martes, 5 de enero de 2016

                             RELATIVISMO  Y RELIGIONES

  Desde la mera perspectiva del conocimiento humano -es decir, desligada del insondable misterio que envuelve al universo en sí-, la ambigüedad y el relativismo que campea en el pensamiento de la posmodernidad aparece como lógi-co y aparentemente irrebatible.
  Todo lo referido al quehacer humano es relativo, como también lo son sus conocimientos, ya que el hombre no posee medios válidos para aprehender la verdad absoluta y total que rige el destino tanto de los seres humanos como del universo todo. Como dice Vátimo(1), no hay una verdad objetiva “filosóficamente” hablando, sino sólo cuando nos ponemos de acuerdo en ello. Sin embargo, esto no significa que esa verdad objetiva física absoluta no exista y que el universo, en última instancia, no sea como es, de una sola manera y no de varias como cree el hombre en su visión relativista de las cosas y los hechos. Lo que sí resulta relativo es lo que el hombre piensa -y consiguientemente, hace-, es decir, lo que conoce con respecto al universo, pero no el modo de cómo el universo es en realidad. Kant(2) llamaba a esta realidad nóumeno, lo que existe per se pero no puede ser conocido.
Incluso desde una óptica puramente científica -pretedidamente demostrable-, el universo, con todo lo que lo integra, nunca dejará de ser, en última instancia, lo que es, más allá de cómo lo vemos y lo entendemos científicamente los seres humanos. Pero como al hombre, por las limitaciones  propias  de  su idiosincrasia, le está vedado conocer    esa verdad absoluta, última y total, no tiene otra alternativa que apelar al relativismo -teoría de la relatividad, teoría cuántica...- para explicar su esencia.
Desde el punto de vista del conocimiento, entonces, el actual relativismo científico y filosófico resulta válido, porque todo el quehacer humano, todo su pensamiento lógico y racional, está regido por la relatividad.
Las religiones, en cambio, que basan su existencia en dogmas, es decir, en la creencia de que su propio entendimiento   les   permite  conocer   las   verdades  últimas –casi siempre a través de la palabra divina-, fundamentan sus principios ético morales, tanto individuales como sociales, de acuerdo precisamente a esas creencias absolutas. El problema de las religiones consiste en que sus teólogos sólo creen conocer la verdad última -que denominan “divinidad”, “dios”, “creador”, etcétera-, pero no pueden demostrarla empíricamente. Resulta más que contradictorio, por ejemplo, que cada una de las diferentes religiones crean en una verdad determinada -que para ellos es la verdad- mientras que las demás creen a su vez en otra verdad, no sólo distinta, sino muchas veces opuesta a algunas de esas otras religiones. De todos modos resulta honesto reconocer que, al menos, esa creencia en el conocimiento de verdades absolutas les permite fundar principios sobre los cuales montar una ética, una moralidad y un sistema de convivencia social que a la ciencia y a la filosofía, por su relativismo, les resulta imposible efectuar.
  Creer en principios positivos parece ser una postura correcta y razonable. Lo que no lo parece tanto es la insistencia con que los teólogos pretender demostrar, ante los miembros de otras religiones o ante los agnósticos y ateos, que sólo los creyentes en esa determinada religión -sea ésta el cristianismo, el judaísmo, el Islam, el budismo, el hinduismo...- son los depositarios de la verdad absoluta y que sólo ellos serán “salvados”. Resulta fácilmente comprensible para cualquiera que no es necesario ser creyente de una determinada religión para poder basar sus actos en principios como la igualdad, la generosidad, el altruismo, la bondad, la solidaridad, la justicia. Se puede perfectamente creer -tener fe- en esos principios sin necesidad de seguir la palabra o los designios de Cristo, Mahoma, Moisés, Buda o Shiva. Al hombre racional, honesto y consciente de su honestidad, no le hace falta la religión para continuar siéndolo.
