“Del libro -inédito- OTROS CIELOS -tomo2-
SOWETO
Los quejidos de
dolor, cubiertos por los gritos autoritarios, el taladrar de los barrenos y
el chirriante deslizamiento de los vagones sobre los rieles, producen cierto
desasosiego en la sensibilidad de Seku Mabuto. Pero no alcanzan a desplazar la
evocación de los otros sonidos, los auténticamente dolorosos, porque los de
ahora son emitidos sólo por los altavoces del museo “África” para dramatizar la
representación de la vida en los primitivos yacimientos de oro y diamantes
cercanos a Johanesburgo. Por otro lado, además de ficticios, las bocas que
exhalaban esos ayes de dolor podían ser tanto de hombres de su raza como de los
otros, los blancos, porque en la explotación de las minas no importaba el color
de la piel sino la resistencia al trabajo, y por eso había allí tanto blancos
como negros, asiáticos o árabes. En cambio en Soweto no. Allí los gritos de
dolor, que permanecían como aguijones inalterables clavados en su memoria, eran
sólo de los negros. Y sobresaliendo de los otros, estaban desde siempre las
voces de sus padres al morir.
Cuando aquellos
blancos bajaron de la camioneta y comenzaron a disparar sus armas, el instinto
conminó a Seku a huir para esconderse tras unas derruidas tapias. Él estaba
jugando con unos amigos en la calle y la visión del inminente apocalipsis le
permitió escapar a tiempo. Pero sus padres estaban dentro de la casa, y cuando
atinaron a salir a la calle ya era demasiado tarde; los gritos de súplica de su
madre no calmaron a los blancos, que tiraron a matar. Lo último que escuchó de
sus padres fue su propio nombre aflorando dolorido de los labios de su madre y
el último insulto de su padre apagado por los tiros. El instante se cristalizó
en su memoria, y el aullido de dolor que no emitió su garganta quedó reprimido
para siempre en lo más profundo de su espíritu.
Cuando los hombres
blancos se dirigieron a otra casa distante unos metros de la suya y repitieron
el macabro procedimiento con sus moradores, Seku salió de su escondite y,
arrodillado ante sus padres muertos, mientras les daba el último beso
sollozando, sus tiernos once años juraron venganza.
Su padre había sido
un militante que siempre sobresalía en la vanguardia de las protestas contra el
apartheid que con frecuencia se
producían en Soweto. Y cuando estas se intensificaron, pronto el adolescente
Seku estuvo, como su padre, al frente de ellas. Los blancos respondieron con
más represión y más muertes, y aún no tenía catorce años cuando conoció por primera
vez la cárcel. El encierro no sólo no aplacó su odio, sino que lo acrecentó. Y
el juramento de venganza se reiteró cada vez que volvió a entrar a la cárcel o
que algún compañero cayó bajo las balas blancas.
Cuando Nelson Mandela
fue liberado por el gobierno de De Klerk, Sekú vislumbró la posibilidad de la
venganza. Aún no podía salir de Soweto, pero presentía que la liberación de su
gente se aproximaba. Adquirió un arma de grueso calibre y se instruyó en su
uso. Y cuando finalmente el triunfo de Mandela en las futuras elecciones
parecía ya un hecho consumado, se trasladó a Johanesburgo para cumplir su
juramento.
Recorriendo las
calles de la ciudad pudo comprobar que no era el único portador de un odio
cotidianamente renovado. Las miradas torvas, los gestos hoscos de los negros,
le fueron confirmando que la mayoría de ellos, su gente, sentía lo mismo que
él. Entonces escupió frente al monumento del pionero blanco emplazado en el
centro de la ciudad, y se condolió al comprobar que, a pesar del fin del apartheid, los negros seguían realizando
la tarea de barrer las calles, acarrear los cajones de los comercios o
vagabundear en procura del aún más denigrante quehacer del arrebato a los
turistas. Sólo unos pocos tenían ya sus propios puestos callejeros de venta de
baratijas, o practicaban sus oficios, como los peluqueros y barberos, en plena
acera.
Sin embrago, a pesar
del marginamiento, pudo comprobar también que, al menos, ya no eran humillados,
denigrados y pisoteados por los blancos. Estos parecían haberse esfumado de las
calles, y por ellas transitaba ahora una marea negra que, imaginaba, arrasaría
con todos los blancos cuando Mandela fuera presidente.
