LA CIMA Y EL ABISMO
INTIMIDAD
DESTINO DE
SOMBRAS
Aunque sabe que el frío que le cala los huesos no proviene de afuera,
Santos Manfredi hunde las manos en los bolsillos y encoge el cuello buscando
ampliar la protección del saco.
A través del vapor de su respiración y del humo de un cigarrillo
que pugna por permanecer encendido bajo la fina llovizna, el centro de Córdoba
asoma de pronto ante sus ojos, esfumado y borroso como un agazapado monstruo de
piel plomiza salpicada por cientos de ojos amarillos, blancos y violáceos que
lo estuvieran esperando con las fauces abiertas para devorarlo.
A pesar de que ha venido caminando desde más allá de avenida Patria,
tiene los pies y las piernas entumecidas por el frío; por el de ese junio
inclemente y por el otro, el que le viene desde aquel atardecer, desde aquel
segundo en que una certeza punzante le congelara el corazón para siempre. Antes
de cruzar el puente Sarmiento se apoya en un pilar de la baranda y permanece
unos instantes quieto, aterido, con la mirada incrédula y nostálgica fija en la
informe masa de cemento que se yergue ante sus ojos a la vez acogedora y
amenazante.
“¡Diez años!”, exclaman al unísono su mente perpleja, su alma devastada
y su corazón petrificado. Quince había sentenciado el juez, y no hubo reducción
a pesar de la buena conducta. Y aunque las dos terceras partes de la condena se
habían finalmente cumplido y ahora estaba nuevamente en libertad, su espíritu
continúa preso en ese lejano trozo de tiempo brutal y omnipresente.
Chupa el cigarrillo con una mezcla de bronca y pena, de
ineluctable y perenne derrota. Después la mirada se la va extraviando por senderos
íntimos, cada vez más huérfana de paisaje, hasta quedar definitivamente
arrinconada y desvalida a merced de los recuerdos.
“Cuidate del Juan”, le había advertido su hermana Tomasa. Y aunque
él no le había hecho caso -como siempre que
la desconfianza se le antojaba imposible de tan aburda-, algo oscuro y
codicioso en el brillo de la mirada de Haydée solía clavarle aguijones amargos
en el alma cuando Juan le sonreía con esa sonrisa jovial, entre dulce y pícara,
que a cada instante reventaba en su boca.
Sin embargo no podía, no debía sospechar. Durante los tres años de
vida en común la conducta de Haydée nunca le había ni siquiera sugerido la
posibilidad de un engaño. Era cierto que en ocasiones alguna sombra indiferente
podía velarle las pupilas negras e insondables y que urgentes reclamos solían
dibujarle en los labios abismos no siempre descubiertos y explorados por él.
Pero Haydée era su mujer, y para Santos Manfredi eso era más que suficiente.
Tampoco podía constituir un motivo de zozobra que Juan poco a poco
hubiese ido dejando de compartir con él esos antiguos momentos de recatada y
viril amistad, tomando juntos un vaso de vino o de ginebra, escuchado un tango
o simplemente dejando vagar el pensamiento a través de la blandura de algún
recuerdo adolescente. Juan era su amigo desde un tiempo inmemorial, y a los
auténticos amigos, pensaba Santos, no se les reclaman obligatorias migajas de
dedicación; se los acepta como son, con sus momentáneas euforias o sus
sorpresivos retraimientos. Por eso no le había preocupado que Juan viniera cada
vez menos por su casa, ni que su sonrisa al encontrase con él ya no fuera tan
jovial como otrora. Quizá tuviera algún problema importante, y como para Santos
Manfredi la discreción era una virtud sagrada, si Juan no se lo comunicaba por
propia voluntad nos sería él quien le urgiera compulsivas confesiones.
Lo único que no alcanzaba a descifrar eran esos relámpagos esquivos
y huidizos que despedían los ojos de Juan cuando Haydée se hallaba presente.
