sábado, 25 de enero de 2014

Del libro inédito Otros cielos-tomo2-


MASADA

  Mientras contempla los juegos de sus hijos Maritza y Salomón, escenas terribles se empeñan en machacar la memoria de Myriam Ben Yair, sentada en el patio de la familia que los acogiera.
  Su aparente tranquilidad es ficticia. Aunque por las noches el sueño viene a  aposentarse en su cerebro, su permanencia es tan fugaz que parece un simulacro. Casi de inmediato los llantos y los quejidos desesperados invaden su descanso y la despiertan sobresaltada. En la oscuridad de la habitación sus pupilas dilatadas rememoran una y otra vez las escenas que presenciara allá en Masada, en la alta meseta que recorta su imponente mole sobre el desierto de Judea, a orillas del Mar Muerto. En esa Masada en la otrora el rey Herodes el Grande mandara construir un palacio colgante de tres niveles para huir con su familia de los rigores del desierto. También en Masada de día hacía calor, pero durante las noches, a causa de la altura, el aire se enfriaba. Y para paliar el tórrido clima, Herodes había construido el frigidarium.
  Sólo quedaban los vestigios del viejo palacio cuando, en el año 70 D.C., Myriam, su esposo y sus dos hijos pequeños, junto a un grupo de sicarios -una tribu escindida de los zelotes-, se refugiaron en la fortaleza huyendo de los romanos, que habían destruido Jerusalem. Luego de sufrir toda clase de penurias en la travesía del desierto llegaron al oasis de Ein Guedi, un bálsamo de frescura, y finalmente llegaron a la meseta.
  El líder de los fugitivos era Eleazar Ben Yair, quien de inmediato ordenó la defensa ante la probabilidad de una ataque romano. Los primeros tiempos fueron de paz, pero de una paz atenta, recelosa y plena de trabajos. Se construyeron otra muralla interior, atalayas y se acumularon víveres.
  No era la primera vez que a Masada la ocupaban los judíos. En el año 66, primero los zelotes y luego los sicarios, se sublevaron contra el poder romano. El líder sicario Menagen y su gente entraron entonces a la fortaleza y degollaron a los integrantes de la guarnición romana que la custodiaba. En el palacio septentrional, la construcción romana colgante de tres niveles levantada por Herodes, encontraron armas y municiones para abastecer a diez mil hombres, además de almacenes repletos de víveres.
  En el año 70 otro de los jefes judíos, Simón Ben Giora, se dirigió desde allí a Jerusalem para tratar de coordinar un levantamiento, pero fue apresado y ejecutado por los romanos. Estos desataron entonces una violenta represión destinada a aplastar definitivamente cualquier resistencia judía, y destruyeron e incendiaron no sólo el sagrado templo levantado por Herodes, sino toda la ciudad. Fue entonces que el grupo de sicarios comandados por Eleazar Ben Yair huyó a través del desierto para intentar resistir desde Masada un probable ataque romano. Y aunque durante un tiempo este no se produjo, finalmente, en el año 72, Lucio Flavio Silva al mando de 9.000 soldados puso sitio a la fortaleza.