Los cristianos, por ejemplo, siempre han afirmado -y   lo siguen afirmando tozudamente por boca del ultracristiano René Girard y otros filósofos de la misma tendencia- que su religión es mejor y superior a cualquiera otra y que por lo tanto es la única salvífica. Pero ¿por qué debería ser de esa manera, si las otras religiones afirman lo mismo sobre sus propias creencias? Incluso dentro del mismo cristianismo, no hay más que observar las banales luchas en las que se enzarzan por envidia, fanatismo y superstición, las distintas vertientes que custodian el Santo Sepulcro en Jerusalem, para darse cuenta de la futilidad de sus motivaciones: ortodoxos que adoran la cruz de cuatro brazos, barbados  armenios y georgianos  del mar Caspio, coptos de Menfis descendientes de los adoradores del buey Apis, nestorianos de la antigua Caldea, oscuros abisinios, maronitas libaneses... Todos rivalizando con sus  ritos en el intento de ofrecer mejores ornamentos para la custodia del lugar. Los fundamentos esgrimidos por cada una de las distintas religiones para demostrar su superioridad no son para nada sólidos, o en todo caso lo son sólo para sus adeptos.
  Los cristianos, especialmente los católicos apostólicos romanos, afirman que el relativismo filosófico de la posmodernidad es inconsistente y hasta totalitario. Pero desde una perspectiva científica no lo es, porque racionalmente todo es relativo y rebatible, incluso las verdades científicas más firmes y fundamentadas que luego, en las distintas etapas históricas de la humanidad, fueron eliminadas y suplantadas por otras(3). (Por lo cual tampoco parece prudente aceptar a pie juntillas todas las verdades científicas; salvo, quizá, para un determinado momento de la civilización, pero nunca como algo consumado y definitivamente aceptado.) En resumen, que el relativismo del pensamiento parece ser la única certeza permitida al hombre.
  Por cierto que, después de aceptar el relativismo del pensamiento humano en todos sus ámbitos, se puede creer, además, que es bueno para el hombre no ser egoísta, ni aferrarse sólo al deseo individual de cada cual, etcétera, y propugnar éticas altruistas, solidarias, que tengan en cuenta al prójimo. Sin embargo, a pesar de ello siempre lo que piense y haga el hombre será, inevitablemente, susceptible de ser rebatido y, por lo tanto, relativo.        
  Si bien es cierto que nadie debería arrogarse la facultad de prohibir a otro individuo que crea tal o cual cosa, tampoco nadie tiene derecho a dictaminar que esas creencias deben concretarse únicamente a través de las religiones, ya que éstas basan su existencia en la aceptación de entes divinos y sobrenaturales que rigen la conciencia de los hombres, cuando lo más razonable sería reflexionar que sólo ésta -la conciencia- es la que le permite o le prohíbe al hombre pensar o hacer determinadas cosas. Por otro lado, tampoco debería olvidarse que en los fundamentos de casi todas las religiones -formulados, es cierto, cuando aún no existían las armas de destrucción masivas, los imperialismos económicos globales o las catastróficas hambrunas de los países pobres-, no hay condenas explícitas a la guerra, los genocidios, la esclavitud, la tortura o la supresión de la libertad.
  También es cierto que un relativismo extremo en cuestiones éticas y morales resulta sumamente peligroso, porque permite que, para lograr determinados fines, puedan emplearse medios como la tortura o el asesinato. De todas maneras, como el relativismo es inevitable en el pensamiento humano -porque cada cual es dueño de pensar como le parezca-, por lo menos parece razonable y positivo defender principios solidarios y no agresivos para con el prójimo en lugar de propugnar posturas extremas que intenten destruir a todos lo que no piensan como uno. Y esto vale tanto para las ideologías políticas -como el nazismo, las dictaduras militares o el imperialismo estadounidense-  como para las cuestiones étnicas o religiosas -como las guerras tribales africanas o el fundamentalismo islámico-.
Los filósofos ultra católicos no dejan de sentenciar que el cristianismo es la mejor de las religiones, sin percatarse, al parecer, de que esa sentencia lleva implícita la afirmación de que los creyentes de otras religiones son seres inferiores. Es cierto que el cristianismo pareciera llevar ventaja en el sentido de que Cristo perdonó a sus ejecutores, a diferencia del drástico “ojo por ojo, diente por diente”, del judaísmo o el islamismo. Pero el cristianismo es también ambivalente y contradictorio porque, a pesar de su postura de “poner la otra mejilla”, nunca dejó de denigrar al que no es cristiano, hasta llegar a los extremos de las Cruzadas o la Inquisición--o, en menor magnitud, del actual Opus Dei-. En este aspecto quizá la más tolerante de las religiones sea el budismo; pero ésta, en realidad, más que una religión es una forma de vida.

