojos. En su mirada no había odio, ni temor, pero tampoco un pedido de
clemencia. Era sólo una mirada vacía, resignada. Supo que moriría, y le causó extrañeza que no le importara.
No pensó en su familia, ni en Susan, su último amor, ni en sus amigos y
camaradas. Sólo deseaba una definición, porque no podía soportar la duda entre
ser o no ser.
El mulato le sostuvo la mirada, que tampoco
era de odio, pero menos aún de compasión; aunque en sus labios faltaba la
sonrisa, era más bien una mirada irónica.
-Dime
le verdad, ¿eres yanqui?
Pensó que
ya no valía la pena mentir.
-Sí.
El otro permaneció unos segundos mirándolo,
decidiendo. Finalmente dijo:
-Debería matarte, pero no lo haré- Los demás
lo miraron sorprendidos. Bajando la voz, agregó: -De todos modos, lo más
probable es que igual te mueras- Volvió su mirada hacia los otros. -No puedo
matar a un tipo a sangre fría, desarmado.
-¿Qué tú no ves que tenía una pistola?
-Pero no estaba combatiendo. ¿Verdad que no
estabas combatiendo? -casi lo incitó.
(1) Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
-No- alcanzó a murmurar.
-¡Mátalo, Porfirio! ¡Es un puto marine!
-Vamos, compañeros- ordenó, asomándose a la
calle donde estaba el jeep. Los otros lo siguieron de mala gana.
Antes de que un trozo de cielo azul plomizo
se desplomara, girando, sobre él, Valdez Sanders alcanzó a oír que se
reanudaban los tiroteos. Cuando despertó, lo primero que vio fue el frasco de
plástico con el suero. No sentía dolores, sólo el golpetear del vehículo
rodando sobre la calle de adoquines. Después el golpeteo se aceleró hasta
transformarse en un agradable ronroneo que devino en susurro, y su conciencia
volvió a desaparecer.
Cuando volvió a despertar, sintió que estaba
a bordo de un buque. El espacio era pequeño, las paredes y las sábanas limpias,
y el frasco de suero seguía colgado a su lado.
Pero supo que no estaba en un
hospital porque su cuerpo apoyado
sobre el rígido almohadillado de la camilla
se mecía suavemente. Además, aparte del hombre con guardapolvo blanco que permanecía
a su lado, en el lugar había también un individuo con el uniforme y el gorro de
la armada norteamericana, y en el vano de la puerta vio recortarse la silueta
de un marinero.
Miró al oficial -ya pudo comprobar que era un
oficial- y abrió la boca para preguntar cómo estaba, pero sus labios no
emitieron ningún sonido.
-Está mejor- adivinó el oficial -Le
extrajeron las balas, y se va a curar. Una le atravesó la vena femoral, y
perdió mucha sangre. Menos mal que la patrulla que venía detrás de ustedes vio
lo que ocurría.
-¿Los agarraron?- alcanzó a balbucear.
El oficial hizo un gesto de extrañeza.
-¿A los que lo hirieron?
Valdez Sanders asintió con la cabeza.
-¿Para
qué quiere saber? No sé, creo que no.
-Era un mulato grande, fornido - se agitó.
-Tranquilícese.
-Me gustaría saber...- Se interrumpió porque
el sopor volvía, y porque un dolor punzante le tironeó el hombro.
El otro sonrió.
-No se preocupe, lo importante en el combate
es salir con vida- Después reflexionó como para sí mismo: -En la guerra, los
americanos siempre queremos enterarnos hasta de los más mínimos detalles,
porque somos muy nacionalistas, hacemos la guerra porque realmente la sentimos-
Su mirada se había perdido en el vacío cuando agregó: -No como los europeos,
que la hacen sólo por una atávica cuestión cultural, casi como un pasatiempo-
Se levantó, le palmeó el hombro sano y, antes de retirarse sonriendo, elevó
apenas su mano derecha hacia el gorro en un simulacro de saludo militar. El
hombre de blanco, sin pronunciar palabra, salió tras él.
“Hacemos la guerra porque la sentimos....”,
piensa ahora Valdez Sanders, dudando. Aunque él nunca antes de Santo Domingo había
estado en un combate, siempre había deseado la guerra, había creído en su
inevitable necesidad. Pero con el
tiempo, al comprobar cuales eran las funciones que a él le tocaba desempeñar en
los hechos de fuerza en que, directa o indirectamente, intervenía su país, el ansia
de comprometerse se le fue debilitando en la misma medida en que iba creciendo
su eficiencia. Con cada nuevo éxito con que coronaba su misión, con cada nuevo
método -aunque fuera el más aberrante- con el cual lograba su cometido, las ganas de seguir involucrándose
se le fueron agotando hasta que sus trabajos llegaron a convertirse en simples
actos de rutina. Como esta misión de ahora, que ya lo tiene cansado y con el
ánimo ansioso de que se produzca cuanto antes el desenlace para poder regresar
de inmediato a su país.
Cuando el contenido del vaso se acaba y deja
de mirar el último cuadro en el fondo de la sala, uno de sus ayudantes
bolivianos está diciendo:
-...y siempre hay tiempo de sumar otros elementos.
Al señor Valdez Sanders, por ejemplo, lo han citado para ofrecerle la ayuda de
un grupo de civiles armados. Por otro lado, Prado confirmó su apoyo. Y Banzer,
ya saben que regresó a Bolivia. Está en Santa Cruz.
-También la Falange (6) está preparada- observa
Patiño.
Valdez
Sanders mira con detenimiento a cada uno de los presentes, quienes en ese
momento ignoran su presencia enfrascados en sus propias observaciones. Una
mueca entre amarga y cínica le contrae los labios, e interviene para afirmar
con ficticia firmeza:
-Señores, creo que ya está todo dicho, por lo
que sería conveniente dar por terminada la reunión. Fijemos la próxima para el
miércoles, que supongo será la última.
-Sí,
yo también creo que está todo dicho- asiente el coronel Villarroel- Señores...-
-Hasta le miércoles.
Uno a uno se van despidiendo y salen de la sala
de conferencias, en el décimo piso del hotel. Valdez Sanders vuelve a llenar su
vaso. No sabe si atribuir el leve mareo que le entrecierra los ojos al alcohol
o a las luces de la ciudad que, a través del ventanal, están titilando a sus
pies. Aunque su mirada planea sobre los edificios, lo que está viendo se halla
muy lejos, en dirección al norte.
26
La sonrisa se esfuma de los labios de Pedro
cuando abren la puerta. Él esperaba ver
a Rosita, pero quien se asoma es una jovencita de impecable delantal blanco y
una toca como de enfermera. No es muy distinta de Rosita, piensa Pedro. Quizá
más joven, pero tan linda como ella.
El departamento está en el cuarto
piso, y ha debido subir por el ascensor.
El vacío en el estómago que siempre se le produce cuando debe hacerlo -las
pocas veces que lo ha hecho- se le ha magnificado ahora por la ansiedad de ver
a Rosita. “No sé por qué no ha salido ella”, reprocha en
silencio. El se había anunciado por medio del portero, y por eso el gesto de
extrañeza y decepción cuando la mucama le franquea la entrada.
El living es más bien pequeño, pero amoblado
con buen gusto. “Ya viene la señora”, le ha dicho amablemente la chola. “¡La
señora...!”. Siente que la gastada campera de tela desentona en el lugar, pero
enseguida se arrepiente del sentimiento. Rosita es su hermana, y no se va a
andar fijando en esos detalles. Pero aunque la cara de Rosita irradia alegría
cuando finalmente aparece, algo frío y distante en su mirada, algo entre
despectivo y compasivo a la vez, le enturbia su propia alegría. Sin embargo, al
beso y al abrazo los presiente sinceros, cálidos; todo lo cálidos que sus
costumbres le permiten a una recatada y pudorosa relación entre hermanos de
distinto sexo.
Desde que vino a La Paz, muy pocas veces
había visto a Rosita y a Rolando, su marido; y esta es la primera vez que viene
al departamento. Antes ellos vivían en Miraflores, y él en las últimas
estribaciones de El Alto, por lo que debía disponer de cierto tiempo para poder
visitarlos. En los casi tres años que vive en La Paz, sólo un par de veces
Rosita había ido a su casa. Y Rolando, ninguna. Las excusas eran siempre las
mismas: exceso de trabajo en el banco, el necesario descanso de los fines de
semana, algún paseo extra... Pero Pedro sabe que el único motivo por el que
Rolando nunca ha ido a la modesta casa que él comparte con un matrimonio y sus tres hijos, es porque lo menosprecia. Como en Bolivia trabajar en un banco es estar
ubicado dentro de la alta burguesía, siempre le ha disgustado tener un cuñado
que sólo sea un simple obrero de fábrica. Como tampoco nunca ha podido asimilar
que su esposa sea la hermana de un activista muerto en la cárcel. Pero claro,
Rosita es su mujer, y no tiene más remedio que aguantar. En cambio su cuñado...
Por otro lado, Pedro tampoco había tenido
demasiado tiempo para visitarlos. Con su agotador trabajo en la fábrica de
laminados y con su otra actividad, las horas se le escapaban y siempre llegaba
cansado a su casa. Pero ni bien le sobraba un tiempo solía hacerse una escapada
para ir a visitarlos, aunque a él tampoco le agradaba Rolando. “Ser pobre no es
ninguna virtud”, le había dicho su cuñado un día en que Pedro defendió una
huelga de los trabajadores de la fábrica donde trabajaba. “Pero tampoco es un defecto”,
le había respondido él, “más bien es una desgracia”. Rolando había insistido
despectivamente: “Ser pobre no da derecho a nada”. Y él: “A exigir alimentos,
ropas y un techo, sí”. Finalmente su cuñado se había vuelto de espaldas, dando
por terminada la cuestión.
Atildado, circunspecto y ceremonioso, Rolando
era el prototipo de burócrata de rango medio que se cree imprescindible y que
por consiguiente pretende que se lo trate como tal.
El recuerdo le hace preguntar:
-¿Cómo está Rolando?
-Bien- responde Rosita, desviando la mirada
como si le disgustara hablar de él con su hermano. -¿Y cómo están María, y los
chicos?- cambia de tema.
-Espero que bien, hace como dos meses que no
los veo. Ya no puedo viajar tan seguido como antes- La nostalgia le entristece
el gesto, y permanece callado.
A pesar de todo, Pedro tiene la certeza de que su hermana lo
quiere como él la quiere a ella, y que quizá desearía ser más demostrativa.
Pero los años de matrimonio con Rolando y una vida social en común,
evidentemente la han cambiado. Ya no ve en ella a la chiquilina reconcentrada
pero siempre sonriente que jugaba con sus amigos invisibles en su mundo de fantasía,
ni a la adolescente pizpireta que ya era asediada por los muchachos, ni
siquiera a la jovencita decidida y segura de sí misma que vino a la gran ciudad
en busca de su destino. Ahora la ve -y se lamenta de ello- sólo como un
indeseado apéndice social de Rolando.
Sin embargo es su hermana, aún es Rosita.
-¿Y a ti, como te va?
-Bien, bien- No está nerviosa, pero tampoco
contenta.
-Lindo el departamento...
-Un poco chico, pero para nosotros dos está
bien.
-¿Y para cuando las guaguas?
La risita ahora sí es nerviosa.
-Ya vendrán… Tú sabes, hasta que no termine
la facultad...
El presente se le va entremezclando a Pedro
con los recuerdos de la otra Rosita, la niñita que él y Walter ayudaron a criar
cuando su padre... ¡Su padre! Y su madre, y Walter... Pero ahora sólo queda
Rosita, esta Rosita que se va alejando, lenta pero irremisiblemente, de su
vida. Y entonces desea con todas sus fuerzas retenerla, regresar a aquel tiempo
en que eran una familia. Esa familia que sufrió la primera pérdida definitiva
con la muerte de su madre, pero que él trató de reconstruir ni bien pudo,
viajando a la Argentina en busca de su padre.
