lunes, 17 de marzo de 2014



TONIO Y LOS FADOS

  Tonio frunce los párpados ante ese violento sol de junio que castiga impiadoso sus pupilas. Abajo, las techumbres de Lisboa reverberan bajo el implacable calor de la siesta.
  Con un ágil salto se encarama en el cañón que simula custodiar las murallas del castillo San Jorge, en la colina más alta de la ciudad. Aunque ya tiene veintiséis años, la sonrisa aniñada, el ensortijado pelo rubio y el cuerpo pequeño pero esbelto le confieren un aspecto adolescente. El rostro denota la alegría que lo embarga por haber vuelto a la ciudad después de varios meses de ausencia.
  No es que hubiera estado lejos; Cachilas está apenas en la otra orilla del estuario del Tajo, y desde allí puede distinguirse el chato horizonte de Lisboa cortado apenas por la verde colina donde está emplazado el castillo. Ese castillo desde el que ahora Tonio otea Lisboa buscando descubrir alguna de las empinadas escalinatas que permiten descender desde la colina hasta el barrio de Alfama.
  Cerca de la plaza Del Comercio, frente al Tajo, había subido a un vetusto tranvía amarillo que lo fue acercando con un lento ascenso por una tortuosa callecita hasta Alfama, donde mujeres vestidas de negro con pañuelos en la cabeza colgaban y descolgaban frente a sus casas la ropa lavada en alguna fuente pública. Un olor de harinas cocidas y dulces mezclado con pescado frito le había deleitado el olfato mientras ascendía hacia la colina del castillo acompañado por el lamento quejumbroso de un fado que se filtraba por alguna ventana.
  Un sentimiento piadoso lo había entristecido un poco al pasar frente a la austera fachada de la Catedral  y recordar la no lejana muerte de su madre. Porque había sido precisamente después de esa muerte que aceptó la oferta de Faisal.
  No hacía mucho que Faisal había desembar- cado ilegalmente junto a una docena de marroquíes en la costa del Algarve, y en poco tiempo consiguió ascender varios peldaños en la estructura de una red de narcotraficantes hasta lograr ser designado reclutador de vendedores. “Chico, si quieres ser buen vendedor, nunca consumas”, le había dicho a Tonio luego de concretar su entrada en la organización. Y aunque alguna que otra vez probó el haschís,  siempre logró permanecer alejado de la adicción.
  Al principio su misión consistió en ofrecer discretamente y a media voz la mercadería a los turistas que deambulaban por la plaza del Comercio, y a la vez llevar algún paquete a consumidores de distintos barrios de la ciudad. Aunque todavía aldeana y recatada, en la década del setenta ciertas zonas de Lisboa ya comenzaban a parecerse a los bulliciosos y excitantes  centro de otras capitales europeas. La euforia que producía en Tonio todo ese movimiento humano, unido al peligro que presuponía su actividad, lo sumía en un vértigo muy distinto al tranquilo y señorial recato de la Beja de su infancia, allá en el desolado y caliente Algarve.
  Luego de contemplar en la lejanía la imponente silueta del puente Salazar que une las dos márgenes del ancho Tajo, entrecierra los ojos para intentar descubrir en la otra orilla algunas zonas de Cachilas que fueron sus lugares de residencia durante los últimos meses. Su exilio en Cachilas no había sido voluntario, ya que debió abandonar apresu- radamente Lisboa cuando supo que Faisal se había enterado de su traición. La suma de dinero que había quedado en sus bolsillos no era importante, pero lo que Faisal  juzgó no fue la cantidad, sino la actitud. Para colmo, por esos días Tonio ya estaba en tratativas con Osmar, otro marroquí que lo había tentado con un trabajo importante que le reportaría mayores ganancias. Faisal era simpático, tenía una sonrisa poblada por parejos y blanquísimos dientes, pero su mirada era una mezcla de hielo y acero. Tonio se asustó, y en lugar de devolverle el dinero, con lo cual quizá la disputa se hubiera resuelto, decidió huir a Cachilas llevándose lo que no le pertenecía. La decisión fue tomada un poco por miedo, pero más aún porque era consciente de que sin un poco de dinero no podría subsistir. Lo único que sabía hacer era vender droga, y en una ciudad pequeña como Cachilas la cuota de distribución y venta estaba cubierta. Además, debía permanecer oculto porque sabía que Faisal y su gente lo estaban buscando. Por suerte para él no lo encontraron, pero mien- tras permaneció en ella llegó a odiar a esa ciudad pobre y sórdida, esa ciudad que ahora se empeñaba en otear desde las murallas del antiguo castillo San Jorge en busca de lugares conocidos.
  Como no los encuentra, comienza un lento descenso hacia Alfama por intrincadas y casi desiertas callejuelas.  Al espeso silencio de la siesta se le va superponiendo de a poco la voz doliente de Amalia Rodríguez. El melancólico fado en lugar de entristecerlo le acrecienta la alegría de sentirse nuevamente en su ámbito, en esa ciudad en la que creció y vivió los momentos más felices de su existencia. Acompaña el fado silbándolo y luego lo canturrea con su propia voz. En la rua Flores una anciana con la cabeza cubierta por un pañuelo negro se abanica sentada en un banquito frente a su casa. “Buenas tardes, abuela”, le sonríe. La mujer no contesta, pero la piel delgada de su boca se estira en una sonrisa mientras asiente levemente con el gesto. Continúa descendiendo mientras piensa que a la noche visitará el Rossio, Restau- radores… Una hermosa morena adolescente le brinda de reojo una mirada de aprobación cuando lanza un silbido de admiración al cruzarse con ella.
  Recién percibe los pasos que se acercan tras él cuando los dos hombres ya están casi a su lado. Todavía no se sorprende, pero una certeza amarga y resignada comienza a oprimirle el corazón. Los dos hombres lo flanquean unos pasos mientras él va disminuyendo  la marcha hasta detenerse. Casi no siente los lacerantes golpes del acero cuando uno de los hombres le dice a media voz “de parte de Faisal”. Después se van alejando sin apresurar el paso mientras Tonio se desliza lentamente contra la pared hasta quedar sentado. Un perro se le acerca y emite un ladrido suave, manso, y luego se queda mirándolo con curiosidad. Tonio se va durmiendo arrullado por otro fado que ha comenzado a sonar en una casa vecina.



  

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