RELATIVISMO Y RELIGIONES
Desde la mera perspectiva del conocimiento
humano -es decir, desligada del insondable misterio que envuelve al universo en
sí-, la ambigüedad y el relativismo que campea en el pensamiento de la
posmodernidad aparece como lógi-co y aparentemente irrebatible.
Todo lo referido al quehacer humano es
relativo, como también lo son sus conocimientos, ya que el hombre no posee
medios válidos para aprehender la verdad absoluta y total que rige el destino
tanto de los seres humanos como del universo todo. Como dice Vátimo(1), no hay una
verdad objetiva “filosóficamente” hablando, sino sólo cuando nos ponemos de
acuerdo en ello. Sin embargo, esto no significa que esa verdad objetiva física
absoluta no exista y que el universo, en última instancia, no sea
como es, de una sola manera y no de varias como cree el hombre en su
visión relativista de las cosas y los hechos. Lo que sí resulta relativo es lo
que el hombre piensa -y consiguientemente, hace-, es decir, lo que conoce
con respecto al universo, pero no el modo de cómo el universo es
en realidad. Kant(2) llamaba a esta realidad nóumeno, lo que existe per se
pero no puede ser conocido.
Incluso desde
una óptica puramente científica -pretedidamente demostrable-, el universo, con
todo lo que lo integra, nunca dejará de ser, en última instancia, lo
que es, más allá de cómo lo vemos y lo entendemos científicamente los
seres humanos. Pero como al hombre, por las limitaciones propias de su
idiosincrasia, le está vedado conocer esa verdad
absoluta, última y total, no tiene otra alternativa que apelar al relativismo
-teoría de la relatividad, teoría cuántica...- para explicar su esencia.
Desde el punto
de vista del conocimiento, entonces, el actual relativismo científico y
filosófico resulta válido, porque todo el quehacer humano, todo su pensamiento
lógico y racional, está regido por la relatividad.
Las
religiones, en cambio, que basan su existencia en dogmas, es decir, en la
creencia de que su propio entendimiento
les permite conocer
las verdades últimas –casi siempre a través de la palabra
divina-, fundamentan sus principios ético morales, tanto individuales como
sociales, de acuerdo precisamente a esas creencias absolutas. El problema de
las religiones consiste en que sus teólogos sólo creen conocer la verdad última -que denominan “divinidad”, “dios”,
“creador”, etcétera-, pero no pueden demostrarla empíricamente. Resulta más que
contradictorio, por ejemplo, que cada una de las diferentes religiones crean en
una verdad determinada -que para
ellos es la verdad- mientras que las
demás creen a su vez en otra verdad, no sólo distinta, sino muchas veces
opuesta a algunas de esas otras religiones. De todos modos resulta honesto
reconocer que, al menos, esa creencia en el conocimiento de verdades absolutas
les permite fundar principios sobre los cuales montar una ética, una moralidad
y un sistema de convivencia social que a la ciencia y a la filosofía, por su
relativismo, les resulta imposible efectuar.
Creer
en principios positivos parece ser una postura correcta y razonable. Lo que no lo
parece tanto es la insistencia con que los teólogos pretender demostrar, ante
los miembros de otras religiones o ante los agnósticos y ateos, que sólo los
creyentes en esa determinada religión -sea ésta el cristianismo, el judaísmo,
el Islam, el budismo, el hinduismo...- son los depositarios de la verdad
absoluta y que sólo ellos serán “salvados”. Resulta fácilmente comprensible para
cualquiera que no es necesario ser creyente de una determinada religión para
poder basar sus actos en principios como la igualdad, la generosidad, el
altruismo, la bondad, la solidaridad, la justicia. Se puede perfectamente creer
-tener fe- en esos principios sin necesidad de seguir la palabra o los
designios de Cristo, Mahoma, Moisés, Buda o Shiva. Al hombre racional, honesto
y consciente de su honestidad, no le hace falta la religión para continuar
siéndolo.
Los
cristianos, por ejemplo, siempre han afirmado -y lo
siguen afirmando tozudamente por boca del ultracristiano René Girard y otros
filósofos de la misma tendencia- que su religión es mejor y superior a
cualquiera otra y que por lo tanto es la única salvífica. Pero ¿por qué debería
ser de esa manera, si las otras religiones afirman lo mismo sobre sus propias
creencias? Incluso dentro del mismo cristianismo, no hay más que observar las
banales luchas en las que se enzarzan por envidia, fanatismo y superstición, las
distintas vertientes que custodian el Santo Sepulcro en Jerusalem, para darse
cuenta de la futilidad de sus motivaciones: ortodoxos que adoran la cruz de
cuatro brazos, barbados armenios y
georgianos del mar Caspio, coptos de
Menfis descendientes de los adoradores del buey Apis, nestorianos de la antigua
Caldea, oscuros abisinios, maronitas libaneses... Todos rivalizando con
sus ritos en el intento de ofrecer
mejores ornamentos para la custodia del lugar. Los fundamentos esgrimidos por
cada una de las distintas religiones para demostrar su superioridad no son para
nada sólidos, o en todo caso lo son sólo para sus adeptos.