Había parado un día en Jujuy, y luego, cruzando
las fantasmagóricas formaciones rocosas ocres y rojizas de la Quebrada de la Concha,
desde Salta había llegado a Cafayate. Después, en Amaicha del Valle preguntó
por el Inti Choque.
Lo encontró en su rancho, camino al pucará de
los quilmes. Era gordo, de mediana estatura, con largo y duro pelo negro. Se
cubría con un típico poncho norteño, y en su boca refulgía un diente de oro.
-Me manda el Chispe, su hermano de Tilcara.
-¿El Chispe? -se asombró- ¿No se había muerto
el Chispe?
-No...creo que no...
-¿Y que querés vos?- lo interrumpió. El gesto
era duro, hosco.
-El me dijo...- Calló un momento, y luego
afirmó: -Ando buscando a mi padre.
El otro lo miró a los ojos profundamente, como
queriendo extraerle el más recóndito de los secretos.
-Seguí.
-Se vino de Bolivia para aquí, para Tucumán,
cuando yo era chico.
-Seguí.
Dudando, Pedro sacó las fotos del bolsillo y
se las mostró.
-Es lo único que tengo de él.
-Y los recuerdos...
-Y los recuerdos, claro.
El Inti Choque miró las fotos y lo interrogó:
-¿Cómo era él?
Pedro empezó despacio:
-Cholo, pero casi blanco. Sencillo, pero despierto.
Bastante hablador.
-¿Venía con plata?
-No creo; era pobre. Éramos pobres- subrayó.
-Vamos a ver.
Comenzó a poner hierbas en una ollita que
hervía sobre el rescoldo, mientras fumaba un gran cigarro de hoja.
-¿Y vos, tenés plata?
-Algo- respondió, y lo miró de reojo.
La ollita continuaba hirviendo. Empezó a pasar
sus manos sobre el vapor, entrecruzándolas, mientras exhalaba grandes bocanadas
de humo. Después de un rato, murmuró:
-Ya lo veo- y volvió a callar.
Aunque Pedro no demostraba impaciencia, estaba
ansioso. Después de otro largo rato de fumar y mover las manos sobre la olla,
de repente se quedó inmóvil, con los ojos cerrados, y afirmó:
-Está muerto. Lo siento.
Pedro no supo si esto último se refería a la
percepción o al sentimiento. Lo embargó la decepción, pero no la pena.
-¿Está seguro?
-Sí; no vale la pena que lo sigás buscando.
Está muerto.
Ambos permanecieron en silencio, hasta que
Pedro lo miró, receloso; era evidente que no le creía. Aunque continuó callado,
estaba seguro de que su padre seguía con vida.
-Volvete a Bolivia, muchacho. Vas a perder
tiempo y plata al pedo.
Pedro sonrió levemente y ambos se pusieron de
pie. Sus rostros estaban muy próximos, y el fétido aliento mezcla de alcohol,
hierbas y tabaco que salió de la boca del chamán, le hizo retroceder un paso.
-¿Cuánto le debo?- preguntó.
-Cien.
-Tome- Lo miró a los ojos fijamente -Le pago,
pero no le creo. Yo sé que está vivo, y lo seguiré buscando.
El chamán exhaló otra gran bocanada de humo
sobre el rostro de Pedro, y tomando el dinero le dijo despectivamente:
-Hacé como quieras. Vos sabrás- Le dio la espalda
y se dirigió al interior del rancho.
Más tarde, Pedro fue hasta el pucará de los
quilmes, donde le habían dicho que el Inti Choque oficiaba sus rituales. Las
ruinas, salpicadas por grandes cardones, le produjeron sentimientos encontrados.
Por un lado, lo emocionaba la vaga y fantasmal presencia de esos seres que
habían luchado contra los ancestros de su raza, pero por otro estaba decepcionado
por la actitud del chamán. Elevó su mirada más allá del cerro en el que se
recuesta la antigua fortaleza, y pidió un milagro: encontrar a su padre. Porque
sabía que esta vez el milagro no dependía de él, sino del destino.
En Tafí
del Valle, rodeado por la belleza gris y austera de los cerros, interrogó
infructuosamente a los megalitos y apachetas
indígenas que custodiaban el lago, y luego descendió hacia el umbrío
verdor de la selva. En cada recodo del sinuoso camino, tras cada añoso tronco o
escondido en el tupido follaje de los árboles, imaginaba ver el sonriente
rostro de su padre. Pero a medida que descendía hacia la llanura, la furtiva
sombra paterna se fue desdibujando, y cuando llegó a los cañaverales lo único
que quedó de él fueron las fotografías.
“No vale la pena que lo sigás buscando. Está
muerto”. Aunque intentaba con ahínco desechar las palabras del Inti Choque, se
le habían incrustado tozudamente en el cerebro y en el alma. A medida que
preguntaba en Concepción, en Monteros, en Simoca, la esperanza de la
supervivencia del padre se fue debilitando hasta que de la primitiva certeza
sólo le quedó un regusto amargo. Y no sólo por la decepción producida por la
infructuosa búsqueda y la consiguiente
imposibilidad del reencuentro, sino también por la impotencia de no
poder concretar el milagro que su fe necesitaba para desvirtuar las terminantes
palabras del chamán.
Cuando ya desesperaba de encontrar algún dato
positivo, en un boliche de Simoca donde unos paisanos disputaban una reñida
partida de truco, al mostrarles las fotografías al final de la disputa, uno de
los hombres, luego de mirarlas detenidamente, afirmó sonriendo:
-Sí...es el Rufino- A Pedro le retembló el
espíritu y la esperanza reapareció, intacta. Pero casi de inmediato volvió a
replegarse hasta quedar agazapada, al acecho. -Me acuerdo muy bien de él,
trabajamos un tiempo juntos. Conque tu viejo, eh? Mirá vos... ¡Era un loco
lindo este Rufino!
-¿Era...?- sufrió Pedro, mientras el hombre
le estudiaba la cara con simpatía -¿Hace mucho que no lo ve?
El otro se puso serio, y con un gesto vago
comentó:
-Mirá, yo no te puedo decir mucho, sólo que
trabajó un tiempo conmigo en la zafra, cuando recién se vino de Bolivia. Me
supo contar que tenía familia allá, pero que no sabía si iba a volver. Que le
gustaba más Tucumán, que acá se ganaba más, pero que si le iba bien quizá con
el tiempo hiciera venir a la familia.
-Pero, no lo vio más?- se le estrujó el corazón
a Pedro.
El hombre lo miró a los ojos, serio.
-No, muchacho, no lo vi más.
Las lágrimas no eran un componente de la fisiología
de Pedro que habitualmente se pusieran de manifiesto. Y aunque tampoco esta vez
lo hicieron, el húmedo brillo de los ojos evidenció que allí estaban, latentes
e inquietas, prontas a salir.
-¿Tampoco supo más nada de él?
El hombre meditó un momento antes de responder,
sopesando la conveniencia del anuncio. Finalmente se decidió, aunque todavía dudando.
-Qué te puedo decir. No fue nada concreto,
sólo un rumor. Otro compañero se enteró por mentas que lo habían herido fiero
en una pelea. Pero ya te digo, fueron sólo comentarios, y yo concretamente
nunca supe más nada de él- Pedro permaneció en silencio, mirando el piso de
tierra. -Lo siento, muchacho. Tomate una ginebra, yo pago.
-Gracias- negó con el gesto. Guardó las fotografías,
hizo un vago ademán de despedida y se levantó.
-¿Qué vas a hacer ahora?- le preguntó otro de
los hombres antes de que se retirara. Cuando se dio vuelta y los miró, una
chispa de esperanza brillaba en sus ojos.
-Seguir buscándolo.
Los otros intercambiaron miradas en las que
se mezclaban la ironía y la compasión, y Pedro salió al caliente vaho de la
noche. Una luna grande y blanca derramaba su pálida luz sobre el chato caserío
y sobre sus encontrados sentimientos. Su esperanza y su fe le urgían continuar
la búsqueda, pero su raciocinio le estaba gritando que ya no valía la pena, y
que era hora de volver.
Se quedó un rato mirando la luna con la ansiedad
de un licántropo, sintiendo que la cálida brisa primaveral se le metía en la
sangre haciéndola bullir.
Volvió al boliche. Una pertinaz y pícara idea
había comenzado a rondarle el deseo. Los parroquianos lo miraron algo
sorprendidos, pero volvieron a acogerlo con simpatía.
-¿Y, te decidiste a tomar la ginebra?
Luego de negar con la cabeza, con timidez y
como dudando preguntó:
-¿No habrá por aquí alguna guaina que... que
quiera venir conmigo?
Los hombres terminaron de sorprenderse, pero
de inmediato uno de ellos interrogó con la mirada a sus amigos y con sus
tácitos asentimientos afirmó: “la petisa”.
-Mi padre siempre decía que las argentinas...
las tucumanas, son muy lindas.
-La petisa te va a gustar. ¿Tenés plata?-
Ante su afirmativa, instó con sorna: -Acompañalo vos, Julián, que la conocés
bien.
La casita quedaba en la otra cuadra. Era pequeña
y modesta, pero Pedro olió la limpieza. Y la chica que salió a atenderlos, casi
una adolescente, también olía a limpio, a flores silvestres.
-Aquí te dejo a un amigo que viene de lejos,
de Bolivia. Atendélo bien- le recomendó antes de retirarse.
-¿Cómo te llamás?- preguntó ella luego de entrar
a la habitación.
-Pedro, y tú?
-Margarita.
-Como las flores- sonrió Pedro.
La muchacha le devolvió la sonrisa entre irónica
y divertida.
-¿Te parezco una flor?
Pedro la miró de arriba a abajo, y afirmó con
la cabeza. Era menuda, morena, con un resplandeciente pelo negro que le llegaba
casi a los hombros. Ella le tomó la mano y lo hizo sentar en la cama.
-¿Ya querés?- Un leve encogimiento de hombros
le indicó a la muchacha que quizá fuera preferible esperar -Sos medio tímido
vos, no?
Entonces una seriedad casi agresiva se instaló
en el rostro de Pedro. La tomó de los hombros e intentó recostarla bruscamente
sobre la cama, pero ella se resistió riendo:
-¡Pará, pará...! ¿Te salió el indio de golpe?
-Soy indio- subrayó, todavía serio -Colla-
Luego el rostro volvió a serenarse -Mi madre era colla, pero mi padre no; el
nació aquí, en Tucumán- La mirada se le volvió nostálgica y voló hacia la
noche, hacia los cañaverales -Yo lo ando buscando.
La chica le dijo lentamente, con una leve ironía:
-Aquí no lo vas a encontrar- El tono de voz
era insinuante pero a la vez dulce. La mirada también.
Pedro volvió a empujarla sobre la cama, y a- hora
ella no se resistió. Sólo le pidió:
-Dejame sacar la ropa.
Pero el deseo de Pedro era una marea que cre-cía
y crecía, indetenible. Le pasó la mano bajo la falda y sin transición, casi con
un solo movimiento, le palpó los glúteos, le bajó la bombacha y se abrió el
cierre. Como un felino liberado, el miembro saltó para buscar refugio en esa
caverna húmeda y oscura que le ofrecía un generoso abrigo donde dormir, o
morir. Cuando el vaivén se tornó frenético y un bramido interior le aviso a
Pedro que el estallido estaba próximo, no quiso permitir que el felino se
durmiera sin antes probar esas dulzuras que, presentía, eran las responsables
de la ausencia de su padre. Y cuando sus labios se posaron finalmente sobre los
rojos y turgentes de la muchacha, comprobó que el azúcar de miles de cañaverales
se le metía en la sangre a través de la boca. El felino rugió, enfurecido, y
luego, aún encabritado pero ya vencido, se fue durmiendo lentamente.
