sábado, 26 de julio de 2014

AMOR EN BUDAPEST

  Dos parejas de bailarines ataviadas con típicas vestimentas húngaras danzan al son de los violines mientras Irina y Lajos brindan a la luz de las velas en ese recatado restaurante de la colina de Buda, frente a la iglesia Matías. Afuera, el Bastión de los Pescadores refleja la luz de sus conos neorrománicos en las aguas del Danubio y más allá, en la ribera de Pest, el Parlamento alza sus góticas agujas hacia el oscuro cielo.
  Una sonrisa desaprobatoria para los bailarines distiende apenas los labios de Lajos. La destreza de éstos ni se aproxima a los profesionales que cada noche actúan en la czarda de Ántonin,  que él suele frecuentar: los violentos pero rítmicos taconeos, el destello de las chispas al entrechocar las espadas, los voluptuosos giros de las jóvenes en las rondas, el lamento profundo y visceral emergiendo de la garganta de una buena cantante… A pesar de la negativa comparación, un resplandor cómplice asoma a las pupilas de Lajos e Irina mientras beben su champán, porque están recordando la noche que se conocieron en el bar New York, ese símbolo del art decó,  con sus techos dorados,  las retorcidas columnas de mármol rosado y los gigantescos espejos que reflejaban sus cuerpos jóvenes y vitales.

  Irina había aparecido como una fulguración en la vida de Lajos, mediocre funcionario en una dependencia de la Cancillería. Claro que ese modesto empleo le había permitido  esporádicos  viajes a Paris o Viena para efectuar diligencias protocolares encargadas por su jefe directo, Andras Bartok;  y había sido precisamente en Paris, en la embajada de su país en la capital francesa, donde había conocido a Phillipe.
  Phillipe era simpático, generoso -lo había invitado al Moulin Rouge en Pigalle, y al Follies Bergere-, y poco a poco le fue sugiriendo, primero subrepticiamente pero luego con total claridad, que a través de él le pasara información a los norteamericanos sobre las actividades rusas en Budapest. Serían sólo datos sin mayor importancia referidos a contactos de algunos diplomáticos húngaros con la KGB, y la paga era muy buena. Y como el sueldo de  Lajos no le permitía los lujos que el siempre había deseado, aceptó de inmediato.
  Después de un tiempo, y cuando estaba en esos menesteres, fue que apareció Irina. Ella era húngara, pero estaba viviendo en Moscú para cumplir una beca de estudios. Y aunque al principio le ocultó a Lajos su verdadera misión,  a medida que la primitiva atracción se fue intensificando hasta convertirse en apasionado amor -y a medida también que iba advirtiendo las débiles convicciones patrióticas de su amado- terminó por confesarle la verdad: la KGB sabía que él se había convertido en espía de los Estados Unidos y la habían enviado a ella para que le sugiriera espiar a su vez a las potencias occidentales para pasarle los datos a la KGB. Y así fue como Lajos, que no era comunista ni prooccidental y al que solo le interesaba acceder a dinero fácil, se convirtió en doble agente secreto espiando al mismo tiempo a Rusia y a los Estados Unidos.
  A la KGB le interesaba saber qué papel estaban jugando las potencias occidentales en la gestación de la “primavera húngara”(*), y a Phillipe y los estadounidenses la actitud que adoptaría Rusia en el caso de que esa insurrección se produjera.
  Mientras Lajos cruzaba todo tipo de información, el romance continuaba en su apogeo. Aunque mínimas sospechas y esporádicos recelos por momentos tiñeran de dudas su relación, la atracción de los instintos era más fuerte que la desconfianza, sobre todo en Lajos. Paseaban en lancha por el Danubio, subían al monte Gellert de noche para desde allí contemplar los puentes iluminados -el Szechenyi, con sus cadenas y los leones custodíandolo, el moderno y estilizado Elizabeth…-, llegaban hasta la Citadella, todavía acribillada por las balas de pretéritas batallas… Pero mientras ellos se amaban, el descontento fermentaba en las mentes de las húngaros y la sublevación bullía en las calles de Budapest.
  Aunque el levantamiento fogoneado por Occidente era inminente, a Irina y Lajos parecía no preocuparlos. Solían verse a menudo en el bar Pilvax, allí donde el poeta Sandor Petofi compusiera ls estrofas del himno “¡En pie, magiar!”, para luego recitarlo ante la muchedumbre sublevada antes de morir él mismo en los combates. O en el New York, o en cualquiera de los románticos lugares de la colina de Buda donde sonaran los violines.