  En definitiva, no hay religiones mejores que otras. Unas pueden ser más racionales, otras más pacíficas, algunas más abiertas y tolerantes. Pero la pregunta final es: ¿por qué el hombre debe aferrarse a las religiones, cuando éstas no son en última instancia más que doctrinas dictadas por otros hombres, aunque lo hagan en nombre de supuestas palabras divinas? ¿Por qué no regirse por la propia conciencia, la que también nos puede ordenar que seamos buenos, solidarios y justos? Es cierto que es posible argüir que nuestra concien-cia  puede indicarnos, por  ejemplo, que es  bueno  matar al  prójimo. Pero ¿acaso cuando la religión católica torturaba y quemaba a los herejes en la hoguera no lo hacía también porque la conciencia de sus jerarcas así se los ordenaba? E incluso en la actualidad, estar en contra del uso de los profilácticos, por ejemplo, ¿no es condenar a muerte a millones de seres humanos que pueden enfermar de SIDA? Por supuesto que en el ámbito laico sucede lo mismo. Estar a favor de las dictaduras o los imperialismos, ¿no es aceptar, conscientemente, el exterminio del “otro”?




DIOS Y UNIVERSO

  El tema de la existencia de Dios ha sido tan vastamente tratado por pensadores de todas las épocas y todas las tendencias -desde los teólogos de las distintas religiones hasta los filósofos materialistas y positivistas-, que cualquier análisis que pueda efectuarse al respecto parece estar destinado a la reiteración o al plagio. De todas maneras, teniendo en cuenta la confusión que muy frecuentemente suele producirse en las polémicas refe-ridas a la religión, las creencias, las teofanías, etc., puede resultar provechoso el intento por dilucidar desde una perspectiva semántica algunas dudas planteadas al respecto.
  En forma genérica y simplificada suele denominarse“creyente” a quien cree en la existencia de Dios, y “ateo” a quien no cree en ella. Para aclarar el significado de estos conceptos, primero habría que tratar de definir o describir a ese real o supuesto ser supremo. Pero teniendo en cuenta las infinitas posibilidades implícitas en un debate de tal naturaleza, resultaría improcedente -y además pretencioso- pretender realizar ese análisis en el marco de estas simples consideraciones, que sólo tienen por objetivo intentar una clarificación semántica que permita ubicar  correctamente a tales “creyentes” y “ateos”, además de plantear algunos interrogantes acerca de esa polémica existencia.
  La raíz  teo proviene del griego theós, que significa dios, y por lo tanto todas las palabras derivadas de esa raíz tienen un significado relacionado con ese concepto (teología, teodicea,  teogonía,  ateísmo,  etcétera.)  Para referirnos entonces a la persona que cree en Dios, y teniendo en cuenta que el sufijo ista indica -entre otras cosas- adhesión, creencia, apoyo a algún tipo de ideología, filosofía, religión, etcétera, la denominación más lógica para esa persona parece ser la de teísta. (Siempre y cuando esta denominación abarque, además de esa creencia personal, un concepto más amplio que incluya también la convicción de que a esa creencia deberían tenerla, por extensión, todos los demás individuos. De lo contrario, más apropiada resultaría la palabra teico, puesto que la terminación ico significa pertenencia, perteneciente a.)
  Por otro lado, el prefijo a, proveniente del griego an, significa tanto privación, carencia, falta de, como también negación de algo. Si se tuviera en cuenta sólo la primera acepción, quizá la denominación ateo podría estar bien empleada para designar a quien no cree en Dios; pero una utilización más apropiada, incluso más afirmativa, parece ser la que designa como ateo no a quien simplemente no tiene fe en Dios, sino a quien terminantemente lo niega.
