TUYRO Y LAS VÍRGENES
A Tuyro Amaru
Huamán le tiembla todo el cuerpo cuando sube el último de los cuatro peldaños
tallados en la enorme piedra del altar de los sacrificios y accede a la superficie
pulida que acoge a las víctimas yacentes. Por un instante imagina que la loza
es un mullido y cálido colchón de vicuña y llama, pero el frío mineral que le
hiere las plantas cuando le sacan las sandalias lo devuelve de inmediato a la
realidad. A esa impiadosa realidad que ahora, de la mano de sus custodios, lo
obliga a arrodillarse y luego extenderse sobre la piedra.
No será
sacrificado como ofrenda al dios sol, para que éste fertilice los campos o
interceda a favor del Inca en su lucha contra los chimús del norte o los diaguitas
del sur; la cosecha será buena este año, y todos los vecinos del imperio han
sido ya pacificados, por lo que no se necesitan más ofrendas. Tuyro Huamán está
condenado a muerte y será ejecutado simplemente por haber cometido el más
detestable de los delitos: haberse enamorado de una de las vírgenes del sol y
haber concretado su amor con ella.
El altar del
sacrificio está en la cima de la ciudadela de Machu Pichu, en el el otro
extremo de donde el pequeño Huayna Pichu vigila la ciudad sagrada. Muy cerca de
allí, desde una saliente que da a un pequeño precipicio, son arrojados al vacío
los condenados a muerte. Pero Tuyo
Huamán no es un reo común; él ha osado profanar el sagrado cuerpo de una de las
vírgenes del sol, y por eso será decapitado y su corazón extraído como si en
realidad fuera la víctima propiciatoria de un sacrificio ritual. Aunque no lo
sea, el sumo sacerdote ha considerado su delito como abominable y merecedor de
ese tipo de muerte, la única posible que permitirá desagraviar a las vírgenes y
lavar el pecado cometido contra el dios sol.
Pero la muerte
sólo será la certificación del martirio de Tuyro Huamán. Porque previamente
había sido amarrado a las argollas fijadas en la piedra de la cámara de las
torturas, y allí se le habían infligido terribles tormentos para que confesara
su horrendo crimen. Tuyro no entendía cómo su amor podía ser considerado un
crimen, y por lo tanto se negaba a admitirlo. Pero finalmente, cuando las
torturas se hicieron intolerables, no tuvo más remedio que aceptarlo.
Allá en
Ollantaytambo no había vírgenes custodiadas, y aunque sus padres y sus abuelos
adoraban al dios sol, nunca creyó que enamorarse de una de ellas podía
constituir un pecado. Ollantaytambo era un pueblo de casas chatas, oscuras,
atravesado por callecitas estrechas donde el sol pugnaba en vano por filtrarse
a través de las pequeñas ventanas. Allí el sol era un dios opaco, furtivo, que
casi no merecía adoración. Distinto al de Cusco, que reverberaba contra el oro
del Koricancha encandilándolo con sus rayos o bruñía la piedra de los doce
ángulos del callejón Hatum Rumiyoc como un auténtico dios todopoderoso. Él
había visto el sol de Cusco, y se había deslumbrado; pero tampoco supo que allí
hubiera intocables jovencitas que lo veneraran.
Por eso,
cuando le comunicaron que debía abandonar su tarea de pastorear camélidos por
los alrededores del imponente templo inconcluso de Ollantaytambo para ponerse
al servicio de las vírgenes del sol en la ciudad sagrada, su espíritu se alegró
y sólo pensó en lo agradable que sería estar rodeado de tantas bellas muchachas.
En su pueblo ya había tenido algunas experiencias sexuales, e imaginaba el
recinto del acllahuasi de Machu Pichu
como un pequeño y resplandeciente cielo en el cual desobedecería de inmediato
las advertencias de sus padres y del sacerdote local sobre la intangibilidad de
las vírgenes.
