Del libro inédito Otros cielos-tomo2-
MASADA
Mientras contempla
los juegos de sus hijos Maritza y Salomón, escenas terribles se empeñan en
machacar la memoria de Myriam Ben Yair, sentada en el patio de la familia que
los acogiera.
Su aparente
tranquilidad es ficticia. Aunque por las noches el sueño viene a aposentarse en su cerebro, su permanencia es
tan fugaz que parece un simulacro. Casi de inmediato los llantos y los quejidos
desesperados invaden su descanso y la despiertan sobresaltada. En la oscuridad
de la habitación sus pupilas dilatadas rememoran una y otra vez las escenas que
presenciara allá en Masada, en la alta meseta que recorta su imponente mole
sobre el desierto de Judea, a orillas del Mar Muerto. En esa Masada en la
otrora el rey Herodes el Grande mandara construir un palacio colgante de tres
niveles para huir con su familia de los rigores del desierto. También en Masada
de día hacía calor, pero durante las noches, a causa de la altura, el aire se
enfriaba. Y para paliar el tórrido clima, Herodes había construido el frigidarium.
Sólo quedaban los
vestigios del viejo palacio cuando, en el año 70 D.C., Myriam, su esposo y sus
dos hijos pequeños, junto a un grupo de sicarios -una tribu escindida de los zelotes-, se refugiaron en la
fortaleza huyendo de los romanos, que habían destruido Jerusalem. Luego de
sufrir toda clase de penurias en la travesía del desierto llegaron al oasis de
Ein Guedi, un bálsamo de frescura, y finalmente llegaron a la meseta.
El líder de los
fugitivos era Eleazar Ben Yair, quien de inmediato ordenó la defensa ante la
probabilidad de una ataque romano. Los primeros tiempos fueron de paz, pero de
una paz atenta, recelosa y plena de trabajos. Se construyeron otra muralla
interior, atalayas y se acumularon víveres.
No era la primera vez
que a Masada la ocupaban los judíos. En el año 66, primero los zelotes y luego
los sicarios, se sublevaron contra el poder romano. El líder sicario Menagen y
su gente entraron entonces a la fortaleza y degollaron a los integrantes de la
guarnición romana que la custodiaba. En el palacio septentrional, la
construcción romana colgante de tres niveles levantada por Herodes, encontraron
armas y municiones para abastecer a diez mil hombres, además de almacenes
repletos de víveres.
En el año 70 otro de
los jefes judíos, Simón Ben Giora, se dirigió desde allí a Jerusalem para
tratar de coordinar un levantamiento, pero fue apresado y ejecutado por los
romanos. Estos desataron entonces una violenta represión destinada a aplastar
definitivamente cualquier resistencia judía, y destruyeron e incendiaron no
sólo el sagrado templo levantado por Herodes, sino toda la ciudad. Fue entonces
que el grupo de sicarios comandados por Eleazar Ben Yair huyó a través del
desierto para intentar resistir desde Masada un probable ataque romano. Y
aunque durante un tiempo este no se produjo, finalmente, en el año 72, Lucio
Flavio Silva al mando de 9.000 soldados puso sitio a la fortaleza.
Desde las alturas
Eleazar Ben Yair y su gente contemplaban cómo los romanos levantaban ocho
campamentos para rodear la ciudadela y cómo, en la ladera occidental, empezaban
a acumular toneladas de piedra para construir una rampa que llegara a las
murallas. Aunque la tenacidad de los romanos era igualada por la de los judíos,
que reforzaban al máximo las defensas internas, finalmente, después de siete
meses de asedio y con la rampa ya terminada, Silva decidió el asalto final.
El arma principal de
ataque era una alta torre de madera desde la que se lanzaban ingentes
cantidades de grandes piedras, escorpiones y balistas, mientras que un ariete
machacaba persistentemente la base de la muralla para tratar de abrir una
brecha que les permitiera a los soldados penetrar en la fortaleza.
A pesar de la
determinación y valentía con que su primo dirigía la defensa, Myriam no podía
dejar de sentir un intenso temor por su suerte y la de sus hijos. Su marido
había muerto en la destrucción de Jerusalem, y ella y su primo eran la única
protección con la que contaban los pequeños. La resistencia que oponían los
sitiados, aunque tenaz, no lograba en modo alguno contener el ataque de los
romanos. Las piedras y antorchas que se arrojaban desde adentro no podían
compararse con las que lanzaban las poderosas catapultas de los invasores.