  Por otra parte, en nuestro idioma existe la raíz gnos, proveniente del griego gnosis, que significa conocimiento. Si suponemos que alguien tiene la certeza de un cono-cimiento, como sucede con los que creen en Dios, debería denominarse a esas personas -a todas ellas, y no sólo a las que pertenecen a alguna secta relacionada con ciertos misterios esotéricos, como sucede en la actualidad- gnósticos, y a quienes no poseen tal conocimiento, agnóstico (agnostos significa en griego ignoto, desconocido, ignorado.) Por  supuesto que aquí también  existe la posibilidad de utilizar el prefijo a tanto para significar ca-rencia de, sin, etcétera, como para denotar negación, con lo cual agnóstico podría también significar negación del conocimiento -en este caso, del conocimiento de Dios-. De todas maneras, lo más apropiado y lógico para este caso parece ser la utilización de la primera acepción, es decir, la que se refiere a la ignorancia, al desconocimiento.
  Con lo cual llegaríamos a la conclusión de que teísta es quien cree firmemente en la existencia de Dios y está dispuesto a probar, por todos los medios al alcance de su intelecto, esa existencia. Ateo, por el contrario, sería quien, también por medio de todos sus recursos intelectuales, está dispuesto a probar la inexistencia de Dios. Y finalmente quedaría la denominación de agnóstico para quien, apelan-do a la ignorancia y al desconocimiento, se refugia en la duda.
  La proposición de estas denominaciones se funda en el hecho de que resulta erróneo designar como creyente solamente a quien cree en la existencia de Dios, ya que el ateo es a su vez tan creyente -tan gnóstico- como el teísta, puesto que cree firmemente en la inexistencia de Dios.
  Sólo el agnóstico, el que duda, debe ser considerado con propiedad como “no creyente”, puesto que no afirma ni niega la existencia de Dios. (Aunque algún día también él pueda convertirse en creyente, tanto de la existencia -a través del convencimiento intelectual transferido por terceros o a causa de alguna  mística  revelación espiritual-,  como de la inexistencia -por medio de  demostraciones lógicas o del propio autoconvencimiento-)                                                                                
  La diferencia filosófica entre el teísta y el agnóstico es más pronunciada que la que hay entre el teísta y el ateo negador de la existencia de un ser superior. El agnóstico, como no puede probar la inexistencia de Dios, tampoco pretende imponer a los teístas la idea de esa inexistencia. Simplemente permanece en la duda, a la espera de que alguien pueda demostrar su existencia para, recién entonces, creer en él. El ateo, en cambio, como está firmemente convencido de que no hay Dios, pretende imponer esa “creencia” a los teístas. Lo cual, en el fondo, los acerca bastante a estos últimos, puesto que ambos fundamentan su pensamiento en un dogma, es decir, en la firme creencia de un hecho indemostrable.
  Resulta bastante habitual, por parte de los teístas, confundir al agnóstico con el ateo, porque el agnóstico debe necesariamente rebatir las pruebas que ofrecen los teístas sobre la existencia de Dios, pruebas que evidentemente no son válidas desde una óptica racional. Pero rebatir esas supuestas pruebas de ningún modo significa negar lisa y llanamente la posibilidad de un divino ser primigenio.
  La postura del agnóstico traduce una humildad cósmica superior, desde un punto de vista teológico, a la exhibida por los teístas, quienes, al aceptar la divinidad, deben aceptar también la divina descendencia del hombre. Y esa humildad es también mayor con respecto a los ateos, quienes implícitamente son traductores de la soberbia humana al negar totalmente la posibilidad de existencia de un ser superior regidor de las leyes del universo.