Se animó a recorrer también los barrios residenciales
altos, los ubicados en los cerros de las afueras de la ciudad. Pero incluso
allí los blancos parecían estar encerrados en sus mansiones, porque las calles
permanecían desiertas.
Con el espíritu
conturbado por el ansia de venganza, concurrió al acto de asunción del
presidente Nelson Mandela. Su fantasía había imaginado cómo ejecutaría esa
venganza. Su objetivo inicial sería el primer blanco por el que se sintiera
ofendido de alguna manera, aunque sólo fuese con la mirada, y luego seguiría
con otros que estuvieran cerca. Pero ya en el acto, en medio de la multitud que
aclamaba a Mandela, se sorprendió al comprobar que las exclamaciones de la
gente no estaban signadas por el odio, que no eran de ofensa contra los blancos
sino simplemente de adhesión y afecto hacia el carismático líder. Y a medida que
las palabras de Mandela exaltaban el valor del perdón -aunque sin olvido- y
afirmaban la necesidad de una acelerada reconciliación y la reconstrucción de
un país tolerante, multicultural y multiétnico, Seku sintió por primera vez que
su odio se iba aplacando. Y mientras Mandela seguía exhortando a consolidar una
paz que evitara la guerra civil, a apaciguar el rencor aunque sin negar el
conflicto producto de las diferencias, Seku comprendió que el líder tenía
razón, que quizá no fuera necesaria la venganza reclamada por el asesinato de
sus padres. Y aunque los gritos de estos al morir seguían clavados en su
corazón, su mente comenzó a razonar de otra manera.
Al retirarse del
acto, mezclado con esa marea humana que, pudo comprender, no pretendía arrasar
con todos los blancos sino solamente exigir sus derechos, los derechos de la
mayoría negra, ya casi había desistido de ejecutar su promesa. Al ver a unos
cuantos blancos que también habían concurrido a brindar su apoyo al nuevo
presidente, sintiendo su proximidad y su rancio olor mezclado al olor
penetrante de su gente, tomó conciencia de la diversidad, de las diferencias
que sin embrago permitirían también la convivencia. Y aunque aún lo
aguijoneaban las trágicas voces de sus padres emergiendo sobre las exclamaciones
de alegría, tomó la decisión de aplazar su venganza, al menos por el momento.
Todavía aturdido por
el cúmulo de sentimientos que lo habían embargado durante el acto, se dirigió a
la pensión donde vivía, envolvió el arma y la aguardó debajo del colchón.
Y ahora, mientras
recorre el museo creado por Mandela para que no se olvidaran los horrores del apartheid, Seku se aleja de los gritos
que emiten los altavoces del área dedicada a los pioneros. Y lentamente,
demorando sus pasos como si le doliera avanzar, se dirige primero hacia la zona
donde se recrea la servidumbre que los negros debía soportar de los blancos en
la época del appartheid, esas
cárceles en las que él mismo había sufrido la vergüenza de reconocer que muchos
de los carceleros eran gente de su propia raza, esbirros de los blancos. Y luego, cada vez más dolorosamente, se
aproxima al área donde se simulan las cárceles donde eran encerrados,
brutalmente golpeados y muchas veces asesinados, los negros que osaban
protestar contra el régimen.
Lágrimas que no
alcanzan a brotar pero que queman en las pupilas, empañan por un momento la
visión de Seku cuando entra en la zona de reconstrucción de Soweto, su pueblo.
Las miserables condiciones de vida de sus habitantes son rememoradas por Seku en
la oscuridad de las casuchas, de las que emergen ficticios llantos de niños y
apagados susurros de madres. Las pintadas de protesta en los frentes de las
casas le recuerdan la ira con la que él mismo las pintara. Y aunque sus pies
parecieran no obedecer sus órdenes de avance, finalmente llega hasta donde,
colgados de las paredes y en pequeñas plataformas fijadas en el piso, están las
fotos y los nombres de tantos negros muertos por la represión. Allí, gritándole
con las mismas voces que les escuchara antes de morir, están también las fotos
y los nombres de sus padres.
Mordiéndose los
labios con unas lágrimas ahora sí imposibles de detener, luego de unos segundos
interminables su cerebro acalla su corazón que está gritando venganza y,
mirando las imágenes de sus padres, les suplica con el pensamiento: “Perdón,
pero no puedo hacerlo. No seré un asesino como ellos.”
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