domingo, 28 de diciembre de 2014

PEDRO DE LOS MILAGROS

PEDRO DE LOS MILAGROS DE CARLOS E. GILI
Mientras iba entrando en el territorio de la novela PEDRO DE LOS MILAGROS de Carlos Gili, descubría que no solo estaba leyendo un libro sino que, al mismo tiempo, permanecía viendo una película, tal es la destreza visual que el autor va desplegando desde la primera a la última página.
Para quienes fuimos contemporáneos de los trágicos años 60 del siglo XX en una desgarrada Latinoamérica infectada por dictadores y asesinos, tanto como para los jóvenes lectores de hoy, la novela de Gili es un rápido resumen, un paseo por aquellos años en los cuales se desenvuelve el destino de los personajes centrales, el del humilde colla Pedro y el del agente de la CIA que se oculta bajo el falso nombre de Jorge Valdez Sanders.
Como en algunos de sus impactantes cuentos, Gili va armando una prolija y atrapante trama que nos obliga a continuar leyendo siguiendo los pasos de los protagonistas, la de sus vidas y trabajos hasta el abrupto final. Sin descanso.
Estoy convencido que PEDRO DE LOS MILAGROS podría ser, debería ser, el argumento para una película necesaria, entretenida y al mismo tiempo alexionadora que mostrara las siniestras circunstancias sobre las que el autor de la novela se basa para el montaje de su historia. No conozco que algo parecido se haya hecho hasta hoy pues sería indispensable mostrarles a nuestros jóvenes el período trágico por el cual pasaron sus padres, sus abuelos, sus maestros.
La democracia, la libertad, la justicia, la república a las que todos tenemos derechos no se obtiene solo con los votos.
Recordar a los que lucharon y murieron para hacerlas posible, aunque todavía imperfectas, es lo que nos recuerda Carlos Gili en esta novela que se lee con deleite y al mismo tiempo con un dolor compartido por tantas miserias, corrupciones y crímenes de la mala política.
Lo que Pedro nunca supo es que pasados algunos años, su amada Bolivia sería gobernada por un indio uru-aymara llamado Evo Morales, criado en una humilde choza y ahora convertido en la esperanza de millones de paisanos que están participando de las transformaciones económicas, políticas y culturales de su país.
¿Otro milagro de Pedro?

JUAN COLETTI

domingo, 30 de noviembre de 2014

Tuyro y las vírgenes


 TUYRO Y LAS VÍRGENES

  A Tuyro Amaru Huamán le tiembla todo el cuerpo cuando sube el último de los cuatro peldaños tallados en la enorme piedra del altar de los sacrificios y accede a la superficie pulida que acoge a las víctimas yacentes. Por un instante imagina que la loza es un mullido y cálido colchón de vicuña y llama, pero el frío mineral que le hiere las plantas cuando le sacan las sandalias lo devuelve de inmediato a la realidad. A esa impiadosa realidad que ahora, de la mano de sus custodios, lo obliga a arrodillarse y luego extenderse sobre la piedra.
  No será sacrificado como ofrenda al dios sol, para que éste fertilice los campos o interceda a favor del Inca en su lucha contra los chimús del norte o los diaguitas del sur; la cosecha será buena este año, y todos los vecinos del imperio han sido ya pacificados, por lo que no se necesitan más ofrendas. Tuyro Huamán está condenado a muerte y será ejecutado simplemente por haber cometido el más detestable de los delitos: haberse enamorado de una de las vírgenes del sol y haber concretado su amor con ella.
  El altar del sacrificio está en la cima de la ciudadela de Machu Pichu, en el el otro extremo de donde el pequeño Huayna Pichu vigila la ciudad sagrada. Muy cerca de allí, desde una saliente que da a un pequeño precipicio, son arrojados al vacío los condenados  a muerte. Pero Tuyo Huamán no es un reo común; él ha osado profanar el sagrado cuerpo de una de las vírgenes del sol, y por eso será decapitado y su corazón extraído como si en realidad fuera la víctima propiciatoria de un sacrificio ritual. Aunque no lo sea, el sumo sacerdote ha considerado su delito como abominable y merecedor de ese tipo de muerte, la única posible que permitirá desagraviar a las vírgenes y lavar el pecado cometido contra el dios sol.
  Pero la muerte sólo será la certificación del martirio de Tuyro Huamán. Porque previamente había sido amarrado a las argollas fijadas en la piedra de la cámara de las torturas, y allí se le habían infligido terribles tormentos para que confesara su horrendo crimen. Tuyro no entendía cómo su amor podía ser considerado un crimen, y por lo tanto se negaba a admitirlo. Pero finalmente, cuando las torturas se hicieron intolerables, no tuvo más remedio que aceptarlo.

  Allá en Ollantaytambo no había vírgenes custodiadas, y aunque sus padres y sus abuelos adoraban al dios sol, nunca creyó que enamorarse de una de ellas podía constituir un pecado. Ollantaytambo era un pueblo de casas chatas, oscuras, atravesado por callecitas estrechas donde el sol pugnaba en vano por filtrarse a través de las pequeñas ventanas. Allí el sol era un dios opaco, furtivo, que casi no merecía adoración. Distinto al de Cusco, que reverberaba contra el oro del Koricancha encandilándolo con sus rayos o bruñía la piedra de los doce ángulos del callejón Hatum Rumiyoc como un auténtico dios todopoderoso. Él había visto el sol de Cusco, y se había deslumbrado; pero tampoco supo que allí hubiera intocables jovencitas que lo veneraran.
  Por eso, cuando le comunicaron que debía abandonar su tarea de pastorear camélidos por los alrededores del imponente templo inconcluso de Ollantaytambo para ponerse al servicio de las vírgenes del sol en la ciudad sagrada, su espíritu se alegró y sólo pensó en lo agradable que sería estar rodeado de tantas bellas muchachas. En su pueblo ya había tenido algunas experiencias sexuales, e imaginaba el recinto del acllahuasi de Machu Pichu como un pequeño y resplandeciente cielo en el cual desobedecería de inmediato las advertencias de sus padres y del sacerdote local sobre la intangibilidad de las vírgenes.
El trayecto hasta Machu Pichu, bordeando el serpenteante curso del Vilcanota que se angostaba a medida que se iba alejando del valle sagrado para adentrarse en la lujuriosa vegetación subtropical que contrastaba con las nieves eternas de las cumbres asomando a trechos tras las altas colinas, le fue templando el ánimo a medida que se acercaba a la ciudadela. Y aunque al concluir el ascenso final se hallaba extenuado por la larga travesía, una felicidad desconocida lo envolvió al contemplar finalmente la ciudad sagrada y su majestuoso entorno: el templo del sol, el complejo del torreón, la tumba real enmarcada por losas naturales, la plaza sagrada, el templo de las tres ventanas, el intihuatana o reloj solar, las cárceles, las ventanas de la sierpes… Toda la ciudad, vigilada por el cercano Huayna Pichu con el telón de fondo del imponente Machu Pichu. La visión de la ciudad en la cual moraría le produjo un deslumbramiento aún mayor que el que había experimentado frente al reflejo del oro en el Koricancha de Cusco.
  Cuando fue conducido al recinto de las vírgenes del sol lo acogió un coro de cuchicheos, risitas contenidas y miradas entre pícaras y pudorosas. Tuyro debió interrumpir su amplia sonrisa producto de su alegría al advertir el gesto severo de un par de guardianes y la mirada desconfiada de una mamacuna. Pero ya había adquirido conciencia de la buena acogida que su presencia despertara en las muchachas, y la alegría no se disipó.
  Su tarea en el templo consistía en servir a las vírgenes cuando ellas lo requerían: servirles agua fresca de las vertientes, cacao caliente, dulces de quinoa o de maíz… Nunca se detenía a charlar con alguna de ellas, aunque no le estuviera expresamente prohibido hacerlo. Pero había miradas, gestos, sonrisas, que le indicaban que Aicha le prestaba más atención que las otras. Muy pronto las cortesías que la muchacha le dispensaba le hicieron desestimar las advertencias que le formularan, primero sus padres y luego las mamacunas y los sacerdotes el templo, y también él comenzó a dedicarle más tiempo y más atención que a las otras vírgenes. Éstas miraban con simpatía el evidente enamoramiento de los jóvenes, pero también con cierta desazón y pena por las consecuencias que ello acarrearía. Las vírgenes sabían -como también lo sabía Aicha- lo que podría suceder.
  Pero ni los gestos severos de los guardias y las mamacunas, ni las sospechas de algún sacerdote o los cariñosos reproches de las compañeras fueron barreras suficientes para que Tuyro y Aicha renunciaran a su amor. Y una noche oscura, sin luna, en la que fugitivas sombras deslizándose contra los muros de piedra del templo parecían querer interponerse pero al mismo tiempo acompañar las furtivas sombras e los enamorados, Tuyro y Aicha concretaron finalmente su amor.
  Muy poco tiempo duró el secreto. Indiscreciones de alguna virgen o la recelosa desconfianza de algún guardia, pronto hicieron que las sospechas de los sacerdotes se convirtieran en certeza. Y aunque al principio resistió  los tormentos amarrado a las argollas de la cámara de torturas de las cárceles, finalmente tuvo que confesar su relación.
  Aicha fue desterrada a un solitario lugar de la selva para que muriera lentamente por inanición. Tuyo fue condenado al sacrificio, y ahora está temblando de miedo porque no comprende que su amor por Aicha mereciera la muerte. Y antes de que la sangre derramada se deslice por la mesa funeraria para abonar la Pachamama, alcanza a girar la cabeza para vislumbra a la distancia al Hauyna PIchu irguiéndose a un costado de la ciudad como un gigantesco custodio de las vírgenes del sol. Después lo ciega el resplandor del acero.
                                                     