El trayecto hasta Machu Pichu, bordeando el
serpenteante curso del Vilcanota que se angostaba a medida que se iba alejando del
valle sagrado para adentrarse en la lujuriosa vegetación subtropical que
contrastaba con las nieves eternas de las cumbres asomando a trechos tras las
altas colinas, le fue templando el ánimo a medida que se acercaba a la
ciudadela. Y aunque al concluir el ascenso final se hallaba extenuado por la
larga travesía, una felicidad desconocida lo envolvió al contemplar finalmente
la ciudad sagrada y su majestuoso entorno: el templo del sol, el complejo del
torreón, la tumba real enmarcada por losas naturales, la plaza sagrada, el
templo de las tres ventanas, el intihuatana
o reloj solar, las cárceles, las ventanas de la sierpes… Toda la ciudad,
vigilada por el cercano Huayna Pichu con el telón de fondo del imponente Machu
Pichu. La visión de la ciudad en la cual moraría le produjo un deslumbramiento
aún mayor que el que había experimentado frente al reflejo del oro en el
Koricancha de Cusco.
Cuando fue
conducido al recinto de las vírgenes del sol lo acogió un coro de cuchicheos,
risitas contenidas y miradas entre pícaras y pudorosas. Tuyro debió interrumpir
su amplia sonrisa producto de su alegría al advertir el gesto severo de un par
de guardianes y la mirada desconfiada de una mamacuna. Pero ya había adquirido conciencia de la buena acogida
que su presencia despertara en las muchachas, y la alegría no se disipó.
Su tarea en el
templo consistía en servir a las vírgenes cuando ellas lo requerían: servirles
agua fresca de las vertientes, cacao caliente, dulces de quinoa o de maíz…
Nunca se detenía a charlar con alguna de ellas, aunque no le estuviera
expresamente prohibido hacerlo. Pero había miradas, gestos, sonrisas, que le
indicaban que Aicha le prestaba más atención que las otras. Muy pronto las
cortesías que la muchacha le dispensaba le hicieron desestimar las advertencias
que le formularan, primero sus padres y luego las mamacunas y los sacerdotes el templo, y también él comenzó a
dedicarle más tiempo y más atención que a las otras vírgenes. Éstas miraban con
simpatía el evidente enamoramiento de los jóvenes, pero también con cierta
desazón y pena por las consecuencias que ello acarrearía. Las vírgenes sabían -como
también lo sabía Aicha- lo que podría suceder.
Pero ni los
gestos severos de los guardias y las mamacunas,
ni las sospechas de algún sacerdote o los cariñosos reproches de las compañeras
fueron barreras suficientes para que Tuyro y Aicha renunciaran a su amor. Y una
noche oscura, sin luna, en la que fugitivas sombras deslizándose contra los
muros de piedra del templo parecían querer interponerse pero al mismo tiempo
acompañar las furtivas sombras e los enamorados, Tuyro y Aicha concretaron
finalmente su amor.
Muy poco tiempo
duró el secreto. Indiscreciones de alguna virgen o la recelosa desconfianza de
algún guardia, pronto hicieron que las sospechas de los sacerdotes se
convirtieran en certeza. Y aunque al principio resistió los tormentos amarrado a las argollas de la
cámara de torturas de las cárceles, finalmente tuvo que confesar su relación.
Aicha fue desterrada
a un solitario lugar de la selva para que muriera lentamente por inanición. Tuyo
fue condenado al sacrificio, y ahora está temblando de miedo porque no
comprende que su amor por Aicha mereciera la muerte. Y antes de que la sangre
derramada se deslice por la mesa funeraria para abonar la Pachamama, alcanza a
girar la cabeza para vislumbra a la distancia al Hauyna PIchu irguiéndose a un
costado de la ciudad como un gigantesco custodio de las vírgenes del sol.
Después lo ciega el resplandor del acero.