  En uno de estos están ahora, brindando y rozándose apenas los labios mientras suena una czarda. Cuando los violines callan y los bailarines se retiran, Irina le pregunta, con un mohín pícaro pero concretamente, qué clase de ayuda es la prestando Occidente para el levantamiento. Un gesto de fastidio contrae los músculos de Lajos; parece querer contestar con una evasiva, pero finalmente transige y de mala gana le informa que esa ayuda es sobre todo propagandística, un intento de exacerbar el patriotismo de la ciudadanía para que se produzca el estallido. Pero le oculta el dato sobre la ayuda económica que está brindando Estados Unidos a los cabecillas del complot. Lajos había aceptado a regañadientes pasarle información a la KGB, y solo lo había hecho luego de comprobar que su pasión por Irina era realmente correspondida por ella. Pero siempre que lo hacía le retaceaba lo más importante: los nombres de los dirigentes húngaros comprometidos, los cursos de acción cuando el movimiento estallara, el real poder de las armas en manos de la insurrección…
  Luego de responder a Irina, el a su vez la interroga sobre la posible respuesta de las tropas soviéticas si el levantamiento se concretaba. Ella responde que no harían nada y se retirarían por temor a un enfrentamiento nuclear con Occidente, y que solo intentarían pactar con los nuevos dirigentes para mantener un statu quo.

  Cuando Imre Nagy asumió como presidente tras el levantamiento, efectivamente lo único que hizo Kruschev fue tratar de presionarlo para que los lazos de amistad entre los dos países permanecieran como hasta entonces. Nagy prometió dialogar, y cuando se dirigió junto a otros camaradas al cuartel de las tropas sovieticas, todos fueron detenidos y desaparecidos, descabezándose de ese modo la revuelta. El general Pal Maleter se puso entonces al frente de las mal armadas tropas húngaras y de la muchedumbre de ciudadanos que ocupaba las calles de Budapest. Los efectivos rusos comenzaron a evacuar la ciudad y a replegarse, enardeciendo a la multitud que festejaba con vítores al nuevo líder, ignorantes de lo que había pasado con los otros dirigentes.
  Aunque los recelos de Irina y Lajos se fueron acrecentando con los acontecimientos, se mantuvieron al margen de lo que sucedía y continuaron amándose. Pero algo imperceptible y definitivo se había interpuesto ya en su relación. Pese a las protestas de fidelidad incondicional de Irina, Lajos presentía que el amor estaba muerto. A pesar de ello continuaron viéndose, y ahora están en un histórico bar de la avenida Rackozy reprochándose mutuamente diversos actos de traición ideológica,  cuando ven que la multitud corre afanosamente por la calle. En el momento en que salen del bar para ver qué estaba ocurriendo, los tanques rusos que han regresado avanzan por la avenida disparando y embistiendo a la gente.
  Entonces Lajos comprende: las evasiones de Irina sobre lo que harían los rusos, su aparente convencimiento de que no intervendrían si se producía la insurrección, había sido ficticio. Entiende que Irina siempre había sabido que la Unión Soviética dejaría que la revuelta se produjera para después reprimirla a sangre y fuego sofocando de ese modo, definitivamente, cualquier atisbo de independencia.
  Lajos tiene un arma, y su primer impulso es el de utilizarla contra Irina. “¡Siempre lo supiste!”, la increpa, agarrándola de un brazo. El gesto de ella es una muda aceptación. “¡Yo soy comunista”, responde, “y no puedo traicionar al partido! Pero siempre te amé, y te sigo amando”.

  Él la suelta y la mano que ya tocaba la pistola se desploma a un costado de su cuerpo. Los ojos de Irina preguntan “¿qué harás?”, y Lajos afirma: “Yo no soy comunista, ni tampoco pro yanqui. Solo quiero seguir viviendo, pero Phillipe y los otros no me lo permitirán. Le pediré a Bela, o a Andras, que me consigan asilo en la embajada noruega.”
  Con una mirada mezcla de amor y odio se aleja de Irina para perderse en la multitud que huye. Ella permanece con el brazo extendido y un gesto resignado, y cuando, luego de unos segundos, gira la cabeza, un  tanque se aproxima a toda velocidad seguido por soldados que disparan sus armas. Es lo último que ve: el cielo comienza a girar vertiginosamente sobre su cabeza.

  (*) Levantamiento popular contra la Unión Soviética ocurrido en 1956.