sábado, 20 de septiembre de 2014

Destino de sombras

LA CIMA Y EL ABISMO


INTIMIDAD


DESTINO DE SOMBRAS


Aunque sabe que el frío que le cala los huesos no proviene de afuera, Santos Manfredi hunde las manos en los bolsillos y encoge el cuello buscando ampliar la protección del saco.
A través del vapor de su respiración y del humo de un cigarrillo que pugna por permanecer encendido bajo la fina llovizna, el centro de Córdoba asoma de pronto ante sus ojos, esfumado y borroso como un agazapado monstruo de piel plomiza salpicada por cientos de ojos amarillos, blancos y violáceos que lo estuvieran esperando con las fauces abiertas para devorarlo.
A pesar de que ha venido caminando desde más allá de avenida Patria, tiene los pies y las piernas entumecidas por el frío; por el de ese junio inclemente y por el otro, el que le viene desde aquel atardecer, desde aquel segundo en que una certeza punzante le congelara el corazón para siempre. Antes de cruzar el puente Sarmiento se apoya en un pilar de la baranda y permanece unos instantes quieto, aterido, con la mirada incrédula y nostálgica fija en la informe masa de cemento que se yergue ante sus ojos a la vez acogedora y amenazante.
“¡Diez años!”, exclaman al unísono su mente perpleja, su alma devastada y su corazón petrificado. Quince había sentenciado el juez, y no hubo reducción a pesar de la buena conducta. Y aunque las dos terceras partes de la condena se habían finalmente cumplido y ahora estaba nuevamente en libertad, su espíritu continúa preso en ese lejano trozo de tiempo brutal y omnipresente.
Chupa el cigarrillo con una mezcla de bronca y pena, de ineluctable y perenne derrota. Después la mirada se la va extraviando por senderos íntimos, cada vez más huérfana de paisaje, hasta quedar definitivamente arrinconada y desvalida a merced de los recuerdos.

“Cuidate del Juan”, le había advertido su hermana Tomasa. Y aunque él no le había hecho caso -como siempre que  la desconfianza se le antojaba imposible de tan aburda-, algo oscuro y codicioso en el brillo de la mirada de Haydée solía clavarle aguijones amargos en el alma cuando Juan le sonreía con esa sonrisa jovial, entre dulce y pícara, que a cada instante reventaba en su boca.
Sin embargo no podía, no debía sospechar. Durante los tres años de vida en común la conducta de Haydée nunca le había ni siquiera sugerido la posibilidad de un engaño. Era cierto que en ocasiones alguna sombra indiferente podía velarle las pupilas negras e insondables y que urgentes reclamos solían dibujarle en los labios abismos no siempre descubiertos y explorados por él. Pero Haydée era su mujer, y para Santos Manfredi eso era más que suficiente.
Tampoco podía constituir un motivo de zozobra que Juan poco a poco hubiese ido dejando de compartir con él esos antiguos momentos de recatada y viril amistad, tomando juntos un vaso de vino o de ginebra, escuchado un tango o simplemente dejando vagar el pensamiento a través de la blandura de algún recuerdo adolescente. Juan era su amigo desde un tiempo inmemorial, y a los auténticos amigos, pensaba Santos, no se les reclaman obligatorias migajas de dedicación; se los acepta como son, con sus momentáneas euforias o sus sorpresivos retraimientos. Por eso no le había preocupado que Juan viniera cada vez menos por su casa, ni que su sonrisa al encontrase con él ya no fuera tan jovial como otrora. Quizá tuviera algún problema importante, y como para Santos Manfredi la discreción era una virtud sagrada, si Juan no se lo comunicaba por propia voluntad nos sería él quien le urgiera compulsivas confesiones.
Lo único que no alcanzaba a descifrar eran esos relámpagos esquivos y huidizos que despedían los ojos de Juan cuando Haydée se hallaba presente. Como Juan solía ir  a su casa de noche, cuando ya Haydée estaba por acostarse, o algún sábado por la tarde, cuando ella se iba a la casa de la hermana o de alguna vecina, los encuentros entre ambos no eran frecuentes. Sin embargo, cuando se producían, aunque su mente intentara descartar de plano cualquier pensamiento insano y su fisiología hiciera todo lo posible por expulsarlo de allí, algo frío y desagradable como un estilete o una serpiente le recorría el espinazo aflojándole los músculos y el temple.
Pero las dudas nunca duraban más de un segundo. Juan había sido el primero en conocerla, apenas dos días después de la cita arrancada en el baile del “Palermo”. También había sido el primero -incluso antes que Tomasa- en enterarse de su decisión de llevarla a vivir a su casa. Cuando en esa ocasión le requirió su opinión al respecto, Juan había asentido con una sonrisa aprobatoria y un “parece buena piba”. No podía dudar. Aunque su hermana insistiera desde el principio en clavaale inquietantes dardos como ese “cuidate del Juan” que solía espetarle cuando estaban a solas. Pero a Tomasa siempre le había gustado Juan -aunque él no le correspondiera- y entonces no resultaba extraño que lo celara, más con Haydée, en el vaivén de cuyas caderas se presentían frenéticas estampidas de tigres y sementales relinchos de corceles desbocados.
Pero no había motivos reales que cimentaran una duda. Al contrario; desde el principio Haydée y Juan parecían contener apenas un mutuo rechazo. Aunque los saludos y las pocas palabras que intercambiaban eran cordiales, entre ambos se intuía una especie de recelosa defensa, de tenso acecho animal. Se rehuían las miradas, y los cuerpos evitaban aproximarse, como si sus pieles generaran misteriosas descargas que simultáneamente se  atrajeran y se repelieran al conjuro de oscuras fuerzas genésicas.
Como él estaba empleado en la fábrica y Tomasa en la panadería, Haydée permanecía todo el día sola en la casa. Juan en cambio trabajaba sólo por temporadas; a veces con empleo fijo, a veces como esporádico viajante y la mayoría de las ocasiones desempeñándose en cualquier tipo de changas. Pero eran más las veces que estaba desocupado que las que trabajaba.
Precisamente estaba transitando una de esas etapas de desocupación cuando los hechos comenzaron a precipitarse. Un día que Tomasa había faltado a su empleo, a la tardecita llegó Juan. Haydée había estado nerviosa toda la tarde y cuando Juan llegó, no salió a saludarlo; permaneció todo el tiempo en su habitación alegando jaqueca. Tomasa lo notó raro a Juan, como sorprendido por haberla encontrado en casa. Pero de inmediato se recompuso y bromeó con ella mientras tomaban unos mates.
Cuando Tomasa se lo comunicó, Santos disimuló una mirada torva y permaneció callado. Pero otro atardecer -frío y lluvioso como el de ahora- él mismo abandonó antes de hora su trabajo alertado por las medias palabras de Vicente, un amigo común. Vicente se había encontrado un par de veces con Juan en las inmediaciones de la casa de Santos, y en una ocasión lo había visto salir de ella. Aunque Juan adujo una excusa lógica y creíble, resondió el saludo de su amigo turbado y como sorprendido en falta. Cuando, días más tarde, Vicente le comentó el encuentro, Santos recordó que Haydée no le había mencionado la visita.
Por eso aquella tarde, guiado por una lacerante sospecha despertada más por las advertencias de Tomasa y las confesiones de Vicente que por su propia convicción, había abandonado antes de hora su trabajo y se había dirigido a su hogar. Un desagradable frío interior se sumaba al helado viento sur que le clavaba en el rostro pequeñas y húmedas agujas de cristal. Intuyó que algo raro estaba sucediendo al recibir en la esquina de su casa el sorprendido y nervioso comentario de un vecino respecto a la hora de su regreso. Cuando golpeó la puerta ya la certeza le había desplomado en el alma oscuros nubarrones de angustia, y cuando Haydée le abrió, confirmándole lo innegable con esa mirada entre nerviosa y triste, los nubarrones desataron un vendaval de ira que sólo amainó con el sonido de los tiros y el lento desplomarse del cuerpo exánime de Juan.
Como en una nebulosa recordaría luego el llanto histérico de Haydée al salir en busca de Tomasa, las incomprensibles palabras de aliento o reprobación de algunos vecinos, la brusca irrupción de la policía. Pero, aun cuando en esos momentos no las creyera, unas palabras pronunciadas por Tomasa antes de que se lo llevaran se filtraron nítidamente a través de su obnubilación y se alojaron para siempre en su subconsciente: “Te equivocaste, Santos, y yo también; la culpable es ella”.
Quizá fuera esa frase lo que le impidiera recibir a Haydée en la cárcel durante los primeros tiempos. Pero después las palabras se le fueron esfumando de la conciencia y de la memoria, hasta que un inevitable día la tristeza, la soledad y el amor aún presente consolidaron el olvido del pecado y determinaron el perdón.
Durante más de un año las visitas de Haydée mantuvieron una encomiable asiduidad, aderezadas con una ternura y una sumisión que terminaron por ablandar definitivamente a Santos. Pero luego las visitas comenzaron a espaciarse, la ternura a disminuir y la sumisión a trocarse en indiferencia. Y cuando Santos advirtió que el placer de los encuentros a Haydée se le estaba convirtiendo en desagradable obligación, le exigió una respuesta. Ella negó y simuló todavía un tiempo, pero después aceptó la irremisible presencia del hastío. Santos mismo fue quien, luego de aprestarse a cicatrizar la enésima herida, la liberó al fin del compromiso.
Casi ni recordaba los amargos años que siguieron. Pero hacía poco habían vuelto a aflorar en su conciencia, nítidamente, las palabras pronunciadas por Tomasa aquel atardecer: “Te equivocaste, Santos...” Y luego recordaría también, exacerbadas por el orgullo herido, esas otras palabras que, poco antes de salir de la cárcel, le arrojara en sus llagas aún abiertas Ramón Gutierrez, su compañero de celda.
Ramón era primo de Basilio Lopez, un íntimo amigo de Juan y conocido también de Santos. Lopez no se había atrevido a revelarle a Santos las confesiones que Juan le hiciera poco antes de  que lo mataran, pero se las había comunicado a su primo. Años de un mismo compartir miserias y esperanzas y un amigable diálogo cotidiano permitieron que, poco a poco, el compañero de celda lo fuera enterando de la verdad.
Y así fue como Santos Manfredi supo, a través de Ramón Gutierrez, de la angustia y el arrepentimiento que produjeron en Juan sus relaciones con Haydée. Supo también que había sido ella la primera en provocar y luego casi exigir la mutua entrega. Juan tenía la carne débil, y aunque había intentado resistir, después de la primera vez su piel se había convertido en esclava de la piel de Haydée.
Aunque la culpa lo torturaba, ya no pudo liberarse de ella. Pretendió alejarse del barrio, irse a vivir a otra ciudad, pero pensó que la huida hubiese resultado aún más sospechosa para Santos que su permanencia. Por eso continuó. Por eso y porque la sangre de Haydée era un río turbulento que lo arrastraba irremisiblemente.