La chica, que había permanecido quieta, casi
sin tiempo para ayudarlo, no sólo no rehuyó el beso, sino que cuando Pedro
ladeó la cabeza para que descansara
junto a la suya, volvió a levantársela y tiernamente, como una madre haría con
su hijo recién nacido, apoyó sus labios sobre los él. Antes de abrir los ojos, Pedro ya sabía que había realizado otro milagro.
Cuando, después de levantarse el cierre, le
preguntó cuánto era, la chica bajó la mirada y se encogió de hombros.
-Lo que vos quieras.
Pedro le extendió un billete.
-¿Está bien? Ya me queda poco...
-Sí, sí- respondió ella casi con disgusto,
como con vergüenza.
Pedro dejó el billete sobre la mesita y después
de un silencio largo anunció, mientras ella terminaba de arreglarse la ropa:
-Bueno, me voy.
-¿No querés quedarte un rato?
Luego de otro silencio en el que Pedro estuvo
meditando, se decidió:
-No, mejor me voy. Pero nunca me voy a olvidar
de ti... Margarita.
Todavía se quedó unos días más en Tucumán,
compartiendo el vino y el asado de los zafreros mientras recababa en alguna comisaría,
registro civil o boliche alguna noticia sobre su padre. Pero ya sabía que era
inútil, y que aunque ello le causara una gran desazón, debía reconocer que el
Inti Choque había tenido razón.
De Tucumán se fue a Salta. Allí tomó el tren
carguero que serpenteaba entre los pelados cerros ocres y grises tras los
cuales, a trechos, asomaban los níveos penachos de los nevados andinos, y luego
de pasar por el solitario San Antonio de los Cobres llegó finalmente a Socompa,
ya en Chile.
Después, en un camión que transportaba granos,
recorrió la desolada y fantasmagórica Puna chilena rumbo a Arica. Cerca de
Iquique, como un espejismo del desierto, aparecieron ante su vista un par de
casitas abandonadas pero aún bien conservadas.
-¿Qué son?
-No sé- respondió el conductor del camión
-Siempre que paso las miro para ver si hay alguien, y no. Pueden haber sido de
algún minero de Iquique, pero tan lejos... no pue’. La verdad, no sé.
De pronto los envolvió una comanchaca, y
cuando la niebla desapareció tan súbitamente como había aparecido y el cielo
volvió a resplandecer, límpidamente azul, sólo el desierto se extendía por
todas partes. Pedro miró hacia atrás, sorprendido.
-No están...
-No, ya no están- murmuró el hombre, escupiendo
por la ventanilla. Luego ambos permanecieron en silencio, serios, durante un largo
rato.
Durante la noche, mientras la cinta asfáltica
iba quedando atrás plateada por una luna grande y fría a medida que ascendían,
Pedro volvió a pensar en Tucumán. “Tenía razón el viejo. ¡Qué lindo es!”. Y una
ternura extraña, desconocida, volvió a llenarle el recuerdo de nostalgia.
Por la mañana, mientras transitaban las
áridas cuestas de la Puna antes de sumergirse en el oasis de la eterna
primavera de Arica, el chofer le comentó:
-Oye, cabro, ¿sabías que esto antes era de
los peruanos?
-No-
-Sí, se lo quitamos a los cholos hace años-
rió el hombre, bien moreno y de abundante pelo rizado pero de rasgos europeos,
mediterráneos -Ustedes también antes tenían salida al mar, allá por Antofagasta-
continuó el conductor, escrutándolo de reojo.
“El mar”, siguió pensando Pedro, sin contestar.
“El viejo supo decirnos que antes Bolivia tenía mar”.
-¿Y por qué ahora no tenemos?- pensó en voz alta.
-¿Mar? Pue’, porque lo perdieron.
-Nos lo quitaron...
-Bueno, así es la guerra, compadre. Unos ganan,
otros pierden.
-Nosotros siempre perdemos- se dolió Pedro.
-No creai, compadre. Cuando pelearon con
Paraguay, fue como un empate- volvió a reír.
“¡Tantas guerras! Con razón los yanquis hacen
lo que quieren con nosotros”. Después se alentó: “Pero algún día vamos a
ganar”.
-Mira, pue’- interrumpió sus pensamientos el
otro, señalando hacia abajo -Ahí está el morro de Arica. Y el mar.
Pedro se quedó mirando hacia la lejanía, achicando
los ojos para ver mejor.
-Parece el Titicaca, sólo que más grande.
-Mucho más grande, compadre; mucho.
Así fue como, un poco decepcionado, Pedro
conoció el mar. Después volvió a La Paz y de allí a su casa para recibir la
ansiosa y algo recelosa requisitoria de Walter y el alborozado y jubiloso
cariño de Rosita. Pero ahora no hay alborozo ni júbilo en el rostro de su
hermana cuando, mirando inquieta su reloj pulsera y revoleando los ojos, dice:
-¿No te enojas si te dejo un momento? Tengo
que arreglarme un poco porque ni bien llegue Rolando vamos a salir.
-Sólo vine para saludarte, ya me voy.
-¡Pero no, quédate!- protesta ella -Es un momento.
El ruido del picaporte sobresalta a Pedro,
que se pone de pie. La sorpresa detiene por un instante la entrada de Rolando
cuando Rosita le abre la puerta, pero luego saluda a Pedro cortésmente:
-¿Qué haces por aquí?- Sin embargo, la sonrisa
es fría, y el apretón de manos también.
-Vine para saludarlos, pero ya me iba.
Rolando permanece callado, sin intentar retenerlo.
-Le dije a Pedro que teníamos que salir, pero
aún es temprano...
-No, no, ya me voy. Tengo que hacer algunas
cosas.
-Como quieras- corta Rolando. Aunque luego
agrega por compromiso: -Pero si deseas tomar un café, o un aperitivo...
-No gracias. Además, no me siento muy bien.
-¿Qué te pasa?- se preocupa Rosita.
-Nada, es como si me faltara un poco el aire-
Luego agrega rápidamente -Pero ya se me va a pasar. Hasta pronto, Rosita- se
despide con un beso. -Rolando...- le extiende
la mano.
-Cuídate.
-Cuídate tú también- En los labios de Pedro
hay una sonrisa angelical que vela la ironía cuando agrega en voz baja: -No
sabes lo peligrosa que se está poniendo La Paz…
27
Valdez Sanders exhala el humo del cigarrillo
en el tubo del teléfono mientras escucha la respuesta a su pregunta:
-Somos un grupo de civiles que queremos
ayudar. Quizá para la toma de alguna emisora, o algo por el estilo. O para lo
que sea necesario; tenemos buen material.
-¿Y por qué me llaman a mí?
-Porque conocemos de su misión en Bolivia por
Quiroga Paz, su ayudante- “El Chino”, piensa. “Raro, justo ahora que lo mandé a
Washington”.
-¿Y qué es lo que quieren?
-Entrevistarnos con usted lo más rápidamente
posible. Sabemos que queda poco tiempo...
“Saben mucho”, continúa pensando. “Lástima
que el Chino ya esté regresando y no lo pueda llamar para verificar. Es tarde
para poder ubicarlo”. Finalmente se decide:
-Está bien. ¿Cuándo pueden venir al hotel?
Tras un breve silencio, la voz del otro lado
responde:
-Preferiríamos que no fuera en el hotel.
Puede ser peligroso, tanto para nosotros como para usted.
-¿Peligroso? ¿Por qué?
-Los servicios nos conocen. Si vamos allí y
nos siguen, ponemos en peligro el plan- “Tienen razón” -Mejor se encuentra
usted solo con uno de nosotros en un lugar público. Nos parece más seguro-
“¡Seguro! ¡Seguridad en esto...!”, ríe para adentro. Pero accede a medias:
-Está bien. Déjenme pensarlo hasta mañana y
les contesto.
Luego de otro breve silencio dubitativo la
voz solicita con cautela:
-Sería mejor que no pasara tanto tiempo. Ya
no queda mucho...
Ahora el que permanece en silencio es Valdez
Sanders. “Es cierto, ya no hay tiempo”.
-Llámenme en un par de horas ¿Les parece
bien?
-Sí, está bien.
“Con estos bolivianos nunca se sabe”, reflexiona.
“Pero si lo mencionan al Chino...”
Quiroga Paz es su colaborador desde hace
apenas tres años, pero es como si lo conociera desde siempre. Su lealtad ha
sido probada varias veces, y nunca lo defraudó. Su mano derecha en Bolivia es como una sombra
sigilosa siempre dispuesta a escabullirse; ni su familia conoce sus
actividades, y si ahora se lo mencionan es porque en realidad lo conocen.
Lo habían contactado con él desde la embajada,
y la primera muestra de lealtad la dio cuando lo de Guevara. “Los del Partido
lo han abandonado definitivamente, señor, aunque públicamente afirmen lo
contrario. Está casi solo, y muy enfermo. Queda apenas un grupito que anda por
la Quebrada del Yuro”.
Ya se lo habían confirmado desde la embajada,
pero quiso cerciorarse con los altos mandos.
-Si, los rangers
ya los tienen ubicados, aunque todavía no han hecho contacto-
-Necesito estar allá cuando suceda.
-Puede ir en avión hasta Santa Cruz, y desde
allí le ponemos un helicóptero.
-¿Están seguros de que él comanda ese grupo?
-Totalmente seguros. Barrientos no quiere dar
demasiados datos para no alertarlos, pero aunque se divulgara la noticia, están
tan aislados que ni se enterarían- sonrió con sarcasmo el militar.
-Yo no estaría tan seguro- replicó -Ustedes
no lo conocen tan bien como nosotros; incluso estando solo es un peligro- Hizo
una pausa y luego reflexionó en voz baja: -Salvo que haya decidido
suicidarse...
Unos días después Quiroga Paz le había comunicado:
-Lo tienen, señor.
-¿Vivo?
-Sí. Está herido, pero levemente.
-Consígueme de inmediato un vuelo a Santa
Cruz. No de línea, del ejército. Habla con los de la Special Force.
En el aeropuerto de Santa Cruz lo esperaba un
oficial con su ayudante.
-¿Dónde está?
-En la Higuera, en la escuela.
-¿Quién está a cargo allá?
- Creo que el capitán Gary Prado -duda- Él
comandaba el pelotón que lo apresó.
Un rostro de gestos nerviosos y una mano no
demasiado firme lo reciben cuando baja del helicóptero en La Higuera.
-Soy Ronald Princeton, de la CIA.- Ante el
gesto de sorpresa del otro, aclara de inmediato: -Para ustedes, Valdez Sanders.
¿Cuál es la situación?
-Coronel Centeno -se presenta- Estoy esperando
órdenes del general Ovando.
-Las órdenes ya están dadas, coronel- masticó
lentamente las palabras- Las dio Barrientos.
-Pero yo dependo del general Ovando...-dudó.
-Y Ovando de Barrientos. Y Barrientos...- interrumpió
la frase con una sonrisa cómplice. Pero después concedió. -De todos modos, si
quiere esperar... Aunque cuanto más rápido se resuelva esto, mejor para todos.
-¿Adónde lo llevarán?
Valdez Sanders lo miró fijamente a los ojos:
-No habrá traslado, coronel. Al menos, no antes...
Centeno le sostuvo la mirada, pero parpadeando.
Finalmente preguntó:
-¿Qué vamos a hacer?
-¿Qué podemos hacer, coronel?- extendió las
palmas de las manos hacia arriba y estiró los labios en una sonrisa irónica.
Centeno desvió la vista y meditó un momento.
Pero sólo fue un momento.
