AMOR EN BUDAPEST
Dos parejas de
bailarines ataviadas con típicas vestimentas húngaras danzan al son de los violines
mientras Irina y Lajos brindan a la luz de las velas en ese recatado
restaurante de la colina de Buda, frente a la iglesia Matías. Afuera, el
Bastión de los Pescadores refleja la luz de sus conos neorrománicos en las
aguas del Danubio y más allá, en la ribera de Pest, el Parlamento alza sus
góticas agujas hacia el oscuro cielo.
Una sonrisa
desaprobatoria para los bailarines distiende apenas los labios de Lajos. La
destreza de éstos ni se aproxima a los profesionales que cada noche actúan en
la czarda de Ántonin, que él suele frecuentar: los violentos pero
rítmicos taconeos, el destello de las chispas al entrechocar las espadas, los
voluptuosos giros de las jóvenes en las rondas, el lamento profundo y visceral
emergiendo de la garganta de una buena cantante… A pesar de la negativa comparación,
un resplandor cómplice asoma a las pupilas de Lajos e Irina mientras beben su
champán, porque están recordando la noche que se conocieron en el bar New York,
ese símbolo del art decó, con sus techos dorados, las retorcidas columnas de mármol rosado y
los gigantescos espejos que reflejaban sus cuerpos jóvenes y vitales.
Irina había
aparecido como una fulguración en la vida de Lajos, mediocre funcionario en una
dependencia de la Cancillería. Claro que ese modesto empleo le había
permitido esporádicos viajes a Paris o Viena para efectuar
diligencias protocolares encargadas por su jefe directo, Andras Bartok; y había sido precisamente en Paris, en la
embajada de su país en la capital francesa, donde había conocido a Phillipe.
Phillipe era
simpático, generoso -lo había invitado al Moulin Rouge en Pigalle, y al Follies
Bergere-, y poco a poco le fue sugiriendo, primero subrepticiamente pero luego
con total claridad, que a través de él le pasara información a los
norteamericanos sobre las actividades rusas en Budapest. Serían sólo datos sin
mayor importancia referidos a contactos de algunos diplomáticos húngaros con la
KGB, y la paga era muy buena. Y como el sueldo de Lajos no le permitía los lujos que el siempre
había deseado, aceptó de inmediato.
Después de un
tiempo, y cuando estaba en esos menesteres, fue que apareció Irina. Ella era
húngara, pero estaba viviendo en Moscú para cumplir una beca de estudios. Y aunque
al principio le ocultó a Lajos su verdadera misión, a medida que la primitiva atracción se fue
intensificando hasta convertirse en apasionado amor -y a medida también que iba
advirtiendo las débiles convicciones patrióticas de su amado- terminó por
confesarle la verdad: la KGB sabía que él se había convertido en espía de los
Estados Unidos y la habían enviado a ella para que le sugiriera espiar a su vez
a las potencias occidentales para pasarle los datos a la KGB. Y así fue como
Lajos, que no era comunista ni prooccidental y al que solo le interesaba
acceder a dinero fácil, se convirtió en doble agente secreto espiando al mismo
tiempo a Rusia y a los Estados Unidos.
A la KGB le
interesaba saber qué papel estaban jugando las potencias occidentales en la
gestación de la “primavera húngara”(*), y a Phillipe y los estadounidenses la
actitud que adoptaría Rusia en el caso de que esa insurrección se produjera.
Mientras Lajos
cruzaba todo tipo de información, el romance continuaba en su apogeo. Aunque
mínimas sospechas y esporádicos recelos por momentos tiñeran de dudas su
relación, la atracción de los instintos era más fuerte que la desconfianza,
sobre todo en Lajos. Paseaban en lancha por el Danubio, subían al monte Gellert
de noche para desde allí contemplar los puentes iluminados -el Szechenyi, con
sus cadenas y los leones custodíandolo, el moderno y estilizado Elizabeth…-,
llegaban hasta la Citadella, todavía acribillada por las balas de pretéritas
batallas… Pero mientras ellos se amaban, el descontento fermentaba en las
mentes de las húngaros y la sublevación bullía en las calles de Budapest.
Aunque el
levantamiento fogoneado por Occidente era inminente, a Irina y Lajos parecía no
preocuparlos. Solían verse a menudo en el bar Pilvax, allí donde el poeta
Sandor Petofi compusiera ls estrofas del himno “¡En pie, magiar!”, para luego
recitarlo ante la muchedumbre sublevada antes de morir él mismo en los
combates. O en el New York, o en cualquiera de los románticos lugares de la
colina de Buda donde sonaran los violines.