El cigarrillo es apenas una minúscula luciérnaga herida cuando Santos Manfredi da la última pitada. Los párpados entornados se van abriendo lentamente para dejar escapar el último recuerdo, el último resto de nostalgia que le llega desde el pasado. Arroja el pucho con un seco movimiento de los dedos, y después de unos segundos levanta el cuello y las solapas del saco y hunde las manos en los bolsillos. Mira por última vez, como despidiéndose, el monstruo de hierro y cemento que parece querer detenerlo, ahuyentarlo, y luego comienza a avanzar. Como un relámpago, el apasionado rostro de Haydée se le incrusta un instante en la memoria pretendiendo detener lo ineluctable, pero sólo consigue refirmar su determinación. Repasa mentalmente la dirección, palpa con el antebrazo el revólver calzado en la cintura y lentamente comienza a atravesar el puente Sarmiento, rumbo a su destino.



sábado, 23 de agosto de 2014


Carlos E. Gili
  
Hola, soy Carlos E. Gili, médico y escritor. Médico de profesión, y escritor por vocación, como lo prueba el único libro de medicina que escribí, frente a los casi treinta de literatura.
Tengo 76 años y aunque, lógicamente, produzco menos que antes, continúo escribiendo. Están en prensa dos novelas : "Pedro de los milagros", que se desarrolla en la década del sesenta y es de tinte latinoamericanista, y "El caso del profesor Bermúdez", una policial ambientada en Córdoba, Argentina, mi lugar de residencia.
A Córdoba llegué en 1954, procedente del interior de la provincia del mismo nombre, y aunque he recorrido casi 50 países de 4 continentes, nunca he dejado de vivir en ella. En Córdoba me recibí de médico, me casé con Edith y tuve a mi hija Sonia -que me dio 2 hermosos nietos, Julián y Facundo-, ejercí mi profesión y produje toda mi obra literaria.
También aquí he desarrollado mis otras actividades relacionadas con la literatura, como haber sido directivo de la Sociedad Argentina e Escritores (filial Cba.), cofundador de la Cooperativa de Escritores de Córdoba y del Grupo Literario "La Cañada"  -de 33 años de ininterrumpida permanencia-, además de haber sido jurado en distintas entidades oficiales - Provincia, Municipalidad y Universidad Nacional de Córdoba, etc.- y privadas. Dicté numerosas conferencias, participé en congresos nacionales, mesas redondas y debates, presenté mis viajes en programas de televisión, prologué libros de diferentes autores y mis trabajos -más de cien- fueron publicados en diversos medios audiovisuales y escritos del país y del exterior. También me han efectuado más de medio centenar de entrevistas y reportajes en diarios, revistas, radio y televisión nacionales y del exterior –radio Francia, etc.-.
 De más de veinte premios obtenidos se destacan, en el ámbito nacional, el 1º premio "Manuel Gálvez", - sobre 1.100 autores-, y a nivel internacional, el "Latinoamericano de Escritores", el "Argentino-uruguayo de cuentos", el 1º premio "Iberoamericano de ensayo SADE 99"  -y el 2º en el género novela del mismo concurso-, el "Gente de Paz" y el 1º premio "Atlántida", sobre 3.500 autores de 16 países.
Recientemente el gobierno de la provincia de Córdoba  me ha otorgado el "Reconocimiento al mérito artístico" - consistente en una remuneración monetaria vitalicia- y la SADE y la Universidad Nacional de Córdoba -"Casa de la Reforma"- el premio "Deodoro Roca" a la trayectoria literaria. También soy "Honor al Mérito" por la Sociedad Argentina de Artes, Letras y Ciencias (Cba.)

