“LA HEROICA”
“¡Poco podremos resistir!”, se lamenta
interior- mente el prior Jean Desalins oteando desde el convento Santa Cruz -
enclavado en el cerro de “la popa de la galera”- las marismas y los pantanos
que rodean el puerto y la ciudad amurallada. La imponente flota compuesta por
treinta y un mil hombres a bordo de ciento ochenta y un navíos y comandada por
el inglés Edward Vernon aún no se divisa, pero momentos antes un soldado le
traído el mensaje del general Blas de Leso anunciándole la poca resistencia
que han podido oponer los fuertes de San José y San Fernando -que custodian
ambos lados de Boca Chica, en la entrada de la bahía- para detener el paso de
la flota. Algún barco invasor ha sido dañado, pero rápidamente los cañones de
los fuertes han sido acallados y el convoy ha seguido su avance hacia Boca
Grande.
De Leso ha situado su mando en el macizo
fuerte de San Felipe de Barajas, levantado en el cerro San Lorenzo, y ha
distribuido trescientos soldados a lo largo de las murallas, baluartes y
torreones que rodean Cartagena de
Indias. En Boca Grande vigilan también seis navíos de guerra de buen porte y
bien artillados, pero que semejan sin
embargo indefensas orugas a la espera de un poderoso ejército de hor- migas.
Por
las callecitas empedradas de la ciudad ya no circulan las típicas carrozas y un
silencio opresivo flota en el bochorno húmedo de la siesta. Un calor sofocante
cubre de transpiración los cuerpos y las cabezas de los soldados cubiertos con
inadecuados uniformes y pesados morriones mientras permanecen en una tensa espera.
Desde los balcones de madera donde los geranios, los amarantos y las santarritas
despliegan un arcoiris de colores, alguna cartagenera curiosa se asoma para ver los semblantes ansiosos pero
contentos de unos soldados que apuran el paso quizá para escapar a la muerte o
tal vez di- rigiéndose irremisiblemente a su encuentro.
En la Plaza de los Coches ha cesado el
tráfico de esclavos para asentar allí un importante destaca-mento militar. En
Getsemaní, el barrio de los sirvientes, a algunos de ellos se los ha armado
con mosquetes y arcabuces para contribuir a la defensa de la ciudad, y los que
no han logrado obtener esas armas se han
provisto por su cuenta de facas, cu- chillos y hasta alguna lanza casera. Un
hálito an- anticipado de heroísmo cubre toda la ciudad de Cartagena.
Sin embargo, el prior Desalins ordena al
abate Mariano que reúna a los otros
curas y se dirijan al altar mayor para rezar no por la victoria, que considera
imposible, sino para suplicar por las almas de los que caerán, porque está
convencido de que toda resistencia será inútil. “Volverá a suceder”, se
resigna, recordando la destrucción y la muerte que un siglo y medio atrás, en
1586, produjera la toma de la ciudad por parte de sir Francis Drake.
También los juicios que los inquisidores
están llevando a cabo contra herejes, brujas, adoradores del cabro o contra
cualquier inocente receptor de la inquina o la envidia de algún supuesto
enemigo, han sido postergados.. El potro, el aplasta pulgares, el cordel, el
jarro de agua, el desgarrador de senos, la garucha, el peso de las brujas, el
extractor de uñas, la gota de agua, la horquilla del hereje, el aplastacabezas,
el garrote, el círculo de púas, el hacha, han dejado momentáneamente de
funcionar en el palacio episcopal.
El prior Desalins lamenta que ello debiera
suceder como consecuencia del ataque de la flota inglesa. “Los impíos deben
pagar, sean cuales fueren las circunstancias”, reflexiona. Pero de inmediato
dese- cha el pensamiento y se dispone a presidir los rezos por el alma de los
bienaventurados mártires que ascenderán al cielo cuando los ingleses tomen la
ciudad. También suplicará para que las almas de los atacantes que caigan -que está
seguro serán pocos- ardan para siempre en las purificadoras llamas del
infierno.
