domingo, 7 de junio de 2015

"LA HEROICA"

                        “LA HEROICA”

  “¡Poco podremos resistir!”, se lamenta interior- mente el prior Jean Desalins oteando desde el convento Santa Cruz - enclavado en el cerro de “la popa de la galera”- las marismas y los pantanos que rodean el puerto y la ciudad amurallada. La imponente flota compuesta por treinta y un mil hombres a bordo de ciento ochenta y un navíos y comandada por el inglés Edward Vernon aún no se divisa, pero momentos antes un soldado le traído el mensaje del general Blas de Leso anunciándole la poca resistencia que han podido oponer los fuertes de San José y San Fernando -que custodian ambos lados de Boca Chica, en la entrada de la bahía- para detener el paso de la flota. Algún barco invasor ha sido dañado, pero rápidamente los cañones de los fuertes han sido acallados y el convoy ha seguido su avance hacia Boca Grande.
  De Leso ha situado su mando en el macizo fuerte de San Felipe de Barajas, levantado en el cerro San Lorenzo, y ha distribuido trescientos soldados a lo largo de las murallas, baluartes y torreones que rodean Cartagena de Indias. En Boca Grande vigilan también seis navíos de guerra de buen porte y bien artillados,  pero que semejan sin embargo indefensas orugas a la espera de un poderoso ejército de hor- migas.
   Por las callecitas empedradas de la ciudad ya no circulan las típicas carrozas y un silencio opresivo flota en el bochorno húmedo de la siesta. Un calor sofocante cubre de transpiración los cuerpos y las cabezas de los soldados cubiertos con inadecuados uniformes y  pesados  morriones  mientras permanecen en una tensa espera. Desde los balcones de madera donde los geranios, los amarantos y las santarritas despliegan un arcoiris de colores, alguna cartagenera curiosa se asoma para ver los semblantes ansiosos pero contentos de unos soldados que apuran el paso quizá para escapar a la muerte o tal vez di- rigiéndose  irremisiblemente  a su encuentro.
  En la Plaza de los Coches ha cesado el tráfico de esclavos para asentar allí un importante destaca-mento militar. En Getsemaní, el barrio de los sirvientes, a algunos de ellos se los ha armado con mosquetes y arcabuces para contribuir a la defensa de la ciudad, y los que no han logrado  obtener esas  armas se han provisto por su cuenta de facas, cu- chillos y hasta alguna lanza casera. Un hálito an- anticipado de heroísmo cubre toda la ciudad de Cartagena.
  Sin embargo, el prior Desalins ordena al abate Mariano que reúna a  los otros curas y se dirijan al altar mayor para rezar no por la victoria, que considera imposible, sino para suplicar por las almas de los que caerán, porque está convencido de que toda resistencia será inútil. “Volverá a suceder”, se resigna, recordando la destrucción y la muerte que un siglo y medio atrás, en 1586, produjera la toma de la ciudad por parte de sir Francis Drake.
  También los juicios que los inquisidores están llevando a cabo contra herejes, brujas, adoradores del cabro o contra cualquier inocente receptor de la inquina o la envidia de algún supuesto enemigo, han sido postergados.. El potro, el aplasta pulgares, el cordel, el jarro de agua, el desgarrador de senos, la garucha, el peso de las brujas, el extractor de uñas, la gota de agua, la horquilla del hereje, el aplastacabezas, el garrote, el círculo de púas, el hacha, han dejado momentáneamente de funcionar en el palacio episcopal.
  El prior Desalins lamenta que ello debiera suceder como consecuencia del ataque de la flota inglesa. “Los impíos deben pagar, sean cuales fueren las circunstancias”, reflexiona. Pero de inmediato dese- cha el pensamiento y se dispone a presidir los rezos por el alma de los bienaventurados mártires que ascenderán al cielo cuando los ingleses tomen la ciudad. También suplicará para que las almas de los atacantes que caigan -que está seguro serán pocos- ardan para siempre en las purificadoras llamas del infierno.
  Cuando Blas de Lezo, desde la torre ubicada en la cima del fuerte San Felipe, observa con su catalejo la primera avanzadilla de naves que, con sus velas desplegadas avanzan para dirigirse al puerto, ordena a su lugarteniente que avise a los artilleros apostados junto a sus cañones en las troneras de las murallas, alistarse para disparar cuando él lo indique. También ordena que los soldados guarecidos en los estrechos túneles que van directamente al mar, se apresten a repeler el ataque.
  Otro grupo de naves se ha ubicado frente a las murallas que defienden la ciudad, y comienzan a ba- jar  sus  hombres a bordo  de numerosos botes. Pero                                                                        cuando estos intentan desembarcar en la playa, una andanada de cañonazos y fusilería que parte de los baluartes y  los torreones desbarata ese primer intento y deja sobre la arena muchos  muertos y heridos.
  Cuando la otra flotilla entra en el puerto y comienza a abrir fuego sobre la ciudad, los cañones del fuerte repelen el ataque incendiando y destruyendo varias naves enemigas. El intento de desembarco en botes también es rechazado por los soldados asomados a las bocas de los túneles y por los cañones que continúan disparando sobre ellos.
  Es entonces que Blas de Lezo comprueba, entre eufórico y sorprendido, que las naves comienzan a virar y luego se alejan para dirigirse a mar abierto. Más sorprendido aún está el prior Desalins al ver que los navíos, varios de ellos con las arboladuras rotas y las velas despedazadas, se repliegan pasando frente al cerro de la Popa para reunirse con el resto de la flota. “Es sólo un golpe de suerte”, se afirma a sí mismo, “pero volverán las veces que sean necesarias, irremisiblemente”. Después continúa pressidiendo los rezos.