Mis libros publicados -la mayoría de ellos agotados- son, por orden más o menos cronológico- los siguientes: El arcángel del silencio (cuentos), Recuerdo para después (poemas), La sombra del águila (cuentos), Cosas (aforismos, pensamientos y reflexiones), Remolinos de sombras (nouvelles), Canto al sur (poemas), Fundamentos de la Homeopatía (científico), Mis viajes-tomoI- (libro de viajes), Amerindia-crónica de una quimera- (novela), La literatura desde la óptica de un escritor (ensayo), Mis viajes-tomo2-, El ser humano, homo sapiens..., (ensayo), Cuentos, mitos y leyendas de Córdoba, Hombre y universo, (ensayo), La cima y el abimo (cuentos), Mis viajes-tomo3-, Último momento (novela), Su Augusta Excelencia,  (novela), Relaciones de los individuos con la sociedad (ensayo), Cuentos y poemas olvidados, Íntimo y crepuscular (poemas), Otros cielos-tomoI- (cuentos), El hombre en el Universo (compendio de ensayos), y están en prensa El caso del profesor Bermúdez (novela policial) y Pedro de los milagros (novela).
Mis trabajos integran además unos 20 libros conjuntos y otras tantas antologías y libros de textos para estudiantes
A partir de ahora iré colgando en el blog algunos trabajos, que espero sean del agrado de los potenciales lectores.


sábado, 26 de julio de 2014

AMOR EN BUDAPEST

  Dos parejas de bailarines ataviadas con típicas vestimentas húngaras danzan al son de los violines mientras Irina y Lajos brindan a la luz de las velas en ese recatado restaurante de la colina de Buda, frente a la iglesia Matías. Afuera, el Bastión de los Pescadores refleja la luz de sus conos neorrománicos en las aguas del Danubio y más allá, en la ribera de Pest, el Parlamento alza sus góticas agujas hacia el oscuro cielo.
  Una sonrisa desaprobatoria para los bailarines distiende apenas los labios de Lajos. La destreza de éstos ni se aproxima a los profesionales que cada noche actúan en la czarda de Ántonin,  que él suele frecuentar: los violentos pero rítmicos taconeos, el destello de las chispas al entrechocar las espadas, los voluptuosos giros de las jóvenes en las rondas, el lamento profundo y visceral emergiendo de la garganta de una buena cantante… A pesar de la negativa comparación, un resplandor cómplice asoma a las pupilas de Lajos e Irina mientras beben su champán, porque están recordando la noche que se conocieron en el bar New York, ese símbolo del art decó,  con sus techos dorados,  las retorcidas columnas de mármol rosado y los gigantescos espejos que reflejaban sus cuerpos jóvenes y vitales.

  Irina había aparecido como una fulguración en la vida de Lajos, mediocre funcionario en una dependencia de la Cancillería. Claro que ese modesto empleo le había permitido  esporádicos  viajes a Paris o Viena para efectuar diligencias protocolares encargadas por su jefe directo, Andras Bartok;  y había sido precisamente en Paris, en la embajada de su país en la capital francesa, donde había conocido a Phillipe.
  Phillipe era simpático, generoso -lo había invitado al Moulin Rouge en Pigalle, y al Follies Bergere-, y poco a poco le fue sugiriendo, primero subrepticiamente pero luego con total claridad, que a través de él le pasara información a los norteamericanos sobre las actividades rusas en Budapest. Serían sólo datos sin mayor importancia referidos a contactos de algunos diplomáticos húngaros con la KGB, y la paga era muy buena. Y como el sueldo de  Lajos no le permitía los lujos que el siempre había deseado, aceptó de inmediato.
  Después de un tiempo, y cuando estaba en esos menesteres, fue que apareció Irina. Ella era húngara, pero estaba viviendo en Moscú para cumplir una beca de estudios. Y aunque al principio le ocultó a Lajos su verdadera misión,  a medida que la primitiva atracción se fue intensificando hasta convertirse en apasionado amor -y a medida también que iba advirtiendo las débiles convicciones patrióticas de su amado- terminó por confesarle la verdad: la KGB sabía que él se había convertido en espía de los Estados Unidos y la habían enviado a ella para que le sugiriera espiar a su vez a las potencias occidentales para pasarle los datos a la KGB. Y así fue como Lajos, que no era comunista ni prooccidental y al que solo le interesaba acceder a dinero fácil, se convirtió en doble agente secreto espiando al mismo tiempo a Rusia y a los Estados Unidos.
  A la KGB le interesaba saber qué papel estaban jugando las potencias occidentales en la gestación de la “primavera húngara”(*), y a Phillipe y los estadounidenses la actitud que adoptaría Rusia en el caso de que esa insurrección se produjera.
  Mientras Lajos cruzaba todo tipo de información, el romance continuaba en su apogeo. Aunque mínimas sospechas y esporádicos recelos por momentos tiñeran de dudas su relación, la atracción de los instintos era más fuerte que la desconfianza, sobre todo en Lajos. Paseaban en lancha por el Danubio, subían al monte Gellert de noche para desde allí contemplar los puentes iluminados -el Szechenyi, con sus cadenas y los leones custodíandolo, el moderno y estilizado Elizabeth…-, llegaban hasta la Citadella, todavía acribillada por las balas de pretéritas batallas… Pero mientras ellos se amaban, el descontento fermentaba en las mentes de las húngaros y la sublevación bullía en las calles de Budapest.
  Aunque el levantamiento fogoneado por Occidente era inminente, a Irina y Lajos parecía no preocuparlos. Solían verse a menudo en el bar Pilvax, allí donde el poeta Sandor Petofi compusiera ls estrofas del himno “¡En pie, magiar!”, para luego recitarlo ante la muchedumbre sublevada antes de morir él mismo en los combates. O en el New York, o en cualquiera de los románticos lugares de la colina de Buda donde sonaran los violines.

  En uno de estos están ahora, brindando y rozándose apenas los labios mientras suena una czarda. Cuando los violines callan y los bailarines se retiran, Irina le pregunta, con un mohín pícaro pero concretamente, qué clase de ayuda es la prestando Occidente para el levantamiento. Un gesto de fastidio contrae los músculos de Lajos; parece querer contestar con una evasiva, pero finalmente transige y de mala gana le informa que esa ayuda es sobre todo propagandística, un intento de exacerbar el patriotismo de la ciudadanía para que se produzca el estallido. Pero le oculta el dato sobre la ayuda económica que está brindando Estados Unidos a los cabecillas del complot. Lajos había aceptado a regañadientes pasarle información a la KGB, y solo lo había hecho luego de comprobar que su pasión por Irina era realmente correspondida por ella. Pero siempre que lo hacía le retaceaba lo más importante: los nombres de los dirigentes húngaros comprometidos, los cursos de acción cuando el movimiento estallara, el real poder de las armas en manos de la insurrección…
  Luego de responder a Irina, el a su vez la interroga sobre la posible respuesta de las tropas soviéticas si el levantamiento se concretaba. Ella responde que no harían nada y se retirarían por temor a un enfrentamiento nuclear con Occidente, y que solo intentarían pactar con los nuevos dirigentes para mantener un statu quo.

  Cuando Imre Nagy asumió como presidente tras el levantamiento, efectivamente lo único que hizo Kruschev fue tratar de presionarlo para que los lazos de amistad entre los dos países permanecieran como hasta entonces. Nagy prometió dialogar, y cuando se dirigió junto a otros camaradas al cuartel de las tropas sovieticas, todos fueron detenidos y desaparecidos, descabezándose de ese modo la revuelta. El general Pal Maleter se puso entonces al frente de las mal armadas tropas húngaras y de la muchedumbre de ciudadanos que ocupaba las calles de Budapest. Los efectivos rusos comenzaron a evacuar la ciudad y a replegarse, enardeciendo a la multitud que festejaba con vítores al nuevo líder, ignorantes de lo que había pasado con los otros dirigentes.
  Aunque los recelos de Irina y Lajos se fueron acrecentando con los acontecimientos, se mantuvieron al margen de lo que sucedía y continuaron amándose. Pero algo imperceptible y definitivo se había interpuesto ya en su relación. Pese a las protestas de fidelidad incondicional de Irina, Lajos presentía que el amor estaba muerto. A pesar de ello continuaron viéndose, y ahora están en un histórico bar de la avenida Rackozy reprochándose mutuamente diversos actos de traición ideológica,  cuando ven que la multitud corre afanosamente por la calle. En el momento en que salen del bar para ver qué estaba ocurriendo, los tanques rusos que han regresado avanzan por la avenida disparando y embistiendo a la gente.
  Entonces Lajos comprende: las evasiones de Irina sobre lo que harían los rusos, su aparente convencimiento de que no intervendrían si se producía la insurrección, había sido ficticio. Entiende que Irina siempre había sabido que la Unión Soviética dejaría que la revuelta se produjera para después reprimirla a sangre y fuego sofocando de ese modo, definitivamente, cualquier atisbo de independencia.
  Lajos tiene un arma, y su primer impulso es el de utilizarla contra Irina. “¡Siempre lo supiste!”, la increpa, agarrándola de un brazo. El gesto de ella es una muda aceptación. “¡Yo soy comunista”, responde, “y no puedo traicionar al partido! Pero siempre te amé, y te sigo amando”.