En uno de
estos están ahora, brindando y rozándose apenas los labios mientras suena una czarda. Cuando los violines callan y los
bailarines se retiran, Irina le pregunta, con un mohín pícaro pero
concretamente, qué clase de ayuda es la prestando Occidente para el
levantamiento. Un gesto de fastidio contrae los músculos de Lajos; parece
querer contestar con una evasiva, pero finalmente transige y de mala gana le
informa que esa ayuda es sobre todo propagandística, un intento de exacerbar el
patriotismo de la ciudadanía para que se produzca el estallido. Pero le oculta
el dato sobre la ayuda económica que está brindando Estados Unidos a los
cabecillas del complot. Lajos había aceptado a regañadientes pasarle
información a la KGB, y solo lo había hecho luego de comprobar que su pasión
por Irina era realmente correspondida por ella. Pero siempre que lo hacía le
retaceaba lo más importante: los nombres de los dirigentes húngaros comprometidos,
los cursos de acción cuando el movimiento estallara, el real poder de las armas
en manos de la insurrección…
Luego de
responder a Irina, el a su vez la interroga sobre la posible respuesta de las
tropas soviéticas si el levantamiento se concretaba. Ella responde que no
harían nada y se retirarían por temor a un enfrentamiento nuclear con Occidente,
y que solo intentarían pactar con los nuevos dirigentes para mantener un statu quo.
Cuando Imre
Nagy asumió como presidente tras el levantamiento, efectivamente lo único que
hizo Kruschev fue tratar de presionarlo para que los lazos de amistad entre los
dos países permanecieran como hasta entonces. Nagy prometió dialogar, y cuando
se dirigió junto a otros camaradas al cuartel de las tropas sovieticas, todos
fueron detenidos y desaparecidos, descabezándose de ese modo la revuelta. El general
Pal Maleter se puso entonces al frente de las mal armadas tropas húngaras y de
la muchedumbre de ciudadanos que ocupaba las calles de Budapest. Los efectivos
rusos comenzaron a evacuar la ciudad y a replegarse, enardeciendo a la multitud
que festejaba con vítores al nuevo líder, ignorantes de lo que había pasado con
los otros dirigentes.
Aunque los
recelos de Irina y Lajos se fueron acrecentando con los acontecimientos, se
mantuvieron al margen de lo que sucedía y continuaron amándose. Pero algo
imperceptible y definitivo se había interpuesto ya en su relación. Pese a las
protestas de fidelidad incondicional de Irina, Lajos presentía que el amor
estaba muerto. A pesar de ello continuaron viéndose, y ahora están en un
histórico bar de la avenida Rackozy reprochándose mutuamente diversos actos de
traición ideológica, cuando ven que la
multitud corre afanosamente por la calle. En el momento en que salen del bar para
ver qué estaba ocurriendo, los tanques rusos que han regresado avanzan por la
avenida disparando y embistiendo a la gente.
Entonces Lajos
comprende: las evasiones de Irina sobre lo que harían los rusos, su aparente
convencimiento de que no intervendrían si se producía la insurrección, había
sido ficticio. Entiende que Irina siempre había sabido que la Unión Soviética
dejaría que la revuelta se produjera para después reprimirla a sangre y fuego
sofocando de ese modo, definitivamente, cualquier atisbo de independencia.
Lajos tiene un
arma, y su primer impulso es el de utilizarla contra Irina. “¡Siempre lo supiste!”,
la increpa, agarrándola de un brazo. El gesto de ella es una muda aceptación. “¡Yo
soy comunista”, responde, “y no puedo traicionar al partido! Pero siempre te
amé, y te sigo amando”.
Él la suelta y
la mano que ya tocaba la pistola se desploma a un costado de su cuerpo. Los
ojos de Irina preguntan “¿qué harás?”, y Lajos afirma: “Yo no soy comunista, ni
tampoco pro yanqui. Solo quiero seguir viviendo, pero Phillipe y los otros no
me lo permitirán. Le pediré a Bela, o a Andras, que me consigan asilo en la
embajada noruega.”
Con una mirada
mezcla de amor y odio se aleja de Irina para perderse en la multitud que huye.
Ella permanece con el brazo extendido y un gesto resignado, y cuando, luego de
unos segundos, gira la cabeza, un tanque
se aproxima a toda velocidad seguido por soldados que disparan sus armas. Es lo
último que ve: el cielo comienza a girar vertiginosamente sobre su cabeza.
(*) Levantamiento popular contra la Unión
Soviética ocurrido en 1956.