EL PEÑÓN
El bucólico
paisaje que va atravesando el lento y acompasado bogar de la chalupa conducida
por Wilfred Koestler acompaña los plácidos pensamientos del muchacho. Viene de
visitar a su novia que vive en las proximidades de Coblenza, y está regresando
a su pueblo erigido en una suave estribación en la margen izquierda del Rhin.
También ha aprovechado el viaje para vender sus artesanías y proveerse de
algunos alimentos y mercaderías cuyos precios son más accesibles que en su
pueblo, por lo cual su espíritu se halla en un estado que podría asimilarse a
la plena felicidad. Gerta lo ama, y él a ella; su pasar económico, producto de
sus trabajos en madera, es lo suficientemente sólido como para permitirle
casarse pronto, y las pequeñas ventajas comerciales que obtiene en cada viaje
lo ayudan también a consolidar su patrimonio. De modo que, aunque el viaje a
través del río resulta bastante agotador, Wilfed deja vagar su pensamiento por
acogedoras comarcas sentimentales mientras va contemplando los pequeños poblados
que salpican ambas márgenes del río y los imponentes castillos que coronan las
cimas de las colinas circundantes.
El Rhin se
desliza manso a través de los prados, y sólo más adelante, cerca del castillo “del
Gato”, se estrecha y encajona al pasar entre peñascos que forman rápidos no
demasiado peligrosos. Sin embargo, en los días de lluvia y de tormenta, el río
crece de tal modo que las rocas que emergen de su lecho desaparecen de la
superficie del agua, impidiendo a los navegantes sortearlos sin inconvenientes.
Periódicamente se producen allí naufragios de pequeñas embarcaciones con las
consiguientes pérdidas de vidas. Pero ello sucede sólo esporádicamente, y
Wilfred siempre ha tenido la precaución de no emprender viaje si las
condiciones meteorológicas no son favorables. Por otro lado, nunca ha dado
crédito a la leyenda que sostiene la existencia de una bella mujer, Loreley,
que en los días de borrasca aparece en la cima del peñasco para atraer con su
canto melodioso a los desprevenidos navegantes.
Pensando en
Gerta y en su próximo casamiento mientras contempla las macizas moles de los
castillos que se yerguen como atalayas naturales, vigilantes, esperando todavía
el imposible ataque de pretéritas cabalgaduras montadas por nobles caballeros,
Wilfred ha ido disminuyendo insensiblemente el ritmo impuesto a sus remos, y
recién cuando se da cuenta de que el sol ha declinado más rápidamente de lo
previsto, vuelve a imprimir a sus brazos una energía que se había esfumado de
su cuerpo.
Aunque unas
nubes bajas y plomizas que se han ido elevando desde el horizonte terminan por
acicatearle la urgencia, no se preocupa demasiado porque sabe que su destino no
está lejos, y que una vez atravesados los rápidos el río volverá a tornarse
apacible permitiéndole llegar a su pueblo antes de que lo envuelva la
oscuridad.
Pero las nubes
parecen avanzar al mismo ritmo vertiginoso que él le ha impuesto ahora a sus
brazos, y cuando aparece en la lejanía el alto peñasco que se eleva en medio de
un recodo del río, ya los relámpagos y los truenos han ido plasmando en el
cielo un escenario dantesco. Las primeras gotas caen cuando divisa nítidamente
el peñasco y al llegar a los rápidos la tormenta se ha desatado con toda su
furia. Antes de aproximarse a ellos había considerado la posibilidad de salir
del río y esperar en la ribera que la borrasca amainara, pero al considerar que
la espera traería consigo la caída de la noche y que luego debería atravesar
los rápidos en la oscuridad, ha decidido atravesarlos a pesar de la tormenta
para encarar después el trayecto final en la parte mansa del río.
Está sorteando
con éxito las rocas que aún emergen del agua a pesar de que el río está
creciendo, cuando comienza a oír, primero débilmente pero luego con total
claridad, los versos de un antiguo lead germánico
de Heine cantado por una dulcísima voz de mujer. Trata de dominar su aprensión
atribuyendo el portento a su imaginación, pero el canto es tan nítido y la voz
tan dulce que no puede evitar mirar hacia lo alto del peñasco. Y entonces su aprensión
se convierte en pánico al divisar a la hermosa muchacha que, en la cima de la
colina, extiende sus brazos mientras prosigue con su canto. A la luz incierta
del crepúsculo y reflejados por los relámpagos que a trechos iluminan el cielo,
Wilfred contempla absorto la larga
cabellera rubia, el tierno rostro y el sensual cuerpo desnudo de la joven. Esta
continúa cantando cuando Wilfred, que ha detenido el movimiento de sus brazos
sobre los remos dejando que la frágil embarcación flote a la deriva, siente una
fuerza extraña que lo compele a arrojarse al agua para tratar de reunirse con
la muchacha. Intenta luchar pensando en Gerta, en su familia, pero la atracción
producida por el canto y por la visión resulta irrefrenable. Y cuando en la
pugna entre sus sentimientos parece finalmente estar primando la cordura y se
dispone a continuar remando, la chalupa choca violentamente contra una roca y
lo arroja al cauce del río.
En su
desesperación no siente el frío del agua ni el dolor de las magulladuras que
las rocas van produciendo en su cuerpo. Sólo escucha el melodioso canto y,
aunque la débil luz del crepúsculo ya está casi totalmente opacada por la
oscuridad, su deseo lo impulsa todavía a mirar, por última vez, la cima del
peñasco para vislumbrar, peinando su cabellera, la etérea figura que se va
esfumando lentamente con su canto. Después se desvanece, mientras los pedazos
de la chalupa destruida van dejando atrás las últimas piedras de los rápidos.
Cuando
despierta, ya no escucha la voz de Loreley, sino únicamente el murmullo del
río. Vomita el agua que ha tragado y poco a poco, penosamente, se incorpora
para alejarse de la orilla donde la corriente lo ha arrojado. Al abrigo de unos
arbustos espera que la tormenta amaine, y luego el cansancio lo adormece. En la
duermevela que lo envuelve durante la noche su imaginación vuelve a escuchar
por momentos el canto del lied, pero
la primera claridad del alba lo devuelve finalmente a la realidad. Una realidad
que para Wilfred Koestler ya no será nunca más la misma, porque siempre lo
perseguirán la imagen y la voz de Loreley llamándolo desde el peñasco.