  Él la suelta y la mano que ya tocaba la pistola se desploma a un costado de su cuerpo. Los ojos de Irina preguntan “¿qué harás?”, y Lajos afirma: “Yo no soy comunista, ni tampoco pro yanqui. Solo quiero seguir viviendo, pero Phillipe y los otros no me lo permitirán. Le pediré a Bela, o a Andras, que me consigan asilo en la embajada noruega.”
  Con una mirada mezcla de amor y odio se aleja de Irina para perderse en la multitud que huye. Ella permanece con el brazo extendido y un gesto resignado, y cuando, luego de unos segundos, gira la cabeza, un  tanque se aproxima a toda velocidad seguido por soldados que disparan sus armas. Es lo último que ve: el cielo comienza a girar vertiginosamente sobre su cabeza.

  (*) Levantamiento popular contra la Unión Soviética ocurrido en 1956.



viernes, 6 de junio de 2014

El peñón

EL PEÑÓN

  El bucólico paisaje que va atravesando el lento y acompasado bogar de la chalupa conducida por Wilfred Koestler acompaña los plácidos pensamientos del muchacho. Viene de visitar a su novia que vive en las proximidades de Coblenza, y está regresando a su pueblo erigido en una suave estribación en la margen izquierda del Rhin. También ha aprovechado el viaje para vender sus artesanías y proveerse de algunos alimentos y mercaderías cuyos precios son más accesibles que en su pueblo, por lo cual su espíritu se halla en un estado que podría asimilarse a la plena felicidad. Gerta lo ama, y él a ella; su pasar económico, producto de sus trabajos en madera, es lo suficientemente sólido como para permitirle casarse pronto, y las pequeñas ventajas comerciales que obtiene en cada viaje lo ayudan también a consolidar su patrimonio. De modo que, aunque el viaje a través del río resulta bastante agotador, Wilfed deja vagar su pensamiento por acogedoras comarcas sentimentales mientras va contemplando los pequeños poblados que salpican ambas márgenes del río y los imponentes castillos que coronan las cimas de las colinas circundantes.
  El Rhin se desliza manso a través de los prados, y sólo más adelante, cerca del castillo “del Gato”, se estrecha y encajona al pasar entre peñascos que forman rápidos no demasiado peligrosos. Sin embargo, en los días de lluvia y de tormenta, el río crece de tal modo que las rocas que emergen de su lecho desaparecen de la superficie del agua, impidiendo a los navegantes sortearlos sin inconvenientes. Periódicamente se producen allí naufragios de pequeñas embarcaciones con las consiguientes pérdidas de vidas. Pero ello sucede sólo esporádicamente, y Wilfred siempre ha tenido la precaución de no emprender viaje si las condiciones meteorológicas no son favorables. Por otro lado, nunca ha dado crédito a la leyenda que sostiene la existencia de una bella mujer, Loreley, que en los días de borrasca aparece en la cima del peñasco para atraer con su canto melodioso a los desprevenidos navegantes.
   Pensando en Gerta y en su próximo casamiento mientras contempla las macizas moles de los castillos que se yerguen como atalayas naturales, vigilantes, esperando todavía el imposible ataque de pretéritas cabalgaduras montadas por nobles caballeros, Wilfred ha ido disminuyendo insensiblemente el ritmo impuesto a sus remos, y recién cuando se da cuenta de que el sol ha declinado más rápidamente de lo previsto, vuelve a imprimir a sus brazos una energía que se había esfumado de su cuerpo.
  Aunque unas nubes bajas y plomizas que se han ido elevando desde el horizonte terminan por acicatearle la urgencia, no se preocupa demasiado porque sabe que su destino no está lejos, y que una vez atravesados los rápidos el río volverá a tornarse apacible permitiéndole llegar a su pueblo antes de que lo envuelva la oscuridad.
  Pero las nubes parecen avanzar al mismo ritmo vertiginoso que él le ha impuesto ahora a sus brazos, y cuando aparece en la lejanía el alto peñasco que se eleva en medio de un recodo del río, ya los relámpagos y los truenos han ido plasmando en el cielo un escenario dantesco. Las primeras gotas caen cuando divisa nítidamente el peñasco y al llegar a los rápidos la tormenta se ha desatado con toda su furia. Antes de aproximarse a ellos había considerado la posibilidad de salir del río y esperar en la ribera que la borrasca amainara, pero al considerar que la espera traería consigo la caída de la noche y que luego debería atravesar los rápidos en la oscuridad, ha decidido atravesarlos a pesar de la tormenta para encarar después el trayecto final en la parte mansa del río.
  Está sorteando con éxito las rocas que aún emergen del agua a pesar de que el río está creciendo, cuando comienza a oír, primero débilmente pero luego con total claridad, los versos de un antiguo lead germánico de Heine cantado por una dulcísima voz de mujer. Trata de dominar su aprensión atribuyendo el portento a su imaginación, pero el canto es tan nítido y la voz tan dulce que no puede evitar mirar hacia lo alto del peñasco. Y entonces su aprensión se convierte en pánico al divisar a la hermosa muchacha que, en la cima de la colina, extiende sus brazos mientras prosigue con su canto. A la luz incierta del crepúsculo y reflejados por los relámpagos que a trechos iluminan el cielo, Wilfred  contempla absorto la larga cabellera rubia, el tierno rostro y el sensual cuerpo desnudo de la joven. Esta continúa cantando cuando Wilfred, que ha detenido el movimiento de sus brazos sobre los remos dejando que la frágil embarcación flote a la deriva, siente una fuerza extraña que lo compele a arrojarse al agua para tratar de reunirse con la muchacha. Intenta luchar pensando en Gerta, en su familia, pero la atracción producida por el canto y por la visión resulta irrefrenable. Y cuando en la pugna entre sus sentimientos parece finalmente estar primando la cordura y se dispone a continuar remando, la chalupa choca violentamente contra una roca y lo arroja al cauce del río.
  En su desesperación no siente el frío del agua ni el dolor de las magulladuras que las rocas van produciendo en su cuerpo. Sólo escucha el melodioso canto y, aunque la débil luz del crepúsculo ya está casi totalmente opacada por la oscuridad, su deseo lo impulsa todavía a mirar, por última vez, la cima del peñasco para vislumbrar, peinando su cabellera, la etérea figura que se va esfumando lentamente con su canto. Después se desvanece, mientras los pedazos de la chalupa destruida van dejando atrás las últimas piedras de los rápidos.
  Cuando despierta, ya no escucha la voz de Loreley, sino únicamente el murmullo del río. Vomita el agua que ha tragado y poco a poco, penosamente, se incorpora para alejarse de la orilla donde la corriente lo ha arrojado. Al abrigo de unos arbustos espera que la tormenta amaine, y luego el cansancio lo adormece. En la duermevela que lo envuelve durante la noche su imaginación vuelve a escuchar por momentos el canto del lied, pero la primera claridad del alba lo devuelve finalmente a la realidad. Una realidad que para Wilfred Koestler ya no será nunca más la misma, porque siempre lo perseguirán la imagen y la voz de Loreley llamándolo desde el peñasco.