  Desde las alturas Eleazar Ben Yair y su gente contemplaban cómo los romanos levantaban ocho campamentos para rodear la ciudadela y cómo, en la ladera occidental, empezaban a acumular toneladas de piedra para construir una rampa que llegara a las murallas. Aunque la tenacidad de los romanos era igualada por la de los judíos, que reforzaban al máximo las defensas internas, finalmente, después de siete meses de asedio y con la rampa ya terminada, Silva decidió el asalto final.
  El arma principal de ataque era una alta torre de madera desde la que se lanzaban ingentes cantidades de grandes piedras, escorpiones y balistas, mientras que un ariete machacaba persistentemente la base de la muralla para tratar de abrir una brecha que les permitiera a los soldados penetrar en la fortaleza.
  A pesar de la determinación y valentía con que su primo dirigía la defensa, Myriam no podía dejar de sentir un intenso temor por su suerte y la de sus hijos. Su marido había muerto en la destrucción de Jerusalem, y ella y su primo eran la única protección con la que contaban los pequeños. La resistencia que oponían los sitiados, aunque tenaz, no lograba en modo alguno contener el ataque de los romanos. Las piedras y antorchas que se arrojaban desde adentro no podían compararse con las que lanzaban las poderosas catapultas de los invasores.
  Una luz de esperanza iluminó el ánimo de Myriam y los demás defensores cuando algunas de las teas arrojadas desde el interior comenzaron a incendiar la torre de los atacantes, pero un imprevisto viento del este alejó prontamente el fuego. Cuando los romanos lograron al fin demoler parte de la muralla externa, se encontraron con la sorpresa del muro interior. Pero como este no era tan sólido como el otro, Silva ordenó prenderle fuego.
  El escenario dantesco que ofrecía la fortaleza al caer la noche, con enormes llamaradas elevándose hacia el cielo iluminado por una gigantesca y bella luna de oriente, le hizo comprender a Eleazar ben Yair que todo estaba perdido. Llamó a todos sus hombres y le expuso su plan, y aunque algunos dudaron, finalmente todos terminaron por aceptar que era lo mejor, y se juramentaron para cumplirlo.
  Myriam, junto a otras mujeres, ancianos y niños, permanecía alejada del cónclave, pero presentía que el desenlace era inminente. Mientras el fuego comenzaba a destruir la muralla interna, Eleazar y sus hombres dieron comienzo a su penosa tarea.
  Al comprobar los apresurados movimientos de su primo y sus ayudantes, Myriam comprendió que si no actuaba de inmediato sus hijos y ella misma no tendrían porvenir. Escabulléndose silenciosamente se dirigió a las ha- bitaciones posteriores. Al sentir pasos detrás de ella y darse vuelta asustada, vio que una anciana que le había tomado cariño a Maritza y Salomón la seguía. El asentimiento que refulgió en los ojos de las dos mujeres cuando sus miradas se cruzaron en el resplandor de las llamas, hizo que Myriam y sus hijos prosiguieran la marcha seguidos ahora por la anciana. Llegaron a un escondite algo alejado de las habitaciones principales y allí, abrazada a sus hijos, en el cerebro de Myriam se incrustaron apara siempre los llantos, los gemidos y las negaciones de las otras mujeres, niños y ancianos que habitaban la fortaleza.
  Después de unos minutos en que reinó el silencio, los golpes secos de los aceros le indicaron que también la tarea de los diez hombres sorteados por sus propios compañeros había sido cumplida. Finalmente, el último hombre elegido fue el encargado de prender fuego al resto de la ciudadela, a excepción de los almacenes para que los atacantes comprobaran que no habían tomado esa decisión ni por desesperación ni por hambre sino con plena conciencia de sus actos, para evitar ser tomados prisioneros y luego, quizá, ser torturados y ejecutados por sus captores. Cuando el último hombre se inmoló, también el fuego, compasivo, se fue atenuando hasta apagarse antes de entrar al escondite de Myriam.
  Un silencio ominoso se fue extendiendo por la fortaleza y los alrededores, hasta que la muralla interna quedó completamente destruida. Otra luz que venía de oriente comenzó a cubrir la meseta mientras que a sus pies, en el desierto de Judea y en el Mar Muerto aún reinaba la oscuridad. Cuando la claridad se intensificó y comenzaron a oírse los ruidos producidos por los soldados al despertarse, Lucio Flavio Silva dio la orden de entrar en la ciudadela.
  La desolación era total; todo estaba destruido por las piedras y el fuego. Tapizando el piso con su horror, la sangre, las cenizas y los cadáveres semicalcinados se esparcían por todos lados. Sólo algunos cuerpos permanecían indemnes, y en ellos Silva y sus hombres pudieron descubrir las huellas del martirio. La sorpresa en el rostro del comandante fue igual a la que se dibujó en el semblante del soldado que traía consigo a las dos mujeres y los niños. Cuando estos le relataron a Silva el heroísmo de los defensores, el comandante decidió perdonarles la vida.
  Por eso ahora Myriam finge una tranquilidad que no siente, para que sus hijos puedan seguir jugando alegres y despreocupados en el patio de esa casa de Betania.
 
 


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