-Que venga el suboficial Terán- ordenó a un
soldado. Cuando llegó el subordinado, levantó la barbilla en dirección a la
escuela -Es tuyo, “Reque”- El suboficial abrió los ojos y la boca, sorprendido
-Tómate unos tragos antes, si quieres, y hazte acompañar. Pero hazlo rápido.
Terán se apartó y le pidió a un soldado:
“Tráeme aguardiente, una botella entera”, mientras los músculos de su rostro
viraban alternativamente de la angustia
al temor.
Valdez Sanders caminó hasta la puerta y se detuvo
en el vano. Permaneció un rato con la mirada fija hacia adentro, como
fascinado, y aunque en un momento dio la impresión de querer hablar, continuó
callado. Después bajó la vista, dio media vuelta y se dirigió hacia donde
estaba el coronel Centeno manipulando un radio. El oficial pareció liberarse de
un enorme peso cuando al cabo de un rato anunció:
-El general Ovando me acaba de confirmar lo que usted dijo- Después
gritó: -¿Y, Mario, qué están esperando?
El tiempo se detuvo cuando Terán, medio tambaleante
por el alcohol y el miedo, se dirigió seguido del otro al interior del rancho
que servía de escuela. Un silencio pesado rodó por la selva circundante,
deteniendo el trino de los pájaros y el misterioso sonido de las alimañas.
Después, el silencio se quebró en mil pedazos destrozado por la ráfaga de la
metralleta.
-Listo, se terminó- dijo Valdez Sanders levantándose
-Es increíble lo prosaico que suele ser el final de una leyenda. Ahí adentro no
hay ahora un héroe, ni un mártir, ni nada que se le parezca; sólo un hombre muerto-
Y concluyó en voz baja: -La mejor situación en la que puede estar un enemigo.
Mientras Terán y su acompañante salían con
los ojos desorbitados y las bocas abiertas, Valdez Sanders los hizo a un lado y
penetró en la casa seguido por Centeno.
-Ahí lo tiene, capitán- le dijo palmeándolo
-Los laureles son todos suyos- Después se acercó al cadáver sucio, barbudo y
ensangrentado que yacía despatarrado en el suelo, le miró un instante a la cara
y meneó la cabeza.
-¡Pelotudo! -murmuró -¡Querer enfrentarte a nosotros!- Cuando
sintió la mirada dura de Centeno en su
nuca aclaró de inmediato, alzando la voz: -A todos nosotros, por supuesto. A
Estados Unidos y sus aliados…
Una vez afuera, le dijo al coronel:
-Habrá que ponerlo presentable. Ahora sí
tendrán que trasladarlo a un lugar donde lo puedan ver los periodistas, para
que todo el mundo conozca el fin del famoso Che.
-Lo llevaremos a Valle Grande, si le parece
bien- Y agregó presuroso: -Si lo autoriza el general Ovando, claro.
-Claro, coronel, claro....
Cuando el cuerpo magro, lleno de heridas como
si fuera un descendido Cristo crucificado, fue expuesto en el hospital de Valle
Grande, Valdez Sanders dio una vuelta a su alrededor en muda despedida. “Ni tu
rastro quedará, muchacho. Desaparecerás, y pronto serás olvidado. Es el destino
de los supuestos héroes. Lo único que perdura es el poder, y el poder lo
tenemos, y lo tendremos siempre, nosotros”. Se quedó mirando el rostro ya
afilado pero aún bello, inundado por una serenidad
que trascendía la muerte y que
era totalmente ajena a su agitada vida. “Aunque, quien sabe, el poder es tan
fluctuante que a veces el de un muerto puede ser más poderoso que el del más
poderoso de los vivos”.
Al salir del hospital, le dijo a su ayudante
Quiroga Paz:
-Listo, Chino, misión cumplida. Me vuelvo a
Washington.
Pero ahora el que debe volver de Washington
es el Chino, mientras él sigue aquí, anclado en esta Bolivia que lo tiene
cansado y fastidiado. “Con estos bolivianos nunca se sabe... Pero no hay modo de verificarlo. El Chino ya
debe estar abordando el avión, y estos quieren una respuesta en dos horas. La
verdad, nunca vienen mal algunos refuerzos. Por otro lado, conociendo mi dirección,
si planearan algo raro me podrían haber interceptado sin problemas y sin tener
que ponerse primero en contacto conmigo. Debe ser cierto que lo conocen al
Chino. Lo mejor será llamar a Villarroel, y si ellos no ponen objeciones, me
encontraré nomás con su contacto. Lo único que quiero es descansar, irme de
vacaciones a una playa y dejar de una vez por todas este frío, estas alturas y
esta aridez que rodea la ciudad por todas partes.” Mientras mira distraídamente
el teléfono se queda pensando: “Qué raro, después de tanto tiempo, justo ahora
venir a acordarme de Santa Mónica”.
28
-¿Recuerdas bien todos los pasos? Si no te
acuerdas de algo, dilo.
-No, está bien- Los ojos mansos de Pedro miran
casi sin mirar al grupo de hombres que rodea la mesa.
-¿Seguro, Pedro?- se interesa, serio, otro de
los compañeros -Mira que esto es muy importante...
-Ya sé, no te preocupes; todo va a salir
bien.
-¿Estás seguro de que no quieres que te vigilemos,
por las dudas?- insiste el que ha hablado primero. Tiene la piel cetrina, los
ojos achinados, los labios gruesos. Cholo.
-Prefiero ir solo, me siento más tranquilo.
Siempre voy solo- subraya, recordando.
Juan le había dicho entonces, riendo:
-¿Te acuerdas de cuando te explotó la bomba antes
de tiempo?
-Me acuerdo.
-Fue un milagro que no te pasara nada.
-Sí, un milagro.
Juan se puso serio, y comenzó a explicarle:
-Tú has visto cómo se han vuelto a poner las
cosas. De nuevo se ha encarajinado todo con esta junta militar de mierda,
represora y asesina- Pedro se acordó vagamente de Walter. Juan le puso la mano
sobre el hombro: -Hay que volver a la lucha, hermano, no nos queda otra
solución.
La imagen de Walter se le fue nitidificando
hasta que refulgió, sonriente, en su memoria.
-¿Quieres que haga algo?
Juan lo miró a los ojos.
-Tienes que ayudarnos. Nos estamos organizando
de nuevo.
Y Pedro volvió a ayudar. Pero no se distrajo
como aquella vez, y el trabajo resultó impecable. La bomba destruyó parcialmente
la casa de un empresario minero, y no hubo víctimas.
Después los encargos se sucedieron, y en poco
tiempo varios objetivos fueron atacados. Pero no siempre los resultados fueron
tan limpios como en el primero. Nunca hubo muertos, pero sí heridos. En uno fue
una niña de 11 años, y en otro una mujer de 50 a la que tuvieron que amputarle
un brazo.
Pedro buscó entonces apartarse de la militancia.
Pero Juan y los otros eran persuasivos.
-Es la lucha, Pedro; en la guerra vale todo.
Mira lo que le hicieron los milicos a González, a Vargas Luna, al Pablito
Vázquez. ¿Y al Walter?- “¡Walter!”, sollozó por dentro, aunque sus ojos permanecieron
secos, rígidos -Y hasta a ti te golpearon, sólo por ser su hermano- Pedro bajó
la vista en muda concesión -No hay que aflojar,
compadre; con la lucha las cosas van a cambiar, ya verás. Pero hay que ser
constantes, no debemos aflojar. Hay que seguir...
-...haciendo milagros- se adelantó Pedro.
Luego de unos segundos en los que el rostro
de Juan estuvo fluctuando entre la curiosidad, la duda y el disgusto,
finalmente preguntó, preocupado:
-Oye, ¿por qué llamas milagros a estas acciones?
Pedro lo miró de reojo, y luego se quedó pensando
un rato.
-Quizá porque siempre salgo vivo, y a lo mejor
no debería.
-¿Y por qué no deberías?- se sorprendió.
-Porque en el fondo yo no quiero hacerlo,
aunque sé que debo. Y si uno hace algo que no le gusta y le sale bien, es
porque es un milagro.
-No está mal lo que tú haces, huevón- se
amoscó Juan-, y no necesitas andar justificándote diciendo que son milagros.
-No es por justificarme, no sé por qué es.
Siempre creí que muchas cosas que hacía, o que me sucedían, eran milagros.
Ahora ya no sé- Su gesto se había vuelto tristísimo.
-Allá tú con tus milagros- se desentendió
Juan, palmeándolo -Pero hay que seguir luchando. Tú lo harás, verdad?
Y Pedro continuó con su misión dinamitera.
Hasta que un día Juan le dijo, cauteloso:
-Estamos cambiando de métodos, cumpita, y
pensamos que tú serías más útil en La Paz que aquí- Pedro lo miró sin
comprender -Ven esta noche al gremio, allí los compañeros te explicarán mejor.
Sólo estaban presentes Juan y dos hombres
más. El que habló, con voz firme, gesto aplomado y un acento paceño que hasta
podía ser peruano del sur, comenzó a explicarle:
-Tú sabes que en La Paz están los grandes.
Allí se hacen todos los arreglos, y se cometen también las grandes traiciones.
Y nosotros tenemos que castigar a los traidores. Todos sabemos que una parte de
la C.O.B. está en manos de unos corruptos que a la primera de cambios nos venden las huelgas para llenarse de plata. Entonces, creemos que hay
que darles una lección para ver si se asustan y aprenden- Lo miró fijo a los
ojos, con una mirada dura, definitiva -Hay que liquidar a un par de traidores,
hermano. Y aquí el compañero opina que tú, para eso, eres el mejor.
Pedro abrió grande los ojos.
-¿Yo...?
-Tú, Pedro... Pedro te llamas, no? Sabemos lo
bien que has cumplido las misiones que te han dado hasta ahora, pero ya no son
suficientes las bombas. Se acabaron las advertencias, ahora hay que actuar directamente
sobre los traidores- Permaneció callado, esperando la respuesta de Pedro. Una
respuesta que tardó en llegar, y sólo en forma de duda:
-Pero ¿cómo voy a ir a La Paz? ¿Y mi familia?
Tengo una guagua de meses...
-Por eso no te preocupes, tu familia irá contigo.
Allí te conseguiremos trabajo, ganarás más que aquí. También te haremos
delegado gremial, así podrás moverte con más comodidad.
-Pero ¿qué tendré que hacer?
-¿Aparte de tu trabajo...?- Pedro asintió -Ya
te dije, liquidar a un par de traidores.
El gesto de Pedro se volvió hosco, acechante.
Buscó los ojos de Juan, pero éste bajó la vista. Miró a los otros dos, dubitativo.
-Una cosa es poner bombas y otra...
-Es lo mismo- afirmó el que parecía ser quien
decidía -En los atentados también puede morir gente.
-Pero nunca murió nadie...
-Por pura casualidad.
“Por puro milagro”, pensó Pedro. Todavía intentó
resistirse:
-Yo sé manejar las mechas, la dinamita...
¿pero armas...?
-Te enseñaremos, verás que es fácil.
Seguía sin convencer. Se dirigió a Juan, casi
suplicante:
-Hermano, luchamos por mejorar la vida de los
compañeros, pero no somos asesinos, terroristas.
-Mira pues cojudo- se enojó Juan -La palabra
terrorista no quiere decir nada; sólo depende de quien la esté diciendo. Si la
dice Johnson, los terroristas son los vietcongs, pero si la dicen Ho Chi Min o
Mao, los terroristas son los “boinas verdes” yanquis.
-Pedro- intervino el jefe pausadamente-, el terrorista
no es más que un combatiente que está perdiendo. Pero si llega a ganar, de repente
se convierte en un gran estadista, como Menajen Beguin o Jomo Kenyata- “¿Y ésos
quiénes son?”, pensó Pedro -Claro que si mueren, aunque sean mártires, para
quienes los asesinan siempre serán terroristas.
-O no- afirmó el que aún no había hablado
-Mira a Lumumba, ahora es un mártir.