  Si continuamos ahora con las aproximaciones semánticas, pero nos referimos específicamente a la acepción de las palabras, según la Real Academia Española “creer” significa “tener por ciertos hechos supuestos”. Obviamente, la existencia de Dios es sólo un hecho supuesto. Claro que si profundizamos en el concepto “creer”, deberemos admitir que éste tiene también un sentido menos ambiguo, más afirmativo, referido al aspecto material de las cosas. Y si seguimos ese criterio deberemos aceptar que “creer” significa entonces no sólo “tener por ciertos hechos su-puestos”, sino también “tener por ciertos hechos concretos”. Por ejemplo: creo que este papel que estoy leyendo es blanco porque una determinada norma de codificación lexicográfica le ha dado convencionalmente ese nombre a un elemento que, al emitir determinadas radiaciones cromáticas, impresiona mi retina de tal manera que ellas son identificadas por mi cerebro con la palabra “blanco”. Aceptando ese mismo sentido afirmativo puedo decir también: no creo que este papel sea de otro color -por ejemplo, negro-. Y más aún, pasando ya al terreno de las negaciones, por lo anteriormente expuesto niego que este papel sea negro.
  Pero para el caso específico de Dios, ¿cómo negar algo que es un hecho solamente supuesto? En el terreno de lo supuesto podemos afirmar que algo es improbable  -como en el caso de la existencia de Dios para los ateos- pero no imposible, porque en cuestiones abstractas y teóricas todas las suposiciones son posibles. En cambio sí podemos afirmar que son imposibles ciertos hechos concretos, por ejemplo, el de mi propia inexistencia. De lo cual se desprende que, aun no creyendo en Dios,  tampoco se puede racionalmente negar su existencia.

  Pero veamos cuales son los fundamentos de las dudas sobre la existencia de un Dios hacedor supremo. La primera e inevitable duda que surge es: si Dios fuera el creador del universo, ¿quién, a su vez, creó a Dios? Por supuesto, la respuesta de los teístas es axiomática: “Dios es eterno”. Pero entonces la endeblez del dogma surge en toda su magnitud si se lo refuta con este otro argumento: ¿Qué motivo valedero existe para atribuirle eternidad única y específicamente a Dios, y no al universo mismo, es decir, a todo lo existente?
  Es claro que para aceptar la eternidad del universo, se debe admitir también su infinitud. Porque de lo contrario, si hubiese tenido un principio -no sólo cronológico sino, además, espacial- deberíamos aceptar que también debe tener un límite material. Pero si ello fuera verdad -como lo postulan las últimas teorías físicas- cabe preguntarse: ¿Y antes de la aparición del universo, qué existía? La única respuesta válida parece ser: la nada. De lo cual surge inmediatamente la pregunta: ¿Y desde cuándo? Al no obtener respuesta, tendríamos que admitir que la nada es eterna(1). Por otro lado, si aceptamos la finitud espacial del universo, resulta inevitable la pregunta sobre qué existe más allá de sus límites -y de los límites de todos los universos imaginables y posibles-. La única respuesta sería otra vez la nada, ahora, además de eterna, infinita. En resumen: la nada,  infinita y eterna...  ¿No resulta  más sencillo  aceptar que sólo el universo -es decir, lo que percibimos a través de nuestros sentidos y lo que inferimos a través de nuestra mente- es eterno e infinito?
  Por otro lado, si afirmamos que nada puede ser eterno y que todo debió ser creado, ¿por qué sólo el universo tuvo que ser el que fuera creado, y no Dios? Claro, puede argüirse que, aun sin ser eterno, Dios pudo haber aparecido por generación espontánea para luego crear el universo. Pero en ese caso, ¿qué razonamiento lógico puede impedir pensar que también el universo pudo ser capaz de aparecer por generación espontánea? Y si se argumenta que ningún elemento puede surgir de la nada porque inevitablemente tiene que existir un ente creador, se vuelve a la afirmación de que también Dios tuvo que ser creado, con lo que la cuestión continúa indefinidamente sin resolverse.
  Atribuir a un ser supremo facultades omnipotentes y totalizadoras sobre los mecanismos del universo que la mente no puede entender, constituye un síntoma de arro-gancia propia de la innata soberbia humana, soberbia que se fundamenta en la creencia de que el hombre, por ser una criatura supuestamente hecha a semejanza de Dios, es el centro del universo.
  Pretender afirmar la existencia de Dios para tratar de explicar los hechos y las circunstancias inexplicables no implica, como podría suponerse, una actitud de humildad, de sujeción a designios superiores, sino todo lo contrario; una auténtica actitud de humildad estaría constituida precisamente por el hecho de reconocer y aceptar lisa y llanamente  que el único motivo por  el cual  nos resulta imposible a los seres humanos resolver los enigmas del universo, es que poseemos sólo un pobre e incompleto entendimiento.
