EL ABUELO Y
FERDINAND
Ferdinand Saussure se siente el mismo niño
pobre que escuchaba embelesado las historias que le contaba el abuelo mientras
comía una fruta sentado en ese mismo banco frente a la dársena de los
pescadores.
Point a’ Pitre no ha cambiado nada desde
entonces. La Place de la Victoire es
el mismo espacio abierto, grande y anodino, en el que correteaba cuando el
abuelo lo llevaba a pasear al mercado de frutas y verduras instalado frente a
la dársena. Una infinidad de mangos, melones,
guayabas, papayas, chirimoyas… lo tentaban entonces con sus vivos
colores y penetrantes aromas. Las monedas del abuelo eran escasas y no
alcanzaban más que para una, a lo sumo dos. Pero el deleite con que las comía,
deteniéndose por momentos para que le duraran más, era el mismo de ahora,
mientras saborea un plátano y deja vagar su mirada sobre los barquitos anclados
en la dársena.
En la mañana soleada, sofocante, un cúmulo de
enormes nubes blancas se desplaza lentamente por el cielo caribeño. Pero aunque
pronto descargarán sobre la isla de Guadalupe sus acuosas alforjas, el calor
sólo cederá unos minutos y luego el sol del mediodía volverá a abatirse
implacable sobre la capital.
Mientras degusta lentamente el plátano, la
enorme figura del abuelo, agigantada por la propia pequeñez de la infancia,
vuelve a pasar su mano grande y nervuda sobre los negros rizos del niño,
mientras sus abultados labios modulan palabras que crean en la mente infantil
entrañables emociones e imaginarias proezas. Ve de nuevo aflorar a su boca la
blanca e intacta dentadura, y a escuchar su risa algo cascada por los años pero
aún cristalina, mientras le cuenta historias de su propia vida y otras que le fueran
transmitidas a su vez por su padre sobre su abuelo, el tatarabuelo de
Ferdinand.
La intangible figura del abuelo se aleja de
pronto para subir a un barco pesquero, el mismo quizá en el que solía salir,
incluso de noche, a recoger los peces que el patrón canjearía por las monedas
que le permitirían luego comprarle una fruta al nieto. Pero de inmediato regresa
y se ubica a su lado mientras Ferdinand se levanta para atravesar la Place de la Victoire y dirigirse
lentamente al centro de la ciudad. Sólo algunos modernos bares y restaurantes
flanqueando la plaza cambian levemente la fisonomía del Pointe a’ Pitre de su
infancia. Se detiene un momento frente a la estatua de Velo, el músico creador
del ritmo wa-ha, sentado frente a su
tambor, y luego continúa por la rue
Peynier en dirección al puerto.
La figura del abuelo no lo abandona mientras
le va susurrando al oído entrañables añoranzas. Su rostro se ensombrece un tanto
al recordar los padecimientos sufridos por sus tatarabuelos durante la época de
la esclavitud. La descripción de los toscos collares de hierro de los esclavos
que trabajaban en las plantaciones de tabaco y sus gemidos de dolor solían
turbar entonces sus sueños infantiles, y aunque ahora ya no lo desvelan, sus
recuerdos aún lo estremecen por momentos mientras la imagen del abuelo le sigue
susurrando historias, como la denodada lucha por abolir la esclavitud llevada a cabo por aquel blanco bondadoso llamado
Víctor Schoelcher. Ferdinand recuerda las alegres chispas que fulguraban en los
negros ojos del abuelo cuando le contaba la alegría que embargó a sus tatarabuelos al enterarse del acontecimiento, ocurrido en
1848. El tatarabuelo no vivió mucho tiempo para disfrutar su libertad, pero su
hijo -su bisabuelo- fue un hombre libre desde su nacimiento.
Su abuelo sigue a su lado cuando llega al
mercado central de especias, en la plaza de la fuente. El olor dulzón de la canela,
la vainilla y el cacao, mezclado con el picante de la páprika, el comino, el
coriandro y el colombo, lo impulsan a pedirle imaginariamente al abuelo que le
compre miel con ron; pero de inmediato se da cuenta de que eso es cosa de
adultos, que no podría ingerir un niño. Además, al abuelo no le alcanzarían las
monedas para comprarlo.
Luego
sigue por la rue Peynier contemplando
detenidamente las casas de dos pisos pintadas de color pastel, con sus típicos
balcones coloniales y sus altas puertas de madera. Muchas de ellas están
descuidadas, y sus paredes desconchadas parecen empeñarse en negar su pasado
esplendor. Ferdinand sabe que Point a’ Pitre es una ciudad vieja y anodina, mal
iluminada y carente en general de belleza. Pero es su ciudad, y él la ama, como
ama el recuerdo de su abuelo, cuya figura parece por momentos ir desdibujándose
de su memoria Ya casi no hay gente en
las calles cuando llega hasta el portón de rejas pintado de azul del museo
Schoelcher. Al comprobar que todavía es temprano, decide entrar. El abuelo
también entra para recordarle que no olvide detenerse a mirar, además de las
estatuas griegas y romanas, objetos de la cultura egipcia y otras bellezas, las
pinturas y los objetos que recuerdan a los esclavos negros de Guadalupe,
Martinica y otras islas vecinas. La visión de los látigos, las ropas
desgarradas de las mujeres, los collares de hierro, las cadenas, estremecen su
sensibilidad y cierra los ojos para que no se le escape una lágrima, esa misma
lágrima que cree vislumbrar en los ojos del abuelo. Siente su mirada triste
pero cariñosa recordándole que nunca olvide su negritud y sus orígenes, y al
dirigirse a la salida ya la imagen del abuelo está esfumándose definitivamente.
Vuelve a mirar su reloj y apura el paso. Su
mujer y sus dos hijas adolescentes ya deben estar en la terminal del puerto, y
pueden preocuparse si él se demora. Como ramalazos se mezclan aún en su mente
la figura del abuelo y los problemas laborales que han surgido últimamente en
las plantaciones de tabaco y café, allá en su hacienda de Basse Terre, pero
luego desecha el pensamiento para concentrarse en los placeres que lo esperan
en el crucero de lujo que los llevará a Martinica, Saint Marteen, Antigua, las
islas Vírgenes…
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