-¿Y el Che, qué me cuentas del Che?- apoyó
Juan -Primero fue terrorista, después estadista, más tarde otra vez terrorista,
y ahora héroe y mártir.
-Para nosotros... -se atrevió tímidamente Pedro.
-Para nosotros y para todo el mundo, ya lo
verás- afirmó Juan. Y bajando la voz: -Menos para los yanquis, claro; para
ellos nunca dejará de ser un terrorista.
-¡Hay tantos que hoy son terroristas y que
mañana pueden llegar a convertirse en estadistas o héroes!- exclamó el jefe,
tratando de convencer definitivamente a Pedro, ya casi convencido -Mira a
Mandela en Sudáfrica, por ejemplo. Ahora es un terrorista que está preso, y
probablemente lo seguirá estando por mucho tiempo- aclaró -¿Pero quién puede
asegurar que no llegará a ser un gran estadista si algún día se acaba el apartheid?
-¿Y Yasser Arafat?- volvió a intervenir Juan
-¿Qué crees que es Arafat para sus hombres, un terrorista? Para ellos es su
comandante, el hombre que mañana será el
líder de los palestinos.
-Los irlandeses que lucharon por su independencia
hace unos años y la lograron- agregó el jefe -no eran menos terroristas que los
del Ulster que hoy luchan por la suya. O los vascos, y tantos otros casos.
“Yo no sé nada de lo que están hablando, pero
si ellos lo dicen...”, pensó Pedro. Permaneció callado, ya sin resistencia.
Sólo se le ocurrió agregar:
-Pero la vida es sagrada...
-La nuestra también lo es, y sin embargo en
cualquier momento los milicos pueden quitárnosla sin que se les mueva un pelo.
Se volvió a acordar de Walter, y ya no dijo
nada más. Los otros lo miraron un rato en silencio, y finalmente el jefe preguntó:
-Entonces, Pedro, nos ayudarás? ¿Irás a La Paz?
-¿Y cómo la convenzo a María?
-Dile la verdad sobre tu trabajo. Que te conseguiremos
un empleo en una fábrica donde trabajarás menos y ganarás más. Por supuesto, de
lo otro, ni una palabra.
Pedro la convenció a María, y se fue a La
Paz. Pero solo.
-Al principio es mejor que no vaya tu
familia- le dijeron -Vivirás un tiempo en una pensión, para pasar
desapercibido. Después podrás tener un departamento donde puedas vivir con tu
mujer y tus hijos.
“¿Qué estarán haciendo María y los chicos?”,
piensa ahora. Porque el viaje de la familia se fue postergando, y él siguió
solo en La Paz. Primero fue “espérate un poco más, ya pronto vendrán”. Después
del primer milagro grande, “por ahora no es conveniente que vengan, tiene que
pasar un tiempo”. Y al final, el definitivo “no pueden venir aquí, Pedro, puede
ser muy peligroso para ellos. Total, tú puedes viajar seguido, sin problemas, y
ellos también pueden venir de vez en cuando”.
Por eso siguió solo en La Paz. Trabajando,
añorando a su familia y haciendo milagros por encargo.
-Sabemos que siempre has trabajado bien solo,
pero mira que éste es un pez gordo...
Pedro sonríe, sin contestar. “Seguro que a
esta hora María ya se habrá acostado. Y las guaguas ya estarán durmiendo. ¿Qué
pensaría María si supiera lo que estoy haciendo? Seguro que no le gustaría.
Pero así es la guerra, como dicen los compañeros. Lo único que cuenta es ganar,
lo demás no importa. Y cuando Pedrito y Marita sean grandes, ¿qué pensarán de
su padre? ¿Justificarán lo que estoy haciendo? Sí, seguro que van a estar
orgullosos de que haya podido ayudar a que en Bolivia exista más igualdad y más
justicia. ¿Y el viejo?” La sonrisa se le amplía al contestarse a sí mismo que a
su padre seguramente no le interesaría demasiado lo que estuviera haciendo, que
seguramente lo único que le importaría sería poder continuar gozando de las
dulzuras tucumanas. “Él también estuvo
solo, como yo; sin familia. Pero claro,
a él no le deben haber faltado compañías femeninas. En cambio yo...”. La sonrisa
se le va esfumando hasta quedarle en los labios sólo una mueca nostálgica y en
los ojos una triste opacidad de ausencias.
-Bueno, Pedro....- Todos se van poniendo de
pie.
29
-Es raro, sí. Pero yo creo que no se pierde nada
con ir; como usted dice, si tuvieran alguna mala intención, no lo citarían, lo
atacarían directamente. Además, lo protegeremos desde muy cerca, por supuesto.
-Gracias, Villarroel. Les pediré que su contacto
me espere en el bar de la plaza San Francisco. A esa hora estará lleno de
gente, no creo que haya problemas.
-Seguro que no. Pero si prefiere que lo protejan
gente de ustedes... la C.I.A., la Special Force... ¿Por qué no lo consulta con
sus agregados militares?
-Trataré de comunicarme con Mc Allister.
Donovan está en Santa Cruz, con Banzer, y Squire creo que está jugando un
torneo de tenis. No le haría mucha gracia que lo interrumpiera por esto- ríe apenas,
bajando el tono de voz. El breve silencio del otro lado del teléfono le indica
que también Villarroel está sonriendo -De todos modos, creo que un par de agentes
de los servicios será suficiente. Por las dudas les indicaré que el contacto
vaya solo.
-Como usted prefiera.
-Cuando confirme el lugar y la hora, lo
vuelvo a llamar. Ah, y no se olvide que yo también sé cuidarme, coronel- concluye
irónico.
-No lo dudo, amigo.
“¿Sabré cuidarme?”, piensa, mientras cuelga
el teléfono. “Quién sabe. Hasta ahora siempre me fue bien, pero la verdad es
que nunca estuve en peligro. O casi nunca”, corrige, pensando en Santo Domingo.
“Siempre me tocó la parte fácil, siempre fueron los enemigos los que estuvieron
en peligro. Al cuero lo ponían ellos, yo sólo ponía la picana o la pistola. Y
la verdad, la pistola la puse tan pocas veces... Aquél chico en la cárcel de
Lurigancho, después de la muerte de De la Puente Uceda, o el viejo aquél, el
supuesto guía de los guerrilleros que al final no tenía nada que ver, ¡collas
boludos! La picana sí, la tuve que
aplicar varias veces. Y al principio costaba, ¡vaya si costaba! Uno veía a esos
pobres tipos, impotentes, entregados... Pero los jefes siempre insistían con
eso de “lo primero es la patria”, y tenían razón. Claro que también decían “es
por el bien de nuestro sistema democrático, occidental y cristiano”, y ahí
mucho no me lo creía. Pero había que obedecer, y seguir aplicándola. Y también
usar la pistola, como con el mejicanito, cuando lo de Tlatelolco. Bueno, eso
fue completo, porque primero tuve que aplicar también la picana. ¡Pobre
pendejo! ¿Pero qué se podía hacer? Hacía como dos meses que estaban jodiendo
con marchas y protestas porque el ejército había tenido que cerrar
indefinidamente la Universidad Autónoma y el Politécnico Nacional. Ya con la
“marcha del silencio” se veía que el asunto tenía que terminar mal. Trescientos
mil tipos en el zócalo no es joda. Había que detenerlos, y por eso el ejército
tuvo que ocupar la Ciudad Universitaria y días después, con el apoyo de casi
medio millar de carros blindados, entrar a balazo limpio en el Politécnico.
¿Qué otra cosa se podía hacer? Si seguían así, los zurdos no paraban hasta voltear a Díaz Ordaz, y cuando nos
descuidáramos íbamos a tener otro gobierno comunista del otro lado de la frontera.
No, no podía ser. Por eso le tuvimos que avisar a Nixon que suspendiera el
viaje a Méjico porque se armaba la podrida. Y al otro día se armó, nomás. Me
acuerdo de que cuando vi las bengalas que arrojaba el helicóptero pensé:
“Igual
que en Vietnam; cuando marcan, es para atacar”. ¡Qué ruido infernal el de las
ametralladoras! Y a mí que me gusta el silencio, la tranquilidad... Este
principio de sordera seguro que empezó allá. Los muertos fueron como quinientos,
pero el gobierno sólo informó veinticinco. Y a los familiares que fueron a
retirar los cadáveres los trataron de traidores a la patria y les hicieron
firmar que los estudiantes habían muerto “por accidente”... ¡Esos mejicanos son
especiales para el humor negro! Qué se le va a hacer, así son las cosas en
estos asuntos. El pueblo se cree eso de la dignidad, el heroísmo.... Los héroes
de Corea, de Vietnam... Pensar que yo también antes, cuando era un pendejo, me
las creía. Cómo se ve que no saben una mierda de nada, que no saben lo atroz
que es la guerra. La guerra, la guerrilla y la puta que lo parió. No se dan
cuenta los cojudos que todo es una cuestión de intereses, que si hay que atacar
a un pequeño país por el oro, por el petróleo o por lo que sea, se lo ataca y
listo. Y que si hay que liquidar a unos
centenares o a unos miles de infelices
que se creen héroes, se los hace cagar y “andá a cantarle
a Gardel”, como dicen esos boludos agrandados que son los argentinos. ¿Qué
lograron al final esos chicos de Tlatelolco? Nada. ¡Tlatelolco, la plaza de las
Tres Culturas...! La única cultura
válida es la que se impone, es decir, la nuestra. Los mayas, los españoles de
la colonia... ¡déjense de joder con esas cosas del pasado! No se dan cuenta que
la cultura la dictamos nosotros porque somos los que tenemos el poder para
hacerlo. “¡No me torture más!”, me suplicaba el chilanguito cuando paraba de
aplicarle la picana. Habíamos agarrado a varios porque necesitábamos saber
quiénes eran los que dirigían la revuelta, y sus paraderos. “No es nada personal,
muchacho”, le expliqué. “Pero debo hacerlo, es absolutamente necesario que lo
haga para que podamos saber lo que queremos”. Gemía y lloraba, tratando de
resistirse. Se había meado y cagado, pobre chico. “¡Basta, basta, máteme de una
vez!”. “Si te mato, no podré saber lo que quiero”. Me miró a los ojos con
rabia, de repente parecía lúcido. “Nada justifica la tortura, es lo más aberrante
que pueda haber”. Me acordé de las clases teóricas de la Escuela de las
Américas y le expliqué: “Eso es lo que tú crees. Piensa un poco; si alguien
hubiera secuestrado a quien más quieres, tus padres, tu mujer, tu hijo...
aunque no creo que lo tengas, y estuvieran a punto de matarlo, ¿crees acaso que
vacilarías en torturar a un cómplice suyo que te puede decir dónde está tu familiar para que puedas
salvarlo? Nosotros, mi país, porque tú crees que soy latinoamericano, pero no,
pendejo, yo soy nor-te-a-me-ri-ca-no,
nosotros, te decía, estamos en guerra en todo el mundo contra el comunismo, y
tú eres comunista. Y como a esta guerra es imprescindible que la ganemos como
sea, necesito saber quiénes son tus
compañeros activistas para abortar de una buena vez vuestras protestas. Ponte
en mi lugar; tú eres mi enemigo, y si no te derroto como sea, tú y tus compañeros
a la larga me destruirán no sólo a mí, sino también a todos mis compatriotas”.
Todavía tuvo fuerzas para replicarme: “Ni siquiera en la guerra está permitida
la tortura. Hay derechos que...”. “Ni derechos, ni clemencia”, le tuve que recordar.
