martes, 5 de enero de 2016

                             RELATIVISMO  Y RELIGIONES

  Desde la mera perspectiva del conocimiento humano -es decir, desligada del insondable misterio que envuelve al universo en sí-, la ambigüedad y el relativismo que campea en el pensamiento de la posmodernidad aparece como lógi-co y aparentemente irrebatible.
  Todo lo referido al quehacer humano es relativo, como también lo son sus conocimientos, ya que el hombre no posee medios válidos para aprehender la verdad absoluta y total que rige el destino tanto de los seres humanos como del universo todo. Como dice Vátimo(1), no hay una verdad objetiva “filosóficamente” hablando, sino sólo cuando nos ponemos de acuerdo en ello. Sin embargo, esto no significa que esa verdad objetiva física absoluta no exista y que el universo, en última instancia, no sea como es, de una sola manera y no de varias como cree el hombre en su visión relativista de las cosas y los hechos. Lo que sí resulta relativo es lo que el hombre piensa -y consiguientemente, hace-, es decir, lo que conoce con respecto al universo, pero no el modo de cómo el universo es en realidad. Kant(2) llamaba a esta realidad nóumeno, lo que existe per se pero no puede ser conocido.
Incluso desde una óptica puramente científica -pretedidamente demostrable-, el universo, con todo lo que lo integra, nunca dejará de ser, en última instancia, lo que es, más allá de cómo lo vemos y lo entendemos científicamente los seres humanos. Pero como al hombre, por las limitaciones  propias  de  su idiosincrasia, le está vedado conocer    esa verdad absoluta, última y total, no tiene otra alternativa que apelar al relativismo -teoría de la relatividad, teoría cuántica...- para explicar su esencia.
Desde el punto de vista del conocimiento, entonces, el actual relativismo científico y filosófico resulta válido, porque todo el quehacer humano, todo su pensamiento lógico y racional, está regido por la relatividad.
Las religiones, en cambio, que basan su existencia en dogmas, es decir, en la creencia de que su propio entendimiento   les   permite  conocer   las   verdades  últimas –casi siempre a través de la palabra divina-, fundamentan sus principios ético morales, tanto individuales como sociales, de acuerdo precisamente a esas creencias absolutas. El problema de las religiones consiste en que sus teólogos sólo creen conocer la verdad última -que denominan “divinidad”, “dios”, “creador”, etcétera-, pero no pueden demostrarla empíricamente. Resulta más que contradictorio, por ejemplo, que cada una de las diferentes religiones crean en una verdad determinada -que para ellos es la verdad- mientras que las demás creen a su vez en otra verdad, no sólo distinta, sino muchas veces opuesta a algunas de esas otras religiones. De todos modos resulta honesto reconocer que, al menos, esa creencia en el conocimiento de verdades absolutas les permite fundar principios sobre los cuales montar una ética, una moralidad y un sistema de convivencia social que a la ciencia y a la filosofía, por su relativismo, les resulta imposible efectuar.
  Creer en principios positivos parece ser una postura correcta y razonable. Lo que no lo parece tanto es la insistencia con que los teólogos pretender demostrar, ante los miembros de otras religiones o ante los agnósticos y ateos, que sólo los creyentes en esa determinada religión -sea ésta el cristianismo, el judaísmo, el Islam, el budismo, el hinduismo...- son los depositarios de la verdad absoluta y que sólo ellos serán “salvados”. Resulta fácilmente comprensible para cualquiera que no es necesario ser creyente de una determinada religión para poder basar sus actos en principios como la igualdad, la generosidad, el altruismo, la bondad, la solidaridad, la justicia. Se puede perfectamente creer -tener fe- en esos principios sin necesidad de seguir la palabra o los designios de Cristo, Mahoma, Moisés, Buda o Shiva. Al hombre racional, honesto y consciente de su honestidad, no le hace falta la religión para continuar siéndolo.
Los cristianos, por ejemplo, siempre han afirmado -y   lo siguen afirmando tozudamente por boca del ultracristiano René Girard y otros filósofos de la misma tendencia- que su religión es mejor y superior a cualquiera otra y que por lo tanto es la única salvífica. Pero ¿por qué debería ser de esa manera, si las otras religiones afirman lo mismo sobre sus propias creencias? Incluso dentro del mismo cristianismo, no hay más que observar las banales luchas en las que se enzarzan por envidia, fanatismo y superstición, las distintas vertientes que custodian el Santo Sepulcro en Jerusalem, para darse cuenta de la futilidad de sus motivaciones: ortodoxos que adoran la cruz de cuatro brazos, barbados  armenios y georgianos  del mar Caspio, coptos de Menfis descendientes de los adoradores del buey Apis, nestorianos de la antigua Caldea, oscuros abisinios, maronitas libaneses... Todos rivalizando con sus  ritos en el intento de ofrecer mejores ornamentos para la custodia del lugar. Los fundamentos esgrimidos por cada una de las distintas religiones para demostrar su superioridad no son para nada sólidos, o en todo caso lo son sólo para sus adeptos.
  Los cristianos, especialmente los católicos apostólicos romanos, afirman que el relativismo filosófico de la posmodernidad es inconsistente y hasta totalitario. Pero desde una perspectiva científica no lo es, porque racionalmente todo es relativo y rebatible, incluso las verdades científicas más firmes y fundamentadas que luego, en las distintas etapas históricas de la humanidad, fueron eliminadas y suplantadas por otras(3). (Por lo cual tampoco parece prudente aceptar a pie juntillas todas las verdades científicas; salvo, quizá, para un determinado momento de la civilización, pero nunca como algo consumado y definitivamente aceptado.) En resumen, que el relativismo del pensamiento parece ser la única certeza permitida al hombre.
  Por cierto que, después de aceptar el relativismo del pensamiento humano en todos sus ámbitos, se puede creer, además, que es bueno para el hombre no ser egoísta, ni aferrarse sólo al deseo individual de cada cual, etcétera, y propugnar éticas altruistas, solidarias, que tengan en cuenta al prójimo. Sin embargo, a pesar de ello siempre lo que piense y haga el hombre será, inevitablemente, susceptible de ser rebatido y, por lo tanto, relativo.        
  Si bien es cierto que nadie debería arrogarse la facultad de prohibir a otro individuo que crea tal o cual cosa, tampoco nadie tiene derecho a dictaminar que esas creencias deben concretarse únicamente a través de las religiones, ya que éstas basan su existencia en la aceptación de entes divinos y sobrenaturales que rigen la conciencia de los hombres, cuando lo más razonable sería reflexionar que sólo ésta -la conciencia- es la que le permite o le prohíbe al hombre pensar o hacer determinadas cosas. Por otro lado, tampoco debería olvidarse que en los fundamentos de casi todas las religiones -formulados, es cierto, cuando aún no existían las armas de destrucción masivas, los imperialismos económicos globales o las catastróficas hambrunas de los países pobres-, no hay condenas explícitas a la guerra, los genocidios, la esclavitud, la tortura o la supresión de la libertad.
  También es cierto que un relativismo extremo en cuestiones éticas y morales resulta sumamente peligroso, porque permite que, para lograr determinados fines, puedan emplearse medios como la tortura o el asesinato. De todas maneras, como el relativismo es inevitable en el pensamiento humano -porque cada cual es dueño de pensar como le parezca-, por lo menos parece razonable y positivo defender principios solidarios y no agresivos para con el prójimo en lugar de propugnar posturas extremas que intenten destruir a todos lo que no piensan como uno. Y esto vale tanto para las ideologías políticas -como el nazismo, las dictaduras militares o el imperialismo estadounidense-  como para las cuestiones étnicas o religiosas -como las guerras tribales africanas o el fundamentalismo islámico-.
Los filósofos ultra católicos no dejan de sentenciar que el cristianismo es la mejor de las religiones, sin percatarse, al parecer, de que esa sentencia lleva implícita la afirmación de que los creyentes de otras religiones son seres inferiores. Es cierto que el cristianismo pareciera llevar ventaja en el sentido de que Cristo perdonó a sus ejecutores, a diferencia del drástico “ojo por ojo, diente por diente”, del judaísmo o el islamismo. Pero el cristianismo es también ambivalente y contradictorio porque, a pesar de su postura de “poner la otra mejilla”, nunca dejó de denigrar al que no es cristiano, hasta llegar a los extremos de las Cruzadas o la Inquisición--o, en menor magnitud, del actual Opus Dei-. En este aspecto quizá la más tolerante de las religiones sea el budismo; pero ésta, en realidad, más que una religión es una forma de vida.