  ¿Por qué no atribuir entonces simplemente a nuestra ignorancia y a nuestra corta razón ese defecto de comprensión de las cosas, en lugar de insistir en inventar la existencia de un creador que nos reivindique como seres privilegiados?
  Esa actitud de humildad determinaría que nuestra esencia se asemejara más a la de los animales, las plantas, la naturaleza y el universo todo, permitiéndonos de ese modo comprender que no somos más que una pequeña parte -inteligente, es cierto, pero apenas complementaria- de todo lo existente, y no el centro de esa existencia, como pretenden quienes necesitan  imperiosamente la presencia de un ente supremo que explique y justifique por qué nosotros, seres tan inteligentes y privilegiados, no podemos descifrar el misterio de ciertas cosas.
 Claro, resulta más cómodo emocionalmente -y hasta intelectualmente- pensar que si no entendemos algo no es por nuestra natural ignorancia, sino porque un ser superior y protector, que todo lo sabe y todo lo puede -y que, además, nos ha creado-, ha dispuesto que así sea. Aceptar que somos apenas una minúscula partícula de materia que anda rodando por el universo, que nuestra existencia se ha dado sólo por azar, como pudo suceder -y probablemente haya sucedido- en cualquier planeta de cualquier galaxia, y que nuestra alabada inteligencia no es más que un peldaño   -elevado, es cierto, pero peldaño al fin- en la escala evolutiva de los seres vivientes que habitan nuestro planeta y que pueden habitar el universo, es indudablemente mucho más desolador, pero también mucho más probable.
  De todos modos, que el universo haya surgido espontáneamente de la nada o que haya sido creado, que sea eterno o que haya tenido un comienzo por azar o por la conjunción de circunstancias desconocidas, no hace a la cuestión principal, que es la infranqueable barrera constituida por la ignorancia humana con respecto a los mecanismos  últimos. Porque  así  como  no existe  prueba material -inductiva o deductiva- que pueda negar la existencia de un ser supremo creador, tampoco existe esa prueba para negar la  posibilidad  de que  el universo haya surgido por generación espontánea.
  Sin embargo, aunque la lógica nos imponga su riguroso mandato, el espíritu de los agnósticos, e incluso el de los ateos, tiene que sentirse inundado a veces -aunque sólo sea a través de mínimas y brevísimas ráfagas temporales- por una perpleja iluminación, un maravillado azoramiento ante la visión de ciertas perfecciones del universo.
  Por más racional que un individuo sea, existe un momento de su búsqueda de la verdad de una idea o una premisa,  en el cual  siente que una especie de revelación abre de pronto su mente y que esa incógnita, esa duda que hasta entonces lo abrumaba, súbitamente se devela y su cerebro capta, en un solo instante, el significado de lo que estaba lucubrando.
  Si una revelación de tal naturaleza sucede habitualmente en las mentes más racionales y analíticas, ¿cómo no aceptar también que otras personas, no por medio de la razón sino a                                                                                      
través de la intuición, de la iluminación mística, del senti-miento o de cualquier otro componente síquico o sico-somático, logren de repente aprehender una verdad que para ellos será, de ahí en más, irrefutable, porque así lo han sentido? ¿Cómo poder negarles que su verdad intuida puede ser tan verdad como la nuestra, pretendidamente fundamentada en una demostración científica o en un razonamiento lógico?
  Cuando se observa a través del microscopio la conformación de los genes, el intercambio de cromosomas, la combinación de los aminoácidos del ADN (siempre los mismos, adenina con timina, citosina con guanina...), parece poco razonable pretender atribuir el transporte y la transmisión de toda esa apabullante información genética solamente al azar. Ante la visión de la perfecta complejidad humana, no resulta difícil aceptar como probable la existencia de un ordenador superior, de un ente ejecutivo que haya actuado para que toda esa perfección pudiera materializarse. Otro tanto sucede con las funciones orgánicas: la existencia de tubos específicos que expelen orina, materia fecal, etcétera, en lugar de que esos desechos se eliminen simplemente por la piel, por ejemplo; o gametos expelidos por una contracción inevitable hacia un órgano desarrollado de tal modo que permite su depósito en el recipiente que dará lugar a la fecundación. ¿Por qué no una reproducción por medio de clonación espontánea como en los unicelulares, por ejemplo? ¿O por qué pequeñísimas pero específicas cantidades de algunos minerales -18 miligramos de molibdeno, 12 de cobalto...-  deben  ser imprescindibles para que el ser humano viva?
