viernes, 6 de junio de 2014

El peñón

EL PEÑÓN

  El bucólico paisaje que va atravesando el lento y acompasado bogar de la chalupa conducida por Wilfred Koestler acompaña los plácidos pensamientos del muchacho. Viene de visitar a su novia que vive en las proximidades de Coblenza, y está regresando a su pueblo erigido en una suave estribación en la margen izquierda del Rhin. También ha aprovechado el viaje para vender sus artesanías y proveerse de algunos alimentos y mercaderías cuyos precios son más accesibles que en su pueblo, por lo cual su espíritu se halla en un estado que podría asimilarse a la plena felicidad. Gerta lo ama, y él a ella; su pasar económico, producto de sus trabajos en madera, es lo suficientemente sólido como para permitirle casarse pronto, y las pequeñas ventajas comerciales que obtiene en cada viaje lo ayudan también a consolidar su patrimonio. De modo que, aunque el viaje a través del río resulta bastante agotador, Wilfed deja vagar su pensamiento por acogedoras comarcas sentimentales mientras va contemplando los pequeños poblados que salpican ambas márgenes del río y los imponentes castillos que coronan las cimas de las colinas circundantes.
  El Rhin se desliza manso a través de los prados, y sólo más adelante, cerca del castillo “del Gato”, se estrecha y encajona al pasar entre peñascos que forman rápidos no demasiado peligrosos. Sin embargo, en los días de lluvia y de tormenta, el río crece de tal modo que las rocas que emergen de su lecho desaparecen de la superficie del agua, impidiendo a los navegantes sortearlos sin inconvenientes. Periódicamente se producen allí naufragios de pequeñas embarcaciones con las consiguientes pérdidas de vidas. Pero ello sucede sólo esporádicamente, y Wilfred siempre ha tenido la precaución de no emprender viaje si las condiciones meteorológicas no son favorables. Por otro lado, nunca ha dado crédito a la leyenda que sostiene la existencia de una bella mujer, Loreley, que en los días de borrasca aparece en la cima del peñasco para atraer con su canto melodioso a los desprevenidos navegantes.
   Pensando en Gerta y en su próximo casamiento mientras contempla las macizas moles de los castillos que se yerguen como atalayas naturales, vigilantes, esperando todavía el imposible ataque de pretéritas cabalgaduras montadas por nobles caballeros, Wilfred ha ido disminuyendo insensiblemente el ritmo impuesto a sus remos, y recién cuando se da cuenta de que el sol ha declinado más rápidamente de lo previsto, vuelve a imprimir a sus brazos una energía que se había esfumado de su cuerpo.
  Aunque unas nubes bajas y plomizas que se han ido elevando desde el horizonte terminan por acicatearle la urgencia, no se preocupa demasiado porque sabe que su destino no está lejos, y que una vez atravesados los rápidos el río volverá a tornarse apacible permitiéndole llegar a su pueblo antes de que lo envuelva la oscuridad.
  Pero las nubes parecen avanzar al mismo ritmo vertiginoso que él le ha impuesto ahora a sus brazos, y cuando aparece en la lejanía el alto peñasco que se eleva en medio de un recodo del río, ya los relámpagos y los truenos han ido plasmando en el cielo un escenario dantesco. Las primeras gotas caen cuando divisa nítidamente el peñasco y al llegar a los rápidos la tormenta se ha desatado con toda su furia. Antes de aproximarse a ellos había considerado la posibilidad de salir del río y esperar en la ribera que la borrasca amainara, pero al considerar que la espera traería consigo la caída de la noche y que luego debería atravesar los rápidos en la oscuridad, ha decidido atravesarlos a pesar de la tormenta para encarar después el trayecto final en la parte mansa del río.
  Está sorteando con éxito las rocas que aún emergen del agua a pesar de que el río está creciendo, cuando comienza a oír, primero débilmente pero luego con total claridad, los versos de un antiguo lead germánico de Heine cantado por una dulcísima voz de mujer. Trata de dominar su aprensión atribuyendo el portento a su imaginación, pero el canto es tan nítido y la voz tan dulce que no puede evitar mirar hacia lo alto del peñasco. Y entonces su aprensión se convierte en pánico al divisar a la hermosa muchacha que, en la cima de la colina, extiende sus brazos mientras prosigue con su canto. A la luz incierta del crepúsculo y reflejados por los relámpagos que a trechos iluminan el cielo, Wilfred  contempla absorto la larga cabellera rubia, el tierno rostro y el sensual cuerpo desnudo de la joven. Esta continúa cantando cuando Wilfred, que ha detenido el movimiento de sus brazos sobre los remos dejando que la frágil embarcación flote a la deriva, siente una fuerza extraña que lo compele a arrojarse al agua para tratar de reunirse con la muchacha. Intenta luchar pensando en Gerta, en su familia, pero la atracción producida por el canto y por la visión resulta irrefrenable. Y cuando en la pugna entre sus sentimientos parece finalmente estar primando la cordura y se dispone a continuar remando, la chalupa choca violentamente contra una roca y lo arroja al cauce del río.
  En su desesperación no siente el frío del agua ni el dolor de las magulladuras que las rocas van produciendo en su cuerpo. Sólo escucha el melodioso canto y, aunque la débil luz del crepúsculo ya está casi totalmente opacada por la oscuridad, su deseo lo impulsa todavía a mirar, por última vez, la cima del peñasco para vislumbrar, peinando su cabellera, la etérea figura que se va esfumando lentamente con su canto. Después se desvanece, mientras los pedazos de la chalupa destruida van dejando atrás las últimas piedras de los rápidos.
  Cuando despierta, ya no escucha la voz de Loreley, sino únicamente el murmullo del río. Vomita el agua que ha tragado y poco a poco, penosamente, se incorpora para alejarse de la orilla donde la corriente lo ha arrojado. Al abrigo de unos arbustos espera que la tormenta amaine, y luego el cansancio lo adormece. En la duermevela que lo envuelve durante la noche su imaginación vuelve a escuchar por momentos el canto del lied, pero la primera claridad del alba lo devuelve finalmente a la realidad. Una realidad que para Wilfred Koestler ya no será nunca más la misma, porque siempre lo perseguirán la imagen y la voz de Loreley llamándolo desde el peñasco.









No hay comentarios:

Publicar un comentario