Como Juan solía ir a su casa de noche,
cuando ya Haydée estaba por acostarse, o algún sábado por la tarde, cuando ella
se iba a la casa de la hermana o de alguna vecina, los encuentros entre ambos
no eran frecuentes. Sin embargo, cuando se producían, aunque su mente intentara
descartar de plano cualquier pensamiento insano y su fisiología hiciera todo lo
posible por expulsarlo de allí, algo frío y desagradable como un estilete o una
serpiente le recorría el espinazo aflojándole los músculos y el temple.
Pero las dudas nunca duraban más de un segundo. Juan había sido el
primero en conocerla, apenas dos días después de la cita arrancada en el baile
del “Palermo”. También había sido el primero -incluso antes que Tomasa- en
enterarse de su decisión de llevarla a vivir a su casa. Cuando en esa ocasión
le requirió su opinión al respecto, Juan había asentido con una sonrisa
aprobatoria y un “parece buena piba”. No podía dudar. Aunque su hermana
insistiera desde el principio en clavaale inquietantes dardos como ese
“cuidate del Juan” que solía espetarle cuando estaban a solas. Pero a Tomasa
siempre le había gustado Juan -aunque él no le correspondiera- y entonces no
resultaba extraño que lo celara, más con Haydée, en el vaivén de cuyas caderas
se presentían frenéticas estampidas de tigres y sementales relinchos de
corceles desbocados.
Pero no había motivos reales que cimentaran una duda. Al
contrario; desde el principio Haydée y Juan parecían contener apenas un mutuo
rechazo. Aunque los saludos y las pocas palabras que intercambiaban eran cordiales,
entre ambos se intuía una especie de recelosa defensa, de tenso acecho animal.
Se rehuían las miradas, y los cuerpos evitaban aproximarse, como si sus pieles
generaran misteriosas descargas que simultáneamente se atrajeran y se repelieran al conjuro de
oscuras fuerzas genésicas.
Como él estaba empleado en la fábrica y Tomasa en la panadería,
Haydée permanecía todo el día sola en la casa. Juan en cambio trabajaba sólo
por temporadas; a veces con empleo fijo, a veces como esporádico viajante y la
mayoría de las ocasiones desempeñándose en cualquier tipo de changas. Pero eran
más las veces que estaba desocupado que las que trabajaba.
Precisamente estaba transitando una de esas etapas de desocupación
cuando los hechos comenzaron a precipitarse. Un día que Tomasa había faltado a
su empleo, a la tardecita llegó Juan. Haydée había estado nerviosa toda la
tarde y cuando Juan llegó, no salió a saludarlo; permaneció todo el tiempo en
su habitación alegando jaqueca. Tomasa lo notó raro a Juan, como sorprendido por
haberla encontrado en casa. Pero de inmediato se recompuso y bromeó con ella
mientras tomaban unos mates.
Cuando Tomasa se lo comunicó, Santos disimuló una mirada torva y
permaneció callado. Pero otro atardecer -frío y lluvioso como el de ahora- él
mismo abandonó antes de hora su trabajo alertado por las medias palabras de
Vicente, un amigo común. Vicente se había encontrado un par de veces con Juan
en las inmediaciones de la casa de Santos, y en una ocasión lo había visto
salir de ella. Aunque Juan adujo una excusa lógica y creíble, resondió el
saludo de su amigo turbado y como sorprendido en falta. Cuando, días más tarde,
Vicente le comentó el encuentro, Santos recordó que Haydée no le había
mencionado la visita.
Por eso aquella tarde, guiado por una lacerante sospecha
despertada más por las advertencias de Tomasa y las confesiones de Vicente que
por su propia convicción, había abandonado antes de hora su trabajo y se había
dirigido a su hogar. Un desagradable frío interior se sumaba al helado viento
sur que le clavaba en el rostro pequeñas y húmedas agujas de cristal. Intuyó
que algo raro estaba sucediendo al recibir en la esquina de su casa el
sorprendido y nervioso comentario de un vecino respecto a la hora de su
regreso. Cuando golpeó la puerta ya la certeza le había desplomado en el alma
oscuros nubarrones de angustia, y cuando Haydée le abrió, confirmándole lo innegable
con esa mirada entre nerviosa y triste, los nubarrones desataron un vendaval de
ira que sólo amainó con el sonido de los tiros y el lento desplomarse del
cuerpo exánime de Juan.