  Es claro que esta perfección no es patrimonio exclusivo del hombre, como pretenden quienes creen que el ser humano es una creación hecha a imagen y semejanza de Dios. Aunque sin dudas el hombre es, en estos momentos, una cima, una culminación, también los animales superiores poseen esos perfeccionados dispositivos anatómicos. ¿Pero por qué siempre todos tan iguales, aun dentro de la diversidad de sus individualidades?
  Por cierto que tampoco parece muy lógica la explicación de que un solo ser superior, una sola entidad definida, haya podido crear por sí misma tanta perfección. Más racional parece ser el argumento de que ha sido el transcurrir del tiempo y la evolución natural los que han ido ordenando y conformando tan portentoso organismo. ¿Pero por qué precisamente de esa manera tan perfecta y definida y no caóticamente, como parecieran sugerirlo cualquiera de los accidentes físicos que ocurren en la naturaleza?(2). Las gotas del agua que se derrama, el polvo que se acumula en distintas cantidades, las erupciones de las tierras que emergen... Nada de lo que continúa ocurriendo en la naturaleza sucede con tanta perfección como lo ya existente desde los orígenes: la expansión del universo a una velocidad constante, las órbitas planetarias, la fusión de los elementos siempre a la misma temperatura...
  Claro, la selección natural es una explicación que permite aceptar sin dificultades la idea de unas moléculas de hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno evolucionando desde  los pantanos primigenios hasta llegar a componer el cerebro humano ¿Pero sólo por azar, por una específica necesidad de desarrollo...? La idea de un ordenador superior, de un inconmensurable cerebro inteligente, siempre continuará flotando sobre el espíritu del hombre.
  Sea cual fuere la verdad, la duda racional sobre la existencia de un ser o ente creador es tan grande que resulta imposible develarla. Se tiene fe, y se cree -o se descree...-, o no se la tiene, y se duda. Pero lo que resulta inadmisible es la pretensión de querer imponer esa fe -la que fuere- a sangre y fuego, como lo hicieron casi todas las religiones del mundo a través de los tiempos. Como tampoco resulta admisible pretender ordenar la caducidad de esas religiones por decreto, como intentaron hacerlo -por cierto, sin lograrlo- los regímenes totalitarios de los últimos siglos.
  A quienes racionalmente no se les puede probar la existencia de Dios, difícilmente se les pueda pedir -y menos exigir- que crean en él; del mismo modo que a quienes sienten la necesidad espiritual de creer en Dios y están absolutamente convencidos de su existencia, resulta absurdo prohibirles el ejercicio de esa creencia.
  El espíritu religioso es algo personal, inalienable, que pertenece al ámbito de las más íntimas convicciones, y no puede ser impuesto ni conculcado. Es más, quizá pueda ser algo que simplemente pertenece a la estructura genética de cada individuo(3).
  Lo que sí resultaría provechoso, en cambio, es un honesto cuestionamiento sobre las reales posibilidades que existen de confrontar  ideas en un campo donde  lo que prima no es precisamente  la lógica,  sino  el sentimiento.  Pretender demostrar la existencia de Dios es como querer develar hasta el último de los misterios del universo -y en última instancia es casi como querer ser Dios mismo-. Y la pretensión de demostrar su inexistencia, tiene la misma solidez que tendrían los argumentos brindados a un enamorado para tratar de hacerle entender que el objeto de su amor no es lo más hermoso y perfecto que existe sobre la Tierra.
  Cualquier cosa pudo haber sucedido en el comienzo del tiempo y el espacio. Todo consiste simplemente en saber aceptar que el misterio de su existencia nos está vedado a los seres humanos, y punto.