Cuando Blas de Lezo, desde la torre ubicada
en la cima del fuerte San Felipe, observa con su catalejo la primera
avanzadilla de naves que, con sus velas desplegadas avanzan para dirigirse al
puerto, ordena a su lugarteniente que avise a los artilleros apostados junto a
sus cañones en las troneras de las murallas, alistarse para disparar cuando él
lo indique. También ordena que los soldados guarecidos en los estrechos túneles
que van directamente al mar, se apresten a repeler el ataque.
Otro grupo de naves se ha ubicado frente a
las murallas que defienden la ciudad, y comienzan a ba- jar sus hombres a bordo de numerosos botes. Pero cuando estos
intentan desembarcar en la playa, una andanada de cañonazos y fusilería que
parte de los baluartes y los torreones
desbarata ese primer intento y deja sobre la arena muchos muertos y heridos.
Cuando la otra flotilla entra en el puerto y
comienza a abrir fuego sobre la ciudad, los cañones del fuerte repelen el
ataque incendiando y destruyendo varias naves enemigas. El intento de
desembarco en botes también es rechazado por los soldados asomados a las
bocas de los túneles y por los cañones que continúan disparando sobre ellos.
Es entonces que Blas de Lezo comprueba, entre
eufórico y sorprendido, que las naves comienzan a virar y luego se alejan para
dirigirse a mar abierto. Más sorprendido aún está el prior Desalins al ver que
los navíos, varios de ellos con las arboladuras rotas y las velas despedazadas,
se repliegan pasando frente al cerro de la Popa para reunirse con el resto de
la flota. “Es sólo un golpe de suerte”, se afirma a sí mismo, “pero volverán
las veces que sean necesarias, irremisiblemente”. Después continúa pressidiendo
los rezos.
Un cielo clareado por el plenilunio que espeja
de escamas plateadas el mar, cubre la ciudad también aparentemente quieta. Pero
es una quietud sólo simulada, porque cada cartagenero está velando sus armas. Y
si no las posee, cualquier cosa les sirve de tales: cuchillos, improvisadas
chuzas, recipientes con agua pronta a
ser calentada y arrojada desde los techos, palos, picos y hasta rústicos
garrotes.
Al día siguiente los intentos de la flota
inglesa se repiten con los mismos resultados anteriores: naves averiadas,
cañones inutilizados y hombres grotescamente despatarrados sobre el empedrado
y la arena de la playa. También las casas de la ciudad, con sus floridas
balconerías y sus frentes alegremente pinta- dos de vivos colores, sufren el
cañoneo enemigo. Y también muchos cartageneros ofrendan sus vidas en defensa
del terruño.
El asedio y los repetidos ataques continúan
durante interminables días, y cuando ya la resistencia de los defensores parece
estar cediendo, un renovado ardor aguijonea el altivo espíritu de los
cartageneros, que vuelven a enfrascarse en una lucha cuerpo a cuerpo con los
invasores que han logrado penetrar en la ciudad. Una y otra vez estos son
rechazados. Cuando el general
Carlos Suillars Desnaux se hace cargo del mando de las tropas defensoras, ya el
desaliento ha cundido en las filas enemigas. Muchos barcos han sido hundidos o
dañados, y un día, ante la in- credulidad del prior Desalins, la flota inglesa
se va reagrupando en mar abierto para finalmente volver a retirarse.
En las calles de la ciudad, en sus cercanías,
en las cubiertas de los barcos, en las playas frente a las murallas y en el
bello mar Caribe, más de la tercera parte de las tropas invasoras ha muerto o
está gravemente herida. La euforia no invade aún la ciudad, pero algunas
cartageneras ya se van atreviendo a asomarse a los balcones de madera para
observar el regreso de los que han burlado a la muerte.
El prior Desalins está exultante en el patio
del convento de la Popa. “Esto es una prueba de que Dios está de nuestro lado,
y que debemos continuar defendiendo nuestra fe contra los infieles”, le dice al
abate Mariano. Luego agrega en voz baja: “Ve al palacio episcopal y asegúrate
de que los juicios contra los impíos se reanuden de inmediato”. Pero antes de
que el abate se marche sirve dos vasos de vino, levanta el suyo y brinda: “Por el triunfo de nuestra fe y el
castigo eterno de los herejes”. Allá lejos, en el fuerte San Felipe, continúa
ondeando airosa la bandera española.
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