lunes, 17 de marzo de 2014



TONIO Y LOS FADOS

  Tonio frunce los párpados ante ese violento sol de junio que castiga impiadoso sus pupilas. Abajo, las techumbres de Lisboa reverberan bajo el implacable calor de la siesta.
  Con un ágil salto se encarama en el cañón que simula custodiar las murallas del castillo San Jorge, en la colina más alta de la ciudad. Aunque ya tiene veintiséis años, la sonrisa aniñada, el ensortijado pelo rubio y el cuerpo pequeño pero esbelto le confieren un aspecto adolescente. El rostro denota la alegría que lo embarga por haber vuelto a la ciudad después de varios meses de ausencia.
  No es que hubiera estado lejos; Cachilas está apenas en la otra orilla del estuario del Tajo, y desde allí puede distinguirse el chato horizonte de Lisboa cortado apenas por la verde colina donde está emplazado el castillo. Ese castillo desde el que ahora Tonio otea Lisboa buscando descubrir alguna de las empinadas escalinatas que permiten descender desde la colina hasta el barrio de Alfama.
  Cerca de la plaza Del Comercio, frente al Tajo, había subido a un vetusto tranvía amarillo que lo fue acercando con un lento ascenso por una tortuosa callecita hasta Alfama, donde mujeres vestidas de negro con pañuelos en la cabeza colgaban y descolgaban frente a sus casas la ropa lavada en alguna fuente pública. Un olor de harinas cocidas y dulces mezclado con pescado frito le había deleitado el olfato mientras ascendía hacia la colina del castillo acompañado por el lamento quejumbroso de un fado que se filtraba por alguna ventana.
  Un sentimiento piadoso lo había entristecido un poco al pasar frente a la austera fachada de la Catedral  y recordar la no lejana muerte de su madre. Porque había sido precisamente después de esa muerte que aceptó la oferta de Faisal.
  No hacía mucho que Faisal había desembar- cado ilegalmente junto a una docena de marroquíes en la costa del Algarve, y en poco tiempo consiguió ascender varios peldaños en la estructura de una red de narcotraficantes hasta lograr ser designado reclutador de vendedores. “Chico, si quieres ser buen vendedor, nunca consumas”, le había dicho a Tonio luego de concretar su entrada en la organización. Y aunque alguna que otra vez probó el haschís,  siempre logró permanecer alejado de la adicción.
  Al principio su misión consistió en ofrecer discretamente y a media voz la mercadería a los turistas que deambulaban por la plaza del Comercio, y a la vez llevar algún paquete a consumidores de distintos barrios de la ciudad. Aunque todavía aldeana y recatada, en la década del setenta ciertas zonas de Lisboa ya comenzaban a parecerse a los bulliciosos y excitantes  centro de otras capitales europeas. La euforia que producía en Tonio todo ese movimiento humano, unido al peligro que presuponía su actividad, lo sumía en un vértigo muy distinto al tranquilo y señorial recato de la Beja de su infancia, allá en el desolado y caliente Algarve.
  Luego de contemplar en la lejanía la imponente silueta del puente Salazar que une las dos márgenes del ancho Tajo, entrecierra los ojos para intentar descubrir en la otra orilla algunas zonas de Cachilas que fueron sus lugares de residencia durante los últimos meses. Su exilio en Cachilas no había sido voluntario, ya que debió abandonar apresu- radamente Lisboa cuando supo que Faisal se había enterado de su traición. La suma de dinero que había quedado en sus bolsillos no era importante, pero lo que Faisal  juzgó no fue la cantidad, sino la actitud. Para colmo, por esos días Tonio ya estaba en tratativas con Osmar, otro marroquí que lo había tentado con un trabajo importante que le reportaría mayores ganancias. Faisal era simpático, tenía una sonrisa poblada por parejos y blanquísimos dientes, pero su mirada era una mezcla de hielo y acero. Tonio se asustó, y en lugar de devolverle el dinero, con lo cual quizá la disputa se hubiera resuelto, decidió huir a Cachilas llevándose lo que no le pertenecía. La decisión fue tomada un poco por miedo, pero más aún porque era consciente de que sin un poco de dinero no podría subsistir. Lo único que sabía hacer era vender droga, y en una ciudad pequeña como Cachilas la cuota de distribución y venta estaba cubierta. Además, debía permanecer oculto porque sabía que Faisal y su gente lo estaban buscando. Por suerte para él no lo encontraron, pero mien- tras permaneció en ella llegó a odiar a esa ciudad pobre y sórdida, esa ciudad que ahora se empeñaba en otear desde las murallas del antiguo castillo San Jorge en busca de lugares conocidos.
  Como no los encuentra, comienza un lento descenso hacia Alfama por intrincadas y casi desiertas callejuelas.  Al espeso silencio de la siesta se le va superponiendo de a poco la voz doliente de Amalia Rodríguez. El melancólico fado en lugar de entristecerlo le acrecienta la alegría de sentirse nuevamente en su ámbito, en esa ciudad en la que creció y vivió los momentos más felices de su existencia. Acompaña el fado silbándolo y luego lo canturrea con su propia voz. En la rua Flores una anciana con la cabeza cubierta por un pañuelo negro se abanica sentada en un banquito frente a su casa. “Buenas tardes, abuela”, le sonríe. La mujer no contesta, pero la piel delgada de su boca se estira en una sonrisa mientras asiente levemente con el gesto. Continúa descendiendo mientras piensa que a la noche visitará el Rossio, Restau- radores… Una hermosa morena adolescente le brinda de reojo una mirada de aprobación cuando lanza un silbido de admiración al cruzarse con ella.
  Recién percibe los pasos que se acercan tras él cuando los dos hombres ya están casi a su lado. Todavía no se sorprende, pero una certeza amarga y resignada comienza a oprimirle el corazón. Los dos hombres lo flanquean unos pasos mientras él va disminuyendo  la marcha hasta detenerse. Casi no siente los lacerantes golpes del acero cuando uno de los hombres le dice a media voz “de parte de Faisal”. Después se van alejando sin apresurar el paso mientras Tonio se desliza lentamente contra la pared hasta quedar sentado. Un perro se le acerca y emite un ladrido suave, manso, y luego se queda mirándolo con curiosidad. Tonio se va durmiendo arrullado por otro fado que ha comenzado a sonar en una casa vecina.



  

sábado, 25 de enero de 2014

Del libro inédito Otros cielos-tomo2-


MASADA

  Mientras contempla los juegos de sus hijos Maritza y Salomón, escenas terribles se empeñan en machacar la memoria de Myriam Ben Yair, sentada en el patio de la familia que los acogiera.
  Su aparente tranquilidad es ficticia. Aunque por las noches el sueño viene a  aposentarse en su cerebro, su permanencia es tan fugaz que parece un simulacro. Casi de inmediato los llantos y los quejidos desesperados invaden su descanso y la despiertan sobresaltada. En la oscuridad de la habitación sus pupilas dilatadas rememoran una y otra vez las escenas que presenciara allá en Masada, en la alta meseta que recorta su imponente mole sobre el desierto de Judea, a orillas del Mar Muerto. En esa Masada en la otrora el rey Herodes el Grande mandara construir un palacio colgante de tres niveles para huir con su familia de los rigores del desierto. También en Masada de día hacía calor, pero durante las noches, a causa de la altura, el aire se enfriaba. Y para paliar el tórrido clima, Herodes había construido el frigidarium.
  Sólo quedaban los vestigios del viejo palacio cuando, en el año 70 D.C., Myriam, su esposo y sus dos hijos pequeños, junto a un grupo de sicarios -una tribu escindida de los zelotes-, se refugiaron en la fortaleza huyendo de los romanos, que habían destruido Jerusalem. Luego de sufrir toda clase de penurias en la travesía del desierto llegaron al oasis de Ein Guedi, un bálsamo de frescura, y finalmente llegaron a la meseta.
  El líder de los fugitivos era Eleazar Ben Yair, quien de inmediato ordenó la defensa ante la probabilidad de una ataque romano. Los primeros tiempos fueron de paz, pero de una paz atenta, recelosa y plena de trabajos. Se construyeron otra muralla interior, atalayas y se acumularon víveres.
  No era la primera vez que a Masada la ocupaban los judíos. En el año 66, primero los zelotes y luego los sicarios, se sublevaron contra el poder romano. El líder sicario Menagen y su gente entraron entonces a la fortaleza y degollaron a los integrantes de la guarnición romana que la custodiaba. En el palacio septentrional, la construcción romana colgante de tres niveles levantada por Herodes, encontraron armas y municiones para abastecer a diez mil hombres, además de almacenes repletos de víveres.
  En el año 70 otro de los jefes judíos, Simón Ben Giora, se dirigió desde allí a Jerusalem para tratar de coordinar un levantamiento, pero fue apresado y ejecutado por los romanos. Estos desataron entonces una violenta represión destinada a aplastar definitivamente cualquier resistencia judía, y destruyeron e incendiaron no sólo el sagrado templo levantado por Herodes, sino toda la ciudad. Fue entonces que el grupo de sicarios comandados por Eleazar Ben Yair huyó a través del desierto para intentar resistir desde Masada un probable ataque romano. Y aunque durante un tiempo este no se produjo, finalmente, en el año 72, Lucio Flavio Silva al mando de 9.000 soldados puso sitio a la fortaleza.

