TONIO Y LOS FADOS
Tonio frunce los
párpados ante ese violento sol de junio que castiga impiadoso sus pupilas.
Abajo, las techumbres de Lisboa reverberan bajo el implacable calor de la
siesta.
Con un ágil salto se
encarama en el cañón que simula custodiar las murallas del castillo San Jorge,
en la colina más alta de la ciudad. Aunque ya tiene veintiséis años, la sonrisa
aniñada, el ensortijado pelo rubio y el cuerpo pequeño pero esbelto le
confieren un aspecto adolescente. El rostro denota la alegría que lo embarga
por haber vuelto a la ciudad después de varios meses de ausencia.
No es que hubiera
estado lejos; Cachilas está apenas en la otra orilla del estuario del Tajo, y
desde allí puede distinguirse el chato horizonte de Lisboa cortado apenas por
la verde colina donde está emplazado el castillo. Ese castillo desde el que
ahora Tonio otea Lisboa buscando descubrir alguna de las empinadas escalinatas
que permiten descender desde la colina hasta el barrio de Alfama.
Cerca de la plaza Del
Comercio, frente al Tajo, había subido a un vetusto tranvía amarillo que lo fue
acercando con un lento ascenso por una tortuosa callecita hasta Alfama, donde
mujeres vestidas de negro con pañuelos en la cabeza colgaban y descolgaban
frente a sus casas la ropa lavada en alguna fuente pública. Un olor de harinas
cocidas y dulces mezclado con pescado frito le había deleitado el olfato
mientras ascendía hacia la colina del castillo acompañado por el lamento
quejumbroso de un fado que se filtraba por alguna ventana.
Un sentimiento
piadoso lo había entristecido un poco al pasar frente a la austera fachada de
la Catedral y recordar la no lejana
muerte de su madre. Porque había sido precisamente después de esa muerte que aceptó
la oferta de Faisal.
No hacía mucho que
Faisal había desembar- cado ilegalmente junto a una docena de marroquíes en la
costa del Algarve, y en poco tiempo consiguió ascender varios peldaños en la estructura
de una red de narcotraficantes hasta lograr ser designado reclutador de
vendedores. “Chico, si quieres ser buen vendedor, nunca consumas”, le había
dicho a Tonio luego de concretar su entrada en la organización. Y aunque alguna
que otra vez probó el haschís, siempre
logró permanecer alejado de la adicción.
Al principio su
misión consistió en ofrecer discretamente y a media voz la mercadería a los
turistas que deambulaban por la plaza del Comercio, y a la vez llevar algún
paquete a consumidores de distintos barrios de la ciudad. Aunque todavía
aldeana y recatada, en la década del setenta ciertas zonas de Lisboa ya comenzaban
a parecerse a los bulliciosos y excitantes centro de otras capitales europeas. La euforia
que producía en Tonio todo ese movimiento humano, unido al peligro que
presuponía su actividad, lo sumía en un vértigo muy distinto al tranquilo y
señorial recato de la Beja de su infancia, allá en el desolado y caliente
Algarve.
Luego de contemplar
en la lejanía la imponente silueta del puente Salazar que une las dos márgenes
del ancho Tajo, entrecierra los ojos para intentar descubrir en la otra orilla
algunas zonas de Cachilas que fueron sus lugares de residencia durante los
últimos meses. Su exilio en Cachilas no había sido voluntario, ya que debió
abandonar apresu- radamente Lisboa cuando supo que Faisal se había enterado de
su traición. La suma de dinero que había quedado en sus bolsillos no era
importante, pero lo que Faisal juzgó no
fue la cantidad, sino la actitud. Para colmo, por esos días Tonio ya estaba en
tratativas con Osmar, otro marroquí que lo había tentado con un trabajo
importante que le reportaría mayores ganancias. Faisal era simpático, tenía una
sonrisa poblada por parejos y blanquísimos dientes, pero su mirada era una
mezcla de hielo y acero. Tonio se asustó, y en lugar de devolverle el dinero,
con lo cual quizá la disputa se hubiera resuelto, decidió huir a Cachilas
llevándose lo que no le pertenecía. La decisión fue tomada un poco por miedo,
pero más aún porque era consciente de que sin un poco de dinero no podría
subsistir. Lo único que sabía hacer era vender droga, y en una ciudad pequeña
como Cachilas la cuota de distribución y venta estaba cubierta. Además, debía permanecer
oculto porque sabía que Faisal y su gente lo estaban buscando. Por suerte para
él no lo encontraron, pero mien- tras permaneció en ella llegó a odiar a esa
ciudad pobre y sórdida, esa ciudad que ahora se empeñaba en otear desde las
murallas del antiguo castillo San Jorge en busca de lugares conocidos.
Como no los
encuentra, comienza un lento descenso hacia Alfama por intrincadas y casi
desiertas callejuelas. Al espeso
silencio de la siesta se le va superponiendo de a poco la voz doliente de
Amalia Rodríguez. El melancólico fado en lugar de entristecerlo le acrecienta
la alegría de sentirse nuevamente en su ámbito, en esa ciudad en la que creció
y vivió los momentos más felices de su existencia. Acompaña el fado silbándolo
y luego lo canturrea con su propia voz. En la rua Flores una anciana con la cabeza cubierta por un pañuelo negro
se abanica sentada en un banquito frente a su casa. “Buenas tardes, abuela”, le
sonríe. La mujer no contesta, pero la piel delgada de su boca se estira en una
sonrisa mientras asiente levemente con el gesto. Continúa descendiendo mientras
piensa que a la noche visitará el Rossio, Restau- radores… Una hermosa morena
adolescente le brinda de reojo una mirada de aprobación cuando lanza un silbido
de admiración al cruzarse con ella.
Recién percibe los
pasos que se acercan tras él cuando los dos hombres ya están casi a su lado.
Todavía no se sorprende, pero una certeza amarga y resignada comienza a
oprimirle el corazón. Los dos hombres lo flanquean unos pasos mientras él va disminuyendo la marcha hasta detenerse. Casi no siente los
lacerantes golpes del acero cuando uno de los hombres le dice a media voz “de
parte de Faisal”. Después se van alejando sin apresurar el paso mientras Tonio
se desliza lentamente contra la pared hasta quedar sentado. Un perro se le
acerca y emite un ladrido suave, manso, y luego se queda mirándolo con
curiosidad. Tonio se va durmiendo arrullado por otro fado que ha comenzado a sonar
en una casa vecina.
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