“En la guerra todo vale, y lo único que cuenta es ganar”. “Pero yo no estoy en
guerra...”, se lamentó, intentando levantar la cabeza. Al final tuve que cortar
diciéndole “no entiendes nada”, y continuar aplicándole la picana. Pero
después, al darme cuenta de que resultaba inútil, pensé para qué seguir, si nunca va a confesar. Y no fue por lástima,
no; si hubiera tenido la más mínima duda de que insistiendo podía cantar,
lo seguía picaneando. Pero no tenía
sentido continuar. De modo que le dije “te voy a complacer, muchacho”. Y
le puse la pistola en medio de la frente. Sí, muy pocas veces usé la pistola,
quizá menos veces de las que hubiera debido. Una en que debí hacerlo y no lo
hice por lo que podrían pensar mis superiores, fue con lo de Guevara. Yo debí
ser quien lo matara, y no ese boliviano muerto de miedo que tuvo que tomarse
media botella de aguardiente para poder hacerlo. Herido y todo como estaba, me
miraba desafiante el hijo de puta. La verdad, no sé si fue por temor a lo que
dirían mis superiores, o qué. No sé bien por qué no lo hice. O a lo mejor es
preferible no saberlo... Pero yo debí ser quien lo ejecutara, porque al fin y
al cabo contra los que él estaba luchando era contra nosotros, y no contra
estos bolivianos muertos de hambre. Nunca debí dejarles el honor de que lo
hicieran ellos. Pero en fin, eso ya pasó, y ahora lo único que importa es
terminar de una vez por todas con este asunto. Y seguro que lo terminamos bien,
porque ya todo está cocinado. La verdad, no sé para qué mierda me voy a
encontrar con estos tipos; deben ser unos pobres diablos que no sé en qué
podrán sernos útiles. Pero bueno, ya Villarroel debe haber hablado a su gente
de los servicios especiales y no voy a andar dándole contraórdenes, pobre tipo.
Demasiado se ha preocupado en ayudarnos al máximo en la preparación del asunto.
Mejor lo llamo de nuevo para confirmarle
que prepare a sus muchachos. A Mc
Allister no lo voy a llamar, para qué. ¿Para que me diga que mejor no vaya, que
es peligroso...? En realidad, quizás estoy deseando entrar en alguna misión más
riesgosa, peligrosa en serio. Como una guerra, por ejemplo. ¿Pero dónde?
Siempre quise ir a Vietnam, pero el jefe insiste en que soy necesario aquí, que
mi experiencia...
La campanilla del teléfono interrumpe sus pensamientos.
-¿Sí? Ah, son ustedes. Sí, sí..., nos encontraremos
en la plaza San Francisco, en el bar
de...
30
Pedro no está nervioso mientras permanece
sentado en el autobús que lo va aproximando al centro. Últimamente nunca lo
está. A veces, antes, ha sentido temor, aprensión, incluso angustia frente a la
inevitabilidad de algunos sucesos. Pero esa inquietud, esa ansiedad propia de
la duda que casi todos los individuos sienten ante la imposibilidad de saber lo
que ocurrirá en el futuro inmediato, inminente,
en los últimos tiempos ha dejado de formar parte de su personalidad. Su psiquismo y su
temperamento parecieran haberse aferrado definitivamente a ese fatalismo propio
de una raza que la aproxima a ciertas cosmovisiones orientales, y que quizá no
sea más que la confirmación de una ancestral herencia asiática.
Tampoco nada en el rostro de los otros pasajeros
del vehículo denota ansiedad o premura alguna. Todo parece estar supeditado a
un orden superior inalterable, definitivo. Los pasos de Pedro al descender del
vehículo no son lentos ni apresurados; tampoco lo son sus gestos. Camina como
todos los días, como si su destino fuese el rutinario. Los músculos de su
rostro permanecen relajados, y los designios de su pensamiento, inescrutables.
Sin embargo, la mente de Pedro es como un
mecanismo de relojería; todos los detalles de su cometido están registrados
indeleblemente en su cerebro. Camina tranquilo, casi despreocupado, porque conoce
perfectamente cada uno de los movimientos que su cerebro deberá imprimirle a
sus músculos para que lleven a cabo su misión. Sólo tiene que realizar uno más
de sus milagros, y el de hoy no tiene por qué ser diferente a los de las otras
veces. Todo ha salido bien desde siempre, desde aquella primera vez, todavía
próxima cronológicamente pero ya lejana en su memoria. Por momentos no sabe si
ese olvido se debe al natural producto del paso del tiempo, o si su subconsciente
ha relegado al pasado esos acontecimientos que quizá preferiría no recordar.
Sin embargo, hay ráfagas de memoria que por momentos retornan, implacables.
Como ahora, que está comenzando a recordar aquel primer milagro grande.
Había permanecido un par de meses en La Paz
sin que sucediera nada especial; sólo el trabajo en la fábrica y la añoranza de
María y los niños. Pero al poco tiempo lo nombraron delegado gremial por su
sección, y fue entonces que Joaquín Rosende, el hombre que junto a Juan lo había
convencido de que viajara a La Paz, le anunció:
-Prepárate para tu trabajo, Pedro; dentro de
unos días tendrás que actuar. Será tu bautismo de fuego.
Pero sería un bautismo de fuego unilateral,
porque el único que tendría que disparar sería él. Ya le habían enseñado a
manejar distintas armas, y ahora le dieron un 38 largo.
El objetivo era el secretario adjunto de los
ceramistas, un gremialista corrupto que en varias oportunidades había transado
con el gobierno, presionando y al fin logrando el levantamiento de huelgas dispuestas
por el gremio a cambio de suculentas sumas de dinero.
Pedro se calzó el revólver en la cintura y lo
tapó con la campera. La sombra de los árboles -raros en La Paz-, cortaba a
trechos la luz magra, reticente, que emitía un modesto farol. La oscuridad
ganaba la partida en ese tire y afloje de luces y sombras que se alternaban
asimétricamente sobre la acera húmeda por la reciente llovizna.
Pedro levantó el cuello de la campera y metió
las manos en los bolsillos. Aunque recién era comienzos de otoño y la noche
sólo hacía un rato que se había aposentado sobre la ciudad, el frío intenso
casi lo hizo tiritar. Recordó otros fríos, distintos a éste, húmedo y quieto.
Aquéllos eran unos fríos secos e hirientes a los que el fuerte viento puneño
pugnaba por introducirlos -y lo lograba- en cada mínimo trozo de su piel. Y no
sólo en la piel; también en los músculos, los órganos, los huesos.
Sin embargo, ahora al frío lo sentía más intenso,
como si en lugar de venir de afuera le brotara de las entrañas. Era persistente y por momentos crecía, porque
era un frío incrementado por su miedo. Sabía que tenía que hacerlo, que no
podía echarse atrás. Pero igual miles de gélidos estiletes que nunca
antes, cuando colocaba los explosivos,
lo habían acosado con esa fuerza, le hurgaban las neuronas del cerebro
punzándole todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo. Aunque se empecinara
en aventar esa sensación y tratara de relegar la certeza que le iba imponiendo
su pensamiento, al final tenía que
aceptar que lo que sentía era miedo. No miedo por él; estaba seguro de que,
como siempre, nada le pasaría. Sino miedo por lo que estaba por suceder, por lo
que inevitablemente sucedería cuando el automóvil de Ramón Quijano apareciera
por la esquina, como lo hacía siempre, y se dirigiera al garaje que estaba a
media cuadra de su casa. Desde allí caminaría esos cincuenta metros con pasos rápidos
pero seguros. Porque aunque de vez en cuando girara su cabeza para mirar a su
alrededor, Quijano no tenía miedo, como Pedro, y se sentía seguro de sí mismo y
de la 45 que llevaba en la sobaquera.
Pero aunque Pedro tuviera miedo, su temor no
era paralizante. Había repasado con sus compañeros cada uno de los movimientos
que debía efectuar, y ahora sólo esperaba que el coche último modelo girara y
se aproximara al garaje para detenerse frente a él. Quijano bajaría, como
siempre, dejando el motor en marcha y mirando rutinariamente hacia todos lados.
Pero aunque sus miradas fueran escrutadoras y precisas, no podrían detectar a
Pedro, escondido en un umbral dos casa más allá del garaje. Cuando Quijano
volvió a subir al auto, Pedro apretó con fuerza el 38 largo. Quizá los dientes
le castañeteaban, pero la mano permanecía firme, sin la más mínima oscilación.
Un minuto después Quijano saldría,
pondría llave a la puerta y, repitiendo el gesto de mirar hacia
adelante, hacia atrás, hacia la vereda de enfrente, emprendería el corto camino
hasta su casa. Podría haber -o no- algún transeúnte que a esa hora recorriera
el mismo camino que Quijano, o el contrario. Si lo hubiera -no lo había-
Quijano lo miraría atenta y desconfiadamente hasta asegurarse de las intenciones
del otro. Pero a Pedro no podría verlo, no pudo verlo, porque recién salió de
su escondite justo cuando él dejó de mirar hacia atrás y comenzó a recorrer el
camino hacia su casa. Aunque los pasos de Pedro se deslizaron ávidos sobre los
húmedos mosaicos, el silencio siguió reinando gracias a la suela de goma de sus
zapatillas. Debería alcanzar a Quijano -porque así estaba planeado- a mitad del
trayecto entre el garaje y su casa. Ya debería tener su arma -la tenía-
dirigida hacia el otro cuerpo. Recién cuando estuviera a un par de metros
debería apuntar entre los omóplatos -apuntó- y disparar. Pero antes de que
Pedro disparara, Quijano se detuvo bruscamente y giró sobre sí mismo mientras
metía la mano bajo el saco. Pedro no tenía la certeza de que a último momento
se animara a disparar sobre la espalda de un hombre que no le había hecho nada,
que sólo conocía por fotografías y al que se lo habían mostrado, de lejos, en
un par de ocasiones. Pero creía que podría hacerlo. Sin embargo, cuando estaba
con el arma apuntándole entre los omóplatos, por primera vez una extraña vibración
le hizo temblar la mano. Pero Quijano se había detenido de pronto, había girado
y estaba dirigiendo su mano derecha hacia la axila. Entonces, y aunque el
temblor proseguía, la mano de Pedro se aferró con fuerza al 38 largo ayudada
por la otra mano, y entre las dos apuntaron no ya a la espalda, sino al pecho
del otro, a ese otro que lo estaba mirando con un gesto de temor pero que no
dejaba de sacar su brazo y luego su mano empuñando algo que brillaba a la
pálida luz del farol que los alumbraba. Pedro alcanzó a vislumbrar el pánico en
la pupilas de Quijano, pero ya eran sus ojos y no su nuca, su pecho y no su
espalda, un arma que se alzaba frente a la suya intentando apuntarlo; ya era su
vida contra la del otro. Y entonces no vaciló; apretó con fuerza y reiteradamente
el gatillo mientras el otro se iba desplomando, pero no boca abajo como estaba
previsto, sino hacia atrás, de espalda. Y mientras lo iba haciendo sin dejar
todavía de mirarlo, Pedro, mirándolo a su vez fijamente a los ojos, bajó un
poco el 38 largo y se lo puso entre las cejas.
Era la última bala. Después sólo oyó el tac
tac del percutor martillando en falso. Cuando vio que Quijano ya no se movía,
miró hacia atrás y vio el vehículo que se aproximaba. Al llegar su lado, Juan
le abrió la puerta trasera y él ascendió rápidamente. Rosende estaba al
volante. Cuando la puerta volvió a cerrarse, sólo oyó el chirriar de los
neumáticos y el “¡Bien, Pedro!” de Rosende y el “¡Bravo, cumpa!” de Juan.
Después, por un momento, ya no oyó nada. Ni las voces que siguieron formando
palabras, ni el ruido del motor, ni el
nuevo chirriar de los neumáticos al doblar velozmente en la siguiente esquina.