  En definitiva, no hay religiones mejores que otras. Unas pueden ser más racionales, otras más pacíficas, algunas más abiertas y tolerantes. Pero la pregunta final es: ¿por qué el hombre debe aferrarse a las religiones, cuando éstas no son en última instancia más que doctrinas dictadas por otros hombres, aunque lo hagan en nombre de supuestas palabras divinas? ¿Por qué no regirse por la propia conciencia, la que también nos puede ordenar que seamos buenos, solidarios y justos? Es cierto que es posible argüir que nuestra concien-cia  puede indicarnos, por  ejemplo, que es  bueno  matar al  prójimo. Pero ¿acaso cuando la religión católica torturaba y quemaba a los herejes en la hoguera no lo hacía también porque la conciencia de sus jerarcas así se los ordenaba? E incluso en la actualidad, estar en contra del uso de los profilácticos, por ejemplo, ¿no es condenar a muerte a millones de seres humanos que pueden enfermar de SIDA? Por supuesto que en el ámbito laico sucede lo mismo. Estar a favor de las dictaduras o los imperialismos, ¿no es aceptar, conscientemente, el exterminio del “otro”?



1 comentario:

  1. Estimado Sr. Carlos Gili: Mi nombre es Mariana Valle y estoy haciendo mi tesis de doctorado, en parte, sobre algunas narraciones de los autores que conformaron el Grupo de Escritores de la Cañada. En concreto, necesitaba un libro de Ud. llamado "La Sombra del Águila", el cual no he podido conseguir por ninguna otra via. Si ud. puede ayudarme le pido que me envíe un correo a mariana_valle17@hotmail.com. Saludos Cordiales desde ya.
    www.ladoctaliteraria.blogspot.com.ar

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