  Desde las alturas Eleazar Ben Yair y su gente contemplaban cómo los romanos levantaban ocho campamentos para rodear la ciudadela y cómo, en la ladera occidental, empezaban a acumular toneladas de piedra para construir una rampa que llegara a las murallas. Aunque la tenacidad de los romanos era igualada por la de los judíos, que reforzaban al máximo las defensas internas, finalmente, después de siete meses de asedio y con la rampa ya terminada, Silva decidió el asalto final.
  El arma principal de ataque era una alta torre de madera desde la que se lanzaban ingentes cantidades de grandes piedras, escorpiones y balistas, mientras que un ariete machacaba persistentemente la base de la muralla para tratar de abrir una brecha que les permitiera a los soldados penetrar en la fortaleza.
  A pesar de la determinación y valentía con que su primo dirigía la defensa, Myriam no podía dejar de sentir un intenso temor por su suerte y la de sus hijos. Su marido había muerto en la destrucción de Jerusalem, y ella y su primo eran la única protección con la que contaban los pequeños. La resistencia que oponían los sitiados, aunque tenaz, no lograba en modo alguno contener el ataque de los romanos. Las piedras y antorchas que se arrojaban desde adentro no podían compararse con las que lanzaban las poderosas catapultas de los invasores.
  Una luz de esperanza iluminó el ánimo de Myriam y los demás defensores cuando algunas de las teas arrojadas desde el interior comenzaron a incendiar la torre de los atacantes, pero un imprevisto viento del este alejó prontamente el fuego. Cuando los romanos lograron al fin demoler parte de la muralla externa, se encontraron con la sorpresa del muro interior. Pero como este no era tan sólido como el otro, Silva ordenó prenderle fuego.
  El escenario dantesco que ofrecía la fortaleza al caer la noche, con enormes llamaradas elevándose hacia el cielo iluminado por una gigantesca y bella luna de oriente, le hizo comprender a Eleazar ben Yair que todo estaba perdido. Llamó a todos sus hombres y le expuso su plan, y aunque algunos dudaron, finalmente todos terminaron por aceptar que era lo mejor, y se juramentaron para cumplirlo.
  Myriam, junto a otras mujeres, ancianos y niños, permanecía alejada del cónclave, pero presentía que el desenlace era inminente. Mientras el fuego comenzaba a destruir la muralla interna, Eleazar y sus hombres dieron comienzo a su penosa tarea.
  Al comprobar los apresurados movimientos de su primo y sus ayudantes, Myriam comprendió que si no actuaba de inmediato sus hijos y ella misma no tendrían porvenir. Escabulléndose silenciosamente se dirigió a las ha- bitaciones posteriores. Al sentir pasos detrás de ella y darse vuelta asustada, vio que una anciana que le había tomado cariño a Maritza y Salomón la seguía. El asentimiento que refulgió en los ojos de las dos mujeres cuando sus miradas se cruzaron en el resplandor de las llamas, hizo que Myriam y sus hijos prosiguieran la marcha seguidos ahora por la anciana. Llegaron a un escondite algo alejado de las habitaciones principales y allí, abrazada a sus hijos, en el cerebro de Myriam se incrustaron apara siempre los llantos, los gemidos y las negaciones de las otras mujeres, niños y ancianos que habitaban la fortaleza.
  Después de unos minutos en que reinó el silencio, los golpes secos de los aceros le indicaron que también la tarea de los diez hombres sorteados por sus propios compañeros había sido cumplida. Finalmente, el último hombre elegido fue el encargado de prender fuego al resto de la ciudadela, a excepción de los almacenes para que los atacantes comprobaran que no habían tomado esa decisión ni por desesperación ni por hambre sino con plena conciencia de sus actos, para evitar ser tomados prisioneros y luego, quizá, ser torturados y ejecutados por sus captores. Cuando el último hombre se inmoló, también el fuego, compasivo, se fue atenuando hasta apagarse antes de entrar al escondite de Myriam.
  Un silencio ominoso se fue extendiendo por la fortaleza y los alrededores, hasta que la muralla interna quedó completamente destruida. Otra luz que venía de oriente comenzó a cubrir la meseta mientras que a sus pies, en el desierto de Judea y en el Mar Muerto aún reinaba la oscuridad. Cuando la claridad se intensificó y comenzaron a oírse los ruidos producidos por los soldados al despertarse, Lucio Flavio Silva dio la orden de entrar en la ciudadela.
  La desolación era total; todo estaba destruido por las piedras y el fuego. Tapizando el piso con su horror, la sangre, las cenizas y los cadáveres semicalcinados se esparcían por todos lados. Sólo algunos cuerpos permanecían indemnes, y en ellos Silva y sus hombres pudieron descubrir las huellas del martirio. La sorpresa en el rostro del comandante fue igual a la que se dibujó en el semblante del soldado que traía consigo a las dos mujeres y los niños. Cuando estos le relataron a Silva el heroísmo de los defensores, el comandante decidió perdonarles la vida.
  Por eso ahora Myriam finge una tranquilidad que no siente, para que sus hijos puedan seguir jugando alegres y despreocupados en el patio de esa casa de Betania.
 
 


viernes, 17 de enero de 2014

 “Del libro -inédito- OTROS CIELOS -tomo2-

SOWETO

  Los quejidos de dolor, cubiertos por los gritos autoritarios, el taladrar de los barrenos y el chirriante deslizamiento de los vagones sobre los rieles, producen cierto desasosiego en la sensibilidad de Seku Mabuto. Pero no alcanzan a desplazar la evocación de los otros sonidos, los auténticamente dolorosos, porque los de ahora son emitidos sólo por los altavoces del museo “África” para dramatizar la representación de la vida en los primitivos yacimientos de oro y diamantes cercanos a Johanesburgo. Por otro lado, además de ficticios, las bocas que exhalaban esos ayes de dolor podían ser tanto de hombres de su raza como de los otros, los blancos, porque en la explotación de las minas no importaba el color de la piel sino la resistencia al trabajo, y por eso había allí tanto blancos como negros, asiáticos o árabes. En cambio en Soweto no. Allí los gritos de dolor, que permanecían como aguijones inalterables clavados en su memoria, eran sólo de los negros. Y sobresaliendo de los otros, estaban desde siempre las voces de sus padres al morir.
  Cuando aquellos blancos bajaron de la camioneta y comenzaron a disparar sus armas, el instinto conminó a Seku a huir para esconderse tras unas derruidas tapias. Él estaba jugando con unos amigos en la calle y la visión del inminente apocalipsis le permitió escapar a tiempo. Pero sus padres estaban dentro de la casa, y cuando atinaron a salir a la calle ya era demasiado tarde; los gritos de súplica de su madre no calmaron a los blancos, que tiraron a matar. Lo último que escuchó de sus padres fue su propio nombre aflorando dolorido de los labios de su madre y el último insulto de su padre apagado por los tiros. El instante se cristalizó en su memoria, y el aullido de dolor que no emitió su garganta quedó reprimido para siempre en lo más profundo de su espíritu.
  Cuando los hombres blancos se dirigieron a otra casa distante unos metros de la suya y repitieron el macabro procedimiento con sus moradores, Seku salió de su escondite y, arrodillado ante sus padres muertos, mientras les daba el último beso sollozando, sus tiernos once años juraron venganza.

  Su padre había sido un militante que siempre sobresalía en la vanguardia de las protestas contra el apartheid que con frecuencia se producían en Soweto. Y cuando estas se intensificaron, pronto el adolescente Seku estuvo, como su padre, al frente de ellas. Los blancos respondieron con más represión y más muertes, y aún no tenía catorce años cuando conoció por primera vez la cárcel. El encierro no sólo no aplacó su odio, sino que lo acrecentó. Y el juramento de venganza se reiteró cada vez que volvió a entrar a la cárcel o que algún compañero cayó bajo las balas blancas.