Sólo escuchó una voz interior que le gritaba “¡Milagro!”, y el eco retumbón de
los disparos. Pero cuando el grito cesó y el eco se esfumó, por primera vez
tomó clara conciencia de que había matado a un hombre. Y entonces el frío, que
había huido mientras concretaba su misión, volvió a reaparecer más intenso que
antes. Ya no eran sólo sus dientes los que castañeteaban; todo su cuerpo temblaba.
Pero ahora, mientras encamina sus pasos hacia
la plaza San Francisco, Pedro no solamente no tiembla, sino que sus pasos y
sus gestos son los de cualquier transeúnte
que estuviera dirigiéndose a su trabajo, a una cita, a su casa. Porque en los
últimos tres años Pedro ha aprendido. Ya no siente la inquietud del
principiante; “una vez que matas a uno,
te acostumbras”, le había dicho una vez un cholo peruano, guerrillero en
Huallaga y en la Pampa de Junín. “¿Y cómo se hace?”, le había preguntado él. El
otro no supo qué contestar, pero Pedro aprendió solo. Después de Ramón Quijano
vinieron varios; ya no se acordaba cuántos, aunque tampoco eran tantos. A
propósito confundía los números, los trastocaba. Y finalmente los olvidaba.
Nunca le gustaron las cifras, y menos las de los muertos. Sólo de dos se
acordaba siempre; uno era el Walter, y el otro Ramón Quijano. A veces también
se acordaba del Juan. “¡Pobre Juan! Adónde lo habrán tirado...”. Cuando lo
pensaba, sentía de nuevo los gritos de dolor, los quejidos. Pero enseguida eran
sofocados por sus propios gritos y su propio dolor, y por eso fue aprendiendo a
olvidar también al Juan, para olvidarse de su propia tortura. Porque al final
él se había salvado, había producido otro milagro. Creyeron en sus negativas,
en sus afirmaciones de que sólo actuaba gremialmente, y lo soltaron. Pero al
Juan no; el Juan nunca volvió. Por eso prefería no acordarse mucho de él, y sí
en cambio del milagro de su salvación. Al Walter en cambio siempre lo
recordaba. Y a Ramón Quijano también, aunque ahora camine aparentemente
tranquilo y seguro mientras las torres de la iglesia de San Francisco, elevándose
sobre los edificios que circundan la plaza, traten de hacérselo olvidar
recordándole la inminencia de otro milagro.
31
El sol ya se ha sumergido en el abismo del
horizonte, y las primeras luces se van encendiendo en el centro de La Paz.
Valdez Sanders se despide de sus acompañantes con un par de palabras y baja del
automóvil. Espera que el vehículo se introduzca en el estacionamiento y cuando
ve asomar de nuevo a los hombres en la entrada, les hace un gesto rápido de
asentimiento y empieza a caminar hacia la plaza San Francisco. No está inquieto,
ni receloso; sólo espera que la entrevista con el contacto sea breve para retornar
cuanto antes al hotel. Primero pasará por la embajada, y luego en el hotel
recibirá a Villarroel y a otros tres o cuatro generales. “Puede ser que ya esté
el Chino, aunque no lo creo”. Mañana se
llevará a cabo la última reunión, que será simplemente formal, porque ya está
todo previsto. Sólo resta esperar que los imponderables sean de menor cuantía y
no resulten tan importantes como para cambiar el rumbo de la situación.
“Quién sabe que propondrán estos tipos. Aunque
supongo que no será nada importante; seguro que pretenden algún puesto en el
nuevo gobierno a cambio de fuegos artificiales. Porque ¿qué podrían aportar en
el área militar, si ya está todo comprometido? Y civiles... sólo algún
copamiento o alguna escaramuza sin importancia. Aunque, quién sabe; los
comandos civiles fueron decisivos para el derrocamiento de Perón en la Argentina”.
Mira el reloj pulsera y al comprobar que aún
es temprano, sus pasos, que eran apresurados, se van lentificando. Observa de
reojo, curioso, a la multitud que pasa a su lado, y vuelve a enfrascarse en sus
pensamientos.
“Realmente no entiendo qué está pasando en
Latinoamérica. Parece un polvorín a punto de estallar. ¿Será que al final tenía
razón el Che cuando decía que iba a crear uno, dos, diez Vietnam? Estos
comunistas parecen pendejos, pero no lo son tanto. Si no les alcanza para obtener
el poder por la fuerza, como a las FARC en Colombia o a los tupamaros en
Uruguay, convencen a tipos como Torres o Velasco Alvarado para que se hagan
izquierdistas y sirvan sus intereses. Y ahora, lo único que faltaba; que
ganaran las elecciones en Chile. Al menos Torres y Velasco llegaron al poder
por medio de golpes militares, pero el triunfo de Allende sentará un muy mal
precedente. ¿Qué se les podrá objetar ahora? Si hubiera seguido de candidato
ese poeta huevón... Neruda, creo que se llama, seguro que la izquierda no
ganaba. ¡Con versos a los rotos muertos de hambre...! Pero Allende es bastante
peligroso. Tengo que hacer un detallado informe a Washington sobre la amenaza
que significa este tipo. Tiene mucha experiencia, y parece que también muchos
huevos. Aunque, para lo que le van a servir si los jefes deciden actuar... Con
un par de generalitos ambiciosos y bien hijos de puta todo se soluciona
rápidamente”.
Mientras la última claridad del ocaso lucha infructuosamente
por resistir el avance indetenible de una oscuridad que a su vez será
inexorablemente derrotada por las cada vez más numerosas luces de neón, las
reflexiones de Valdez Sanders cambian de objetivo y se trasladan territorialmente.
“Ahora hasta esos cagones argentinos tienen
una guerrilla. Menos mal que lo que se proponen es traerlo de vuelta a Perón.
No se dan cuenta de que ese zorro viejo, a pesar de su retórica antinorteamericana,
nunca se va a dejar engatusar por los comunistas. Si llega a volver, lo único
que hará será usarlos y después limpiarse el culo con ellos. De todas maneras,
las cosas no pintan muy bien para nosotros en Latinoamérica, sobre todo en un
futuro próximo. Claro que a la larga todo tendrá que volver a la normalidad, es
decir, a que mandemos nosotros. Habrá que buscarle la vuelta, y si no es por
métodos persuasivos o por presiones económicas, qué le vamos a hacer, tendrá
que ser por la fuerza. Lo que es seguro es que esto no puede seguir así, porque
aunque no nos guste tenemos que reconocer que los bolches siguen avanzando. Y
no sólo en Latinoamérica; hasta en Vietnam y todo el Sudeste Asiático las cosas
se están complicando”.
Da una última pitada y arroja su cigarrillo.
Sólo un leve parpadeo y un imperceptible sacudimiento de cabeza es el trasunto
del cambio de rumbo de su pensamiento.
“Pero en fin, veamos ahora qué quieren estos
tipos, porque luego tendré que ajustar los últimos detalles con Villarroel,
Ovando y los otros. El embajador insiste con que Nixon quiere que todo sea lo
más aséptico posible. Claro, a ellos
desde allá todo les parece fácil, pero aquí a nosotros a veces las cosas se nos
van de las manos. Por suerte al final, de una u otra forma siempre se arregla.
Pero mientras tanto uno tiene que estar aguantando a esta gente, collas, mestizos,
zambos... ¡Dios mío, no veo la hora de que esto termine para volver de una
buena vez a la civilización! Aunque las vacaciones siempre son tan cortas...
Seguro que enseguida tengo que empezar de nuevo con algún otro paisito. No sé
por qué, pero me parece que el próximo va ser Chile. O Uruguay, porque esos
hijos de puta de los tupamaros cada vez están teniendo más fuerza. Y si vuelve
Perón, también puede ser Argentina. Si me tocara allá, por lo menos los gauchos
son bastante simpáticos y civilizados. Y corruptos, claro; con la “coima”, como
le llaman ellos, todo se arregla muy
fácil. Y con plata grande y adulándolos con la cuestión del honor y el ser nacional, se puede bajar hasta al más pintado. Aunque donde más me gustaría ir sería a
alguna republiqueta caribeña o centroamericana, porque allí, aunque las cosas a
veces son bastante movidas, se lo pasa tan bien que hasta se puede olvidar la
bonanza y el confort de nuestro país. Y estoy seguro que las mulatas aquellas
hasta serían capaces de cambiarme este estado de ánimo de mierda. Pero claro,
aquí, con esta gente... Esas cholas, con esas caras y esos cuerpos... Hasta los
edificios son deprimentes, chatos. Y esa iglesia, tan antigua, tan recargada. Y
eso que esta es la plaza más céntrica. En fin, ése es el bar; dijeron que
estaría en la primera mesa de la izquierda, al lado de la entrada.
32
“¡Qué linda!”, exclama en silencio Pedro
luego de elevar su mirada hacia las torres de la iglesia de San Francisco.
Antes solía entrar, cuando recién había llegado a La Paz. Pero después del
primer milagro grande ya no se animó, porque un oscuro recelo le erizaba la
piel cada vez que lo intentaba. Muchas veces desde entonces hubiera querido
hacerlo; adentro se sentía tan bien,
había tanta paz que uno se olvidaba de todos los problemas. Además, era tan
bonita con esos adornos y ese estilo... “barroco andino”, le había dicho un
compañero de trabajo cuyo hermano estudiaba arquitectura. Solía pensar que si
entraba, capaz que hasta se olvidaba de las dudas producidas por los encargos y
las misiones. Pero al final, un desasosiego que le brotaba desde muy adentro,
más desde las entrañas que del cerebro, le clavaba los pies en el piso impidiéndole
entrar.
Ahora ni siquiera piensa en hacerlo porque ya
es hora y porque, además, qué sentido tendría. Por eso se contenta con
admirarla un momento desde a- fuera, desde las proximidades del bar al que ya
está llegando. Antes de elegir la mesa, su antebrazo palpa una vez más el metal
debajo del saco. Porque ahora usa saco y corbata para efectuar los milagros.
“Tú eres un guerrillero urbano, Pedro”, le habían dicho, “y tienes que vestirte
bien, como corresponde. Las ropas de fajina son para los combatientes rurales
que deben entrar en combate”. Pero él nunca pudo acostumbrarse a esas ropas;
sólo las usaba para las ocasiones especiales, y el resto del tiempo prefería la
campera o la camisa. Y cuando volvía al pago,
si hacía frío era una delicia volver a ponerse el poncho y el uncho.
Elige la mesa al lado de la entrada y se
sienta despacio, sin prisa. Pide un café, y mientras lo saborea lentamente se
siente casi un señor. “Soy un señor”, se afirma con suficiencia. “Soy un
delegado gremial, y además una pieza
importante de la revolución que cambiará el destino de Bolivia. Llegará el día
en que volverán a ser los obreros quienes decidan su propia conveniencia, como
era en la época de Paz Estensoro. Y yo habré sido uno de los que hayan ayudado
a que ese destino se cumpla. Pedrito y Marita estarán orgullosos de su padre, y
María también, aunque ahora la pobre no pueda enterarse de lo que está haciendo
su marido. Aunque, no sé, por ahí me parece que se da cuenta de todo. Cuando
estoy por volverme a La Paz me mira con los ojos húmedos, temerosos, como pidiéndolo
que no lo haga o que, al menos, tenga mucho cuidado. Cuando estamos juntos se
ríe, está alegre, pero cuando me estoy por ir... A veces parece que quisiera
preguntarme, le adivino la pregunta en la mirada. Sí, seguro que se da cuenta,
aunque nunca me haya dicho nada. ¡Pobre María! Pero en fin, todo sea por la
causa.
Escudriña los rostros de la gente que pasa
frente al bar, esperando descubrir al hombre que deberá entrevistarse con él.
