jueves, 16 de abril de 2015

El abuelo y Ferdinad

  
EL ABUELO Y FERDINAND

  Ferdinand Saussure se siente el mismo niño pobre que escuchaba embelesado las historias que le contaba el abuelo mientras comía una fruta sentado en ese mismo banco frente a la dársena de los pescadores.
  Point a’ Pitre no ha cambiado nada desde entonces. La Place de la Victoire es el mismo espacio abierto, grande y anodino, en el que correteaba cuando el abuelo lo llevaba a pasear al mercado de frutas y verduras instalado frente a la dársena. Una infinidad de mangos, melones,  guayabas, papayas, chirimoyas… lo tentaban entonces con sus vivos colores y penetrantes aromas. Las monedas del abuelo eran escasas y no alcanzaban más que para una, a lo sumo dos. Pero el deleite con que las comía, deteniéndose por momentos para que le duraran más, era el mismo de ahora, mientras saborea un plátano y deja vagar su mirada sobre los barquitos anclados en la dársena.
  En la mañana soleada, sofocante, un cúmulo de enormes nubes blancas se desplaza lentamente por el cielo caribeño. Pero aunque pronto descargarán sobre la isla de Guadalupe sus acuosas alforjas, el calor sólo cederá unos minutos y luego el sol del mediodía volverá a abatirse implacable sobre la capital.
  Mientras degusta lentamente el plátano, la enorme figura del abuelo, agigantada por la propia pequeñez de la infancia, vuelve a pasar su mano grande y nervuda sobre los negros rizos del niño, mientras sus abultados labios modulan palabras que crean en la mente infantil entrañables emociones e imaginarias proezas. Ve de nuevo aflorar a su boca la blanca e intacta dentadura, y a escuchar su risa algo cascada por los años pero aún cristalina, mientras le cuenta historias de su propia vida y otras que le fueran transmitidas a su vez por su padre sobre su abuelo, el tatarabuelo de Ferdinand.
  La intangible figura del abuelo se aleja de pronto para subir a un barco pesquero, el mismo quizá en el que solía salir, incluso de noche, a recoger los peces que el patrón canjearía por las monedas que le permitirían luego comprarle una fruta al nieto. Pero de inmediato regresa y se ubica a su lado mientras Ferdinand se levanta para atravesar la Place de la Victoire y dirigirse lentamente al centro de la ciudad. Sólo algunos modernos bares y restaurantes flanqueando la plaza cambian levemente la fisonomía del Pointe a’ Pitre de su infancia. Se detiene un momento frente a la estatua de Velo, el músico creador del ritmo wa-ha, sentado frente a su tambor, y luego continúa por la rue Peynier en dirección al puerto.
  La figura del abuelo no lo abandona mientras le va susurrando al oído entrañables añoranzas. Su rostro se ensombrece un tanto al recordar los padecimientos sufridos por sus tatarabuelos durante la época de la esclavitud. La descripción de los toscos collares de hierro de los esclavos que trabajaban en las plantaciones de tabaco y sus gemidos de dolor solían turbar entonces sus sueños infantiles, y aunque ahora ya no lo desvelan, sus recuerdos aún lo estremecen por momentos mientras la imagen del abuelo le sigue susurrando historias, como la denodada lucha por abolir la esclavitud  llevada a cabo por aquel blanco bondadoso llamado Víctor Schoelcher. Ferdinand recuerda las alegres chispas que fulguraban en los negros ojos del abuelo cuando le contaba la alegría que embargó a sus tatarabuelos  al enterarse del acontecimiento, ocurrido en 1848. El tatarabuelo no vivió mucho tiempo para disfrutar su libertad, pero su hijo -su bisabuelo- fue un hombre libre desde su nacimiento.
  Su abuelo sigue a su lado cuando llega al mercado central de especias, en la plaza de la fuente. El olor dulzón de la canela, la vainilla y el cacao, mezclado con el picante de la páprika, el comino, el coriandro y el colombo, lo impulsan a pedirle imaginariamente al abuelo que le compre miel con ron; pero de inmediato se da cuenta de que eso es cosa de adultos, que no podría ingerir un niño. Además, al abuelo no le alcanzarían las monedas para comprarlo.
  Luego sigue por la rue Peynier contemplando detenidamente las casas de dos pisos pintadas de color pastel, con sus típicos balcones coloniales y sus altas puertas de madera. Muchas de ellas están descuidadas, y sus paredes desconchadas parecen empeñarse en negar su pasado esplendor. Ferdinand sabe que Point a’ Pitre es una ciudad vieja y anodina, mal iluminada y carente en general de belleza. Pero es su ciudad, y él la ama, como ama el recuerdo de su abuelo, cuya figura parece por momentos ir desdibujándose de su memoria  Ya casi no hay gente en las calles cuando llega hasta el portón de rejas pintado de azul del museo Schoelcher. Al comprobar que todavía es temprano, decide entrar. El abuelo también entra para recordarle que no olvide detenerse a mirar, además de las estatuas griegas y romanas, objetos de la cultura egipcia y otras bellezas, las pinturas y los objetos que recuerdan a los esclavos negros de Guadalupe, Martinica y otras islas vecinas. La visión de los látigos, las ropas desgarradas de las mujeres, los collares de hierro, las cadenas, estremecen su sensibilidad y cierra los ojos para que no se le escape una lágrima, esa misma lágrima que cree vislumbrar en los ojos del abuelo. Siente su mirada triste pero cariñosa recordándole que nunca olvide su negritud y sus orígenes, y al dirigirse a la salida ya la imagen del abuelo está esfumándose definitivamente.
  Vuelve a mirar su reloj y apura el paso. Su mujer y sus dos hijas adolescentes ya deben estar en la terminal del puerto, y pueden preocuparse si él se demora. Como ramalazos se mezclan aún en su mente la figura del abuelo y los problemas laborales que han surgido últimamente en las plantaciones de tabaco y café, allá en su hacienda de Basse Terre, pero luego desecha el pensamiento para concentrarse en los placeres que lo esperan en el crucero de lujo que los llevará a Martinica, Saint Marteen, Antigua, las islas Vírgenes…


No hay comentarios:

Publicar un comentario