  Cuando Nelson Mandela fue liberado por el gobierno de De Klerk, Sekú vislumbró la posibilidad de la venganza. Aún no podía salir de Soweto, pero presentía que la liberación de su gente se aproximaba. Adquirió un arma de grueso calibre y se instruyó en su uso. Y cuando finalmente el triunfo de Mandela en las futuras elecciones parecía ya un hecho consumado, se trasladó a Johanesburgo para cumplir su juramento.
  Recorriendo las calles de la ciudad pudo comprobar que no era el único portador de un odio cotidianamente renovado. Las miradas torvas, los gestos hoscos de los negros, le fueron confirmando que la mayoría de ellos, su gente, sentía lo mismo que él. Entonces escupió frente al monumento del pionero blanco emplazado en el centro de la ciudad, y se condolió al comprobar que, a pesar del fin del apartheid, los negros seguían realizando la tarea de barrer las calles, acarrear los cajones de los comercios o vagabundear en procura del aún más denigrante quehacer del arrebato a los turistas. Sólo unos pocos tenían ya sus propios puestos callejeros de venta de baratijas, o practicaban sus oficios, como los peluqueros y barberos, en plena acera.
  Sin embrago, a pesar del marginamiento, pudo comprobar también que, al menos, ya no eran humillados, denigrados y pisoteados por los blancos. Estos parecían haberse esfumado de las calles, y por ellas transitaba ahora una marea negra que, imaginaba, arrasaría con todos los blancos cuando Mandela fuera presidente.
  Se animó  a recorrer también los barrios residenciales altos, los ubicados en los cerros de las afueras de la ciudad. Pero incluso allí los blancos parecían estar encerrados en sus mansiones, porque las calles permanecían desiertas.
  Con el espíritu conturbado por el ansia de venganza, concurrió al acto de asunción del presidente Nelson Mandela. Su fantasía había imaginado cómo ejecutaría esa venganza. Su objetivo inicial sería el primer blanco por el que se sintiera ofendido de alguna manera, aunque sólo fuese con la mirada, y luego seguiría con otros que estuvieran cerca. Pero ya en el acto, en medio de la multitud que aclamaba a Mandela, se sorprendió al comprobar que las exclamaciones de la gente no estaban signadas por el odio, que no eran de ofensa contra los blancos sino simplemente de adhesión y afecto hacia el carismático líder. Y a medida que las palabras de Mandela exaltaban el valor del perdón -aunque sin olvido- y afirmaban la necesidad de una acelerada reconciliación y la reconstrucción de un país tolerante, multicultural y multiétnico, Seku sintió por primera vez que su odio se iba aplacando. Y mientras Mandela seguía exhortando a consolidar una paz que evitara la guerra civil, a apaciguar el rencor aunque sin negar el conflicto producto de las diferencias, Seku comprendió que el líder tenía razón, que quizá no fuera necesaria la venganza reclamada por el asesinato de sus padres. Y aunque los gritos de estos al morir seguían clavados en su corazón, su mente comenzó a razonar de otra manera.
  Al retirarse del acto, mezclado con esa marea humana que, pudo comprender, no pretendía arrasar con todos los blancos sino solamente exigir sus derechos, los derechos de la mayoría negra, ya casi había desistido de ejecutar su promesa. Al ver a unos cuantos blancos que también habían concurrido a brindar su apoyo al nuevo presidente, sintiendo su proximidad y su rancio olor mezclado al olor penetrante de su gente, tomó conciencia de la diversidad, de las diferencias que sin embrago permitirían también la convivencia. Y aunque aún lo aguijoneaban las trágicas voces de sus padres emergiendo sobre las exclamaciones de alegría, tomó la decisión de aplazar su venganza, al menos por el momento.
  Todavía aturdido por el cúmulo de sentimientos que lo habían embargado durante el acto, se dirigió a la pensión donde vivía, envolvió el arma y la aguardó debajo del colchón.

  Y ahora, mientras recorre el museo creado por Mandela para que no se olvidaran los horrores del apartheid, Seku se aleja de los gritos que emiten los altavoces del área dedicada a los pioneros. Y lentamente, demorando sus pasos como si le doliera avanzar, se dirige primero hacia la zona donde se recrea la servidumbre que los negros debía soportar de los blancos en la época del appartheid, esas cárceles en las que él mismo había sufrido la vergüenza de reconocer que muchos de los carceleros eran gente de su propia raza, esbirros de los blancos. Y luego, cada vez más dolorosamente, se aproxima al área donde se simulan las cárceles donde eran encerrados, brutalmente golpeados y muchas veces asesinados, los negros que osaban protestar contra el régimen.
  Lágrimas que no alcanzan a brotar pero que queman en las pupilas, empañan por un momento la visión de Seku cuando entra en la zona de reconstrucción de Soweto, su pueblo. Las miserables condiciones de vida de sus habitantes son rememoradas por Seku en la oscuridad de las casuchas, de las que emergen ficticios llantos de niños y apagados susurros de madres. Las pintadas de protesta en los frentes de las casas le recuerdan la ira con la que él mismo las pintara. Y aunque sus pies parecieran no obedecer sus órdenes de avance, finalmente llega hasta donde, colgados de las paredes y en pequeñas plataformas fijadas en el piso, están las fotos y los nombres de tantos negros muertos por la represión. Allí, gritándole con las mismas voces que les escuchara antes de morir, están también las fotos y los nombres de sus padres.
  Mordiéndose los labios con unas lágrimas ahora sí imposibles de detener, luego de unos segundos interminables su cerebro acalla su corazón que está gritando venganza y, mirando las imágenes de sus padres, les suplica con el pensamiento: “Perdón, pero no puedo hacerlo. No seré un asesino como ellos.”    

   

jueves, 16 de enero de 2014

PROPÓSITO

Oír el silencio pleno de la tarde
quebrado sólo a trechos
por el lejano grito de los teros
y el tierno silbo del chingolo.
Apagar el incendio del ocaso
con el verde profundo de los campos.
Restaurar la memoria
de un letánico mugido
golpeando el horizonte.
Ganarle la partida al tiempo.
Recuperar la simiente.


                  

viernes, 10 de enero de 2014

Mis libros publicados -la mayoría de ellos agotados- son, por orden más o menos cronológico- los siguientes: El arcángel del silencio (cuentos), Recuerdo para después(poemas), La sombra del águila (cuentos), Cosas (aforismos, pensamientos y reflexiones), Remolinos de sombras (nouvelles), Canto al sur (poemas), Fundamentos de la Homeopatía (científico), Mis viajes-tomoI- (libro de viajes), Amerindia-crónica de una quimera- (novela), La literatura desde la óptica de un escritor (ensayo), Mis viajes-tomo2-, El ser humano, homo sapiens..., (ensayo), Cuentos, mitos y leyendas de Córdoba, Hombre y universo, (ensayo), La cima y el abismo (cuentos), Mis viajes-tomo3-, Último momento (novela), Su Augusta Excelencia,  (novela), Relaciones de los individuos con la sociedad (ensayo), Cuentos y poemas olvidados, Íntimo y crepuscular (poemas), Otros cielos-tomoI- (cuentos), El hombre en el Universo (compendio de ensayos.
Mis trabajos integran además unos 20 libros conjuntos y otras tantas antologías y libros de textos para estudiantes
A partir de ahora iré colgando en el blog algunos trabajos, que espero sean del agrado de los potenciales lectores.

Presentación

Hola, soy Carlos E. Gili, médico y escritor. Médico de profesión, y escritor por vocación, como lo prueba el único libro de medicina que escribí, frente a los casi treinta de literatura.
Tengo 75 años y aunque, lógicamente, produzco menos que antes, continúo escribiendo. Acabo de terminar el 2º tomo de  "Otros cielos" - cuentos ubicados geeográficamente fuera de la Argentina-, y permanecen inéditas dos novelas : "Pedro de los milagros", que se desarrolla en la década del sesenta y es de tinte latinoamericanista, y "El caso del profesor Bermúdez", una policial ambientada en Córdoba, Argentina, mi lugar de residencia.
A Córdoba llegué en 1954, procedente del interior de la provincia del mismo nombre, y aunque he recorrido casi 50 países de 4 continentes, nunca he dejado de vivir en ella. En Córdoba me recibí de médico, me casé con Edith y tuve a mi hija Sonia -que me dio 2 hermosos nietos, Julián y Facundo-, ejercí mi profesión y produje toda mi obra literaria.
También aquí he desarrollado mis otras actividades relacionadas con la literatura, como haber sido directivo de la Sociedad Argentina e Escritores (filial Cba.), cofundador de la Cooperativa de Escritores de Córdoba y del Grupo Literario "La Cañada"  -de 33 años de ininterrumpida permanencia-, además de haber sido jurado en distintas entidades oficiales - Provincia, Municipalidad y Universidad Nacional de Córdoba, etc.- y privadas. Dicté numerosas conferencias, participé en congresos ncionales, mesas redondas y debates, presenté mis viajes en programas de televisión, prologué libros de diferentes autores y mis trabajos -más de cien- fueron publicados en diversos medios audiovisuales y escritos del país y del exterior. También me han efectuado más de medio centenar de entrevistas y reportajes en diarios, revistas, radio -radio Francia- y televisión.
 De más de veinte premios obtenidos se destacan, en el ámbito nacional, el 1º premio "Manuel Gálvez", - sobre 1.100 autores-, y a nivel internacional, el "Latinoamericano de Escritores", el "Argentino-uruguayo de cuentos", el 1º premio "Iberoamericano de ensayo SADE 99"  -y el 2º en el género novela del mismo concurso-, el "Gente de Paz" y el 1º premio "Atlántida", sobre 3.500 autores de 16 países.
Recientemente el gobierno de la provincia de Córdoba  me ha otorgado el "Reconocimiento al mérito artístico" .consistente en una remuneración monetaria vitalicia- y la SADE y la Universidad Nacional de Córdoba -"Casa de la Reforma"- el premio "Deodoro Roca" a la trayectoria literaria. También soy "Honor al Mérito" por la Sociedad Argentina de Artes, Letras y Ciencias (Cba.)