Los cristianos, especialmente los católicos
apostólicos romanos, afirman que el relativismo filosófico de la posmodernidad
es inconsistente y hasta totalitario. Pero desde una perspectiva científica no lo
es, porque racionalmente todo es relativo y rebatible, incluso las verdades
científicas más firmes y fundamentadas que luego, en las distintas etapas históricas
de la humanidad, fueron eliminadas y suplantadas por otras(3). (Por lo
cual tampoco parece prudente aceptar a pie juntillas todas las verdades
científicas; salvo, quizá, para un determinado momento de la civilización, pero
nunca como algo consumado y definitivamente aceptado.) En resumen, que el
relativismo del pensamiento parece ser la única certeza permitida al hombre.
Por cierto que, después de aceptar el
relativismo del pensamiento humano en todos sus ámbitos, se puede creer, además, que es bueno para el hombre no ser egoísta, ni aferrarse
sólo al deseo individual de cada cual, etcétera, y propugnar éticas altruistas,
solidarias, que tengan en cuenta al prójimo. Sin embargo, a pesar de ello
siempre lo que piense y haga el hombre será, inevitablemente, susceptible de
ser rebatido y, por lo tanto, relativo.
Si bien es cierto que nadie debería arrogarse
la facultad de prohibir a otro individuo que crea tal o cual cosa, tampoco nadie
tiene derecho a dictaminar que esas creencias deben concretarse únicamente a
través de las religiones, ya que éstas basan su existencia en la aceptación de
entes divinos y sobrenaturales que rigen la conciencia de los hombres, cuando
lo más razonable sería reflexionar que sólo ésta -la conciencia- es la que le
permite o le prohíbe al hombre pensar o hacer determinadas cosas. Por otro
lado, tampoco debería olvidarse que en los fundamentos de casi todas las
religiones -formulados, es cierto, cuando aún no existían las armas de
destrucción masivas, los imperialismos económicos globales o las catastróficas
hambrunas de los países pobres-, no hay condenas explícitas a la guerra, los
genocidios, la esclavitud, la tortura o la supresión de la libertad.
También es cierto que un relativismo extremo
en cuestiones éticas y morales resulta sumamente peligroso, porque permite que,
para lograr determinados fines, puedan emplearse medios como la tortura o el
asesinato. De todas maneras, como el relativismo es inevitable en el
pensamiento humano -porque cada cual es dueño de pensar como le parezca-, por
lo menos parece razonable y positivo defender principios solidarios y no
agresivos para con el prójimo en lugar de propugnar posturas extremas que
intenten destruir a todos lo que no piensan como uno. Y esto vale tanto para
las ideologías políticas -como el nazismo, las dictaduras militares o el
imperialismo estadounidense- como para
las cuestiones étnicas o religiosas -como las guerras tribales africanas o el fundamentalismo islámico-.
Los filósofos
ultra católicos no dejan de sentenciar que el cristianismo es la mejor de las
religiones, sin percatarse, al parecer, de que esa sentencia lleva implícita la
afirmación de que los creyentes de otras religiones son seres inferiores. Es
cierto que el cristianismo pareciera llevar ventaja en el sentido de que Cristo
perdonó a sus ejecutores, a diferencia del drástico “ojo por ojo, diente por
diente”, del judaísmo o el islamismo. Pero el cristianismo es también
ambivalente y contradictorio porque, a pesar de su postura de “poner la otra
mejilla”, nunca dejó de denigrar al que no es cristiano, hasta llegar a los
extremos de las Cruzadas o la Inquisición--o, en menor magnitud, del actual
Opus Dei-. En este aspecto quizá la más tolerante de las religiones sea el
budismo; pero ésta, en realidad, más que una religión es una forma de vida.
En definitiva, no hay religiones mejores que
otras. Unas pueden ser más racionales, otras más pacíficas, algunas más
abiertas y tolerantes. Pero la pregunta final es: ¿por qué el hombre debe
aferrarse a las religiones, cuando éstas no son en última instancia más que
doctrinas dictadas por otros hombres, aunque lo hagan en nombre de supuestas
palabras divinas? ¿Por qué no regirse por la propia conciencia, la que también
nos puede ordenar que seamos buenos, solidarios y justos? Es cierto que es
posible argüir que nuestra concien-cia puede indicarnos, por ejemplo, que es bueno matar
al prójimo. Pero ¿acaso cuando la
religión católica torturaba y quemaba a los herejes en la hoguera no lo hacía
también porque la conciencia de sus jerarcas así se los ordenaba? E incluso en
la actualidad, estar en contra del uso de los profilácticos, por ejemplo, ¿no
es condenar a muerte a millones de seres humanos que pueden enfermar de SIDA?
Por supuesto que en el ámbito laico sucede lo mismo. Estar a favor de las
dictaduras o los imperialismos, ¿no es aceptar, conscientemente, el exterminio
del “otro”?