  Un cielo clareado por el plenilunio que espeja de escamas plateadas el mar, cubre la ciudad también aparentemente quieta. Pero es una quietud sólo simulada, porque cada cartagenero está velando sus armas. Y si no las posee, cualquier cosa les sirve de tales: cuchillos, improvisadas chuzas, recipientes  con agua pronta a ser calentada y arrojada desde los techos, palos, picos y hasta rústicos garrotes.
  Al día siguiente los intentos de la flota inglesa se repiten con los mismos resultados anteriores: naves averiadas, cañones inutilizados y hombres grotescamente despatarrados sobre el empedrado y la arena de la playa. También las casas de la ciudad, con sus floridas balconerías y sus frentes alegremente pinta- dos de vivos colores, sufren el cañoneo enemigo. Y también muchos cartageneros ofrendan sus vidas en defensa del  terruño.       
  El asedio y los repetidos ataques continúan durante interminables días, y cuando ya la resistencia de los defensores parece estar cediendo, un renovado ardor aguijonea el altivo espíritu de los cartageneros, que vuelven a enfrascarse en una lucha cuerpo a cuerpo con los invasores que han logrado penetrar en la ciudad. Una y otra vez estos son rechazados. Cuando                                        el general Carlos Suillars Desnaux se hace cargo del mando de las tropas defensoras, ya el desaliento ha cundido en las filas enemigas. Muchos barcos han sido hundidos o dañados, y un día, ante la in- credulidad del prior Desalins, la flota inglesa se va reagrupando en mar abierto para finalmente volver a retirarse.
  En las calles de la ciudad, en sus cercanías, en las cubiertas de los barcos, en las playas frente a las murallas y en el bello mar Caribe, más de la tercera parte de las tropas invasoras ha muerto o está gravemente herida. La euforia no invade aún la ciudad, pero algunas cartageneras ya se van atreviendo a asomarse a los balcones de madera para observar el regreso de los que han burlado a la muerte.
  El prior Desalins está exultante en el patio del convento de la Popa. “Esto es una prueba de que Dios está de nuestro lado, y que debemos continuar defendiendo nuestra fe contra los infieles”, le dice al abate Mariano. Luego agrega en voz baja: “Ve al palacio episcopal y asegúrate de que los juicios contra los impíos se reanuden de inmediato”. Pero antes de que el abate se marche sirve dos vasos de vino,  levanta el  suyo  y  brinda: “Por  el  triunfo de nuestra fe y el castigo eterno de los herejes”. Allá lejos, en el fuerte San Felipe, continúa ondeando airosa la bandera española.