Le han mostrado algunas fotos, pero no se preocupa demasiado por reconocerlo;
sabe que el otro vendrá directamente a la mesa prevista. Por otro lado, el saco
oscuro, la corbata roja estampada con la cabeza de un caballo y el portafolio
de piel de llama sobre la mesa lo tornarán inconfundible. Valdez Sanders, le
habían dicho que se llamaba. Mientras examinaba las fotos, le extrañó que
tuviera ojos claros y lacio pelo rubio; pero no preguntó nada. ¡Qué le
importaba a él como se llamaba el tipo! A él sólo debía importarle cumplir
acabadamente con su misión.
De pronto, y sin haberse propuesto conscientemente
hurgar en sus recuerdos, dos ojos color violeta, un perfecto rostro moreno y la
suave piel de una mano delicada pero vital y franca, afloran nítidamente en su
memoria. La remembranza es agridulce, porque a la placentera sensación de la
evocación se le mezcla el disgusto y la impotencia por no haberse atrevido a
declararle sus deseos. Por un instante el recuerdo le borra el entorno y la
conciencia del motivo de su presencia en el lugar, pero de inmediato la alta y
atlética figura de un individuo rubio que se está aproximando lo saca de su
ensimismamiento. “!Qué tengo que estar acordándome de ella justamente ahora, en
lugar de estar pensando en María!”, se reprocha disgustado. Pero no se pone
tenso; sabe que no debe hacerlo si quiere que todo salga bien. Por otro lado,
es consciente de que la misión no estará concluida hasta que se mimetice entre
la multitud que transita por la plaza y se aleje del lugar. Se ha fijado bien
en que no haya ningún policía cerca, como estaba planeado; casi siempre están
del otro lado o en los extremos de la plaza, en la desembocadura de las calles.
El recuerdo de las descargas eléctricas, los plantones, el “submarino”, son
dolorosos alicientes que lo incitan a permanecer alerta para poder cumplir su cometido. Sigue con su mirada el lento avance del
hombre, el atento bailoteo de esos ojos que ya presiente azules, el gesto duro
de su rostro y los movimientos firmes, seguros, de su cuerpo.
Finalmente el hombre llega hasta su mesa, se
detiene frente a ella y luego de una rápida ojeada a su vestimenta trata de
mirarlo a los ojos. Pero Pedro permanece con la cabeza gacha, con la vista en
el piso y un esbozo de sonrisa. Luego, sin palabras, con sólo un breve gesto de
su mano, lo invita a sentarse.
33
Sin dejar de mirarlo y sin darle la mano, con
apenas una leve inclinación de cabeza, Valdez Sanders se sienta enfrente.
Mientras espera que Pedro le dirija la palabra, con un rápido recorrido de su mirada intenta
descubrir detrás de él algo sospechoso, algún indicio que le indique un posible
peligro. Pero no encuentra nada. Recién cuando Pedro eleva lentamente su rostro
y lo mira a los ojos, es que lo invade la certeza de que no es en el entorno
donde debe buscar las acechanzas, sino allí mismo, enfrente suyo. Porque de
pronto ha descubierto que ese pobre hombre moreno, aparentemente manso e
insignificante, es un reencarnado fantasma de las alturas incas, y que sus ojos
son la reconcentrada síntesis de la multitud de ojos que lo atemorizaran en
Juliaca. Tenso, casi sin despegar los labios, se presenta:
-Soy Valdez Sanders.
Pero a Pedro poco le importa quién es ese
hombre. A él le da lo mismo que se llame Jorge Valdez Sanders, Ronald Princeton
o Juan Pérez. Tampoco le interesa que no sea un fuerte comerciante en materiales
electrónicos sino un agente especial de la CIA y asesor de represores en la
Escuela de las Américas, y que hasta hace poco tiempo haya estado entrenando a
un grupo de torturadores en Honduras y ahora tenga la misión de preparar el
derrocamiento del gobierno boliviano. Él sólo sabe que debe realizar otro
milagro, y nada más. Aunque para realizarlo tenga que padecer las interminables
torturas aplicadas por su conciencia. Las estuvo padeciendo en Puno y durante
su regreso a Bolivia, y las continúa padeciendo ahora, cuando ya su mano empuña
la pistola bajo la mesa.
Valdez Sanders presiente la inminencia de un
desenlace, y sus labios se aprietan y sus ojos comienzan a bailotear cuando
descubre que la oculta sonrisa de Pedro se está tornando francamente
perceptible. Pero no atina a hablar, ni a levantarse, ni a girar la cabeza en
busca de sus guardaespaldas. Su mirada sigue como hipnotizada, fija en esos
labios que se distienden cada vez más aunque su alma se halle impregnada de
pena. Y aunque se le esté estrujando el corazón, Pedro no abandona ni por un
instante su enigmática y triste sonrisa mientras concreta el milagro.
Pero será el último. Un segundo después de
vaciar el cargador sobre el cuerpo de Valdez Sanders, tres humeantes bocas de
acero que emergen de las manos de los agentes de seguridad le recuerdan definitivamente
que los milagros no existen, y que sólo son efímeros sueños.
(1) Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(2) Ejército de Liberación Nacional
(3) Central Obrera Boliviana
(4) Partido Revolucionario Institucional Nacionalista
(5) Organización de Estados Americanos
(6) Falange Socialista Boliviana
NOTA FINAL
El 19 de agosto de 1971, el general Hugo
Banzer inició un levantamiento militar en Santa Cruz de la Sierra contra el
gobierno del general Juan José Torres. Aunque éste distribuyó armas entre los
trabajadores y los civiles de La Paz, la resistencia cedió rápidamente a causa
de la total carencia de preparación militar por parte de quienes las empuñaban.
Luego de una breve lucha, el golpe
culminó el 21 con el derrocamiento del general Torres y la designación
como presidente del general Banzer, quién instauró desde entonces una férrea
dictadura.
En marzo de 1964, varios levantamientos en el
ejército brasilero habían culminado el 2 de abril con el derrocamiento del
presidente constitucional Joao Goulart. Sucesivos gobiernos autoritarios de los
generales Castello Branco, Costa e Silva y Garrastazú Medici, se prolongaron
hasta 1974.
En Perú, una junta militar había derrocado el
3 de octubre 1968 al presidente constitucional Fernando Belaúnde Terry para
entregarle el poder al general Juan Velazco Alvarado, cuyo gobierno adoptaría
luego un cariz nacionalista.
Para esa fecha, en Paraguay continuaba gobernando
con poderes omnímodos, desde 1954, el general Alfredo Stroessner.
En 1972, en Ecuador, el gobierno conservador
y autocrático de José María Velazco Ibarra fue derrocado por una junta militar
presidida por el coronel Rodríguez Lara.
En 1973, el presidente uruguayo Juan María
Bordaberry -que había sido elegido constitucionalmente en 1972-, creó el
Consejo Nacional de Seguridad y disolvió el Parlamento, actuando desde entonces
en forma dictatorial.
El 11 de setiembre de 1973, el ejército
chileno, bajo el mando del general Augusto Pinochet, llevó a cabo un cruento
golpe de estado contra el gobierno constitucional de Salvador Allende. Luego de
ser bombardeado el Palacio de la Moneda, sede del poder ejecutivo, el presidente
se suicidó. La dictadura duró casi dos décadas.
El 26 de marzo de 1976, una junta militar encabezada
por el general Jorge Rafael Videla derrocó a la presidenta constitucional de
los argentinos, María Estela Martínez de Perón, instaurando una dictadura que
durante siete años provocó la muerte o la desaparición de treinta mil personas.
En la década del 70, bajo la inspiración de
la doctrina Monroe y al amparo de la teoría del anticomunismo, la seguridad
interior y el plan Cóndor, toda Sudamérica, con excepción de Venezuela y
Colombia -ésta última desangrada por guerras civiles que dejaron trescientos
mil muertos-, había caído bajo dictaduras militares o regímenes autocráticos.
REGIONALISMOS
Apacheta: pequeños y toscos megalitos reverenciales.
Aymara (o aymará): aborigen del altiplano boliviano.
Blanquito, blanquita: giro despectivo utilizado
por los indígenas y cholos de Perú y Bolivia para designar a los blancos.
Boliche: establecimiento en el que se expenden
bebidas.
Cabro: muchacho.
Cachar: copular.
Caja: instrumento musical de percusión.
Campana: vigía cómplice en la consumación de
un delito.
Capanga: capataz.
Carnavalito: composición musical del altiplano.
Comanchaca: niebla repentina, habitual en la
costa norte de Chile.
Cumpa: compañero, amigo.
Cumpita: diminutivo de cumpa.
Chango: niño, joven.
Chibolo: niño.
Chilango: habitante de la ciudad de Méjico.
Cholo: mestizo de indio y blanco.
Diaguita: aborigen del noroeste argentino.
Guagua: niño de corta edad.
Guaina: Mujer joven y bonita.
Huayno: composición musical de los Andes
centrales.
Ychu: pasto duro del altiplano boliviano.
Kepe: tela que las cholas llevan en el hombro
para transportar a sus hijos.
Marinera: composición musical de la costa peruana.
Omaguaco: aborigen del norte argentino.
Opa: idiota.
Pago: zona de residencia de una persona.
Pendejo: cobarde, apocado.
Pucara (o pucará): fortaleza, población
fortificada.
Quechua (o quichua): aborigen del altiplano
boliviano.
Quena: instrumento musical de viento.
Quilmes: aborígenes del noroeste argentino.
Quinoa (o quina): planta de la que se extrae
la quina y otras sustancias medicinales.
Rancho: vivienda modesta, generalmente de
adobe y techo de paja.
Roto: campesino pobre de Chile.
Sikus: instrumento musical de viento hecho
con cañas de distinta longitud.
Sirviñacu: convivencia de prueba antes del matrimonio.
Uncho: gorro de lana con orejeras.
Yuca: mandioca; planta de la que se extrae
harina.
PEDRO
DE LOS
MILAGROS
CARLOS E.
GILI
PEDRO DE LOS MILAGROS
Ediciones
¨Agua de oro¨
PEDRO DE LOS MILAGROS
1° edición : 2014
© by
Carlos E. Gili -
Ediciones ¨Agua de oro¨
Derechos reservados
I.S.B.N. 978-987-646-567-8
Queda hecho el depósito que marca la
ley
11723
Impreso
en Argentina en 2014
Manuel Quintana 2257 (Altos de Villa
Cabrera)
Córdoba -
Argentina
CARLOS E.
GILI
EL CASO
DEL
PROFESOR BERMÚDEZ
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¨Agua de oro¨
EL CASO DEL PROFESOR BERMÚDEZ
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en Argentina en 2014
Manuel Quintana 2257 (Altos de Villa Cabrera) Córdoba – Argentina
EL CASO
DEL
PROFESOR BERMÚDEZ
Pedro
de los milagros es una novela ubicada temporalmente en la década del 60 del
siglo pasado, y su ámbito geográfico es toda Latinoamérica, aunque predominan
en su desarrollo la zona del altiplano boliviano y regiones fronterizas con
Perú y Argentina. Sus personajes centrales son un colla boliviano y un agente
norteamericano de la CIA, cuyas disímiles actividades confluyen en un final
conjunto.
Por
la novela desfilan hechos y personajes históricos de esa época, como la
invasión norteamericana a la isla de Santo Domingo, la muerte del Che Guevara y
los múltiples conflictos que agitaron la vida social y política de esa década.
Con
creciente tensión Gili va desplegando un abanico de situaciones mientras los
dos personajes principales se acercan a la confluencia definitiva de sus vidas.
Carlos
E. Gili ha obtenido diversos premios nacionales e internacionales, entre los
que se destaca el 1° premio “Atlántida”, sobre 3.500 trabajos de autores de 16
países. La provincia de Córdoba le ha otorgado el Reconocimiento al Mérito
Artístico y la Universidad Nacional de
Córdoba y la SADE el 1° premio “Deodoro Roca” a la trayectoria literaria.
Carlos E.
Gili
Pedro de los milagros
Ediciones “Agua de oro”