Una luz de esperanza
iluminó el ánimo de Myriam y los demás defensores cuando algunas de las teas
arrojadas desde el interior comenzaron a incendiar la torre de los atacantes,
pero un imprevisto viento del este alejó prontamente el fuego. Cuando los
romanos lograron al fin demoler parte de la muralla externa, se encontraron con
la sorpresa del muro interior. Pero como este no era tan sólido como el otro,
Silva ordenó prenderle fuego.
El escenario dantesco
que ofrecía la fortaleza al caer la noche, con enormes llamaradas elevándose
hacia el cielo iluminado por una gigantesca y bella luna de oriente, le hizo
comprender a Eleazar ben Yair que todo estaba perdido. Llamó a todos sus
hombres y le expuso su plan, y aunque algunos dudaron, finalmente todos
terminaron por aceptar que era lo mejor, y se juramentaron para cumplirlo.
Myriam, junto a otras
mujeres, ancianos y niños, permanecía alejada del cónclave, pero presentía que
el desenlace era inminente. Mientras el fuego comenzaba a destruir la muralla
interna, Eleazar y sus hombres dieron comienzo a su penosa tarea.
Al comprobar los
apresurados movimientos de su primo y sus ayudantes, Myriam comprendió que si
no actuaba de inmediato sus hijos y ella misma no tendrían porvenir.
Escabulléndose silenciosamente se dirigió a las ha- bitaciones posteriores. Al
sentir pasos detrás de ella y darse vuelta asustada, vio que una anciana que le
había tomado cariño a Maritza y Salomón la seguía. El asentimiento que refulgió
en los ojos de las dos mujeres cuando sus miradas se cruzaron en el resplandor
de las llamas, hizo que Myriam y sus hijos prosiguieran la marcha seguidos
ahora por la anciana. Llegaron a un escondite algo alejado de las habitaciones
principales y allí, abrazada a sus hijos, en el cerebro de Myriam se
incrustaron apara siempre los llantos, los gemidos y las negaciones de las
otras mujeres, niños y ancianos que habitaban la fortaleza.
Después de unos
minutos en que reinó el silencio, los golpes secos de los aceros le indicaron
que también la tarea de los diez hombres sorteados por sus propios compañeros
había sido cumplida. Finalmente, el último hombre elegido fue el encargado de
prender fuego al resto de la ciudadela, a excepción de los almacenes para que
los atacantes comprobaran que no habían tomado esa decisión ni por
desesperación ni por hambre sino con plena conciencia de sus actos, para evitar
ser tomados prisioneros y luego, quizá, ser torturados y ejecutados por sus
captores. Cuando el último hombre se inmoló, también el fuego, compasivo, se
fue atenuando hasta apagarse antes de entrar al escondite de Myriam.
Un silencio ominoso
se fue extendiendo por la fortaleza y los alrededores, hasta que la muralla
interna quedó completamente destruida. Otra luz que venía de oriente comenzó a
cubrir la meseta mientras que a sus pies, en el desierto de Judea y en el Mar
Muerto aún reinaba la oscuridad. Cuando la claridad se intensificó y comenzaron
a oírse los ruidos producidos por los soldados al despertarse, Lucio Flavio
Silva dio la orden de entrar en la ciudadela.
La desolación era
total; todo estaba destruido por las piedras y el fuego. Tapizando el piso con
su horror, la sangre, las cenizas y los cadáveres semicalcinados se esparcían
por todos lados. Sólo algunos cuerpos permanecían indemnes, y en ellos Silva y
sus hombres pudieron descubrir las huellas del martirio. La sorpresa en el
rostro del comandante fue igual a la que se dibujó en el semblante del soldado
que traía consigo a las dos mujeres y los niños. Cuando estos le relataron a
Silva el heroísmo de los defensores, el comandante decidió perdonarles la vida.
Por eso ahora Myriam
finge una tranquilidad que no siente, para que sus hijos puedan seguir jugando
alegres y despreocupados en el patio de esa casa de Betania.