Como en una nebulosa recordaría luego el llanto histérico de Haydée
al salir en busca de Tomasa, las incomprensibles palabras de aliento o
reprobación de algunos vecinos, la brusca irrupción de la policía. Pero, aun
cuando en esos momentos no las creyera, unas palabras pronunciadas por Tomasa
antes de que se lo llevaran se filtraron nítidamente a través de su
obnubilación y se alojaron para siempre en su subconsciente: “Te equivocaste,
Santos, y yo también; la culpable es ella”.
Quizá fuera esa frase lo que le impidiera recibir a Haydée en la
cárcel durante los primeros tiempos. Pero después las palabras se le fueron
esfumando de la conciencia y de la memoria, hasta que un inevitable día la
tristeza, la soledad y el amor aún presente consolidaron el olvido del pecado y
determinaron el perdón.
Durante más de un año las visitas de Haydée mantuvieron una encomiable
asiduidad, aderezadas con una ternura y una sumisión que terminaron por
ablandar definitivamente a Santos. Pero luego las visitas comenzaron a
espaciarse, la ternura a disminuir y la sumisión a trocarse en indiferencia. Y
cuando Santos advirtió que el placer de los encuentros a Haydée se le estaba
convirtiendo en desagradable obligación, le exigió una respuesta. Ella negó y
simuló todavía un tiempo, pero después aceptó la irremisible presencia del
hastío. Santos mismo fue quien, luego de aprestarse a cicatrizar la enésima
herida, la liberó al fin del compromiso.
Casi ni recordaba los amargos años que siguieron. Pero hacía poco
habían vuelto a aflorar en su conciencia, nítidamente, las palabras
pronunciadas por Tomasa aquel atardecer: “Te equivocaste, Santos...” Y luego
recordaría también, exacerbadas por el orgullo herido, esas otras palabras que,
poco antes de salir de la cárcel, le arrojara en sus llagas aún abiertas Ramón
Gutierrez, su compañero de celda.
Ramón era primo de Basilio Lopez, un íntimo amigo de Juan y conocido
también de Santos. Lopez no se había atrevido a revelarle a Santos las
confesiones que Juan le hiciera poco antes de
que lo mataran, pero se las había comunicado a su primo. Años de un
mismo compartir miserias y esperanzas y un amigable diálogo cotidiano
permitieron que, poco a poco, el compañero de celda lo fuera enterando de la
verdad.
Y así fue como Santos Manfredi supo, a través de Ramón Gutierrez,
de la angustia y el arrepentimiento que produjeron en Juan sus relaciones con
Haydée. Supo también que había sido ella la primera en provocar y luego casi
exigir la mutua entrega. Juan tenía la carne débil, y aunque había intentado resistir,
después de la primera vez su piel se había convertido en esclava de la piel de
Haydée.
Aunque la culpa lo torturaba, ya no pudo liberarse de ella.
Pretendió alejarse del barrio, irse a vivir a otra ciudad, pero pensó que la
huida hubiese resultado aún más sospechosa para Santos que su permanencia. Por
eso continuó. Por eso y porque la sangre de Haydée era un río turbulento que lo
arrastraba irremisiblemente.
El cigarrillo es apenas una minúscula luciérnaga herida cuando Santos
Manfredi da la última pitada. Los párpados entornados se van abriendo
lentamente para dejar escapar el último recuerdo, el último resto de nostalgia
que le llega desde el pasado. Arroja el pucho con un seco movimiento de los
dedos, y después de unos segundos levanta el cuello y las solapas del saco y
hunde las manos en los bolsillos. Mira por última vez, como despidiéndose, el
monstruo de hierro y cemento que parece querer detenerlo, ahuyentarlo, y luego
comienza a avanzar. Como un relámpago, el apasionado rostro de Haydée se le
incrusta un instante en la memoria pretendiendo detener lo ineluctable, pero
sólo consigue refirmar su determinación. Repasa mentalmente la dirección, palpa
con el antebrazo el revólver calzado en la cintura y lentamente comienza a
atravesar el puente Sarmiento, rumbo a su destino.